“Nosotros queríamos ser muy buenos. Queríamos respetar a todo el mundo, incluso a la gente mala. Pero vamos a tener que pelear mucho más duro”, sostuvo el expresidente de los Estados Unidos (EE.UU.), Donald Trump, cuando ya su presidencia se desvanecía. Estaba pensando en lo que sigue, cuando amenazó, al dejar la Casa Blanca: –”¡De algún modo volveremos!”
Lo cierto es que, de algún modo, no se ha ido. Con más de 70 millones de votos en las pasadas elecciones, en diciembre de 2020 140 representantes republicanos, entre ellos senadores y congresistas, lo apoyaron en su reivindicación de revisar la votación en los estados donde se revirtieron los resultados de la elección del 2016. Catorce senadores, liderados por Josh Hawley, de Missouri, y Ted Cruz, de Texas, encabezaron esta iniciativa.
“Un día, aparecen los QAnon sugiriendo que si no pueden tener el país que creen merecer, mediante procesos que consideran legítimos, quizás necesiten explorar otras opciones. ¿Por qué no probar en casa una receta tan exitosa?
Miles de partidarios de Trump, incluyendo milicias fuertemente armadas, prometieron rebelarse ante lo que consideraban un fraude electoral.
La historia está contada en el artículo de Luke Mogelson en la última edición de enero de The New Yorker. Mogelson, testigo de la invasión del Capitolio, lo cuenta en primera persona en su artículo Among the Insurrectionists.
Delante de mí –afirma– “un hombre de mediana edad, con una bandera norteamericana como capa, le dice a un joven parado a su lado: –¡Va a haber una guerra! El tono es resignado, como si finalmente aceptara una realidad a la que se había resistido durante mucho tiempo. –Estoy listo para pelear, agregó”.
Mogelson sigue contando lo que oye: “Si no podemos tener procesos legítimos en un país donde valga la pena vivir, quizás entonces tendremos que empezar a explorar algunas otras opciones. Nuestros padres fundadores saldrían a las calles y recuperarían este país por la fuerza, si es necesario. Y eso es para lo que debemos estar preparados”.
El relato de Mogelson es largo y volveremos a él más adelante. Por ahora habrá que mirar más lejos y más atrás para poder entenderla.
La “Doctrina Kissinger”: ha habido muchas guerras
Esta es una vieja historia. Doctrinas tipo Q-Anónimo (QAnon) tienen profundas raíces en los Estados Unidos; desconocer, hostigar y, si es posible, derrocar gobiernos que no son del agrado de Washington. Siempre con el pretexto de la democracia y la libertad. Como la Doctrina Kissinger.

Volvamos la mirada hacia atrás.
Allende había triunfado en las elecciones del 4 de septiembre de 1970 en Chile. Asume el poder en noviembre, después de complicadas negociaciones políticas, pues tenía que ser ratificado por el Senado, en donde no poseía una mayoría.
Seis días después de haber asumido, las cosas ya se movían en Washington. El ejemplo de un gobierno marxista elegido en las urnas seguramente tendrá impacto en el resto del mundo. Si se esparce afectará de manera sensible el equilibrio mundial y nuestra posición en él. Era lo que decía entonces el Secretario de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, en un memorando “ultra secreto”, titulado Policy Toward Chile.
Su propuesta era que “los Estados Unidos tratara de maximizar las presiones sobre el gobierno de Allende para evitar que se consolidara y limitar su capacidad de implementar políticas contrarias a los intereses de los Estados Unidos…”. La nota agregaba, con algún pudor: “y del hemisferio”.
Se trataba de coordinar las acciones con las dictaduras militares de Argentina y Brasil (también impuestas con el apoyo entusiasta de Washington) y, discretamente, bloquear préstamos de los bancos multilaterales, promover la retirada de las inversiones de las corporaciones norteamericanas de Chile y “manipular el precio en los mercados internacionales de la principal exportación chilena, el cobre, para dañar aún más la economía” del país.
La directiva –se puede leer hoy en páginas donde se analiza la iniciativa de Kissinger– “no hacía mención a esfuerzo alguno para preservar las instituciones democráticas chilenas, ni orientación alguna para tratar de derrotarlo en las elecciones de 1976, como luego reivindicó el discurso oficial, construido por el mismo Kissinger en su biografía. Al contrario, la instrucción del presidente Nixon fue: –Si hay una forma de derrocar a Allende, ¡házlo!
Ya sabemos el resultado de ese esfuerzo. Un éxito luego acrecentado por la Operación Cóndor, con la cual las dictaduras vecinas colaboraron para diezmar la oposición política: asesinada en cámaras de tortura o tirada viva al río con un riel atado a los pies.
Si no le gusta el gobierno, ¡derrócalo! Cincuenta años después, la Doctrina Kissinger sigue viva. Solo que ahora se aplica en casa.
Largo fermento
El ataque al Capitolio fue la apoteosis de algo fermentado durante meses, dice Mogelson en su artículo en The New Yorker. Pero no es así. Como vimos ha sido fermentado durante un tiempo más prolongado. Pero la prensa norteamericana ha sido, con frecuencia, bastante provinciana. Ve el mundo desde las orillas del Potomac.
Jacob Chansley (el “QAnon Shaman”, que invadió el Capitolio con un gorro con dos cuernos en la cabeza), dio un paso y se detuvo. Un policía le había pedido –con buenos modales– que se retirara. Pero Chansley solamente se detuvo. Apoyó su lanza en el escritorio del exvicepresidente de EE.UU., Cheney, y escribió algo en un pedazo de papel.
El policía le dijo que estaba estirando demasiado la cuerda, no obstante, Chansley no le hizo caso. Mogelson fue entonces a ver que había escrito el QAnon Shaman. Se trataba de una lista con los nombres de los senadores, en la cual había garabateado: its only a matter of time / justice is coming! (¡es solo cuestión de tiempo/ se acerca la justicia!)
Kissinger lo podía haber firmado. Era solo cuestión de tiempo, ¡la justicia ya llegaría!
Es una historia antigua. “El reclamo contra una conspiración para robar las elecciones tiene sentido para una gente que ve a Trump como un guerrero contra las artimañas del estado profundo”, afirma Mogelson. ¡Abajo el estado profundo!, grita uno. O el estado canalla, diría Kissinger.
La lucha contra la barbarie islámica, diría Stephen Bannon, el asesor de Trump caído en desgracia. O contra el comunismo. Siempre por la democracia y la libertad, como Kissinger, Nixon o Ford.
¿Se transformará esa campaña en contra del proceso democrático en una insurgencia durable? ¿O será peor? Hoy lo sabemos bien: es algo peor, de lo que no hemos podido salir todavía. Chile y Brasil son buenos ejemplos. Otro es Brasil. Campañas contra el proceso democrático cuyas consecuencias tienen ya más de medio siglo.
Otras guerras
Hemos recordado el golpe chileno organizado por Kissinger en 1970, el cual tenía antecedentes frescos, pues cinco años antes tropas norteamericanas invadieron República Dominicana, un 28 de abril de 1965.
Le correspondió al presidente Lyndon Johnson especular sobre la amenaza comunista. Cuando la invasión cumplió 50 años de ocurrida, Abraham Lowenthal, destacado académico y político norteamericano, fundador del Pacific Council on International Policy y del Diálogo Interamericano y profesor emérito de la University of Southern California, se refirió al tema.
“La intervención en la República Dominicana redujo las probabilidades de éxito de las reformas pacíficas que muchos funcionarios estadounidenses deseaban ver en América Latina. Algunos conservadores latinoamericanos –sobre todo en Centroamérica– llegaron a la conclusión de que Estados Unidos no iba a permitir que triunfaran los movimientos reformistas”, dijo Lowenthal, en artículo publicado en abril del 2015 por el Brookings Institute, en Washington.
Asimismo, asegura que la intervención tuvo graves consecuencias en Estados Unidos. Sin embargo, “donde más serios fueron los costos intangibles fue en República Dominicana. La intervención intensificó la fragmentación política y la dependencia de Estados Unidos, e hizo más difícil el desarrollo de instituciones políticas efectivas”.
Cincuenta años después de esa intervención –dice Lowenthal–, “producto de la obsesión de Washington con Fidel Castro, no solo ha llegado el momento de tener una relación de mutuo respeto con Cuba, sino también de desafiar otras mentalidades enquistadas y encontrar respuestas más creativas a la persistente interdependencia entre los países de la Cuenca del Caribe y Estados Unidos”.
¿Habrá llegado esa hora?
Los aniversarios se multiplican. En diciembre del 2019 se cumplieron 30 años de la invasión a Panamá, ocurrida el 20 de diciembre de 1989.
“Arrojaban bombas sobre áreas populares de El Chorrillo -un barrio en pleno centro de la capital, bastión del régimen militar de Manuel Antonio Noriega- destruyendo todo lo que encontraban a su paso”, dice un nota de la BBC.
La Operación Causa Justa –que dejó un número de muertos nunca determinado– “sigue siendo recordada por muchos, 30 años después, como una herida abierta en la historia panameña”, le cuenta a BBC Mundo el sociólogo y escritor panameño, Guillermo Castro.
Hay otro aniversario importante. En un par de años se cumplirán 40 años de la invasión de la isla caribeña de Granada, el 25 de octubre de 1983. El presidente 40° de EE. UU., Ronald Reagan, la llamó operación Furia Urgente. Unos 7 mil efectivos desplegados en la pequeña isla acabaron en horas con cualquier impensada resistencia. El gobierno de la Nueva Joya no le gustaba a Washington y Reagan lo estimó como una potencial amenaza para Estados Unidos. El primer ministro Maurice Bishop y otros miembros de su gabinete habían sido ejecutados por fuerzas golpistas, una semana antes de la invasión norteamericana. Creo que sus cuerpos nunca aparecieron.
Los partidarios de Trump llevaban armas, pistolas eléctricas, bates de béisbol o porras para la invasión del Capitolio. “Durante seis horas los norteamericanos vieron la democracia secuestrada en nombre del patriotismo”, recuerda Mogelson. La gente cantaba “America first”. Se sentían dueños de las calles. ¿De qué calles? De “sus calles” y de “sus” plazas. ¿Por qué no tomarlas?
Chansley agradecía al padre celestial por haberles permitido entrar al Capitolio y enviar un mensaje a los tiranos, a los comunistas y a los globalistas. Los rebeldes inclinaban la cabeza.
El poder de poder
El poder de poder; restaurar el liderazgo norteamericano. Mostrar que el país es capaz de resolver problemas. Esa es la tarea que sugiere al presidente de EE.UU, Joe Biden, la profesora de Derecho en Harvard, Samantha Power, embajadora de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) entre 2013 y 2017, durante el gobierno de Obama, cuando integró también el Consejo de Seguridad Nacional.
Eso quiere decir, en su opinión, “menos énfasis en la causa abstracta del ‘orden liberal internacional’ y más demostraciones prácticas de las habilidades de Estados Unidos para manejar los temas actualmente importantes para la vida de centenares de millones de personas”.
En un artículo publicado en la edición de enero y febrero de la revista Foreign Affairs, Power sugiere tres áreas decisivas para retomar el liderazgo norteamericano: la distribución mundial de una vacuna contra el COVID-19, la renovación de las oportunidades para que estudiantes extranjeros se eduquen en Estados Unidos, y darle un alto perfil a la lucha contra la corrupción a nivel nacional e internacional. Estados Unidos –recordó Samantha Power– es el centro neurálgico del sistema financiero global. En menos de 20 años, entre 1997 y 2017, se movieron ahí “por lo menos dos millones de millones de dólares de recursos conectados a los traficantes de armas, de drogas, lavadores de dinero, evasores de sanciones y funcionarios corruptos”.
Y acota: –En años recientes las revelaciones de que la poderosa empresa constructora brasileña Odebrecht había pagado $788 millones en coimas en toda América Latina provocó la caída de importantes figuras políticas y revirtió la situación política en una docena de naciones de la región.
Lo hicieron en Brasil, creando las condiciones para llevar al presidente Jair Bolsonaro y a los militares al poder, avanzando en la privatización de la explotación petrolera, desarticulando la empresa estatal Petrobrás, liquidando las poderosas constructoras brasileñas, y llevándose entre las patas –con la complicidad de jueces corruptos que se presentaban como adalides de la lucha contra la corrupción– al líder político más popular del país: el expresidente Lula da Silva
Los abusos de la Operación Lava Jato, organizada en Brasil en coordinación con la policía norteamericana, están hoy bien documentados. El principal objetivo era eliminar la candidatura de Lula da Silva a la presidencia de la República, la única manera para hacer del capitán Bolsonaro presidente de la República.
Ese poder fue usado también en Ecuador para eliminar candidatos incómodos para Washington. Una acción represiva con nombres y apellidos, entre ellos el del vicepresidente Jorge Glass y, sobre todo, el del expresidente Rafael Correa, con el objetivo de eliminarlo de la competencia electoral. El más reciente golpe, en Bolivia, también desnudó nuevas formas de asalto al Capitolio.
En otros países, las acciones son menos encubiertas. Ejemplo de ello, Cuba está sometida a un bloqueo implacable hace más de 60 años y sobre Venezuela se han aplicado las más drásticas medidas para inviabilizar cualquier programa económico. En Nicaragua, sectores de la oposición hacen política en Washington y piden más sanciones contra un gobierno que consideran ilegítimo.
Entonces, un día aparecen los QAnon sugiriendo que si no pueden tener el país que se creen merecer, mediante procesos que consideran legítimos, quizás necesiten explorar otras opciones. ¿Por qué no probar en casa una receta tan exitosa?
Hace falta mirar en casa. No para aplicar las recetas que han venido aplicando en el Tercer Mundo, sino para evitar caer a niveles de vida parecidos, como lo recordó el senador Bernie Sanders.
En medio de la peor pandemia en un siglo –afirmó– 90 millones de norteamericanos no tienen seguro médico o tienen uno que no cubre sus necesidades y no pueden ver a un doctor cuando están enfermos. La mitad de los trabajadores norteamericanos viven “día a día”, más de 24 millones están desempleados, subempleados o ya desistieron de buscar trabajo, mientras el hambre en el país ha alcanzado los mayores niveles en décadas. Y, contra toda evidencia, decenas de millones de personas en el país realmente creen que Trump arrasó en las elecciones, pero que su triunfo le fue robado.
