Un siniestro contubernio:

De dónde sale la plata para las propinas millonarias a los políticos brasileños

Ya sabemos: empresas públicas hacen obras multimillonarias que contratan con constructoras privadas.

Ya sabemos: empresas públicas hacen obras multimillonarias que contratan con constructoras privadas. Odebrecht, OAS, etc. Miles de millones de dólares. Para ganar licitaciones hay que aceitar la mano de quienes deciden. No es solo en Brasil.

El modelo se ha globalizado, hecho universal. Solo que, en Brasil, se hizo también público, cuando un grupo de políticos impacientes (e imprudentes) decidió que había llegado su hora. Armaron el tinglado y echaron a la presidenta Dilma Rousseff del cargo. Y para intentar acabar con el Partido de los Trabajadores (PT) abrieron la caja de Pandora. Comenzaron a salir a la luz los mecanismos de financiamiento de la política y de enriquecimiento de algunos políticos: las propinas.

La semana pasada salió otro conejo de la chistera: la empresa JBS. Se trata de una gigante, procesadora de carnes, con intereses muy diversificados, desde Brasil a Nueva Zelanda o Estados Unidos. Una verdadera multinacional, propiedad de dos hermanos brasileños, Joesley y Wesley, cabezas del holding J&F, que controla JBS.

Hecha pública, la grabación de una conversación entre Joesley y el presidente Michel Temer, en marzo pasado, provocó una nueva ola en el escándalo en el que está hundido el mundo político brasileño.

Joesley dijo que le dio, desde 2004, 150 millones de dólares al PT. Difícilmente sabremos si es cierto. Son dineros que circulan en “negro”, fuera de las hojas de contabilidad de las empresas. Pero ¿cuánto tiene que ganar una empresa para poder decir que lo ha dado en propinas, a las que hay que sumar otros millones entregados a Temer y a los demás partidos?

UNIVERSIDAD trató de investigar las condiciones de trabajo en las empresas de los Batista, de conocer de dónde sacan tanto dinero. Hablamos con un empleado de una de ellas, en los Estados Unidos.

Tenemos la grabación en mano, pero no daremos a conocer la identidad de ese trabajador. Solo contaremos parte de su historia.

Ayuda a entender toda la madeja: de dónde sale el dinero y dónde va a parar, ayuda a entender cómo funciona el sistema, el económico y el político, de qué se alimentan, o de quiénes se alimentan.

Y sorprende descubrir que es de indocumentados, mexicanos, hondureños, mal pagados, los que, con su trabajo, enriquecen a los empresarios que financian la trama de propinas que alimenta la vida económica y política de países como Brasil.

Verdaderos depredadores que construyen imperios sobre la miseria ajena y, en este caso, también destruyendo el ambiente, como lo muestra el reportaje del periodista brasileño Fabiano Maisonnave para Climate Home, titulado Brazil’s pro-beef president Temer, betrayed by the industry he courted.

Ahí se cuenta cómo el presidente, pese a favorecer el agronegocio y la producción ganadera a costa de la selva amazónica, ha sido traicionado por la industria que pretendía favorecer.

Aquí está parte del relato de gente sencilla, que ha ido a buscar una vida mejor en los Estados Unidos, para verse luego atrapado por la tragedia del accidente de trabajo o la enfermedad. Sin el apoyo de la empresa, se ven liquidados por las deudas.

Esta es su historia, transcrita tratando de respetar el tono y las palabras, y que seguramente se repite una y otra vez, mientras las empresas hacen ganancias multimillonarias, con las que pagan las propinas.

“Hay gente que no tiene papeles legales”

– Hay gente que no tiene papeles legales y tiene miedo, nos explica. “El problema es que los trabajadores le tienen mucho miedo a estos patrones, nadie se anima a discutir nada, nadie se anima, nadie. Allí todos viven así como los animales, ellos los traen como quieren; no más no les parece, los corren. Esto no es un trato de humanidad”.

–La historia de mi accidente fue que yo estaba bajando (éramos dos que quitábamos esas piezas). Después llegaron unos inspectores que estuvieron analizando el trabajo y que yo lo hacía demasiado fácil, como quien dice que está ganando gratis. El americano batalla mucho para quitarlo, lo vamos a poner a él solo. Llegaron a decirme a mí que tu solito vas a hacerlo.

­­–Les pregunté cuánto me iban a pagar. Me dijeron que el mismo salario. Les dije que no iba a hacer el trabajo de dos trabajadores.

–Ellos me dijeron, el supervisor grande: “Vamos a probar si se puede y te voy a dar un incentivo, no te voy a aumentar el salario”.

­–Yo me dejé, estaba batallando mucho, al final cuando vieron que lo podía hacer me dijeron que lo iba a hacer solo, pero que no me iban a pagar más. Lo hago demasiado fácil por los años que tengo, pero no se va a poder hacerlo solo.

–Se vinieron dos piezas juntas; agarré una pieza, por no dejar ir la otra, le pisé el aire y se disparó la pistola y me rompió los tendones. Esa pistola no menos de 200 libras de presión tiene. ¡Dispara fuerte esa cosa! Se zafó y me llevó el brazo.

Sigue, con su español de quien vive hace muchos años en Estados Unidos, pero no habla inglés.

–¿Qué paso después de eso? Contrataron otro doctor para que hiciera la evaluación. Me dijeron que no creían que yo me hubiese lastimado en el trabajo. Al final dijeron que eso no podía romperme los tendones, que era una lesión vieja.

–El doctor dijo que no estoy para ayudarte ni perjudicarte, solo para evaluarte. La intérprete estaba interpretando. Mi hija, que hablaba inglés, interrumpió y le dijo al doctor que la intérprete no estaba traduciendo bien lo que yo estaba contando.

–El doctor al final escribió y cuando los papeles llegaron a  la compañía dijeron que no iban a operarme, que si yo quería operarme sería de mi cuenta. La compañía no me iba a operar.

–Yo no aguanto el dolor, me fui con mi doctor que me recomendó un especialista de los tendones. Lo primero que me preguntó fue ¿cómo fue que usted se lesionó? Mandó a pedir mi historial. Yo le dije que no lo iban a mandar. Él me dijo que no me preocupara, que tenían que mandarlo. –Usted no se preocupe, ellos me tienen que entregar su récord, me dijo.

En bancarrota

–Cuando recibieron la carta del doctor que me evaluó dijeron que no iban a pagar nada porque la lesión que yo tenía era muy vieja. Ellos no creen que me accidenté en el trabajo.

– Ellos hablaron con mi aseguranza que estoy pagando, aparte de mi enfermedad de la diabetes. Les dije que si podían cubrirme porque estoy lesionado y necesito operarme de mi brazo. Mi aseguranza me dijo: la hora que usted quiera para ir al hospital para su cirugía. Nosotros respondemos por todo.

– Voy entonces a buscar a un doctor que me opere. Pero resultó después de que cuando hizo mi reporte de la operación, como les dije que la lesión la sufrí en el trabajo, la compañía pidió todos los papeles y como todos decían que era accidente del trabajo, dijeron que no iban a cubrir nada, no quisieron pagar, ni uno ni otro.

– Estoy en bancarrota, perdí mi casa, no tengo nada, estoy en el aire. Me voy a vivir con mis hijos adonde se vayan, no sé con cuál de ellos. Son tres, dos mujeres y un hombre. Me hicieron muchas cosas, ahorita no me dicen nada, pero ya no pude pagar todos mis bills. Todos los bills se fueron a collection agency.

Son las garroteras, prestamistas que se van a quedar con su casa, parte de esa madeja con que se amarra a los condenados de la Tierra, en una sola historia, a las ruedas de un mundo globalizado.

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