Abuso espiritual

El nefasto oscurantismo religioso suele abusar a muchas personas. Son silenciadas, avasalladas, ninguneadas, excluidas, culpadas, perseguidas por un sistema de poder y control  que se atrinchera en la usurpación de lo divino,

El nefasto oscurantismo religioso suele abusar a muchas personas. Son silenciadas, avasalladas, ninguneadas, excluidas, culpadas, perseguidas por un sistema de poder y control  que se atrinchera en la usurpación de lo divino, en el amiguismo y en un intrincado sistema de condicionamientos que retribuye el compadrazgo, el silencio y la complacencia, y que castiga brutal y contundentemente la opinión contraria, la disidencia o cualquier pensamiento divergente. Esta articulación perversa se viene tejiendo hace años, décadas, centurias, ante la miopía de correligionarios, ciudadanía y autoridades, sea por desconocimiento, desidia, o intereses mezquinos.

Esta forma particular de violencia, que ha recibido nombre pertinente: abuso espiritual, hay quien insiste en que es una faceta más del abuso psicológico. En desacuerdo, este es más violento, pernicioso, sutil, menos conocido y teorizado; de él es más difícil darse cuenta, salir, hablar y, por ende, recuperarse. Cuando alguien sufre abuso psicológico, experimenta perdida de seguridad personal, detrimento de su salud integral, su autoestima es afectada, se aísla y se le aísla, se menoscaban sus recursos, relaciones, pierde de vista sueños y objetivos.

Es exactamente lo que sucede en este caso, con un agravante, me explico: cuando un creyente experimenta abuso psicológico tiene aún el recurso de que el dios de su entendimiento sea refugio, consuelo, amparo; además, también seguramente la divinidad abonará el sufrimiento a su favor. El abuso espiritual es distinto, en él Dios ha sido usurpado por sus ungidos representantes, intérpretes y voceros. Estos, acuerpados por una camarilla de oportunistas, esbirros, equivocados sinceros y de los otros, se encargarán Biblia en mano de cuestionar fe, intenciones, conducta,  cordura,  principios,  moral y  espiritualidad de quien ose pensar diferente o ver desde otra perspectiva. La diferencia es abismal.

Quien es abusado espiritualmente, (Síndrome de Estocolmo-ciclo de violencia- teoría de la invalidez aprendida mediante), suele congelarse en ese entorno en la expectativa ingenua de que algún día habrá un cambio. Las consecuencias de permanecer en ese ambiente tóxico son nefastas: pérdida de identidad, de capacidad crítico-analítica, desconexión social fuera del grupo, permanente abrumador sentimiento de culpa por pensarse fuera de la “voluntad divina” con todas las consecuencias derivadas: desconfirmación selectiva por los “ungidos”, retiro de privilegios, descalificación directa o indirecta, rechazo de los antaño “hermanos y hermanas” y aún en muchos casos de la familia consanguínea. Además de miseria presente, castigo y fuego eterno.

Lo que no se nombra no existe, y corresponde nombrar según corresponde: abuso espiritual, así se llama. También es abuso psicológico, ahí estoy de acuerdo, sin embargo, no es solo ello.

Viene al caso traer el tema a colación por razón presente y sencilla: ante los desatinos de quienes se han levantado como paladines y defensores de la familia, los hijos, los valores, la vida, etcétera, muchos creyentes honestos han decidido cuestionar, indagar, levantar la voz, exigir transparencia financiera; en síntesis, pedir congruencia. Pero como antaño, esto ha derivado en censura, estigmatización, persecución y alienación; las mismas matráfulas propias de las añejas inquisiciones que no pasan de moda.

Para comprender lo que viven estos “rebeldes”, hoy abusados espiritualmente, recordemos el sadismo que los santones religiosos han exhibido históricamente con grupos minoritarios: negros, divorciados, mujeres, otras confesiones religiosas, homosexuales, etc. Ahora imagine el ensañamiento posible con aquellos que se atreven a disentir y a cuestionar al interior de sus propias organizaciones.

Conviene entonces llamar las cosas por su nombre: Abuso espiritual, es violencia, es delito.

“Las heridas se suman a las heridas en los sistemas de abuso espiritual. Se creen las mentiras y se fortalecen las defensas…”, Johnson y Van Vorderen.


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