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Si Nancy Pelosi juega con fuego, el resto del mundo nos podemos quemar

La decisión personal de la presidenta del Congreso de los EE. UU., la demócrata Nancy Pelosi, de viajar a Taiwán para mostrar su respaldo al Gobierno separatista de Tsai Ing-Wen, es una jugada política de alto riesgo, similar a la que hace seis meses provocó la guerra en Ucrania.

La escena parece un deja vu de la política internacional con lo ocurrido hace seis meses, cuando Putin reclamaba que la eventual entrada a la OTAN de Ucrania significaba una ruptura de las líneas rojas de su seguridad territorial.

Con gestos de alerta y duras advertencias, China ha reiterado que un viaje de la presidenta de la Cámara de Representantes, el segundo cargo más importante en el gobierno de EE. UU., Nancy Pelosi a Taiwán significaría una amenaza para la soberanía china, que incluye la isla.

La presidenta de Taiwán, Tsai Ing-Wen, asistió recientemente a ejercicios militares para demostrar que la isla está dispuesta a defenderse ante un eventual ataque de China.

“Si Estados Unidos persiste en desafiar la línea roja de China” con esta visita a Taiwán, “se enfrentará a fuertes medidas de respuesta y deberá asumir todas las consecuencias”, dijo el portavoz de la diplomacia china, Zhao Lijian, en rueda de prensa.

El desastre que impulsó la guerra en Ucrania y las sanciones punitivas que los líderes de Occidente decidieron aplicar a Rusia han afectado al mundo entero con problemas de inflación, escasez de recursos, hambre, crisis energética, lo que podría agravarse mucho más, de maneras difíciles de prever ante este nuevo brote de tensión militar en la región Asia-Pacífico.

Fuera del estilo diplomático mesurado y contenido que caracteriza al líder chino Xi Jinping, en su conversación de más de dos horas el jueves 28 de julio con el presidente Joe Biden de EE. UU., el mandatario chino le recordó que “el que juega con fuego acabará quemándose”.

“Creemos que Estados Unidos ha entendido el mensaje fuerte y claro que China envió (el jueves). Si Pelosi visita Taiwán será una intromisión atroz en los asuntos internos de China, que socavará gravemente la soberanía e integridad territorial, pisoteará de forma gratuita el principio de Una Sola China, amenazará seriamente la paz y estabilidad en el estrecho de Taiwán y dañará profundamente las relaciones sino-estadounidenses”, ha avisado el portavoz del Gobierno chino. “La parte estadounidense debería honrar la promesa del presidente Biden de que no apoyará la independencia de Taiwán”, ha añadido Zhao.

El juego de la ambigüedad

John Kirby, vocero del Consejo de Seguridad Nacional de EE. UU. dijo que la eventual visita no cambia la política expresada por la Casa Blanca.

«Nada ha cambiado, nada ha cambiado», repitió. «Nos oponemos a cualquier cambio unilateral al statu quo de cualquiera de los lados (…) Hemos dicho que no apoyamos la independencia de Taiwán».

“Pero si va, si decide ir, no sería algo sin precedentes. La presidenta (de la Cámara de Representantes) es libre de tomar sus decisiones e ir a Taiwán, como lo es cualquier miembro del Congreso. Nosotros nos limitamos a darle información sobre su seguridad. Si finalmente se produce esa visita, nada cambiará en nuestra actitud hacia la isla. No hay ningún drama”, ha afirmado.

Sin embargo, es claro que la visita de una figura principal de la política del Gobierno norteamericano no se puede tomar a la ligera. Incluso su propia agenda reconoce la importancia oficial de la visita.

«El viaje se centrará en la seguridad mutua, la asociación económica y la gobernanza democrática en la región del Indo-Pacífico», afirmó la oficina de Pelosi.

«Nuestra delegación mantendrá reuniones de alto nivel para discutir cómo podemos seguir avanzando en nuestros intereses y valores compartidos”, agregó.

La presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi, recibió el respaldo de figuras republicanas como el secretario de Estado de Trump, Mike Pompeo, aunque no así de su propio presidente Joe Biden.

¿EE. UU. prepara un gambito taiwanés?

Pero ni gestos ni advertencias persuadieron a la congresista Pelosi, quien salió este lunes 1 de agosto en su viaje hacia la región, con una primera escala en Singapur donde se reunió con el primer ministro, Lee Hsien Loong, quien instó a la líder a mantener una relación estable entre Washington y Pekín.

«El primer ministro Lee destacó la importancia de que haya una relación estable entre Estados Unidos y China para la paz y la seguridad regional», según un comunicado difundido por el ministerio de Relaciones Exteriores de Singapur.

La agenda oficial de la delegación comprende Singapur, Malasia, Corea del Sur y Japón, pero las expectativas sobre una posible escala en Taiwán se han mantenido sin ser denegadas.

Sin embargo, incluso el Gobierno separatista de Tsai Ing-Wen ha mantenido una actitud reservada pues no quiere que se interprete el eventual viaje de Pelosi como una iniciativa suya, sino personal de la norteamericana.

La visita de Pelosi implica un respaldo al Gobierno independentista de la isla y alentar los afanes independentistas de Taipéi solo podría traer un conflicto bélico a la zona, pero cuyas repercusiones en la economía internacional son insospechadas.

La entrada de Ucrania a la OTAN, que finalmente se descartó, la sostuvo Washington como un derecho de ese país, sin considerar que esa decisión podía tener graves consecuencias, hasta provocar la invasión rusa. Ahora la Casa Blanca argumenta que Pelosi tiene derecho a viajar donde quiera. Cabe preguntarse el resto del mundo, que debería enfrentar consecuencias terribles si se presenta un conflicto armado en la zona Asia-Pacífico, si el viaje de Pelosi es necesario, importante o siquiera pertinente.

La presidenta de la Cámara de Representantes «tomará su propia decisión sobre si visita o no Taiwán», señaló el secretario de Estado, Antony Blinken, en la ONU.

Asimismo, Blinken sostenía hace seis meses que Kiev tenía derecho a decidir si entraba en la OTAN o no.

Aunque Kirby, Blinken y otros funcionarios intentaron restar importancia a la eventual visita de Pelosi, lo cierto es que sería un gesto completamente excepcional en las relaciones internacionales.

La anterior visita de un presidente de la Cámara de Representantes a Taiwán fue en 1997, cuando el republicano Newt Gingrich visitó la isla, durante la administración Clinton. Pero muchas cosas han cambiado en esos 25 años.

En la actualidad, el presidente Xi se ha planteado como una prioridad una política de integración de Taiwán al resto del país, por lo cual los alientos separatistas por parte de EE. UU. provocan inestabilidad e irritación.

Debilitar al presidente Xi

El interés estratégico estadounidense parece ser el socavar el mandato de Xi, obligando a un conflicto militar que se sume a los problemas ya graves que han presionado su administración en meses recientes como la pandemia de COVID-19, que en los últimos meses obligó a duros confinamientos, la crisis inmobiliaria y una creciente hostilidad de Occidente impulsada también por los norteamericanos.

Xi Jinping, quien ahora tiene 69 años, buscaría su reelección en el Vigésimo Congreso Nacional del Partido Comunista, en el otoño de este año, lo cual sería histórico, pues la Constitución de China estableció un límite de dos mandatos, en 1982; ese límite se eliminó apenas en 2018 bajo el gobierno del propio Xi, quien asumió el cargo en 2013.

Una vez más, un error de cálculo de la política exterior norteamericana podría provocar que, lejos de debilitarse, el líder se fortalezca.

La retórica belicista de Washington no parece coincidir con lo que sus propios analistas consideran. Pese a que Biden había dicho en mayo en Japón, durante una gira por Asia-Pacífico, que EE. UU. respondería militarmente si China atacaba Taiwán, parece que ahora los EE. UU. favorecen un conflicto militar entre China y Taiwán, pero sin comprometerse.

“Los militares piensan que no es una buena idea en este momento”, dijo Biden respecto de la posible y provocadora visita de Pelosi.

La fuerza militar

Según un artículo del New York Times, algunos analistas advierten que “las capacidades militares de China han crecido hasta el punto de que una victoria americana en defensa de Taiwán no podría garantizarse.”

La experta en política de seguridad y militar de China, Oriana Skylar Mastro, que cita el NYT, explica que, aunque EE. UU. cuenta con lo más avanzados aviones de combate del mundo, tiene acceso a solamente dos bases aéreas para recargar combustible en un radio de combate cercano al estrecho de Taiwán y ambas están en Japón, mientras China cuenta con 39 bases aéreas en un área de 500 millas de Taipéi.

El reporte anual sobre China de 2020 del Departamento de Defensa al Congreso de EE. UU. señala que Pekín cuenta con la marina más grande del mundo, con aproximadamente 350 naves que supera los 293 con que cuenta EE. UU.

Y no solo se trata de que sea mayor en número, sino que en años recientes se ha modernizado y mejorado tecnológicamente, señala el Pentágono.

Parece que la retórica belicista altisonante de EE. UU. no se corresponde con su realidad militar, por lo cual podría estar dirigida simplemente a inducir a los demás a error.

Una sola China

La ambigua política norteamericana respecto a China y Taiwán sostiene el reconocimiento de “una sola China”, pero a la vez cuenta con la legislación Taiwan Relations Act estadounidense de apoyo al Gobierno autónomo de la isla, gracias al cual a lo largo de décadas ha entregado enormes cantidades de recursos militares a Taipéi.

La visita de Richard Nixon a China hace medio siglo, en 1972, inició una nueva forma de relaciones que han variado sustancialmente, en particular durante las últimas dos décadas.

  1. UU. mantiene desde 1979, cuando estableció relaciones con Pekín, una «ambigüedad estratégica» hacia Taiwán: una política deliberadamente opaca. Sin embargo, la visita de Pelosi podría darle un peligroso aire definitorio a los intereses de un grupo político en Taiwán que desafía el poder chino.

Kuomintang

Tras el triunfo de la revolución de Mao Zedong en 1949, el Kuomintang se refugió en Taiwán donde estableció un gobierno autónomo autoritario hasta 1996, cuando se dan las primeras elecciones democráticas. Luego pierde el poder en 2000, para retomarlo en 2008 cuando mantuvieron una política de acercamiento a Pekín que se rompió en 2016 cuando llegó al poder la actual presidenta separatista Tasi Ing-Wen, quien se reeligió en 2020.

Los EE. UU. abandonaron a sus aliados de décadas del Kuomintang para acercarse al más conveniente partido independentista de Tsai Ing-Wen.

Aunque la visita de Nancy Pelosi a Taiwán no se concrete, el juego en política internacional de Washington parece sumar nuevos yerros a la administración Biden.

El acercamiento entre China y Taiwán parece una seria amenaza para EE. UU.

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