¿A la caza del hombre costarricense?

Para mí, era un desconocido hasta ayer: Fabián Coto Chaves (Cartago, 1981), pese a que El conejo de la quebrada, constituye ya su cuarta publicación.

Para mí, era un desconocido hasta ayer: Fabián Coto Chaves (Cartago, 1981), pese a que El conejo de la quebrada, constituye ya su cuarta publicación. ¡Enhorabuena! Ignoro a qué categoría pertenecen los títulos anteriores. Capciosa la pregunta para el nuevo, puede pasar por novela, por trozos largamente (y supuestamente) autobiográficos. Quizá calza mejor el de ensayo, especie de “nivola” unamuniana. ¡Ah! cómo no: la niebla (y las nubes) tienen mucha importancia para ustedes, cartagos: a ustedes, yo los siento, adentro, como campesinos, viviendo ahora en “eso que llamamos ciudades, con esos espacios vitales de racionalidad marchita…”. En todo caso, Chaves mantiene esa alma primigenia: de allí, la apología de las abras (10, 19, 33, hasta con alusión a su tocayo Fabián Dobles, 37).

La obra respira nostalgia; al mismo tiempo, el joven Fabián suda y sufre la derrota. Como Unamuno: “le duele Costa Rica”. Lo primero aflora en tantos “detalles”: “la gente todavía silbaba” (27); “cada año nuevo es un recorrido hacia la decepción” (88); lo segundo se evidencia con el permanente diagnóstico del ahora, tan certero como cortante: “nos conformamos, como anémicos turistas” (15) y “en el fondo somos los mismos proscritos que despejaron abras en la frontera agrícola, huyendo de un pasado criminal” (33). Una auto-imagen de sorprendente lucidez.

Algo de escapismo se observa, a veces (tanta alusión al whiskey, ¡vaya chupeta!). Pero combate, he allí lo que preconiza a través del magnífico machete artístico que tiene bien afilado. ¡Hasta con cantidad de chispas poéticas! Como esa imagen repetida de “la formación montañosa en forma de brócoli”, proyectando en ella todo el “país de brócoli” (32, 35).

Pero… ¿qué alternativa propone? Por de pronto, cabe observar un impresionante despliegue de cultura general, universalidad nada escapista, precisamente para asir mejor esa “Costa Rica profunda” (62) que contribuye a crear (o a recuperar). Es el país de Hilda Chen Apuy (38, sí, la chinita), como la tierra también de aquel turrialbeño excelso que lindamente evoca, pese a que “en nuestro país los poemas de Jorge Debravo (…) no son grandes éxitos, sino pequeños fracasos” (29). Otro doloroso diagnóstico….

Pero entonces, ¿por dónde agarrar la dignidad individual y colectiva? Evocando a su abuelo, Coto Chaves, en sendos momentos de manera tan creativa subraya la idea de la caza, no esa práctica, medio aristocrática de antes, caza-para-cobardemente-matar-con-rifle; al contrario, propone el noble empeño “mano a mano” (!), repetido hasta el cansancio, donde “la cacería (…) relocaliza al hombre en su empeño de lucha” (13 y 15), todo con “superación” (60).  En refuerzo múltiple va un magnífico andamiaje en contra de la dolorosa “pasta inercial de seres” (59): es la imagen reiterada y re-elaborada (desde el título enigmático, casi una docena de veces: 9, 41, 65-67, 80, 84, 87, 89, 106) del “conejo de la quebrada”. No es un simple decorado: adquiere visos de símbolo. ¡Adelante!


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