Egipcios decidirán entre la revolución y la contrarrevolución

La próxima votación será equivalente a un referendo entre la revolución y la contrarrevolución, dijo el dirigente de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Beltagy, al

La próxima votación será equivalente a un referendo entre la revolución y la contrarrevolución, dijo el dirigente de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Beltagy, al referirse al segundo turno de las elecciones presidenciales, del 16 y 17 de junio, en Egipto.

Su candidato, Mohamed Mursi, es el favorito para llevarse el triunfo en este segundo turno electoral, pero nada les asegura la victoria.

Su rival es el general Ahmed Shafiq, el último Primer Ministro del derrocado presidente Hosni Mubarak. “Un tipo duro y poco dado a las sutilezas”, describió recientemente una corresponsal de un diario español en El Cairo.

Se ha burlado de la revolución en numerosas ocasiones en entrevistas en televisión; incluso, amenazó, si llega a presidente, con enviar el Ejército a la plaza Tahir (donde se manifestaron los opositores a Mubarak) en caso de que volvieran a producirse manifestaciones masivas.

 

ANTECEDENTES

Los resultados electorales del primer turno en Egipto no fueron los que parecían indicar las encuestas, que daban como favoritos al excanciller de Mubarack, Amro Musa (hasta el año pasado fue Secretario General de la Liga Árabe) y a un antiguo miembro de la Hermandad Musulmana, Abdul Futuh. Ninguno de los dos logró pasar a la segunda ronda.

Musa fue superado ampliamente por el general Shafiq, candidato de los fulul, partidarios del derrocado régimen de Mubarak. Y Futuh, en cuarto lugar, tuvo que mirar como el líder de los Hermanos Musulmanes lo derrotaba, después de haber arañado el sueño de llegar a la presidencia.

Mursi recibió más de 5,76 millones de votos (24,77 %), mientras Shafiq obtuvo 5,5 millones (23,66%). El tercer candidato más votado fue Hamdeen Sabahy, un laico que dividió su votación con Futuh (20,7% contra casi 20%). Musa quedó de quinto, con 11%.

A este escenario postelectoral, hay que agregar algunos otros antecedentes, de cara al segundo turno.

“Los jóvenes revolucionarios egipcios llegaron dispersos a las elecciones”, dijeron los comentaristas, para explicar la caída de la votación de Futuh.

Otro elemento importante fue la abstención. De los 51 millones de potenciales votantes, solo un 46,4% acudió a las urnas, cerca de 24 millones de electores. Unos 3 millones menos que en las elecciones parlamentarias de fin del año pasado, cuando la participación superó el 62%.

Quizás es más importante, de cara a la segunda vuelta, considerar que los Hermanos Musulmanes recibieron menos de 6 millones de votos en esta ocasión, comparados con los más de 10 millones en las elecciones parlamentarias de hace seis meses. Lo que podría indicar que su candidato, aunque favorito, podría no ser el ganador en la segunda vuelta.

ECONOMÍA Y SEGURIDAD

La situación económica y la creciente inseguridad son las principales preocupaciones del electorado egipcio: una economía muy perjudicada por la caída del turismo y unos índices de delincuencia a la que estaban poco acostumbrados los egipcios en la época de la omnipresente y temida policía de la dictadura.

Pero no son los únicos problemas del país. “La seguridad es la prioridad, pero el país necesita también mejorar cuanto su sistema educativo y de salud”, piden los electores, en un país con una tasa de analfabetismo cercana al 40%.

Desde el derrocamiento de Mubarak —hace ya año y medio—, las condiciones de vida de la población han empeorado. Algunos especulan si eso no sería una estrategia de la junta militar gobernante del país desde entonces, para facilitar el retorno de la “mano dura” que representan algunos viejos miembros del régimen, entre ellos el general Shafiq.

“Desde el pasado mes de diciembre, el nuevo gobierno —nombrado por el consejo militar y dirigido por el Primer Ministro Kam al Ganzouri— deliberadamente ha creado muchos problemas para el egipcio de a pie; como el fracaso de la seguridad, un aumento alarmante de la tasa de criminalidad, la carencia de productos básicos (pan y el combustible para cocinar), y cortes en el gas y en los transportes públicos. El objetivo de esa fabricada crisis diaria era enviar una señal a los egipcios en la calle de que la revolución les ha traído únicamente miseria y sufrimiento. Por tanto, solo un candidato de ley y orden podría restaurar la seguridad y la prosperidad económica”, señalan los analistas.

“Nunca se ha vivido demasiado bien en Zarayeb, que es como se llama este suburbio, pero la situación ha ido empeorando después de la revolución”, cita un reportaje hecho un pequeño negocio ubicado en los suburbios de El Cairo. Para algunos del lugar, señalan, una hogaza de pan y un té será su único alimento en muchas horas.

Otro desafío es definir el papel de los militares una vez que asuma el nuevo presidente. Pocos dudan que vayan a entregar el poder, pero nadie sabe exactamente cuánto poder están dispuestos a entregar.

El ejército —que, en la memoria de muchos, sigue siendo el viejo ejército nacionalista de Nasser— cuenta con un importante respaldo de la población. Ese ejército también es un verdadero imperio económico que, según expertos, podría manejar hasta un cuarto de la economía egipcia.

El nuevo presidente, además, asumirá el poder sin que la nueva constitución haya sido redactada, por lo que sus funciones están sin definir.

¿SOLO UNA ILUSIÓN?

¿Habrá sido la rebelión de la dignidad solo una ilusión?, se pregunta Mark Levine, profesor de historia del Oriente Medio en la Universidad de Irvine (California). Esta pregunta parece responder a ciertas expectativas que quizás nunca estuvieron en la mente de sus protagonistas.

Uno de los problemas de los observadores occidentales, dijo George Friedman —director de Stratfor, agencia de análisis político norteamericana—, es que ellos lo comparan con las revoluciones de Europa del este en 1989.

“Esos regímenes eran genuinamente impopulares. Su impopularidad se originaba en el hecho de que fueron impuestos desde el exterior”, por la Unión Soviética, después de la Segunda Guerra Mundial.

Pero este no es el caso de los regímenes dictatoriales del Medio Oriente y del norte de África.

Para Esam Al-Amin, escritor independiente y colaborador de numerosos medios, el resultado electoral se debe a la división de los que se rebelaron contra el régimen de Mubarack.

“No hay duda de que el fracaso de los grupos revolucionarios a la hora de unir sus filas y presentar un único candidato o lista presidencial les ha hecho perder la oportunidad de quedar los primeros en esta primera vuelta”, asegura.

Esto pudo contribuir, también, al aumento del abstencionismo. “Algunos grupos revolucionarios pidieron finalmente el boicot de las elecciones, al afirmar que las elecciones no tienen sentido sin antes limpiar el Estado de fulul o de las garras del ejército”, agregó. Finalmente, señala el reagrupamiento de los fulul, la maquinaria del ahora prohibido Partido Democrático Nacional, de Mubarak.

Al-Amin cita, por ejemplo, la situación en el delta del Nilo, donde vive gran parte de los campesinos pobres de Egipto.

En las cinco provincias del corazón del Delta, Shafiq recibió 2,5 millones de votos, lo cual representa cerca de 50% de su total de votos. El candidato de los Hermanos Musulmanes, Mursi, recibió allí solamente 1,7 millones de votos, mientras que Sabahi y Abol Futuh recibían 1,3 millones y 1 millón, respectivamente.

De modo que la realidad es diferente a la ilusión de algunos observadores occidentales, que veían en la rebelión egipcia un camino a la democracia liberal de occidente.

Hoy, los partidarios de esa rebelión tienen que decidirse entre un candidato islamista y un viejo representante del régimen, un dilema que les parecía lejano hace tan solo año y medio.

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