Beethoven: 250 años

Numerosas festividades a nivel internacional tendrán lugar a lo largo de este 2020 para conmemorar los 250 años del nacimiento del compositor alemán Ludwig van Beethoven

Numerosas festividades a nivel internacional tendrán lugar a lo largo de este 2020 para conmemorar los 250 años del nacimiento del compositor alemán Ludwig van Beethoven (1770-1827), reconocido como una de las figuras más trascendentales en la historia de la música occidental, más exactamente de la tradición centroeuropea. Costa Rica no será la excepción de este fenómeno porque, indudablemente, Beethoven se impuso con el paso del tiempo como el ícono del ideal artístico musical, dentro y fuera de la academia. Algunos fragmentos melódicos de sus obras como la “Oda a la alegría” de su novena sinfonía o la bagatela para piano Für Elise (de la cual se duda la autenticidad de su autoría) son escuchadas a diario en los lugares en los que la colonización europea dejó su huella en el planeta. Desde las escuelas y salas de concierto hasta la música automatizada en la espera de servicio al cliente en las líneas telefónicas y en los últimos tiempos hasta en flashmobs. Sin ir demasiado lejos, una efigie suya esculpida a finales del siglo XIX se encuentra resguardando la fachada principal de nuestro Teatro Nacional.

Ya bastante adentrados en un nuevo milenio y con el florecimiento de la nueva conciencia cultural, surge la válida interrogante de si en nuestro medio cabe y es pertinente conmemorar tan ostentosamente la vida y creación de un ser humano —masculino además— que produjo su obra en un lugar tan remoto y hace más de dos centurias. Incluso se ha escrito en un medio internacional que la mejor manera de celebrarle es dejando de programar e interpretar su música por un año entero; una posición desde luego radical, que de alguna manera nos llama a reflexionar sobre el impacto que ha tenido su obra en las salas de concierto por más de un siglo.

Se especula que numerosos biógrafos han idealizado y exagerado quizás la imagen de Beethoven para retratarlo como un héroe disruptivo: aquel que venció la adversidad de haber crecido en una familia disfuncional y abusiva, y que tuvo que lidiar con serios quebrantos de salud —particularmente pérdida de la audición y depresión suicida—. Sin embargo, produjo obras maravillosas fuera de lo común. Aquel que no reconoció superioridad en la aristocracia y en las instituciones pero sí en la singularidad de su extraordinario talento. Aquél que no tuvo —en apariencia— la inteligencia emocional y las habilidades sociales para poder formar una familia, pero logró escribir bellas canciones a un amor platónico. Quizás todo eso se haya hiperbolizado con fines literarios para crear una leyenda.

Resulta revelador, no obstante, que sus cuadernos de bosquejos muestran a un creador cuyas obras eran el resultado de constante lucha intelectual y búsqueda de innovación —tanto a nivel técnico como estético— y que no provenían de una especie de inspiración divina o simple genialidad innata. Lo que sí podemos apreciar ampliamente a través de su música es la evolución emocional y espiritual que experimentó desde su cándida primera obra para piano publicada a la edad de 12 años, hasta su aún enigmática Groβe Fuge op.133 para cuarteto de cuerdas, escrita ya al filo de la muerte.

Si bien el mundo le conoce hoy como compositor; es decir, creador de obras musicales que aspiran a perdurar en el tiempo, esta era una especialización que aún no se tipificaba de manera tan específica en su época. Beethoven fue improvisador, pianista, ejecutante, compositor, pensador, metafísico, maestro, activista; ante todo un artista que trascendió su propia disciplina y la convirtió en su fuente de iluminación. “La música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía”, afirmaba.

A título personal, asumo con enorme gozo el poder celebrar este año y desde el piano los dos siglos y medio de Beethoven, cuya música ha calado en mí desde que tengo memoria. Lejos de silenciarla, me parece que es el momento ideal para renovar y redescubrir el legado que dejó a la humanidad, libre de prejuicios (colonialistas y decolonialistas, conservadores y pseudo-disruptivos) que empañen un mensaje tan trascendente como el suyo, que ha comprobado ser atemporal.

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