Opinión

Bautizo de un campus

Puede ser innecesario bautizar a una ciudad universitaria o a una de la investigación; su dinámica interna y su desempeño son en buena medida independientes al nombre; empero, junto a la gratitud que nos humaniza, el esfuerzo de buscar quién lo merece,  puede ser edificante para quienes hagan el ejercicio, y luego, también, para quienes vienen detrás e ingresarán a estudiar en sus institutos.

Gracias al artículo del Dr. Orlando Morales (n.°2345 del 21/10/2020) me enteré de la propuesta de darle nombre a la Ciudad de la Investigación de la UCR, heredera del III Congreso Universitario; la hizo el profesor Vladimir De la Cruz, en ocasión del 80º aniversario de la UCR, y luego la recogió el Dr. Morales.  Así, de alguna forma, ambos están invitando a un proceso colectivo, justo por demás, de nominación de esa Ciudad Científica de la Universidad.

No tengo el bagaje de don Vladimir, ni mucho menos el prestigio en el área científica del Dr. Morales para discutir su propuesta. Se puede, sí, matizarla y dar elementos que promuevan el debate de la nominación; de él surgirán los parámetros para la búsqueda de las personas candidatas y su valoración. Sin duda, bautizar algo tan significativo para el país y para su ciencia como es esta Ciudad de la Investigación exigirá también el nombre de una persona grande para la mayoría.

De previo, si así lo decidiera, la UCR establecerá los propósitos de la nominación: un reconocimiento político de nivel nacional, como es la presentada; o la búsqueda de una figura que refleje el camino andado por la ciencia en Costa Rica, o de una que represente la senda por la que se quiere que siga transitando; o que signifique en sí misma un ejemplo para la comunidad científica en tales y cuales sentidos.

Cuando se nombró la Ciudad Universitaria en honor a su exrector don Rodrigo Facio, se honró a quien, recién fallecido, impulsó en su cargo la construcción de sus principales edificios y, con seguridad, también a su aporte a la reforma universitaria de 1957, y a su defensa de la autonomía en la Constituyente de 1949. Entonces, el Dr. Calderón Guardia aún vivía y posiblemente ello -más la todavía enconada y fresca división política del bi-partidismo nacional- vetó su nombre.

No obstante, después el país ha honrado su memoria; aunque quizá, como pasa con las valoraciones, no sea nunca suficiente. En 1972 dieron su nombre a ese gran Hospital de todos; luego, en 1974 la Asamblea Legislativa lo declaró Benemérito de la Patria; y en 1991 se instituyó un Museo en su memoria. La UCR, por su parte, en 1980 erigió un busto en su honor al frente de la Rectoría.

Un caso aparte pero paralelo, es el de don Clorito Picado, que ya era grande cuando aún no se fundaba la UCR: también lo hicieron Benemérito de la Patria, le ofrendaron un Instituto de Investigación que ha dado lustre a esta Universidad y a su memoria, y su nombre lo lleva una Clínica del Seguro Social y lo ostenta el Premio Nacional de Ciencia y Tecnología.

Otro científico que trabajó mucho en el campus de esta ciudad científica fue el Dr. Leonardo Mata Jiménez, fundador y director del Inisa que, junto con el CÍA, son quizás las dos grandes primeras piedras de fundación de esa Ciudad. Y así, ¡gracias a Dios!  hay varios, sino muchos nombres más que deberían ser analizados antes de decidir la nominación, aunque al final resulte también de justicia ofrendarla al Dr. Calderón Guardia.

Y termino con el nombre de un académico que no es mi candidato personal, porque en verdad no tengo ninguna vela en el entierro, pero fue el que me motivó a escribir esta nota. El finado Dr. Gil Chaverri Rodríguez.  Hace un par de años, por el 150º aniversario de la Tabla Periódica de Mendeleiev, la Asociación de Estudiantes de Química organizó unas conferencias. Asistí a una impartida por el Dr. Julio Mata, sobre la tabla del profesor Gil Chaverri, quien fue su maestro y su decano;  mencionó varias facetas humanas de don Gil: su ansia de saber, la amplitud de sus áreas de estudio más allá de la química, su afán de cultura, su gusto por la música, los idiomas, etc.,  que hacían de él lo que hoy definiríamos por un humanista. Y, según dijo, lo fue en tal grado, que desempeñó, con beneplácito de blancos y de colorados, la decanatura de la Facultad de Ciencias y Letras, cuando convivían estas dos grandes matrices del saber que, ojalá, volvieran a fundirse. Tiempo después vi un excelente documental de Canal 15, con una semblanza de la vida del don Gil, hasta su jubilación de la UCR y su paso a la educación universitaria privada de Costa Rica que, aparte de las interpretaciones políticas que puedan tener otra vez los blancos y los colorados, nos hablaría también de su pasión por la ciencia y el magisterio.

A un hombre así, a un académico así, yo, simple observador, votaría por levantarle un homenaje en piedra; ya los que conocen y saben, y en un ejercicio de superior sindéresis, decidirán si ese homenaje debe o puede alcanzar a toda una ciudad.

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