El carisma en primer plano

Max Weber planteó la existencia de tres tipos de legitimación del poder: tradicional, legal y carismática. En las condiciones actuales

Max Weber planteó la existencia de tres tipos de legitimación del poder: tradicional, legal y carismática. En las condiciones actuales, las dos primeras formas de legitimidad se han devaluado significativamente, en beneficio de una revitalización de la legitimidad carismática. Por ejemplo, cada vez menos las gentes adhieren a una confesionalidad religiosa o a un partido político por la fuerza de la costumbre o tradición. De ahí que estas instituciones han venido perdiendo  el encanto que invitada a adhesiones y  militancias fuertes. Asimismo, el poder que se asienta sobre bases jurídicas, doctrinales e ideológicas es visto con desconfianza, toda vez que la ley tiende a convertirse en letra muerta, y las doctrinas e ideologías en palabras que se  las lleva el viento o fórmulas acomodaticias que siguen el ritmo que les marcan los intereses de sectores poderosos e influyentes.

Cuando la institucionalidad tradicional se resiste al cambio necesario y se muestra incompetente para atender las demandas ciudadanas, el poder que emerge como legítimo y necesario es aquel que pone en primer plano las cualidades, habilidades y competencias  del líder. Efectivamente, en tiempos de crisis y parálisis institucional, la figura del profeta con su mensaje innovador, y hasta subversivo, cobra fuerza y vigencia. Pero así como existen profetas y profecías que alimentan falsas esperanzas, también los hay quienes inspiran a los pueblos para avanzar hacia estadios superiores de humanidad.

Sin duda, en circunstancias como las actuales, requerimos de un nuevo liderazgo que  inspire y motive para dar saltos cualitativos  que nos enrumben hacia sociedades más prósperas, equitativas e inclusivas. Es decir,  más consecuentes con los ideales de libertad con justicia social, progreso con sostenibilidad bioecológica y, sobre todo, que propicien el cultivo de los buenos afectos y sentimientos que permitan elevar los niveles de sensibilidad humana, para la convivencia digna.

Por otra parte, un liderazgo carismático que apunte hacia esas metas, tendrá como tarea fundamental restituir la legitimidad y credibilidad de aquellas instituciones que sirven al bien común. Pues solo una institucionalidad  fuerte, consistente y con vocación de servicio, a la par de una ciudadanía activa y organizada, es una garantía para el mejoramiento de la gestión pública.

Una adecuada dosis de autoridad para marcar la ruta, es tan importante como la sabiduría necesaria para evitar las arrogancias faraónicas, pues, en este caso, la medicina podría resultar peor que la enfermedad.  Por consiguiente, más allá de la importancia que podría revestir el carisma del líder, se requiere, ante todo, el fortalecimiento de una ciudadanía crítica y despierta, atenta a contener los deslices de autoritarismo y a ensanchar los espacios del diálogo y la concertación social.

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