Mundo Una década de desesperación

¿Cuáles son los escenarios globales post COVID-19?

Esta pandemia, considerada por Naciones Unidas como el mayor reto para el mundo desde la Segunda Guerra Mundial, hace que se busquen lecciones de lo ocurrido en el marco de una gran incertidumbre.

Ataúdes de cartón con la palabra Head en un extremo. Para evitar equivocaciones. Hacen fila en Queens, Nueva York, en espera de la incineración. “Son más baratos y se queman con mayor rapidez”, explican. Parece irrelevante, en todo caso, el lugar de la cabeza.

Es fin de semana y acaba de superarse los cuatro millones de casos de personas infectadas con el COVID-19. Casi 30 mil nuevos casos en un día, solo en Estados Unidos. Le siguen Brasil y Rusia, con poco más diez mil, en un solo día. La diferencia es que Rusia se acercaba a los dos mil muertos, mientras que Brasil ya superaba los once mil. Se camina rápidamente hacia los 300 mil muertos en todo el mundo.

¿Volvemos a la normalidad?

Las ciudades siguen desiertas pese a la tentación de algunos de avanzar más rápidamente en la normalización y la apertura. Mayormente sin resultados positivos, como el caso de Corea del Sur, que ha debido revisar el pasado fin de semana la apertura de bares y restaurantes. Caso extraordinario por ahora es el de Vietnam, que ha logrado pasar una primera ola sin un solo muerto por el nuevo coronavirus.

En medio de un escenario incierto, se multiplican los esfuerzos para ver con más claridad un camino. Se prenden luces altas, solo para descubrir que la niebla devuelve, no la nitidez que aspiran, sino una claridad difusa que no deja ver el camino.

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“El virus se va a ir. El virus no es el enemigo. A la larga el enemigo son las grandes empresas que van destruyendo a todas las pequeñas”.

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En ese escenario, las opiniones varían. Javier Ocaña, de la agencia de noticias Efe, entrevistó a la socióloga Saskia Sassen, premio Príncipe de Asturias 2013. Nacida en Holanda, trabaja en Nueva York, en la Universidad de Columbia, y pasa el confinamiento en Londres. Desde ahí prende sus luces altas.

A la larga, advierte Sassen, los enemigos serán las grandes empresas que destruyen a las pequeñas. Esa es la batalla que hay que dar. Y nos advierte: “El ser humano tiene una extraordinaria capacidad para olvidar. Y podría olvidar también, rápidamente, las consecuencias de esta pandemia”.

A sus 72 años, Sassen ha vivido diversas tragedias. De las que hoy ya poco se habla. En medio año, afirma, pasará lo mismo con el coronavirus. “El virus se va a ir. El virus no es el enemigo. A la larga el enemigo son las grandes empresas que van destruyendo a todas las pequeñas”, reitera.

“Hay que reactivar nuestras economías, y a lo mejor esto es una oportunidad para hacerlo”, para crear un espacio para las producciones locales. “Esperemos que las finanzas pierdan”, agrega. “En Norteamérica las grandes empresas se han vuelto extraordinariamente dominantes y su objetivo no es sobrevivir, como el pequeño agricultor, sino ganar dinero”.

Para Sassen “el sector público ha perdido mucho”. Ha perdido capacidad de desarrollar proyectos y ha perdido terreno “en favor de las grandes empresas, que han ido acaparando parte de la economía que solía estar bajo el control de pequeñas empresas o de gobiernos. “En los años 80, cuando empezó la privatización y la desregularización de nuestras economías, surgió un nuevo tipo de elite que dividió a la clase media. Por un lado, una clase media muy rica que casi no se puede llamar así, y un sector que ahora son una clase muy modesta con muchas dificultades para que sus hijos vayan a buenas universidades o para tener viviendas buenas”.

“Mucha privatización que tiene como objetivo extraer ganancias, no manejar mejor las cosas. Esa es la gran tragedia en Estados Unidos”, enfatizó.

Cuestionada sobre un eventual impulso de la extrema derecha en Europa, como consecuencia de la pandemia, estimó difícil generalizar. Lo ve, en parte, como un fracaso de la izquierda que “no logró avanzar en un proyecto en el que teníamos muchas esperanzas”. Es en ese contexto que una cierta derecha logra avances, “marcadas por una cierta ignorancia y un cierto tipo de fe”, convencidas de que van a lograr una mejor forma de vida.

“Yo te digo que no, que no te va a dar una vida mejor. Después de la Segunda Guerra Mundial en muchos de nuestros países había un proyecto serio de mejorar las condiciones de vida. Era necesario, era urgente. Eso hoy no lo tenemos”.

Un poco peor

Le dicen Casandra. La periodista Laurie Garrett lo había advertido en un libro, éxito de ventas de 1994, The Coming Plague. Hizo lo que algunos estiman los mejores reportajes sobre el sida. Ganó el premio Pulitzer en 1996 por la cobertura del ébola en Zaire.

Frank Brunio publica una entrevista con Garret el 4 de mayo en el New York Times.

“Esto es la historia desarrollándose delante de nosotros”, afirma Garrett. Y luego se pregunta: “¿Volvimos a la normalidad después del 11 de septiembre? No. Creamos una nueva normalidad. Aseguramos los Estados Unidos. Nos convertimos en un Estado antiterrorista. Y eso afectó todo. No podíamos entrar a un edificio sin mostrar una identificación y pasar por un detector de metales, y no pudimos subir a los aviones de la misma manera nunca más. Eso es lo que va a pasar con esto”.

Está claro, para Garret ¡no habrá vuelta a la normalidad! Pero no es opinión unánime. Michel Houellebecq, el escritor francés piensa lo contrario.

“No nos despertaremos después del confinamiento en un nuevo mundo. Será el mismo, pero un poco peor”, afirma. Todo será “exactamente igual”.

Con el coronavirus considerado por Naciones Unidas como el mayor reto para el mundo desde la Segunda Guerra Mundial, muchos buscan lecciones en lo ocurrido después de los dos grandes conflictos armados del siglo pasado. Todo, naturalmente, en el marco de una gran incertidumbre. Entre otras cosas porque no es posible determinar cuán larga y profunda será la crisis económica mundial.

El cierre de las empresas, la desarticulación de los mercados, el aumento del déficit y de las deudas de los países y de las familias, la caída de la demanda, plantean un escenario completamente nuevo. tanto por la profundidad como por la extensión global del problema.

Ian Goldin, un profesor de globalización y desarrollo en la Universidad de Oxford, plantea dos escenarios globales similares a las eras de posguerra, en declaraciones a la BBC.

Para Goldin, al final de la I Guerra Mundial resultó imposible una mayor cooperación internacional y, en una década, el mundo estaba sumido en su más grave crisis financiera, vísperas de la asunción del nazismo al poder en Alemania que conduciría el mundo a la II Guerra Mundial.

Pero, concluida esta, Goldin ve el mundo encarrilado hacia un escenario de cooperación, distinto al período de posguerra anterior. El fracaso de la Liga de Naciones dio paso a la creación de las Naciones Unidas y a la creación de las instituciones de Bretton Woods, el Banco de Reconstrucción y Fomento, luego incorporado a lo que se conoce hoy como Banco Mundial (BM), y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Pero esa visión optimista de Goldin deja de lado el otro carácter de la posguerra, que fue la Guerra Fría, y pierde de vista también el estado actual de ese orden, con las Naciones Unidas incapaces de asumir un papel clave en la coordinación de una salida a la crisis.

«Es obvio que nos falta liderazgo que solo será posible si (…) las potencias mundiales clave son capaces de aproximarse, adoptar una estrategia común y luego reunir a toda la comunidad internacional», dijo el secretario general de la ONU, António Guterres, en entrevista a la BBC.

Tampoco el BM y el FMI son ya las instituciones orientadas a las tareas que se les asignaron en un contexto muy distinto, hace ya unos 70 años. Hoy, como lo han señalado diversos economistas, son parte del problema, no de la solución.

Una tarde de primavera en el parque del puente de Brooklyn en Nueva York, las personas mantienen la distancia. Analistas prevén que después la pandemia será difícil volver a la normalidad. (Foto: AFP)

Crisis como ninguna otra

La actual directora-gerente del FMI, la búlgara Kristalina Georgieva, advirtió el mes pasado que el mundo estaba viviendo “una crisis como ninguna otra”. La afirmación podría despertar esperanzas de que promoviera políticas algo distintas a las de austeridad y privatizaciones, pero la respuesta a las demandas de algunos países para enfrentar la crisis sugiere que no será así.

Es el caso de Costa Rica, un país que ha logrado buenos resultados en evitar la expansión del COVID-19, al que el FMI le aprobó una línea de crédito rápido por $508 millones para afrontar la emergencia.

Pero Mitsuhiro Furusawa, subdirector gerente y presidente interino del FMI advirtió que el país deberá volver a la ruta de la consolidación fiscal en 2021, valorar medidas adicionales en ingresos y gastos, y considerar la venta de activos.

Depresión sin precedentes

Como pronostica Nouriel Roubini, profesor de Economía en la Universidad de Nueva York, lo que se vislumbra es una depresión económica sin precedentes en el mundo. Por la coincidencia de varios riesgos, entre los que cita los problemas de deuda, las disparidades sociales y la pugna entre Estados Unidos y China, entre otros.

Después de la crisis financiera de 2007-09 –recuerda Roubini –, “políticas desacertadas agravaron desequilibrios y riesgos muy extendidos en la economía global”. Son las mismas promovidas por los organismos financieros internacionales y por los gobiernos de algunas de las economías más importantes del mundo, que no dejaron a países de menor envergadura más que seguir el mismo camino, el de la austeridad.

Roubini advierte: “la primera tendencia tiene que ver con el déficit y sus riesgos derivados: la deuda y el default. La respuesta oficial a la crisis del COVID-19 implica un aumento enorme del déficit fiscal, del orden del 10% del PIB o más, en un momento en que los niveles de deuda pública en muchos países ya eran altos e incluso insostenibles”.

Para peor –agrega– “la pérdida de ingresos de muchos hogares y empresas implica que los niveles de deuda del sector privado también se volverán insostenibles”.

Para Adam Tooze, profesor de Historia en la Universidad de Columbia, si el cierre de las economías provoca una recesión prolongada, como es probable, “los bancos sufrirán graves daños”.

En su opinión, la crisis actual ha trastornado los términos del debate, por su origen tan distinto a la de los años 30 del siglo pasado, o la del 2008. Se trata ahora de una emergencia económica provocada por la necesidad de contener un virus mortal.

Se trata de una era en la que el impacto de las actividades humanas sobre la naturaleza ha empezado a revertir sobre nosotros de una manera desastrosa.

Si queremos evitar el desastre –agrega– tenemos que invertir en investigación, en salud pública, en producción de vacunas, en equipar a los hospitales.

“La industria farmacéutica no invertirá en medicinas a menos que vea ganancias en eso”. La solución obvia, por lo tanto, “es invertir en salud pública global, como los expertos han venido pidiendo desde los años 90”; pese a los desafíos que presentan, tanto la confrontación entre Estados Unidos y China, como los discursos de austeridad que los altos niveles de la deuda estimulan.

Ni «V», ni en «L», ni en «W»

Finalmente, algunas consideraciones sobre posibles formatos de la recuperación económica. Nuevamente, es el economista español Juan Torres López el que nos sugiere algunas alternativas.

Torres acude a un estudio del FMI (Systemic Banking Crises Revisited, de Luc Laeven y Fabian Valencia) para referirse a las crisis financieras del último medio siglo (1970-2017).

Constata que han sido recurrentes y que las investigaciones realizadas “han puesto de relieve una correlación estrechísima entre su frecuencia y dos factores principales: la liberalización de los movimientos de capital y la desigualdad”.

Al contrario de lo que se podía esperar, sin embargo, “cada día hay mayor desigualdad y están aumentado las fuentes de la volatilidad de los capitales, como la deuda, la especulación bursátil, la pérdida de rentabilidad del capital material, la crisis del comercio internacional y de los sistemas monetarios y la insolvencia generalizada de la banca internacional”.

La semana pasada, el 8 de mayo, Torres analizó un documento de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIRF) –una institución cuya función es vigilar el cumplimiento del principio constitucional de estabilidad presupuestaria en España– sobre las consecuencias del COVID-19.

El informe prevé un «profundo impacto» de la pandemia y sus «indudables efectos negativos en las cuentas públicas». Prevé un aumento en la relación deuda/PIB de entre 20 y 27 puntos este año y de otros dos puntos adicionales en 2021, de modo que la relación deuda/PIB en España quedaría entre el 115% y 122% en 2020, y entre el 117% y 124% en 2021.

El informe hace diversas consideraciones sobre cómo alcanzar un nivel estable de la deuda en 2030 y reducirla en la década siguiente, y Torres se pregunta varias cosas. La primera es si “alguien puede creer de verdad que es verosímil hacer escenarios financieros a veinte años vista, tal y como evoluciona el mundo.” Pero más importante aún es su pregunta sobre los efectos de un eventual ajuste fiscal basado en recortes del gasto sobre la economía y el bienestar de los españoles.

No es una pregunta propia solo de la economía española. En Costa Rica, en medio de una ofensiva neoliberal, es fácil encontrar afirmaciones como la de que “no habrá verdadera reactivación económica sin recorte del gasto público”, cuando todo indica que la realidad es exactamente la contraria.

“¿Acaso no se ha podido comprobar ya que las políticas de rigor presupuestario como las europeas que vigila la AIRF no disminuyen la deuda pública, sino que la aumentan?”, se pregunta Torres.

La deuda y la acumulación de déficit –agrega– “no es algo que se origine solo en las cuentas públicas, sino también en las de los hogares y empresas de menor poder de mercado”.

Y eso se debe –en su opinión– a causas que las autoridades parecen no querer entender: “la acumulación de riqueza en las grandes fortunas y corporaciones, el predominio de la actividad financiera, el enorme poder de los bancos, la desfiscalización, el descrédito de los impuestos, el fraude y la evasión fiscal… ¡y las políticas de estabilidad presupuestaria!”

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