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Las dos caras de lo que está en juego en las elecciones en Brasil

La opinión no es de un dirigente político, sino del destacado neurocientífico brasileño Miguel Nicolelis: el golpe iniciado en 2016 con la destitución de la presidente Dilma Rousseff tenía un objetivo muy claro.

La opinión no es de un dirigente político, sino del destacado neurocientífico brasileño Miguel Nicolelis: el golpe iniciado en 2016 con la destitución de la presidente Dilma Rousseff tenía un objetivo muy claro. Se trataba de eliminar cualquier rasgo de potencial soberanía de Brasil, eliminar Brasil del escenario geopolítico mundial y sabotear a los Brics, grupo que reúne a las llamadas potencias emergentes: China, Rusia, India y Sudáfrica, además de Brasil.

La vorágine electoral ha levantado una enorme polvareda en Brasil y hace difícil ver el escenario más allá de la disputa del próximo domingo.

En medio de un enorme escándalo de corrupción, cuya base eran las obras públicas, los grupos más conservadores instrumentalizaron el poder judicial para atacar el Partido de los Trabajadores (PT), destituir a la presidente, asaltar el poder y entregarlo al entonces vicepresidente Michel Temer, repitiendo un ensayo realizado ya con éxito en Honduras y Paraguay.

Su programa –“Un puente hacia el futuro”– había sido difundido a fines de octubre de 2015: “Las modernas economías de mercado necesitan un Estado activo y también moderno”, decían, necesitan un Estado “funcional”.

La preocupación básica era el déficit fiscal, que había llegado a “un punto crítico”. Pero cualquier ajuste debería evitar, en principio, el aumento de impuestos. El equilibrio fiscal debía ser una norma constitucional (como Temer logró que el Congreso aprobara). Para eso había que reducir el gasto: “en primer lugar, poner fin a las vinculaciones constitucionales establecidas, como en el caso de los gastos en salud y educación”.

Finalmente, venía la otra clave del proyecto: “recrear un ambiente económico estimulante para el sector privado”, promover una participación más efectiva del sector privado en obras de infraestructura, mayor apertura comercial, y transferencia de activos y concesiones, incluyendo los servicios públicos y el área del petróleo, donde las enormes reservas del llamado pré-sal despierta la codicia de las trasnacionales petrolera.

Dos proyectos

El debate en torno a este proyecto de país se ha visto oscurecido por la polvareda que despierta una campaña sui generis: un líder popular, favorito en todas las encuestas y encarcelado –Luis Inácio Lula da Silva–; el candidato de los golpistas –el exministro de Hacienda Henrique Meirelles– apenas aparece en las encuestas entre los trece candidatos que se disputan la presidencia este domingo; y un candidato –el excapitán Jair Bolsonaro– alimentado por viejas fuerzas políticas muy conservadoras, incluyendo las militares, fuertemente arraigadas en la política brasileña.

Condenado a más de 12 años de prisión en un juicio por corrupción cuyos fundamentos legales han sido puestos en duda por juristas y políticas de los más diversos orígenes, tanto brasileños como internacionales, el expresidente Lula no puede competir. Lo reemplazó su exministro de Educación y exalcalde de São Paulo, Fernando Haddad.

Del mismo grupo opositor al PT, que también apoyó el golpe, está Geraldo Alckimin, candidato del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), cuyo líder más reconocido es el expresidente Fernando Henrique Cardoso. Pero su candidatura tampoco despegó y se ha mantenido en un cuarto lugar, con 8% a 10% de las preferencias.

Otro político de larga trayectoria, también exministro de Hacienda, diputado y exgobernador del norteño estado de Ceará, Ciro Gomes, aspira a concitar el voto anti PT de aquellos sectores que no están dispuestos a votar por Bolsonaro y, si es posible, colarse en el segundo turno.

Líder de todas las encuestas, Bolsonaro ha irrumpido en el escenario electoral con propuestas aberrantes: la exaltación de la tortura, el racismo, la denigración de la mujer, la defensa del régimen militar instaurado en Brasil en 1964 y un programa económico de carácter neoliberal que atenta contra todos los derechos laborales existentes en el país.

Las fuerzas que lo apoyan son similares a las que, en medio de denuncias de corrupción, crearon un ambiente insostenible para el gobierno del mayor líder político brasileño en el último siglo, el presidente Getúlio Vargas, y que lo llevaron al suicidio el 24 de agosto de 1954. Entre esas fuerzas está un sector militar que se ha alineado en torno a la candidatura de Bolsonaro y despertado viejos fantasmas en el escenario político brasileño. Las fuerzas armadas tuvieron un papel decisivo en el movimiento que llevó al suicidio de Vargas. Pero aunque el comandante del ejército, el general Eduardo Villas Bôas, ha hecho declaraciones polémicas sobre la legitimidad de las elecciones, el ministro de Defensa, el general Joaquim Silva e Luna, descartó que las fuerzas armadas “dejen de aceptar lo que es legal o constitucional”.

Vargas fue el promotor de los derechos laborales y de la creación de Petrobrás, la petrolera estatal brasileña que está nuevamente en el centro de los intereses y la codicia de las grandes empresas trasnacionales, entre otras medidas particularmente trascendentes para la vida política y económica de Brasil.

Las encuestas

Bolsonaro aparece en diversas encuestas del pasado fin de semana con 28% de los votos, seguido de Haddad, que crece rápidamente hasta acercarse al primer lugar. El pasado viernes 28, Datafolha, una de las encuestas más reconocidas en el país, le dio el 22% de los votos. Detrás venían Ciro Gomes, con 11%; y Alckmin, con 10%. Otra encuesta, del Instituto MDA, acercaba todavía más a Bolsonaro y Haddad, con 28,2% y 25,2% respectivamente. Los demás quedaban por debajo del 10%.

Bolsonaro enfrenta un alto índice de rechazo. Cerca de 50% del electorado declara que no votaría por él en ninguna circunstancia, lo que hace muy poco probable que pueda llegar a la presidencia de la República. El rechazo a su candidatura se expresó el sábado 20 en manifestaciones realizadas en todos los estados brasileños, convocadas por un movimiento de mujeres bajo el lema “¡Él no!”. Sin embargo declaró, en una entrevista la semana pasada, que viendo el ambiente en las calles, que estima favorable a su candidatura, no reconocería otro resultado que su triunfo.

Ante esta realidad, los esfuerzos del antipetismo se concentran en un objetivo que parece cada vez más difícil de lograr: consolidar una candidatura alternativa a Bolsonaro capaz de pasar al segundo turno y competir con Haddad por la presidencia.

El expresidente Cardoso dio a conocer una carta, el pasado 20 de septiembre, pidiendo la unión “contra candidatos radicales” para evitar el agravamiento de la crisis. Naturalmente, Cardoso se está refiriendo a Bolsonaro y Haddad, y su carta se enmarca en ese esfuerzo de última hora por equiparar a ambos y promover una alternativa que evite el retorno del PT al poder.

A este esfuerzo se sumó el conservador diario Folha de São Paulo que, en un polémico editorial del sábado pasado, equiparaba también a Bolsonaro con Haddad. A los dos les pedía “compromisos definitivos con la democracia”, como si esta estuviera en peligro con el candidato del PT.

“En el momento en que la candidatura de Alckmin solo espera los clavos que serán martillados en su ataúd, igualar a Bolsonaro y Haddad tiene apenas un objetivo”, afirmó el periodista Luis Felipe Miguel: preparar el terreno para la adhesión al candidato del fascismo. Miguel califica el editorial de Folha como maldoso, injusto y mentiroso.

Analistas bien informados estiman que ese esfuerzo por levantar una tercera opción capaz de desplazar a Bolsonaro del segundo turno se concentrará en los tres últimos días de campaña y, por eso, no descartan del todo una sorpresa en los resultados del domingo 7.

Escenario difícil

En todo caso, el ganador, que asumirá el cargo el 1 de enero próximo, encontrará un país debilitado, con 13 millones de desempleados, una deuda pública equivalente a casi 80% del PIB y un Congreso fragmentado, que hará difícil el manejo político, sobre todo a un eventual gobierno del PT.

Revocar las reformas más neoliberales del gobierno golpista será apenas un punto de partida, escribió Alex Hochuli, un investigador residente en São Paulo. Un necesario programa de pleno empleo, de reformas políticas, una política de inversiones públicas, un esfuerzo para revertir la desindustrialización del país y enfrentar la violencia vinculada al narcotráfico son algunos de los desafíos del próximo gobierno.

El futuro Presidente deberá enfrentar también un escenario político y económico muy variado en cada estado, con alguno de ellos virtualmente quebrado, como el de Rio de Janeiro. Además de las elecciones presidenciales, se llevarán a cabo  también en Brasil elecciones para elegir gobernadores, asambleas estatales y gobiernos municipales.

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