Venezuela: una crisis sin fin

Amanece, suena el despertador y, aunque la fatiga ya hace estragos, la adrenalina vuelve a ponernos a andar.

Amanece, suena el despertador y, aunque la fatiga ya hace estragos, la adrenalina vuelve a ponernos a andar. Llevamos 40 días en una cobertura de vértigo, sin tener la mínima idea de cómo ni cuándo va a terminar.
Venezuela, el país donde pasa de todo pero no pasa nada, está envuelta en una oleada de protestas opositoras para exigir la salida del poder de Nicolás Maduro, desbordándose la violencia a tal nivel que, en promedio, se ha cobrado una vida por día.

La oposición Venezolana ha protagonizado jornadas de intensas protestas en Caracas contra el presidente Nicolás Maduro.

La creciente atención internacional a la grave crisis venezolana mantiene al equipo de Caracas sometido a un ritmo frenético de largas jornadas de trabajo, pocas horas de sueño y muchas situaciones de riesgo en la batalla campal que, casi a diario, libran los manifestantes con las fuerzas de seguridad.
Ya como por acto reflejo, lo primero desde la cama es tomar el teléfono celular para revisar el correo, el Twitter y el Whatsapp. Así empieza la locura cotidiana, buscando desde temprano una primera señal de por dónde va a andar el día. ¿Cómo se ve el movimiento en la calle? ¿Hubo algún saqueo en la noche? ¿Hay más muertos?
Abriéndonos paso entre los implementos de seguridad que están regados por todo lado en nuestra pequeña oficina en Chacao, en el Este de Caracas, bastión de la oposición, un equipo de fotógrafos, redactores y videastas se alista para salir a una nueva marcha.
Ya hay una crónica principal del día publicada en el servicio de AFP, hecha al filo de la madrugada: la sed de información es insaciable y no repara en cansancios. Llamadas, coordinaciones de último momento, puestos el chaleco antibalas, la máscara antigás y el casco, un café tras otro… y a la calle.
Bajo el intenso sol que, con muy pocas excepciones, cae todos los días sobre los manifestantes en Caracas, el equipo de AFP se mueve de una calle a otra, de un barrio a otro, a bordo de motocicletas conducidas por un grupo de motorizados ya acostumbrados al ajetreo periodístico. Es la única forma de andar rápido y burlar los trancones de las vías.
Hace calor, hay sed y hambre, pero no hay tiempo para parar. Casi siempre todo empieza a complicarse hacia el mediodía, sobre todo cuando los opositores insisten en marchar hacia el centro histórico de Caracas, aun cuando hasta ahora no los han dejado llegar.
Cae la tarde y Caracas cambia de clima: grandes nubes de gases lacrimógenos cubren varios puntos de la ciudad y se desata una lluvia de piedras y bombas molotov.

En esa batalla campal no hay mucho tiempo para pensar, solo para hacer lo que dicta la experiencia… o la intuición.
Las fotos de la mujer de pie, sola, desafiando a una tanqueta militar; del hombre desnudo que caminó hacia los guardias entre las ráfagas de bombas lacrimógenas; del joven arrollado por un camión militar; del manifestante que se prendió fuego accidentalmente… dieron la vuelta al mundo, ocupando portadas de prestigiosos medios internacionales.

“Sentí un calor, el fogonazo y volteé. Yo no sabía qué era, solo vi que venía una bola de fuego hacia mí. La seguí, disparando mi cámara sin parar, escuché sus gritos y fue hasta ahí que me di cuenta qué era”, cuenta Ronaldo Schemidt, fotógrafo venezolano enviado de refuerzo desde México, sobre la impactante foto del joven en llamas.
Esa secuencia, si acaso, duró 10 segundos. El olfato para saber estar en el lugar correcto es vital.
Muchas veces hay que echar a correr. Pero, ¿cómo se hace eso cuando hay que mantener la transmisión en vivo de los enfrentamientos? “Hacemos magia. Mientras uno corre el otro mantiene la continuidad”, dice Leo Ramírez, quien ha hecho Live con Jesús Olarte de hasta cinco horas, sin interrupciones, cuando los enfrentamientos han sido intensos.

El chaleco se va haciendo más pesado conforme transcurre la tarde, pero la prensa es blanco fácil de uno u otro bando. “A veces los llevamos puestos hasta diez horas. A mí me han pegado en el cuerpo piedras y bombas lacrimógenas”, dice el fotógrafo Juan Barreto.
Se termina la jornada bañado en sudor y se vuelve a la oficina con la ropa impregnada de gases. Jesús volvió un días de estos con su hombro izquierdo inflamado y levemente herido por el fuerte impacto de una bomba y a Ronaldo incluso le brotó una alergia por los químicos.
Las protestas se han vuelto más frontales. “Tenemos gases para toda la tarde”, “apunten a las rodillas”, dicen desde altoparlantes miembros de las fuerzas de seguridad, mientras que jóvenes encapuchados, muchos con máscaras antigases, arrecian su batería de pedradas, cocteles molotov, insultos y hasta excrementos. Cada día parecen tener menos miedo.

Manifestantes opositores y la policía chocan durante protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro, en Caracas, el 3 de mayo de 2017.

Como si no fuera ya suficiente el riesgo, la cobertura de las manifestaciones es aún más peligrosa por la existencia de bandas armadas. Los opositores les llaman “colectivos” y aseguran que son grupos de choque chavistas. El Gobierno afirma que son paramilitares contratados por la oposición. Muchos andan en motocicletas, de día pero sobre todo de noche, cuando las protestas degeneran en quema de barricadas, tiroteos y saqueos.
El fotógrafo Federico Parra quedó atrapado en una balacera en un barrio del Este de Caracas entre un grupo de civiles armados que se enfrentó a manifestantes opositores. Protegiéndose detrás de una cabina telefónica, sin poder tomar fotos, sintió un impacto de bala muy cerca de donde se refugiaba. “Escuché un bum cerca de mi cabeza. Luego vi un orificio a unos 30 centímetros. Estuve muy cerca”, dice tras el susto.
En medio del caos, además, las agresiones y robos de equipo a los periodistas en las manifestaciones son cosa casi de todos los días. Cuando se disponía a tomar de su bolsillo el Smartphone para transmitir declaraciones del opositor Henrique Capriles, el periodista Alex Vásquez se dio cuenta de que había desaparecido entre los empujones de los ladrones que se parapetan en las marchas.
Pero el cansancio y los riesgos no son solamente físicos, en un país donde el Gobierno considera que la prensa internacional hace parte de una campaña que le hace el juego a la oposición.
Mantener el equilibrio informativo es uno de los mayores retos en la cobertura en un país tan polarizado como Venezuela. Gobierno y oposición intentan imponer su lectura de lo que ocurre, en una guerra propagandística que trasciende los medios tradicionales y se libra sobre todo en las redes sociales.
Guardar la serenidad frente a la avalancha de rumores que circulan en Twitter, la red social preferida de los venezolanos, es otra tarea titánica. Un verdadero ejercicio de autocontrol.
Cuentos como “Maduro huyó al exilio”, “Leopoldo López está muerto” o “Treinta colectivos están muertos tirados en la calle”, disparan el estrés, ya de por sí al tope. En un país donde abunda la desinformación, las fake news han hallado tierra fértil.
Desbrozando el camino de rumores y noticias falsas, los redactores tratamos de explicar la laberíntica crisis venezolana y descifrar hacia dónde se enrumba el país, dice el periodista Alexander Martínez. Todo eso en palabras sencillas y buscando el equilibrio informativo, interpretando este caos aunque no tenemos –como algunos creen- una bola de cristal.
Así se pasa el día, imagen tras imagen, nota tras nota, en una actualidad que no para. Entre una alerta y otra, dos teléfonos suenan en mi escritorio, el chat no para de sonar, en un televisor sale Maduro en cadena, un canal de internet transmite la sesión del Parlamento y Capriles aparece en Periscope.
No hay tiempo para comer bien, muy poco para la familia y mucho menos para el disfrute de la vida nocturna. Es la anormalidad dentro lo que ya era una anormalidad.
Aunque siempre se nos recomendó dejar temprano la oficina por seguridad, salimos con la noche encima, cuando los motorizados armados suelen merodear las calles, tras las protestas opositoras. La ciudad luce entonces aún más desolada de lo que ya era en el virtual toque de queda en que vive Caracas por la criminalidad.
En un país con severa escasez de alimentos, ir al supermercado es un tedio al que hay que dedicarle tiempo. No queda otra que echar mano de la comida rápida mientras se logra llevar algo a la nevera.
Están también las angustias personales. “A veces debo tomarme un minuto para bajar de revoluciones y racionalizar, porque hay muchas cosas que están a flor de piel y uno no puede dejar que eso afecte la cobertura”, reconoce el periodista Esteban Rojas.
Al final de una que otra jornada, con un leve olor a gases esparcido por la oficina, un par cervezas cae muy bien para relajar… aunque sea por un rato. Nada garantiza que el día ha terminado: el presidente Maduro suele hacer, sin previo aviso, alocuciones vespertinas o nocturnas, justo cuando uno solo quiere llegar a la casa o está empezando a cenar.
El timbre de nuestro chat de Whatsapp, que no ha parado todo el día, sigue entonces sonando hasta la medianoche. Son jornadas de 14 y hasta 16 horas y los periodistas aún no hemos terminado la enésima actualización de la crónica principal cuando ya hay que ponerse a escribir la del día que está comenzando.
Todo el equipo está ante un doble desafío: una carrera de velocidad, pero principalmente de resistencia. Llevamos ya rato en esto. Esta es apenas una crisis dentro de una crisis que al menos, por ahora, no parece tener fin.


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