Henry Kissinger:

“El mundo es un caos”

“El mundo es un caos. Por todos lados ocurren disturbios al mismo tiempo, por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial

 

“El mundo es un caos. Por todos lados ocurren disturbios al mismo tiempo, por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial la futura relación de los Estados Unidos con el mundo no está claramente establecida”.

A view of the wall that separates the US and Mexico in San Ysidro, California, 27 January 2006. US Senators approved 17 May 2006, a measure for the construction of a 600-km (370-mile) triple-layered fence along the US border with Mexico, and the measure also calls for the installation of vehicle barriers on a 800-km  (500-mile) stretch of the 3200 kms (2000 mile) long frontier. / AFP PHOTO / HECTOR MATA

Así se lamentaba Henry Kissinger (93) al comentar el escenario internacional y la situación de su país, en reciente y larga conversación con Jeffrey Goldberg realizada antes de las elecciones del 8 de noviembre y publicada en The Atlantic el mes pasado.

Sin ocultar su simpatía por Clinton, el exsecretario de Estado durante la administración Nixon tomó distancia de la campaña. “Históricamente, no he participado en campañas presidenciales”, afirmó. “Yo puedo contribuir a construir una visión bipartidista sobre la posición de los Estados Unidos en el mundo por un nuevo período; puedo hacer mi parte para superar esta realmente, de cierto modo, horrible etapa”.

En algún punto de la conversación salió el tema del agotamiento de la sociedad estadounidense, así como de un particular “excepcionalismo”, que a los dirigentes norteamericanos les gusta atribuir a su país.

“La misión de los Estados Unidos ha sido vista como la de esparcir sus valores, ya sea con el ejemplo o por el compromiso militar”, dijo Kissinger. Pero “ahora estamos viviendo un período en que la naturaleza de ese excepcionalismo está siendo reexaminada”.

Cada sociedad que ha existido en la historia humana ha terminado por decaer, reconoció Kissinger. “Al final de la Segunda Guerra Mundial nosotros teníamos cerca de 55% del Producto Interno Bruto (PIB) mundial. Ahora tenemos apenas 22%”.

La Guerra Fría terminó a fines de los 80 con la caída del muro de Berlín, el fin del control que la Unión Soviética ejercía sobre los países de Europa del este y con la disolución de la misma Unión Soviética.
Pero el mundo surgido de esos cambios no es el que algunos imaginaban.

El caos

FRANCE-EU-BRITAIN-PARLIAMENTUn rápido recorrido por periódicos del mundo, o por textos académicos, revela el desconcierto y el pesimismo que reina, en general, en casi todos los escenarios. Son demasiados disturbios ocurriendo en muchos lugares al mismo tiempo, como decía Kissinger.

Una expresión de ese caos es la irrupción de alternativas políticas hasta hace poco inimaginables que, a falta de un concepto más claro, se califica con el perezoso e inútil de “populismo”.

La última y más deslumbrante expresión de esa idea fue la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Dentro de seis semanas habrá asumido su cargo y, con él, un equipo que Darlena Cunha calificó, en un artículo en la revista Time, como un “canasto de deplorables”.

Probablemente hay pocas expectativas mayores para el año que se iniciará dentro de poco que el rumbo del gobierno de Trump.

“Es demasiado pronto para sacar conclusiones firmes acerca de la victoria de Donald Trump. Este personaje aparece como un demagogo peligroso, irracional, exagerado y extremista”, opinió Sami Naïr, director del Centro Mediterráneo Andalusí (CMA) de la Universidad Pablo de Olavide, en Sevilla.

Se trata, como reconoce Naïr, de “una ola de fondo, que el concepto-maleta de ‘populismo’ no puede embarcar”.

Pero definirlo con más precisión tampoco es fácil. Sin embargo, él lo intenta: “El contenido identitario de ese movimiento es expresado de modo sintético por una ideología reaccionaria (mezcla rara de nacionalismo místico, de confesionalismo fanático y de aislacionismo orgulloso)”.

Una mezcla que reúne fundamentalistas religiosos (tanto protestantes como católicos); el tradicional libertarianismo norte-americano, que se caracteriza por sus posiciones contra el Estado, contra lo que Washington representa en la vida del país.

Una posición que ha encarnado en el movimiento político conocido como Tea Party, algunos de cuyos miembros, como Mike Pompeo –designado como futuro director de la agencia de inteligencia norteamericana, la CIA–, asumirán importantes cargos en la administración Trump.

Con la crisis financiera que estalló en 2008, con “los efectos desastrosos de la desindustrialización y el incremento de la pobreza, esa ideología fundamentalista penetró en la cultura ‘populachera’ de las capas sociales más bajas, abrazando su amargura y enfado”, afirma Naïr.

Parece haber cada vez mayor consenso en que el resultado de la política económica impuesta después de la caída de la Unión Soviética, en la que un mercado controlado por las grandes corporaciones impuso sus reglas, está en la base de ese enfado.

Michael Spence, premio Nobel de Economía y profesor de la New York University, lo señala en un artículo donde analiza los desafíos que un nuevo orden económico representa para el gobierno de Trump.

Spence reconoce que “la frustración de los electores en los países desarrollados con la vieja arquitectura económica orientada por el mercado no es infundada”. Esa situación permitió que fuerzas poderosas, más allá del control de quienes eran representantes electos de la sociedad, pudieran redefinir el orden económico.

“Puede ser cierto” –afirma– que esas élites se hayan despreocupado por la distribución de la riqueza, en la misma medida en que se hacían con ella, llevando la polarización social a extremos inimaginables.

Pero Spence ve en el cambio de ese orden una oportunidad para Trump.

Su razonamiento es el siguiente: “Una economía global basada en principios que se derrumban –en términos de apoyo democrático y de cohesión nacional en lo político y lo social– no es estable”.

En su opinión, un nuevo orden, organizado en torno a la ciudadanía de un Estado, que ponga el país en primer lugar (America first, como dice Trump) “puede ser más efectivo”. Ya veremos, concluye Spence.

Un optimismo que otros, como Sami Naïr, ponen en duda. Al fin y al cabo, afirma, “en el contexto creado por la globalización, se dará cuenta que el repliegue proclamado significaría, meramente, la pérdida de peso de Estados Unidos en el mundo.

Profundizará el declive en vez de pararlo. Dado que la globalización es más fuerte que Estados Unidos, el destino de Trump es ser la expresión del declive o una reacción caótica contra él”.

El fin de un mundo

Lo cierto es que la preocupación con el nuevo orden internacional se ha venido expresando desde hace ya algunos años. “Un nuevo multilateralismo para el siglo XXI” fue el título de la conferencia que la Directora Gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, dio, en febrero del 2014.

En su preocupación por reconstruir un orden internacional en crisis reconocía los efectos que la “disparidad de ingresos” tuvo en su debilitamiento. En el pasado, afirmó, “los economistas subestimaron la importancia de la desigualdad”.

En Estados Unidos, agregó, “la desigualdad ha retomado los niveles previos a la Gran Depresión”. El 1% más rico de la población “captó 95% del aumento total del ingreso desde 2009, en tanto que el 90% más pobre se empobreció más”.

Recordó también la cifra, bien conocida, de la organización inglesa Oxfam: “las 85 personas más ricas del mundo poseen la misma cantidad de riqueza que la mitad más pobre de la población mundial”.

Uno de los resultados de esta situación, como reitera el exsecretario General de la OTAN y exministro de Relaciones Exteriores de España, Javier Solana, es que “el apoyo público al sistema internacional de gobernanza y la globalización económica se encuentra debilitado”.

En su artículo, titulado Por un multilateralismo inteligente, escrito después del triunfo de Trump, no oculta su preocupación por ese resultado, afirmando que los electores norteamericanos “han dado su apoyo a un candidato que ha prometido soluciones unilaterales domésticas ignorando la actual interdependencia, sin tener en cuenta el mundo en el que vivimos”.

Entre las prioridades de estos grupos reacios a la globalización –agrega– se encuentra la voluntad de frenar algunos acuerdos comerciales, como lo ha anunciado el presidente electo.

Solana, del partido socialista español, y Lagarde, vinculada a sectores conservadores de la política francesa, son un buen ejemplo de esa uniformización en que se ha diluido la socialdemocracia europea (y también la latinoamericana), acomodada a la derecha y preocupada con el caos al que ya hacía referencia Kissinger.

El fin de un mundo que Ian Buruma, professor del Bard College describe en un notable artículo en el New York Times magazine, sobre The end of the Anglo-american order.

Ahí advierte que la Pax Americana, junto con una Europa unificada, ayudó a mantener el mundo democrático seguro. Ahora, el Brexit británico –la decisión de los británicos de abandonar la Unión Europea, tomada en plebiscito reciente– y los Estados Unidos de Trump están, en su opinión, vinculados en su deseo de abandonar los pilares de la Pax Americana y de la unificación europea.

Buruma se refiere a la “retórica neoliberal”, que ofrecía prosperidad a todos, en la medida en que la nueva riqueza creada por el crecimiento económico terminaría por repartirse.

No ocurrió así –recuerda– y los trabajadores y sus niños, que languidecían en los cinturones de pobreza de las grandes ciudades, recibieron un nuevo golpe con la recesión del 2008.

Pero ni el Brexit ni Trump –dice Buruma– “van a traer beneficios para estos electores. Pero, por lo menos por un tiempo, ellos podrán soñar con la vuelta de sus países a un pasado imaginario, más puro, más gratificante”.

El resto del mundo

El año termina con las elecciones presidenciales austríacas, donde un apretado triunfo del candidato ecologista, Alexander Van der Bellen, sobre su rival de extrema derecha, Norbert Hofer (53% a 46%) es saludado con alivio por los dirigentes europeos.

En Austria, “las inquietudes económicas pesan también sobre las elecciones presidenciales”, escribió Romaric Godin en La Tribune, donde explica, con datos, donde está el germen de la protesta en el país.

En Italia el resultado fue peor para los europeístas y el “no” triunfó en una consulta sobre cambios en el orden político interno, pero que alentará a los que prefieren ver el país alejado de ese orden europeo. La primera consecuencia de ese resultado fue la renuncia del primer ministro, Mateo Renzi.

Mientras tanto, Francia se alista para la batalla electoral del año próximo, que ya dejó su primera víctima: el presidente François Hollande, cuya impopularidad extrema lo obligó a anunciar que no se postulará a la reelección.

Enfrentados al reciclaje neoliberal de los socialistas franceses, no sería raro que los electores se vean obligados a elegir, en una segunda vuelta, entre el también neoliberal François Fillon y la extrema derecha de Marine Le Pen.

Rusia y China miran en ese caos. Los chinos esperan que las relaciones bilaterales con los Estados Unidos no cambien, pero Trump ha dado señales de que quizás no sea así.

En cuanto a Rusia, el presidente Vladimir Putin definió la posición de su país en su discurso ante la Asamblea Federal, el pasado 1 de diciembre: “Rusia no permitirá la violación de sus intereses ni tampoco necesita consejos externos”.

¡Caótico, el mundo espera el 2017!

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