Por lo insólito de los hechos y las presumibles consecuencias, mucho se ha especulado sobre las razones, procesos y resultados de la insubordinación militar que protagonizó el grupo irregular Wagner en Rusia el pasado fin de semana.
Desde la eventual caída del presidente ruso Vladimir Putin, hasta un montaje con elaboradísimas maquinaciones para engañar a sus enemigos saturaron páginas y pantallas durante días.
Pero, más allá de las especulaciones, los hechos parecen sugerir que el mejor método de entender lo ocurrido es el principio de reflexión llamado “la navaja de Ockham” que dice que: “en igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la más probable.”

El sábado en la mañana, algunas tropas del grupo Wagner se movilizan a la estratégica ciudad Rostov del Don, toman los cuarteles y otros se dirigen a la autopista M4 hacia Moscú, sin encontrar resistencia del ejército, aunque varias fuentes informan de que hubo algunos choques esporádicos. El gobernador de Voronezh indicó que un depósito de carburante ardió en esa región a medio camino entre Rostov y Moscú. Las fuerzas de seguridad militares y civiles aplican los protocolos para operaciones de «combate» en el marco de una «operación antiterrorista».
Navaja de Ockham: “en igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la más probable”.
Yevgueni Prigozhin, líder de Wagner, aseguró que tomó el cuartel de Rostov «sin un solo disparo».
La denominada “marcha por la justicia”, con los efectivos del grupo avanza a menos de 300 kilómetros de Moscú, donde su líder reclama que no se le aplique la recién aprobada legislación según la cual los grupos militares irregulares deben subordinarse a la institución formal del ejército.
El exabrupto de Prigozhin adquiere matices dramáticos, como es evidente, al poner en entredicho la línea de autoridad militar y desplazarse por el territorio hacia la capital con fuerzas armadas.
La respuesta de las fuerzas de seguridad, según la convención y las leyes, debía ser reprimir la acción de manera contundente, pero eso no es lo que sucede.

El antecedente del comportamiento de Prigozhin y su grupo es que desde hace meses el líder ha expresado por medio de audios su disgusto con los jefes de las fuerzas armadas rusas, el ministro de Defensa Serguei Shoigu y el jefe del Estado Mayor, Valery Gerasimov, a los que acusa además de traición e incapacidad.
Desde luego asegura que ni él ni su grupo se someterán a su mandato y de ahí la protesta.
No obstante, tanto la insubordinación como la marcha violan la ley, lo cual aporta un elemento de gran tensión a la situación.
El presidente Vladimir Putin ordena que no haya respuesta militar contra los alzados y se inicia una negociación en la que participa el presidente de Bielorrusia, Aleksander Lukashenko, como mediador.
Prigozhin sabe, como militar, que el amotinamiento es intolerable; Lukashenko lo convence de que su acción la conducirá a la muerte suya y de sus hombres.
Aun cuando Putin supiera que la acción de Wagner no significaba una amenaza militar al poder y que el mismo Prigozhin no pretendía, como lo reiteró, un golpe de Estado sino una protesta ante un trato que consideraba injusto, las acciones se habían extralimitado.

Fragilidad en el Kremlin, pero no debilidad de Putin
En el primer mensaje televisivo de Putin, de escasos minutos, hace ver que la acción implica un acto de traición, que es una puñalada en la espalda, expresión que sugiere más una deslealtad personal que política. Pero no señala directamente a nadie. Es casi una advertencia donde agrega que los acontecimientos llevarán a consecuencias.
Reiteró que los miembros de Wagner eran héroes. Pero mencionó la crisis de la guerra civil rusa de 1917 que desestabilizó Rusia y provocó incluso la invasión de fuerzas externas.
Según reveló Lukashenko el martes, Putin le dijo el sábado respecto a los sublevados que, “de no desistir, serían aplastados”.
Putin tuvo claro todo el tiempo que, como alzamiento, la acción de Wagner no podría tener éxito, y, de alguna manera, suponía que Prigozhin también lo sabía, pero no quiere decir que no provocara una enorme y peligrosa sacudida en la institucionalidad rusa, en un momento en que requiere una enorme solidez no solo frente a la guerra en Ucrania, sino con la batalla diplomática internacional por un nuevo orden geopolítico, que es el verdadero y trascendente escenario de esta guerra.
En su primer mensaje de audio, publicado desde que pusiera fin a su rebelión, Prigozhin reiteró que: “El objetivo de la marcha era no permitir la destrucción del grupo Wagner y responsabilizar a aquellos que con sus acciones poco profesionales cometieron un número considerable de errores durante la operación militar especial” en Ucrania.
Entonces, el acuerdo alcanzado el sábado no fue a cambio de que se detuviera la rebelión, sino que fue una amnistía para dar tiempo a los alzados a reflexionar, dado que se habían ganado un estatus de héroes por su participación en la guerra en Ucrania.
La respuesta de Putin parece ser más estratégica que indulgente, pues evita que estalle una crisis política interna y un baño de sangre, a la vez que hace respetar la institucionalidad estatal, que había decidido acabar con la participación de fuerzas irregulares en suelo ruso mediante contratos formales.
Los combatientes del grupo que participaron en la asonada podrían elegir si incorporarse al ejército, trasladarse a Bielorrusia o «volver a sus casas».
El dinero de Wagner
“Entre mayo de 2022 y mayo de 2023, el Estado giró 86.262 millones de rublos (alrededor de $1.000 millones) en pagos al grupo Wagner”, afirmó Putin durante una reunión con responsables militares difundida por la televisión rusa el martes.
El presidente ruso indicó que el Estado había “financiado completamente” a Wagner y subrayó que la empresa Concord, el grupo de Yevgueni Prigozhin, había «ganado al mismo tiempo 80.000 millones de rublos» (unos $937 millones).
“Espero que durante estas operaciones nadie haya robado o, por así decirlo, ‘robado poco’”, agregó. “Por supuesto, nos encargaremos de (comprobarlo) todo», prometió, con lo que parecía sugerir que quizás el engañado habría sido Prigozhin.
El presidente ruso mostraba así su firme vínculo con la institucionalidad de seguridad rusa.
“Ustedes se opusieron a estos disturbios, cuyo resultado habría sido inevitablemente el caos”, destacó Putin este martes durante una ceremonia ante militares en Moscú. “En la práctica, evitaron una guerra civil”, agregó.
“Están en curso preparativos para transferir al ejército los equipamientos militares pesados de Wagner a las unidades activas de las fuerzas armadas de la Federación Rusa”, indicó el ministerio de Defensa en un comunicado.
“El caso criminal abierto por el alzamiento armado de la compañía militar privada Wagner ha sido cerrado”, indicó por su parte el servicio de seguridad ruso FSB.
Wagner sigue
El grupo paramilitar ruso continuará sus operaciones en Malí y en República Centroafricana (RCA), indicó el lunes el ministro de Relaciones Exteriores, Serguéi Lavrov en una entrevista con el medio ruso RT.
Mientras se da el proceso de transición acordado, la principal sede del grupo mercenario ruso Wagner, en San Petersburgo (noroeste), afirmó este lunes que funciona con “normalidad” tras la fallida rebelión liderada por su líder, Yevgueni Prigozhin, durante el fin de semana.
“A pesar de los acontecimientos que tuvieron lugar, el centro sigue funcionando con normalidad de acuerdo con la legislación de la Federación Rusa”, declaró la principal oficina del grupo en un comunicado, en un momento de incertidumbre sobre el futuro de la organización.
Horas antes, fuentes internas de Wagner habían asegurado que el grupo seguía reclutando en varias regiones.
“El reclutamiento continúa”, informó a la agencia de noticias oficial TASS un empleado de la ciudad de Novosibirsk, en Siberia.

Reacción occidental
Para Estados Unidos, esta crisis revela las “verdaderas fisuras” en la autoridad de Putin.
El levantamiento de los mercenarios marcó “un desafío directo a la autoridad de Putin. Así que esto plantea preguntas profundas, muestra verdaderas fisuras”, señaló el jefe de la diplomacia estadounidense, Antony Blinken, en declaraciones a CBS News.
En la misma línea, el presidente francés, Emmanuel Macron, afirmó que la sublevación de Wagner “muestra las divisiones existentes dentro del bando ruso, la fragilidad tanto de su ejército como de sus fuerzas auxiliares”.
Con su ofensiva en Ucrania, “Putin también está poniendo en peligro la seguridad de su propio país”, dijo el martes la ministra alemana de Exteriores, Annalena Baerbock.
Según Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea, Rusia muestra un resquebrajamiento, pues el conflicto de Ucrania está “afectando su sistema político”.
“Ciertamente, no es bueno ver que una potencia nuclear como Rusia pueda iniciar una fase de inestabilidad política. Esto es algo que debe ser tenido en cuenta”, agregó este lunes al llegar a Luxemburgo para una reunión de ministros de Relaciones Exteriores de la Unión Europea (UE).
Por su parte, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, califica la crisis rusa como consecuencia de “el gran error estratégico que el presidente Putin cometió con su anexión ilegal de Crimea y la guerra contra Ucrania”.
Wagner en Bielorrusia
Tras las negociaciones, Lukashenko dijo que podría negociar con Wagner y utilizar sus servicios, al anunciar la acogida del grupo en Bielorrusia, no solo para Prigozhin, sino para sus unidades.
Prigozhin llegó la mañana de este martes a Minsk en su avión privado. “Lukashenko tendió la mano y ofreció encontrar soluciones para la continuación del trabajo del grupo Wagner de manera legal”, dijo Prigozhin en su primer mensaje desde su nueva residencia.
Primero armas nucleares rusas y ahora la posible instalación de Wagner en Bielorrusia, esto evidencia que el presidente Aleksander Lukashenko se fortalece con lo que recibe de Rusia, y Occidente está muy consciente de eso.
La OTAN está preparada para defenderse de cualquier amenaza procedente “de Moscú o de Minsk”, reaccionó Stoltenberg este martes.
Mientras tanto, Alemania anunció que está dispuesta a estacionar cerca de 4.000 soldados en Lituania, frente a los 850 efectivos presentes actualmente, con el objetivo de reforzar el flanco oriental de la OTAN, dijo este lunes el ministro alemán de Defensa, Boris Pistorius.
El presidente de Lituania, Gitanas Nauseda, cuyo país será sede de la cumbre de la OTAN en julio, advirtió que la alianza podría tener que fortalecer sus fronteras orientales “si Prigozhin o parte del grupo Wagner termina en Bielorrusia sin planes claros o sin intenciones claras”.
La inocencia occidental
Pese a que los servicios de inteligencia de EE. UU. filtraron a algunos medios que conocían desde varios días antes la posibilidad de que una acción de ese tipo se diera y no lo comunicó, el resultado de un caos en Rusia no le conviene tampoco a Occidente.
El objetivo claramente era debilitar a Rusia y particularmente a su presidente Vladimir Putin, pero no establecer el caos en una potencia de esas dimensiones, particularmente, en lo militar.
El presidente estadounidense, Joe Biden, dijo este lunes a periodistas: “Convoqué a nuestros aliados clave en una llamada de Zoom. Coincidimos en que teníamos que asegurarnos de no dar a (el presidente ruso Vladimir) Putin ninguna excusa (…) para culpar de ello a Occidente y para culpar de ello a la OTAN”. “Dejamos claro que no estábamos involucrados. No tuvim
os nada que ver, era un problema dentro del sistema ruso”, añadió.
Las potencias occidentales, a las que la crisis rusa también parece haber tomado por sorpresa, intentan anotarse algún triunfo con los confusos hechos.
“Vi cómo informaban de los sucesos en Rusia. En particular la CNN, si mal no recuerdo, informó que la inteligencia estadounidense sabía con varios días de antelación de los preparativos del motín, pero decidió no comentarlo a nadie, por lo visto con la esperanza de que la rebelión tuviera éxito”, dijo el ministro de Exteriores ruso Seguéi Lavrov.
Putin fue sometido a su más dura prueba política, pues en pocas horas debía estar capacitado para sofocar una sublevación, evitar el desarrollo de pugnas internas y sostener la confrontación con las potencias occidentales y la guerra en Ucrania.
Primó la institucionalidad y se evitó el caos, pues el presidente Vladimir Putin actuó con mucha sangre fría, aunque mostró una vulnerabilidad de gestión insospechada en una crisis que debió contenerse hace tiempo, mientras enfrenta una poderosa arremetida de sus adversarios de Occidente, coligados por la guerra en Ucrania.
