Sábado, 21 de mayo de 1988. Arnulfo Oxlaj se divertía como cualquier niño con sus juguetes y su inocencia en medio de una milpa en el pueblo de Chiul, perteneciente al municipio de Cunén, en el departamento el Quiché.
Recuerda llevar ese día una camiseta “multicolor”, un detalle que 30 años después cobraría importancia medular en el relato de varias personas que, como testigos, aportaron su testimonio en una denuncia que él mismo planteó en 2018 como sobreviviente de los crímenes perpetrados.
“Yo estaba jugando entre la milpa, cuando de repente me empezaron a golpear el ejército y empezaron a destruir mis juguetes que yo tenía ahí, entre la milpa”, dijo Oxlaj.
Es gracias a la campaña “Chiul es Memoria” que, tras la conmemoración del 35 aniversario de la masacre de 116 niños y niñas, hombres y mujeres mayas, UNIVERSIDAD tuvo oportunidad de entrevistarle. Decir que su testimonio es “impresionante” o “espeluznante” se queda corto. La magnitud de los crímenes que describe puede acribillar sensibilidades.
“Con el peor odio”
“Me golpeaban y me preguntaban ‘dónde está el cerdo brujo indio de tu padre’. Yo no podía responderles por el dolor de la tortura que me causaba”, recordó.
Sucede que el padre y madre de Oxlaj eran Aj q’ijab’, es decir “contadores del tiempo, señores del tiempo” en la tradición de su pueblo.
Chiul era una comunidad dedicada al pastoreo y a la producción de shecas, un tipo de pan muy apetecido. “Era un pueblo montañoso, ahorita ya no lo es porque ya con todo el bombardeo que hubo destruyeron mucho de la Madre Naturaleza los asesinos, entonces, es un pueblo que que su idioma es el quiché y en este tiempo, el 21 de mayo de 1988, mi mis padres se dedicaban a practicar la filosofía maya, la cosmovisión maya, que que no es como algunos lo tienen, porque el cristianismo cuando llegó hace 500 años llamaron brujos a todos aquellos que practicaban la sabiduría ancestral maya”.
Oxlaj insistió en que “con tantos golpes que me daban yo no podía responderles, entonces, taparon mi rostro con mi camisa de multicolores”. Fue llevado al destacamento militar local, “en ese lugar había una gran fila de niñas y de niños. Me colocaron en medio de ellas y de ellos. Al otro lado del pozo había cientos de mujeres y de hombres”.
Sin perder el hilo de su relato ni para tomar aire, aseguró que “estaba ahí presente don Marco Vinicio Cerezo Arévalo”, por aquel entonces presidente de Guatemala.
“Y luego, este asesino, Marco Vinicio Cerezo Arévalo, dirigió la masacre. Él tenía puesta una boina que utilizan los kaibiles con una calavera enfrente”. Los kaibiles son un cuerpo de “élite” del ejército guatemalteco, una unidad de “contrainsurgencia” señalada por crímenes y asesinatos sobre todo durante el periodo del conflicto.
Según Oxlaj, Cerezo dio orden de escoger a tres mujeres “entre todas las mujeres que estaban embarazadas” y a continuación relató cómo fueron violadas, sus vientres abiertos, “los asesinos pisotearon a estos fetos con sus malditas botas, mientras decían ‘ningún salvaje más sobre la tierra’”.
“No hay palabras en el diccionario, ni la peor vulgaridad, que pueda describir este acto asqueroso que ellos han hecho contra nosotros, los mayas”, Oxlaj.
Añadió que esas mujeres fueron ejecutadas, decapitadas, según dijo, cuando intentaron recoger a sus bebés.
“Inmediatamente, lo que hicieron estos asesinos es que nos comenzaron a torturar a los niños con varas de mora, unos orinábamos y otros defecábamos en nuestros pantalones, en nuestros cortes por el dolor que causaba la tortura”.
Después “uno por uno nos comenzaron a tirar a un pozo lleno de agua y de las heces del ejército cristiano de Guatemala”. “Nos tiraban con el peor odio”, sentenció y describió como niños y niñas padecieron abusos sexuales.
Oxlaj describió “una gran lucha” cuando él fue lanzado dentro de ese pozo, entre todas las personas, la mayoría menores de edad, que desesperadamente buscaban salir o al menos un bocanada de aire.
“Los que quedamos todavía con la cabeza fuera del agua suplicábamos por nuestras vidas, pero estos asesinos, en vez arrepentirse, se orillaron alrededor del pozo, comenzaron a orinarse sobre nosotros y comenzaron a alabar a su dios cristiano: diciendo alabado sea el nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo: ningún indio brujo más sobre la faz de la tierra”.
Añadió que también los soldados proclamaban “Ave María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, ningún indio brujo más sobre la tierra”.
Y allí, en ese pozo, Arnulfo Oxlaj de siete años de edad se aferró a la vida cuatro días con sus noches, hasta que en la tarde del quinto día una mujer le rescató.
La posición oficial del Estado de Guatemala es que esta masacre nunca sucedió.
“Tiempo de hacer justicia”
En ese punto, el indígena de nuevo repara en el papel del expresidente Cerezo, “era el primer presidente de la era democrática. Él fue el que fundó la democracia y se fundó con la sangre inocente de niños, de niñas, mujeres y hombres mayas”.
“Estoy muy seguro que ha de haber cristianos buenos, pero este cristiano no tiene, no tiene, o sea, que no hay palabras en el diccionario, ni la peor vulgaridad que pueda describir este acto asqueroso que ellos han hecho contra nosotros, los mayas”, espetó.
Oxlaj reflexionó que “no pueden inculcarnos una creencia a punta de terror, pero esto no es nada nuevo, porque los colonizadores de sangre europea, los cristianos, llegaron hace 500 años y llegaron a violar, llegaron a meter en hogueras, utilizaron a los niños para cazar cocodrilos, entonces, es una maldad que viene con cadena tras cadena”.
Por todo ello es que Oxlaj se encuentra abocado a la campaña Chiul es Memoria, la cual busca que “con toda una voz junta, unánime, de todos los humanos del mundo amantes de la justicia, amantes del amor, amantes del bien, nos unamos para exigirle al Estado de Guatemala que lleve a cabo la exhumación y darles una sepultura digna a estas niñas, a estos niños, mujeres y hombres mayas”.
Una exhumación que, según dijo, los propios responsables de la masacre no han permitido, luego de que se detuvo en setiembre de 2021.
Dijo que otro objetivo que se busca es que desde Naciones Unidas se juzgue a Guatemala “por este crimen de lesa humanidad, por esta limpieza racial”.
“Es tiempo de de hacer justicia”, subrayó, lo cual quiere decir que “queremos pedir también al Estado del Vaticano, con todo respeto, a Francisco el papa de los católicos, que se pronuncie, que reconozcan los actos los crímenes de sus seguidores extremistas, para que no vuelva a suceder nunca más”.
“¿Cómo podemos amar al prójimo cuando odiamos otras etnias, otras razas?”, cuestionó la moral católica; “¿cómo podemos hablar de amor, cuando no se ha pagado lo que debe todavía?, es tiempo de que don Francisco tome cartas en el asunto”, insistió.
Por otra parte, también recordó que Cerezo fungió como secretario general del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), por ello, “queremos llamar a todos los países de Centroamérica a que nos unamos para pedir justicia al Estado de Guatemala, a las Naciones Unidas y al Vaticano”.
Oxlaj reflexionó sobre la importancia de que “la memoria histórica se transmita, porque esta búsqueda de justicia también contribuye en el cuestionamiento de la realidad de nuestras sociedades ahora”.
Añadió que, a partir de ese cuestionamiento, se puede “transformar el rostro de nuestra sociedad. Ese es el camino que queremos seguir”.
