Las razones políticas y económicas del giro que Occidente quiere imprimirle al orden geopolítico internacional parecen no necesitar profundas indagaciones, simplemente se constata que, en las últimas tres décadas, la globalización comercial, económica y financiera y el modelo de política económica dominante, regido por la doctrina neoliberal, no dieron los resultados soñados.
Durante esas tres décadas, las potencias occidentales han vivido reiteradas crisis financieras, la desigualdad en sus países ha crecido, las democracias se han debilitado, etc.

Mientras, Rusia, que había padecido la debacle de la URSS y se asfixiaba en la pobreza, la corrupción y el caos institucional y de gobierno, logró recuperarse aceleradamente, entró en muy favorables negociaciones en el mercado abierto de la globalización y construyó una economía solvente, que le permitió incluso superar las sanciones impuestas por sus socios occidentales en 2014, tras la anexión de Crimea.
Por su parte, China, que en la década de 1990 era vista por muchos apenas como una maquila industrial de las potencias extranjeras, sacó cientos de millones de la pobreza, favoreció el crecimiento de una clase media, generó mercado interno y se colocó como la segunda potencia en el mundo, disputándole seriamente la hegemonía a EE. UU. en el escenario global.
Ambas potencias emergentes, Rusia y China, lograron ese “milagro” en apenas 30 años.
«No hay duda de que EE. UU. ha decidido seguir una política para detener el crecimiento de China. De alguna manera es perfectamente comprensible porque ningún poder #1 ha cedido con gracia su posición al poder en ascenso». (Kishore Mahbubani)
Un escenario multipolar y con una globalización debidamente regulada, quizás habría favorecido una competencia entre estas dos nuevas potencias emergentes y habría otorgado a Occidente la posibilidad de mantener un lugar si ya no hegemónico, al menos protagónico.
No obstante, la decisión de los líderes occidentales actuales, con Washington a la cabeza, optaron por “sacar los dientes” y agruparse alrededor de un proyecto guerrerista con la OTAN como núcleo.
La alianza declarada entre China y Rusia este 21 de marzo, con la visita del presidente Xi Jinping a Moscú, es el resultado de la estrategia con que los líderes occidentales actuales han enfrentado los efectos de la globalización que impulsaron hace tres décadas.
Pero la globalización en un mundo multilateral ya no tiene tanta gracia para Occidente.
Desglobalización
«El futuro no pertenece a los globalistas. El futuro pertenece a los patriotas», declaró ante la Asamblea General de la ONU Donald Trump en 2019, mientras que, al otro lado del Atlántico, el premier británico Boris Johnson impulsaba su Brexit. Y los gobiernos cambiaron, pero el discurso no tanto, informa BBC.
«Nuestro futuro manufacturero, nuestro futuro económico, nuestras soluciones de la crisis climática, todo se hará en Estados Unidos», dijo en la Casa Blanca Joe Biden al anunciar sus compromisos «Made in America» en 2022, agrega la cadena británica.
La nota también da cuenta de las palabras del alemán Olaf Scholz en el Foro Económico Mundial de 2023: «Cuelga la espada de Damocles, el peligro de una nueva fragmentación del mundo, de la desglobalización y el desacoplamiento».
La dependencia del gas y el petróleo ruso para Europa o de los semiconductores producidos en Taiwán para EE. UU. evidencian las vulnerabilidad a que la globalización expuso a la hegemonía occidental.
«He estado determinado a fabricar nuevamente en este país, a construir la capacidad de manufactura en Estados Unidos», dijo el presidente Joe Biden este martes 28 en una fábrica de semiconductores Wolfspeed de Durham, Carolina del Norte (sureste).
«No hay duda de que EE. UU. ha decidido seguir una política para detener el crecimiento de China. De alguna manera es perfectamente comprensible porque ningún poder #1 ha cedido con gracia su posición al poder en ascenso», escribió Kishore Mahbubani, exembajador de Singapur ante la ONU y consultor geopolítico, citado por BBC.
«La globalización fue genial en muchos sentidos porque sacó a mucha gente de la pobreza, pero en casi todos los países de la OCDE se vio un aumento dramático de la desigualdad, que fue más aguda en el mundo angloamericano», agrega Rana Foroohar, autora y comentarista del Financial Times en Nueva York.
La doctrina neoliberal
En el mercado abierto de la globalización, el concepto de competitividad se volvió fundamental y el mantra neoliberal fue reducir impuestos y favorecer la inversión externa para generar empleos. Esto, obviamente, debilitó a los Estados que, para cubrir sus responsabilidades sociales como salud y educación o de desarrollo de infraestructuras, acudieron muchas veces a la trampa del endeudamiento.
El crecimiento de la desigualdad y la vulnerabilidad de las instituciones favoreció el crecimiento de la corrupción y el debilitamiento de las democracias.
Hegemonía y guerra fría
A partir de la traumática experiencia de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Alemania nazi, junto con sus aliados Japón, España e Italia, aspiraba a convertirse en un imperio mundial y debió ser contenida por una alianza occidental y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Occidente desarrolló una serie de discursos políticos e instituciones que le permitieron establecer una hegemonía mundial sin reconocer rasgos imperialistas.
Los mecanismos e instituciones que sustentaron y ejecutaron ese discurso se basaron en convocatorias abiertas de socios, pero también en el terreno propicio de un escenario de “guerra fría”, que confrontaba democracias liberales con gobiernos comunistas de partido único.
Así, los procesos de descolonización en Asia y África principalmente; los acuerdos de Bretton Woods antecedente de la globalización y origen del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, así como de dólar estadounidense como moneda de referencia internacional; y la creación de organismos multinacionales como la ONU, a la que pasaron a sumarse los nuevos países descolonizados, le dieron el cuerpo político internacional a las potencias de Occidente con EE. UU. a la cabeza, quienes colocaban como antagonista al mundo comunista liderado por la URSS.
La dicotomía sirvió a la vez a Occidente para acusar de adversario comunista a todo movimiento que buscara tanto en las excolonias como en los países pobres del, entonces creado, Tercer Mundo.
América Latina fue una de las principales víctimas en sus procesos reivindicativos y de justicia social de ese proceso de binarismo político de la guerra fría. Como zona de “influencia natural”, esta región fue objeto de conspiraciones, golpes de Estado, invasiones y bloqueos económicos por parte de EE. UU., que se justificaba en el discurso de la guerra fría.
El otro engendro necesario para sustentar su hegemonía fue el brazo armado de Occidente: la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), creada con el argumento de “proteger de cualquier amenaza de un país externo” a sus miembros.
No obstante, este organismo no vería acción militar sino hasta 2001, cuando EE. UU. invocó el artículo 5 del tratado para la defensa mutua de sus miembros, en su guerra contra el terrorismo, tras los ataques del 11 de setiembre.
Incluso en 1954, la URSS solicitó su ingreso a la OTAN para reducir la posibilidad de un conflicto en Europa, pero fue rechazada.
Después de la guerra de Corea, en 1955 los países socialistas con la URSS a la cabeza, respondieron creando el Pacto de Varsovia, que se disolvió luego de la disolución de la Unión Soviética en 1991.
Debilitar a Rusia
“La estrategia estadounidense de utilizar la guerra en Ucrania para debilitar a Rusia es, por supuesto, completamente incompatible con la búsqueda de un alto el fuego, e incluso con un acuerdo de paz provisional. Conseguirlo exigiría a Washington tener que oponerse a dicho acuerdo y continuar la guerra”, dice el británico Anatol Lieven, citado por el analista estadounidense Noam Chomsky.
“Desde el levantamiento de Maidán en 2014, la OTAN (básicamente Estados Unidos) ha proporcionado un apoyo considerable: material, entrenamiento, decenas de miles de soldados ucranianos han recibido formación militar. Luego, cuando vimos que los servicios de inteligencia decían que la invasión era más que probable, los aliados intensificaron la ayuda el otoño y el invierno pasado”, todo esto antes de la invasión, según el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, explica Chomsky.
“Las intenciones de Estados Unidos y el compromiso con Ucrania se manifestaron en septiembre de 2021 con la Declaración Conjunta sobre la Cooperación Estratégica EE. UU.-Ucrania (Joint Statement on the U.S.-Ukraine Strategic Partnership) firmada en la Casa Blanca el 1° de septiembre de 2021 y consistente en un “intenso programa de formación y ejercitación en maniobras tras dar a Ucrania el estatus de ‘socio privilegiado’ de la OTAN” (Nato Enhanced Opportunities Partner). Esta línea política quedó consolidada el 10 de noviembre con la firma del Tratado de Asociación Estratégica entre Estados Unidos y Ucrania por parte del secretario de Defensa, Antony Blinken”, denuncia el intelectual en su libro Por qué Ucrania.
“Estados Unidos se dedica al grotesco experimento que hemos visto: evitar, con todos los medios a su alcance, que la vía diplomática pueda poner fin a la guerra y quedarse a mirar si Putin se sobrepone tranquilamente a la derrota o si usará la capacidad que tiene, por supuesto que la tiene, para destruir Ucrania y preparar el terreno para una guerra nuclear”, dice con preocupación Chomsky.

Amenaza nuclear
El lunes 20 de marzo, la viceministra británica de Defensa, Annabel Goldie, anunció que su país planea entregar a Ucrania obuses «con uranio empobrecido», lo que provocó una reacción inmediata de los rusos, quienes consideran que la entrega de ese tipo de armamento da pie al envío de más armas con componente nucleares.
«Quisiera destacar al respecto que, si esto sucede, Rusia se verá obligada a reaccionar, en vistas a que Occidente habrá comenzado a utilizar armas con componentes nucleares», respondió el presidente ruso Vladimir Putin.
El sábado 25, Putin informó de un acuerdo con Bielorrusia para el despliegue de armas nucleares tácticas en territorio de ese país, que comparte frontera con Ucrania.
«Aquí no hay nada extraordinario. En primer lugar, EE. UU. lo lleva haciendo décadas. Emplazó hace mucho tiempo en territorio de sus países aliados, los países de la OTAN, en Europa, su armamento nuclear táctico. Si no me falla la memoria, en seis países: Alemania, Turquía, Holanda, Bélgica, Italia y Grecia», aseguró en declaraciones a la televisión.
El mismo John Kirby, portavoz del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, ha dicho este martes que no han visto «indicios» de que Putin «esté inclinado, esté cerca o haya dado señales» de preparativos para usar armas nucleares tácticas en Ucrania.
Rusia denunció este lunes 27 que derribó un cohete estadounidense de largo alcance GLSDB, la primera confirmación que estas municiones fueron entregadas a Ucrania, que considera este tipo de armas cruciales para lanzar una contraofensiva.
Estos proyectiles, fabricados por el estadounidense Boeing y el sueco Saab, tienen un alcance de hasta 150 km, lo que le permitiría a las tropas de Zelenski atacar posiciones rusas lejos de las líneas de frente.
Japón, otra vez
Japón parece ser la pieza más reciente que ha movido EE. UU. en el tenso escenario geopolítico global.
Este martes se anunciaba el incremento de la tensión entre Rusia y Japón por la soberanía de las islas Kuriles. «Cuando Japón se ha vuelto un país inamistoso y se unió a una serie de acciones hostiles hacia nuestro país, realmente es muy difícil hablar de una continuación del proceso de negociación», acusó Dimitri Peskov, portavoz ruso.
En la Conferencia de Yalta, Estados Unidos se comprometió con Stalin a concederle la totalidad de las islas Kuriles, a modo de recompensa por el papel de la Unión Soviética en el conflicto. Pero, al inicio de la Guerra Fría, Washington decidió asumir a Japón como un disminuido aliado Occidental, por lo que no cumplió su promesa y el territorio fue declarado inalienable por la URSS.
Sin embargo, durante los últimos 20 años se han mantenido negociaciones entre Japón y Rusia para permitir a los nipones la explotación pesquera en la zona.
En meses recientes, Japón se sumó como aliado de Occidente contra Rusia y tras una visita de Fumio Kishida, primer ministro japonés, a Kiev, ha asumido un papel confrontativo con Moscú.
“En las aguas del Mar de Japón, los barcos de misiles de la Flota del Pacífico dispararon misiles de crucero Moskit contra un objetivo marino enemigo simulado”, informó este martes 28, en su cuenta de Telegram, el Ministerio de Defensa de Rusia, Serguéi Shoigú.
«La relación entre Estados Unidos y China moldeará el siglo XXI», profetizaba en 2009 Barack Obama, abriendo la vía al giro estadounidense hacia Asia, en detrimento de Europa.
Aunque algunos gobiernos europeos intentaron limitar sus efectos, el 2022 estuvo «marcado» por «una oleada sin precedentes» de manifestaciones sociales que desembocaron a menudo en protestas contra las autoridades, según un estudio de la fundación Friedrich Ebert, vinculada al partido socialdemócrata alemán SPD.
Las actuales protestas en Francia, contra la postura autoritaria del presidente Macron, dejan mucho que desear respecto de la solidez democrática en la UE.
La mayoría de países en Asia, Oriente Medio y África, pese a condenar la invasión rusa a Ucrania, como acto violatorio del derecho internacional, sospechan de los motivos de Occidente y su intransigencia a buscar una acuerdo de paz parece confirmar que lo que se juega en Ucrania y en el nuevo orden geopolítico mundial es la hegemonía occidental.
La negociación de la paz en Ucrania, que tendrá que darse tarde o temprano, incluso después de una peligrosa escalada nuclear en el conflicto, deberá ser, por primera vez en cinco siglos, con el telón de fondo de la caída de la hegemonía de Occidente.
