¿Cautela, ignorancia o arrogancia?

Entre los estratos socioeconómicamente privilegiados en el mundo, aún en países en desarrollo como en Costa Rica, se da por sentado que el aprendizaje

Entre los estratos socioeconómicamente privilegiados en el mundo, aún en países en desarrollo como en Costa Rica, se da por sentado que el aprendizaje requiere algunas condiciones mínimas, por ejemplo (y entre muchas otras variables), docentes bien formados, buenos libros, tecnologías digitales personales, y claro, conexión a Internet de banda ancha y a doble vía.

Difícilmente alguien cuestiona, entre las personas de esos estratos, para la educación de sus hijos e hijas, la importancia de la mediación docente, el valor de los libros, la necesidad de que cada aprendiz cuente con un dispositivo digital (computadora) personal, ni se duda de las oportunidades que abre la conexión a Internet. No hay grandes dudas  al respecto.

En la educación de esas poblaciones con recursos, docentes y estudiantes cuentan con al menos una computadora personal cada quien y con acceso rápido a “la nube”.  La preocupación y reflexión está más bien (o por lo menos debería estar) en la robustez de la formación de los docentes y su desempeño; en la calidad de los libros y en el uso pedagógico que se le de a las tecnologías digitales y al acceso a Internet.

 

Sobre todo, la formación sólida de docentes (particularmente de  educadores líderes) es la estrategia más poderosa si además, se quiere innovar en educación al ritmo que avanza el conocimiento, la ciencia y la tecnología en nuestro mundo actualmente. La innovación implica tomar riesgos, ya que no hay antecedentes ni evaluaciones previas que garanticen con certeza, el éxito de la puesta en marcha de proyectos innovadores.

 

La educación para los estratos en desventaja socioeconómica, (tanto en países desarrollados como en vías de desarrollo), por otro lado, está en las manos cautelosas de quienes pueden financiarla. Es perfectamente comprensible que los inversionistas quieran garantizar el éxito de los proyectos que costeen y el retorno de sus gastos. Pero es importante tomar conciencia de la brecha que se ahonda por el tiempo que toma la cautela. Y sobre todo, de las consecuencias que se están gestando, debido a las enormes diferencias educativas entre sectores aventajados y en desventaja en Costa Rica en particular, y en el mundo en general.

En nuestro país, mientras en la educación privada la tendencia es que estudiantes y docentes cuenten con al menos un dispositivo digital cada quien y con acceso rápido a Internet, la educación pública sigue en ese sentido desconectada, desfasada y atrasada. Debo insistir en este punto en que ni las computadoras ni el acceso a la Internet garantizan, en sí mismas, que el aprendizaje sea de calidad. Pero es igualmente cierto que difícilmente habrá educación pertinente ni de calidad sin esas herramientas y condiciones.

En relación con la desconexión a Internet para las instituciones educativas públicas, el país se encuentra enredado en una maraña de reglamentos y tecnicismos del que es urgente escapar. Y en cuanto a la necesidad de dotar de un dispositivo digital a cada estudiante y docente del sistema público, la espera cautelosa de hacerlo hasta tanto las evaluaciones internacionales no garanticen su éxito, da la impresión de que existe una gran ignorancia sobre el impacto que puede o no puede tener una educación que utiliza tecnologías de la información y la comunicación.

Se ignora por ejemplo, que desde los años 80 del siglo pasado, el visionario Seymour Papert había advertido que no se debe buscar que la computadora tenga un efecto en la educación, sino que había que aprovechar su presencia para repensar la educación. Él decía: “Mientras en las escuelas confinemos la nueva tecnología a simplemente mejorar lo que ya existe, en vez de realmente cambiar el sistema, nada significativo va a suceder”. El tiempo ha probado que Papert tenía razón, y sin embargo, se siguen invirtiendo sumas millonarias en evaluar impactos de la introducción de las computadoras en los sistemas educativos, en vez de pensar en formas de cambiar un sistema fabril y obsoleto.

Las evaluaciones internacionales estandarizadas miden conocimientos que se pueden construir sin las computadoras e ignoran conocimientos, actitudes, valores y habilidades que emergen gracias al uso de herramientas digitales. Tal vez se siguen haciendo esas evaluaciones, porque como dice Sir Ken Robinson: “La evaluación es una industria multibillonaria, a menudo en manos de personas con poco conocimiento sobre educación, que se perpetúa para mantener el sistema andando.”

En todo caso, atrasar (hasta que se aclaren los nublados del día) por parte de personas en situaciones privilegiadas, el que la educación para las poblaciones en desventaja tengan de manera oportuna las mismas condiciones educativas que gozan sus hijos e hijas, tiene visos de arrogancia.

 

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