La ruta de la seda:

Proyecto chino cambiará el orden del mundo

Vean el mapa. Tracen una línea entre Beijing y Rotterdam, pasando por Moscú y el norte de Europa.

Vean el mapa. Tracen una línea entre Beijing y Rotterdam, pasando por Moscú y el norte de Europa. De Rotterdam otra, hacia el sureste, hasta Nairobi, capital de Kenia, y de ahí, por mar, hasta Yakarta, hacia el este. Finalmente, de Yakarta hacia el norte, de nuevo a Beijing.

Es la enorme superficie que el proyecto de la Ruta de la Seda se propone unir por tierra y por mar; un proyecto gigantesco que cambiará todas las relaciones económicas y políticas tal como las hemos conocido en la faz de la Tierra, por lo menos en los últimos dos siglos.

De eso hablaron 29 jefes de gobierno y de Estado reunidos en Beijing el 14 y el 15 de mayo recién pasado en una cita a la que asistieron cerca de 1.500 representantes de más de cien países de organismos internacionales, entre ellas Antonio Guterres, Secretario General de Naciones Unidas, y Christine Lagarde, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI).

El interlocutor principal del presidente chino Xi Jinping, anfitrión de la cita, en esa reunión fue su colega ruso, Vladimir Putin. De América Latina, solo dos presidentes: Mauricio Macri, de Argentina; y Michelle Bachelet, de Chile.

Polémicas

Un proyecto de esta magnitud no puede dejar de provocar todo tipo de comentarios e interpretaciones, todas relacionadas con la naturaleza del cambio que estamos asistiendo en el escenario internacional.

Hace siete años, Kishore Mahbubani, Decano de la Lee Kuan Yew, escuela de Políticas Públicas en la Universidad Nacional de Singapur,  escribió un libro sobre “el irresistible cambio del poder global hacia el este”. Mahbubani fue representante de Singapur en Naciones Unidas y, en ese cargo, ejerció la presidencia del Consejo de Seguridad. Veterano diplomático, es una voz largamente oída sobre el papel de Asia en el escenario mundial.

En su libro, recordó que, en 1920, siendo Winston Churchill Secretario de Guerra, dijo que estaría “muy de acuerdo en usar gases venenosos contra las tribus incivilizadas” de árabes y kurdos que se habían alzado en Irak, entonces ocupado por los británicos. “El mundo ha cambiado desde entonces, pero la mentalidad occidental no”, dijo Mahbubani.

La historia nos muestra que las tensiones y los conflictos ocurren con más frecuencia cuando surgen nuevos poderes. Eso puede ocurrir, pero también puede ser evitado si el mundo acepta los principios clave de una nueva era compartida, afirmó Mahbubani en su libro.

Podría evitarse, pero no se puede descartar el conflicto. En marzo del 2015, Robert Blackwill y Ashley Tellis prepararon un informe sobre las relaciones de Estados Unidos con China para el Council on Foreign Relations, una institución dedicada a analizar los desafíos de la política exterior norteamericana.

En su opinión, China ha adoptado una gran estrategia para extender su influencia más allá de su frontera, pacificar su periferia, consolidar su papel en el escenario internacional y reemplazar a los Estados Unidos como la principal potencia en Asia.

La cuestión principal sobre el futuro de Asia, concluyen en su trabajo, “es si Estados Unidos tendrá la voluntad política, la capacidad geoeconómica, militar y diplomática y, especialmente, la correcta gran estrategia para lidiar con China y proteger los intereses vitales de Estados Unidos”.

Esta semana falleció Zbigniew Brzezinski, influyente politólogo de origen polaco, asesor de Seguridad Nacional del expresidente Jimmy Carter. Su gran preocupación fue la Unión Soviética. En uno de sus libros más conocidos, El gran tablero mundial, insistía en que Estados Unidos no debería permitir que ningún país se convirtiese en potencia dominante en el continente euroasiático.

Dado el desarrollo de los acontecimientos, parece evidente que esos sueños están completamente desfasados.

Cambios

Más allá de las motivaciones estratégicas de los líderes chinos, la Ruta de la Seda “representa un verdadero sueño en la fase de caos global que marca la decadencia de Estados Unidos y el ascenso de China, al unísono de la resurrección de Rusia”, dijo Alfredo Jalife-Rahme en el diario mexicano La Jornada, al analizar el Foro celebrado en Beijing.

El presidente chino, Xi Jinping, lo definió como el “proyecto del siglo”, como “un camino de paz” que busca convertir “la actual gobernanza global en una versión más inclusiva y más justa”, en su discurso de apertura.

Desde la presentación de la propuesta, hecha por Xi en 2013, en un discurso pronunciado en la Universidad de Nazarbayev, de la república centroasiática de Kazakistán, la iniciativa se amplió, dejando de ser un proyecto euroasiático para transformarse en una propuesta que abarca prácticamente todo el mundo, incluyendo cerca de 65 países, con 4.400 millones de habitantes (63% de la población mundial), y casi el 30% del PIB global.

Tres pilares

El proyecto parece sustentado en tres pilares. El más visible es el ambicioso plan de construcción de infraestructuras.

Las obras de la Ruta de la Seda consisten en ferrocarriles, carreteras, puertos, aeropuertos, oleoductos y redes de Internet con los que China apuesta a lubricar el comercio mundial y su papel en el escenario internacional.

“Uno de los hechos que más sorprende es la rapidez con que ha despegado la Ruta de la Seda. Cuando se lanzó la iniciativa, en 2013, apenas 17 trenes de carga unieron China con Europa. En 2016, fueron 1.702, cien veces más en cuatro años”, indican datos recientes.

Pero tanto o más importante que la construcción de ferrocarriles, puertos y carreteras es la red financiera que le da sustento.
Las informaciones sobre los recursos disponibles son muy variadas, pero siempre multimillonarias. Los bancos estatales chinos revelaron, el año pasado, que disponían de 900 mil millones de dólares para financiar mil proyectos de la Ruta de la Seda, con la participación del Banco Asiático de Infraestructura e Inversiones (AIIB), otra iniciativa china.

El Credit Suisse Group informó este mes, por su parte, que Beijing podría invertir más de 500 mil millones de dólares en 62 países en los próximos cinco años. Desde que se anunció el proyecto, en 2013, China invirtió más de 50 mil millones de dólares en los países participantes de la iniciativa, entre ellos diversos países africanos.

En el largo plazo, especialistas como Tianjie He, de Oxford Economics, estiman que la Ruta de la Seda podría también “impulsar la internacionalización del yuan fomentando su uso tanto en transacciones comerciales como financieras”.

Pero hay un tercer pilar en este proyecto: el de las ideas.

“Ningún país puede alcanzar el rango de potencia hegemónica con base en la fuerza militar. Por el contrario, para alcanzar la hegemonía sin dominación una nación debe encarnar visiones del mundo capaces de atraer el interés de millones de personas en los más remotos rincones”, estimó el uruguayo Raúl Zibechi. “Nunca en la historia –agregó– “el dinero y las armas fueron suficientes para sostener una supremacía, que siempre se asentó en el resplandor de una nueva cultura política.”

Como recordó Kishore Mahbubani, Occidente solo superó económicamente el resto del mundo en los dos últimos siglos. Antes de eso, destacó, las dos mayores economías eran la de China e India. Ahora la riqueza y el poder de Asia están siendo restaurados, el respeto por sus propias perspectivas culturales está creciendo. El orgulloso Occidente debería aprender de organizaciones como la Asociación de Países del Sudeste Asiático, el arte de resolver los problemas internacionales sin una arrogancia contraproducente.

El escenario internacional parece reforzar esas percepciones. El Brexit –con las destructivas negociaciones que se asoman entre Gran Bretaña y la Unión Europea–, el fracaso de la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP), o el conflicto sin precedentes que marcó la reunión del G-7, celebrada la semana pasada en Sicilia, solo agregan elementos a esa tendencia.

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