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Partes de guerra… fría

La segunda década de este siglo es claramente de reacomodo del orden mundial. La incertidumbre domina el paisaje en una atmósfera enrarecida, primero por una pandemia que esparció el miedo por todos los rincones del planeta, luego por la crisis de la hegemonía política de Occidente.

La respuesta que dieron los gobernantes de las principales potencias de Occidente a esa crisis de hegemonía solo ha servido hasta ahora para profundizarla y llevar a la humanidad ante las puertas de una amenaza de exterminio que, por lo menos en esos términos, ya se creía superada.

Lo primero fue una provocación que justificara aislar a Rusia, una economía creciente que no habían podido contener ni con las sanciones aplicadas desde 2014, tras la anexión de Crimea a la Federación Rusa. Traspasar las “líneas rojas” de la seguridad nacional rusa amenazando con la inminente entrada de Ucrania en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) llevaría a Vladimir Putin a una acción militar y esa sería la excusa necesaria para sancionarlo y aislarlo. Luego el resto del mundo, sus excolonias y subordinados los seguirían para castigar al nuevo monstruo de apetitos expansionistas al que los medios asociaban una y otra vez con Hitler.

Donald Trump parece burlarse de cada una de las estrategias con que lo quieren atacar sus opositores, y se perfila con fuerza para las elecciones 2024. (Foto: Scott Olson, AFP)

Pero, pese a su poderío económico, quienes poco a poco se fueron aislando fueron las potencias occidentales lideradas por EE. UU.

La supervivencia de la hegemonía occidental dependía de lograr ganar adeptos en una división del mundo en dos bloques y polarizar posturas, que es la tendencia simplista que tienen los discursos en esta época de la hipercomunicación.

  1. UU. no tardó en llevar a sus huestes a apuntar hacia su otro gran rival: China.

Con la OTAN en ristre e incrementos exagerados de presupuestos militares, los líderes occidentales se sentaron a tomar vino en un castillo en Alemania a esperar la inminente caída de su enemigo formidable, mientras anunciaban la necesidad de crear una Comunidad Política Europea “inspirada en el Imperio Romano”, al decir del depuesto Boris Johnson.

Para recuperar su hegemonía apostaban a la cautela y prudencia china y sobre todo porque, según sus cálculos, lo que menos convenía a los intereses económicos y comerciales de la potencia oriental era verse involucrada en una guerra.

Pero el gran error de cálculo, inducido posiblemente por la soberbia de siglos pasados, es que “el resto del mundo” iba a bailar a su ritmo.

Ante las sanciones, otros países, incluida las misma China, se ofrecieron y sacaron ventaja de hacer negocios con la Rusia sancionada por Occidente y no la vieron como una amenaza para sus intereses; China le declaró una “amistad sin límites” a Putin y, aunque supo mantenerse al margen del conflicto bélico en Ucrania, identificó al otro adversario, que ya le había declarado la guerra comercial, moviendo los hilos tras la escena.

A poco más de cinco meses de haber construido ese escenario de guerra fría en la geopolítica mundial, el balance es aterrador.

Las partes de esta guerra solo muestran un panorama ominoso donde todos perdieron y la posibilidad de una prolongación del conflicto o incluso su nefasta escalada.

De cualquier forma, el daño ya está hecho.

Alemania y el incómodo Gerhard Schöder

Aunque la guerra en Ucrania ha recrudecido en las últimas semanas, algunos analistas, quizás con un vago optimismo, consideran que puede ser el preámbulo a una negociación.

El acuerdo para que los barcos con granos pudieran salir de los puertos de Ucrania, alcanzado en Turquía hace dos semanas, dio aliento a esa posibilidad.

El presidente turco Erdogán se felicitó por ese logro y aseguró que la parte podría seguir ese camino.

Gerhard Schöder, el excanciller alemán y amigo personal de Putin, dijo en una entrevista con la revista Stern, luego de reunirse con el líder ruso, que este estaba en disposición de sentarse a negociar. Sin embargo, Schöder aclaró que no se puede intentar partir de situaciones imposibles. En ese sentido aclaró que Ucrania no podía solicitar el retorno de Crimea bajo su jurisdicción. Respecto de los territorios del Donbás, dijo que se debería retomar los acuerdos de Minsk II para ir hacia una propuesta de territorios neutrales.

La salida de más de cinco barcos con miles de toneladas de granos hacia los mercados internacionales ciertamente han bajado mucho la tensión y principalmente la preocupación de una hambruna en el mundo por la escasez y la subida de precios. No obstante, las preocupaciones están lejos de disminuir.

El otro componente que acecha a Europa es el energético. Las sanciones impuestas por Occidente a Rusia provocaron una fuerte reducción en el suministro y un incremento precipitado de precios.

Lo que inicialmente era un instrumento para castigar a Rusia se convirtió en uno de autocastigo que obliga ahora a los europeos a plantearse nuevas negociaciones.

Schöder fue claro al decir que la solución sería si entra en operación el gasoducto ruso-alemán Nord Stream 2, que está de telón de fondo en todo el conflicto.

Este gasoducto está listo y tendría que haber entrado en funcionamiento, según todos los acuerdos, en noviembre del año pasado, pero el Gobierno alemán decidió varias objeciones y se retrasó hasta que luego de la invasión rusa a Ucrania resolvió cancelarlo totalmente.

Alemania ve cada vez más cerca un invierno con falta de energía que no solo afecta a sus ciudadanos hasta lo más íntimo, sino que amenaza a toda su economía. Esto ha llevado a plantearse medidas como el uso de plantas nucleares o del carbón para producir energía, lo cual iría en franca contradicción con el discurso de los Verdes, el partido que acompaña a los socialdemócratas en el poder.

El armamento de Occidente

Castigar a Rusia utilizando la reducción en la compra de sus hidrocarburos fue otro error de cálculo de parte de los gobernantes europeos que rápidamente sus gobernados empezaron a padecer, mientras que para los rusos resultó un alivio.

El incremento en el precio de los combustibles elevó las ganancias de los rusos, quienes muy pronto encontraron otros mercados alternos, como India, que aprovecharon para incrementar sus compras de petróleo ruso de un 1% a un 18%, en dos meses, lo refinaron y se lo vendieron a otros países occidentales como Europa.

Otros países también salieron beneficiados vendiendo a Europa petróleo y gas, como Qatar, Argelia y, claro, EE. UU.

Pero lo cierto es que Rusia no recibió el impacto que Occidente había calculado en ese rubro y, por el contrario, incrementó su ingreso.

Lo que sí ha sido un fuerte golpe para Rusia es la guerra misma que ha tenido que sostener durante casi seis meses con una Ucrania que ha recibido la inyección más grande en recursos y armamento como ningún otro país en la historia. No obstante, los rusos lograron controlar la zona del Donbás, la más rica de Ucrania, el mar de Azov y la salida al mar negro, que es imprescindible para el comercio ruso con el mundo.

Las falsas verdades sobre la guerra en Ucrania

Ucrania, que ha sido el gambito en este ajedrez geopolítico, ha quedado seriamente diezmada. Cumplida su misión de servir para involucrar a Rusia en una “guerra proxy”, el apoyo occidental empieza a reducirse y su imagen a desmejorar.

Primero fue la denuncia hace dos meses de periodistas de medios occidentales de que no podían confiar en las fuentes ucranianas porque mentían y exageraban, los rumores en los mercados negros de que muchas de las armas enviadas por Occidente se estaban traficando, el despido de la fiscala general del país y del jefe de la inteligencia en julio, y más recientemente el informe de Amnistía Internacional del uso de escudos humanos desdibujan el heroísmo ucraniano, a la vez que su propio presidente acude frívolamente a programas de entretenimiento o a revistas de moda para hacerse imagen.

El informe de Amnistía Internacional, organismo que está muy lejos de poder considerarse prorruso, reveló el uso de escudos humanos por parte de Ucrania.

Muchas de las escenas que se difundieron ampliamente por la prensa en el mundo de ataques rusos a hospitales, escuelas y población civil fueron investigadas por la oenegé.

Tras investigaciones hechas in situ, con testigos y pruebas según los protocolos que sigue ese organismo, sobre lo ocurrido entre los meses de marzo a junio, demostraron que las fuerzas armadas de Ucrania utilizaron hospitales, escuelas y zonas pobladas por civiles para emplazar tropas y atacar a los rusos. Esto puso en riesgo a las vidas de civiles.

La reacción furiosa del gobierno de Zelenski no se hizo esperar, quien denunció al organismo de favorecer a los rusos. Incluso la representante de AI en Ucrania renunció. Pero la oenegé sostuvo que su informe correspondía a una investigación rigurosa como las que la caracterizan.

Por otra parte, uno de los temas que más ha resonado en los medios internacionales en los últimos días es que se haya puesto en peligro la planta nuclear de Zoporiyia, la más grande de Europa, en territorio ocupado por Rusia, tras bombardeos ucranianos.

La respuesta de Kiev es que habían sido los mismos rusos los que la habían atacado.

Aunque la credibilidad de Ucrania se debilita cada vez más, no ocurre así con su poderío militar y el abastecimiento de armas cada vez de mayor alcance que le envía Occidente.

La respuesta rusa ha sido atacar objetivos más allá de las zona del Donbás e incluso volver a amenazar la capital Kiev, lo cual solo augura que la guerra se va a prolongar con efectos nefastos para el resto de Europa.

La vieja Europa

La crisis política en Europa es patente. A la salida del fiestero primer ministro británico Boris Johnson, luego la del discreto negociador Mario Draghi en Italia, se une ahora la incierta discusión en Alemania, donde el partido Social Demócrata, líder de la alianza en el poder, no llega a expulsar a Schöder mientras el actual canciller Olaf Scholz pide a sus ciudadanos un irracional e injustificado sacrificio para mantener las estériles sanciones a Rusia.

Una inflación galopante, un invierno a las puertas sin haber logrado sustituir la dependencia del combustible ruso, un decrecimiento económico que los organismos financieros advierten que se extenderá por todo el año entrante, así como tensiones sociales cada vez más crecientes evidencian que la “guerra proxy” de Occidente contra Rusia resultó un desatino que ya alcanza dimensiones históricas.

Mientras tanto, siguiendo igualmente el liderazgo de EE. UU., desafían a China a la que tildan como amenaza, siendo, por ejemplo, el principal socio comercial de Alemania.

Pero ni la Unión Europea, ni Naciones Unidas, ni la OTAN fueron capaces de disuadir a la señora Nancy Pelosi de su viaje a Taiwán el reciente 2 de agosto. Pero sí estuvieron prestos a lanzar un comunicado, al día siguiente de la visita, para advertir a China de que no reaccionara, pese a la evidente e irrespetuosa provocación.

La gigante taiwanesa de la producción de microchips TSMC se verá fuertemente afectada por la provocadora visita de Nancy Pelosi a Taiwán.

El irresponsable pero calculado viaje de Pelosi

El 29 de julio, una semana antes del viaje de Pelosi a Taiwán, el Congreso de EE. UU. aprobó la Ley de Chips y Ciencia (Chips and Science Act), la cual contempla una inversión de $52.000 millones en subvenciones para impulsar la industria de producción de semiconductores.

Esta ley «amplifica nuestros esfuerzos para fabricar semiconductores aquí en Estados Unidos», dijo Biden al firmarla este martes.

La compañía estadounidense de semiconductores Micron anunció sus planes de invertir $40.000 millones en la producción doméstica de chips para finales de la década, aprovechando las subvenciones y créditos de la nueva ley.

Taiwán, Corea del Sur y China acaparan el 87% del mercado mundial de microchips, según datos de TrendForce. Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) es el mayor fabricante de chips del mundo con una cuota de mercado del 54% muy por delante del 17% de la surcoreana Samsung y del 7% de la también taiwanesa UMC. Mientras China es el 8% del mercado de semiconductores.

La misma empresa taiwanesa TSMC ha expresado su interés de participar en una fábrica de chips que se construiría en Arizona.

Pese a que Taipéi recibió con alborozo la llegada intempestiva de Pelosi, lo cierto es que pocos beneficios le ha traído.

Al día siguiente de la partida de la presidenta del Congreso estadounidense, China inició una serie de ejercicios militares de gran despliegue lo que cargó de tensión una de las regiones más importantes para el comercio mundial.

Por el Estrecho de Taiwán transitan continuamente barcos desde China, Japón, Corea del Sur y Taiwán, transportando mercancías desde y hacia las fábricas asiáticas a los mercados de Occidente. Según Bloomberg, casi la mitad de la flota mundial de contenedores y el 88% de los barcos más grandes del mundo han atravesado el estrecho este año. Cerca del 48% de los 5.400 portacontenedores operativos del mundo pasaron por ese enclave desde enero.

La confrontación con China, aun cuando no escalara a un enfrentamiento armado, ya empieza a afectar a Taiwán que, al igual que Ucrania, no parece haber obtenido ningún beneficio en este ejercicio de reacomodo geopolítico.

Biden, el soldadito de plomo

Según las encuestas, dice el New York Times, Joe Biden es el presidente más impopular de la historia a estas alturas de su gobierno. Su política exterior guerrerista no ha logrado otorgarle una imagen de líder fuerte ante sus conciudadanos, ni siquiera los demócratas y, ante unas próximas elecciones legislativas de medio periodo, su partido peligra perder el control del Congreso.

Aunque el presidente se ha apuntado algunos éxitos, como el asesinato por parte de la CIA en Afganistán del líder de Al Qaeda, Ayman al-Zawahiri, la aprobación del paquete presupuestario para Clima y Salud, la ley de semiconductores, entre otros, lo cierto es que su liderazgo palidece.

La estrategia política de criminalizar a los adversarios políticos, tan habitual en años recientes en Latinoamérica, llegó a EE. UU. Parece que el principal interés de los demócratas es lograr un cargo legal que inhabilite a Donald Trump para las elecciones de 2024.

El lunes 9 de agosto por la mañana, un grupo de alrededor de 30 agentes del Buró Federal de Investigaciones (FBI) allanó la casa del expresidente en Mar-a-Lago, Florida.

El allanamiento de la residencia de Donald Trump por el FBI crea división: para unos es un primer paso hacia un juicio y para otros una «persecución política», en medio de una gran polarización y cuando el expresidente considera volver a ser candidato a la Casa Blanca, informó AFP.

El líder de los conservadores en la Cámara de Representantes, Kevin McCarthy, denunció una «instrumentalización intolerable con fines políticos» del Departamento de Justicia y prometió una investigación sobre su funcionamiento en cuanto los republicanos vuelvan al poder, señala la agencia.

Aunque el allanamiento no significa necesariamente que Trump esté bajo investigación por un delito, la legislación estadounidense prohíbe estrictamente que se retengan documentos clasificados, lo cual conlleva severas penas de prisión.

Si esa es la estrategia que siguen los demócratas de cara a las elecciones para mantener el control del Congreso o hacia las de 2024, hasta ahora, el efecto parece haber sido el contrario.

Al igual que con sus “guerras proxy”, gambitos y embarcadas, la errática política de EE. UU. no hace más que debilitar su hegemonía en el mundo.

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