Mundo Ucrania

Nueva Guerra Fría: del ajedrez al póker

Pese a la tensión política internacional que ha generado en las últimas semanas la reactivación de un clima de guerra fría entre Estados Unidos y Rusia, con amenazas de movilizaciones militares, sanciones económicas y hasta una escalada a conflicto nuclear, lo cierto es que las bravuconadas parecen más un bluf, destinado a hacerse con el pozo, que una estrategia geopolítica.

Para intentar comprender la partida hay que despejar primero algunos factores y figuras en juego. Existen hechos inmediatos, declaraciones de personajes en altos cargos de responsabilidad, razones geoestratégicas e históricas, tensiones políticas e intereses económicos que son necesarios desenmarañar.

Joe Biden activó un clima de guerra fría mientras buscaba proveedores sustitutos del gas a la Unión Europea, incluido Estados Unidos.

Se suele atribuir al senador estadounidense Hiram Johnson, en 1917, durante la Primera Guerra Mundial, la frase que se inscribió en la historia: “Al llegar la guerra, la primera víctima es la verdad.” En 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, el primer ministro británico Winston Churchill la retomó: “en tiempos de guerra la verdad es tan preciosa que debería ser protegida de las mentiras por un guardián”.

Ahora, en la era de la postverdad, un conato de Guerra Fría dispara todas las alarmas y en las pantallas de los teléfonos celulares se vive la antesala del holocausto, mientras los espectadores de la partida se polarizan.

El rumor de que Rusia había movilizado 100 mil soldados a la frontera con Ucrania ha sido tomado con cautela incluso por el mismo secretario general de la OTAN, Jens Stoltenverg.

La diplomacia se diluye en un escenario abstracto y las grandes potencias militares se enseñan los dientes, y no precisamente con su acostumbrada sonrisa de bótox, sino alardeando “a ver quién es el que la tiene más grande”, como dice Serrat.

El centro del conflicto ahora es Ucrania, exrepública socialista soviética hasta 1991, cuyo gobierno actual, presidido por Volodímir Zelensky, se ha convertido en el mayor adversario de la Rusia de Vladimir Putin.

Pese a ser socios comerciales importantes y a compartir una historia y cultura de tronco común basada en el llamado Rus de Kiev, del siglo IX, a partir de 2014 estas dos naciones entraron en una confrontación que ha ido en escalada, y se dice que ya ha cobrado 14 mil muertos.

Ucrania frente a Rusia

Al igual que otros países del antiguo bloque comunista, desde su independencia, Ucrania se volcó hacia una economía de mercado y a un sistema electoral democrático. Aprovechó sus condiciones de ser un país territorialmente grande y un importante productor de granos, así como su cercanía con la Unión Europea y sus costas en el Mar Negro y su alianza histórica con Rusia.

Sin embargo, para 2014, el entonces presidente Víktor Yanukóvich, presionado por Rusia, se negó a firmar un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, que había sido parte de sus promesas de campaña. Las protestas no se hicieron esperar por parte de los ucranianos que veían la medida como una pérdida de autonomía y un error, pues negaba la posibilidad de aprovechar sus relaciones tanto con Rusia como con Europa.

Pese a que las manifestaciones, conocidas como Euromaidán, fueron reprimidas, finalmente el gobierno tuvo que ceder. Yanukóvich dejó el poder. El 25 de mayo se convocaron elecciones, las cuales ganó el empresario y político Petró Poroshenko, evidentemente más cercano a Occidente. Pero una parte importante de la población ucraniana es rusa o mantienen una estrecha relación cultural e histórica con Rusia, especialmente en las regiones del sureste, por lo cual desde entonces se declararon en rebeldía y han sostenido una guerra interna contra el gobierno, alegando su independencia. Además, la península de Crimea, donde el 60% de la población es rusa y menos del 25% ucraniana, se declaró República Independiente y convocó a un referéndum en marzo de 2014, según el cual decidieron unirse a la Federación Rusa.

Los soldados rusos intervinieron para asegurar esa posición, así como han apoyado desde entonces a los movimientos separatistas de Lugansk y Donetsk, en la región sureste de Ucrania conocida como Donbáss.

El cuarteto de Normandía

En el intento de buscar a una salida al conflicto ucraniano con Rusia, se creó el 6 de junio de 2014 el Cuarteto de Normandía, grupo integrado por Alemania, Rusia, Ucrania y Francia, y de cuyas negociaciones surgieron los acuerdos Minsk I, ese mismo año, que luego fue ampliado a Minsk II, el cual fue aprobado por los cuatro participantes en 2015, pero cuya ejecución quedó pendiente. Mientras tanto, el conflicto en el sur-este de Ucrania continuó hasta cobrar ya una muy elevada y lamentable cifra de muertos.

Rusia alega que el incremento en el último año de asistencia militar, armamento y soldados mercenarios a Ucrania por parte de Occidente, apunta a un fortalecimiento de la lucha contra los independentistas del Donbáss, lo cual pretende enterrar los acuerdos Minsk II. De ahí que los rusos incrementaran su presencia militar en esa zona de la frontera desde inicio del año pasado.

Tras conversaciones que sostienen desde el 18 de enero, el miércoles 26 de enero se reunieron en París el enviado ruso para las negociaciones sobre Ucrania, Dmitri Kozak; y el director de la administración presidencial ucraniana, Andriy Yemak, Emmanuel Bonne, consejero diplomático del presidente francés Emmanuel Macron, y Jens Plötner, asesor del canciller alemán Olaf Scholz. Luego de 8 horas de discusiones que los participantes valoraron como positivas, se decidió una próxima reunión en dos semanas.

El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, se congratuló el jueves 27 por las conversaciones «constructivas» mantenidas el miércoles en París, y pidió a los países occidentales que eviten fomentar el «pánico» frente a la concentración de tropas rusas en la frontera con su país.

«No necesitamos este pánico», declaró Zelenski en una rueda de prensa con medios de comunicación extranjeros, señalando que hay que evitar dañar aún más la economía de Ucrania.

El viernes 28 de enero, Zelenski indicó que Kiev no ve un agravamiento de la situación mayor de los que se han visto con anterioridad.

El mandatario se refería al despliegue de soldados rusos en la frontera con Ucrania en abril de 2021 con el argumento de unas maniobras. «No creo que la situación sea más intensa que entonces. En su punto más álgido a principios de 2021 fue muy intensa, pero entonces no hubo una cobertura mediática tan fuerte como la que hay ahora. Llevamos hablando de esto desde hace ocho años», sostuvo.

Expansionismo de la OTAN

El anhelo de Putin de que Kiev vuelva a ser un aliado dócil de Moscú se aleja, y la posibilidad de que sea utilizado como plataforma por sus enemigos de Occidente lo hace buscar con más ahínco la autonomía de sus aliados en el sureste del país.

La diplomacia rusa ha sostenido que, en 1991, ante el derrumbe de la URSS, se dio un acuerdo verbal entre Gorbachov y George Bush de que la OTAN no se expandiría hacia el este. Sin embargo, esas palabras se las llevó el viento.

En una conferencia de prensa Vladimir Putin, salido de su tradicional fría ecuanimidad, enfatizó que desde 1997 la OTAN se ha expandido 5 veces absorbiendo algunos antiguos países de la Europa socialista e incluso algunas exrepúblicas soviéticas, como las del Báltico: Estonia, Letonia y Lituania, en 2004. (ver gráfica)

Durante estos años, la alianza atlántica ha emplazado bases militares y soldados en los territorios de sus nuevos miembros.

Para Rusia se trata de una amenaza concreta, ya que una vez que Ucrania fuese aceptada en la OTAN tendría derecho a emplazar misiles de alcance suficiente como para bombardear Moscú en cinco minutos, es decir, sin tiempo para repeler el ataque.

El actual movimiento de tropas y armamento por parte de la OTAN en sus países miembros cercanos a Rusia, ante la supuesta amenaza a Ucrania, confirma que la existencia de bases y misiles de la alianza atlántica en Ucrania sería un peligro para la seguridad rusa.

Las garantías de seguridad exigidas por Rusia incluyen poner freno a una mayor expansión de la Alianza, en particular a Ucrania y Georgia, el cese de toda cooperación militar con las antiguas repúblicas soviéticas y la retirada de las tropas y armamentos de la OTAN a las posiciones que ocupaban antes de 1997.

Las delgadas líneas rojas

Para comprender la intransigencia de Putin respecto a tolerar el ingreso de Ucrania a la OTAN, quizás sirva como referencia la llamada crisis de los misiles que se dio en 1962, cuando la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) emplazaron misiles en Cuba. Desde luego, los Estados Unidos consideró aquello una amenaza intolerable para su seguridad nacional. Y tenía razón, de la misma manera que ahora la tiene Rusia. ¿Cómo habría reaccionado Washington si Cuba hubiese sido miembro del Pacto de Varsovia?

Entonces, mediante un acuerdo la URSS retiró los misiles y EE.UU. hizo lo propio con los que tenía emplazados en Turquía. A quien no perdonó los EE.UU. fue a Cuba, a la que condenó a un bloqueo económico que ya lleva 60 y que ha provocado el dolor y el hambre de un pueblo que se atrevió a desafiarlos.

Hoy Putin mantiene una relación comercial con Ucrania, de quien además es uno de los socios comerciales más importantes. Incluso el uso del territorio ucraniano para que pasen los gasoductos que distribuyen el gas ruso a Europa es una de las fuentes de ingresos más importantes de Ucrania. Es decir, Rusia tolera un gobierno que se le opone, hace negocios con él, cosa que desde hace sesenta años las democracias estadounidenses no han hecho con quienes se les oponen y, por el contrario, han tratado de ahogarlos económica y políticamente.

Es cierto que el profundo nacionalismo que caracteriza al mandatario ruso impulsa ese sentimiento casi obsesivo con Ucrania. Quizás para entenderlo valga aplicar otra vez el espejo y pensar en cuál sería la reacción de EE.UU. si Pensilvania se declarara independiente.

Las expansiones de la OTAN evidentemente cercan a Rusia.

El viejo truco del bluf alarmista

Luego de la reunión de París del Cuarteto de Normandía el miércoles 26 de enero, miembros del Pentágono aseguraron que Rusia podría atacar Ucrania en febrero, afirmación de la que se hicieron eco el gobierno norteamericano y el primer ministro británico Boris Johnson, así como una cohorte de medios de comunicación y sus réplicas digitales, sembrando el miedo por todo el planeta.

El lunes 31 de enero, en una reunión del Consejo de Seguridad de Nacional Unidas, convocada por Estados Unidos para discutir el tema de Ucrania, los rusos denunciaron que se utilizara ese foro para hacer campaña de resonancia a la retórica alarmista de Estados Unidos y reclamaron que se mostrara alguna prueba de que Rusia había movilizado a 100 mil soldados cerca de la frontera.

El rumor de que Rusia había movilizado 100 mil soldados a la frontera con Ucrania ha sido tomado con cautela, incluso por el mismo secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg.

La movilización de tropas rusas se ha dado desde el año pasado, cuando se intensificaron los combates entre las fuerzas separatistas pro-rusas en Donbáss. En diciembre el presidente Joe Biden anunció el envío de ayuda militar por $200 millones a Ucrania. El mismo mandatario ucraniano Zelensky y su ministro de defensa han bajado el tono e incluso dicho que se trata del mismo problema que se viene discutiendo desde hace ocho años por el apoyo ruso a los separatistas del Donbáss.

Si se diera un conflicto bélico en Ucrania, quienes resultarían como claros perdedores serían los ucranianos. La invasión rusa no podría ser contenida, pero si la OTAN intenta repelerla mediante sus aliados, especialmente los miembros recientes de Europa del Este y Central, provocaría una guerra de costos inestimables para toda Europa y para la economía occidental en general.

Es posible que los miembros europeos de la OTAN no quieran entrar en ese conflicto, por lo cual el resultado podrían ser sanciones económicas muy severas para Rusia y la pérdida de la soberanía ucraniana, donde posiblemente Rusia establecería un gobierno a su favor con las fuerzas políticas pro-rusas que no son menospreciables en Ucrania.

Mientras la Unión Europea intenta bajar tensiones, pues sabe que la situación solamente los perjudica, los Estados Unidos mantienen una postura menos transigente y aseguran que Rusia no puede limitar a Occidente si decide invitar a Ucrania a sumarse a la OTAN.

El estrecho vínculo entre Rusia y Alemania que significaría poner en funcionamiento el Nord Stream 2 es visto como una amenaza tanto por Estados Unidos como por Reino Unido.

NORD STREAM 2

 La Unión Europea importa el 40% de su gas natural de Rusia. Entre las medidas punitivas que Reino Unido y Estados Unidos estudian, hay algunas que afectarían al estratégico gasoducto Nord Stream 2 entre Rusia y Alemania a través del Báltico, o incluso al acceso de los rusos a transacciones en dólares, la moneda dominante en los intercambios mundiales.

Más del 55% de las importaciones de gas de Alemania proceden de Rusia, una cifra 15 puntos superior a la de 2012, según el último informe de Statistic Review of World Energy.

El gas representa el 26,7% del consumo primario de energía en Alemania, según cifras gubernamentales.

Quienes se oponen al gasoducto, que aún no ha entrado en funciones, aseguran que sería utilizado como instrumento de estrategia política por Moscú.

La dependencia alemana del gas ruso quedó retratada con la construcción, por parte de la empresa estatal rusa Gazprom y 5 empresas privadas europeas, del controvertido gasoducto Nord Stream 2, que los enlaza directamente a través del mar Báltico y que cuenta con el excanciller Gerhard Schröder entre sus dirigentes.

Esta infraestructura, que privaría a Ucrania y Polonia de su rol de conector entre Rusia y la Unión Europea (UE) y de los importantes ingresos asociados, puede verse afectada por las sanciones económicas de Occidente que ahora se anuncian.

«Enriquecer nuestra mezcla energética con muchas más fuentes renovables es una contribución importante a una mayor seguridad energética», juzgó esta semana la ministra de Exteriores, la ecologista Annalena Baerbock.

Pero hay un problema a corto plazo: la transición energética impulsará paradójicamente el consumo de gas, alternativa temporal al abandono de la energía nuclear, que se culmina a finales de año, y del carbón previsto para 2030, explica Florian Cazeres, de France Presse.

Claro que esas sanciones occidentales incluirían la suspensión de la compra de gas ruso por parte de Europa, el cual supuestamente sería suministrado ahora por Estados Unidos, Australia y Qatar.

Tras su reunión, el lunes 31 en la Casa Blanca, con el jeque Tamim bin Hamad al-Thani, emir de Catar, Joe Biden celebró que ese país medio oriental se sumará como socio aliado a la OTAN.

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