Crónicas desde Santiago (III): La desaparición de los alienígenas

Han sido días frenéticos. Los alienígenas están por todas partes, en Temuco, región de la Araucanía, en Punta Arenas y Antofagasta, en Viña… ¡por todas partes!

Santiago, Chile. <¡Zás!, hace el mago con su varita. Y la plaza queda vacía. En un instante más de 1,2 millones de personas se han esfumado. Desaparecen los alienígenas…

¡Zás!, vuelve a hacer el mago con su varita. Y la plaza se llena, como por arte de magia.

Hay magos que han hecho desaparecer un avión en el escenario. No recuerdo bien si alguno ha hecho desaparecer un elefante. La magia es un arte encantador. Desconcertante.

Aquí, lo hace el toque de queda. ¡Zás! Y la plaza queda vacía. Lo puedo ver por televisión. No se puede asomar uno a la calle.

Era viernes por la noche. Como por arte de magia, desaparecen más de un millón de personas, mientras hombres armados cuidan la plaza vacía para que no vuelvan los alienígenas. Por lo menos hasta hoy, que es sábado, cuando la plaza volverá a llenarse de alienígenas.

¿Hasta cuándo?

Ayer caía la tarde. Un cielo enrojecido los cubría a todos. No se si era también por arte de magia. Empezaba a hacer fresco, pero no parecía importarle a los alienígenas.

Lo hacían todo en silencio. No se oía ni una palabra. ¡Había un silencio ensordecedor! No tenían con quién hablar. No había interlocutor. Entonces hablaban a todos. No se entendía bien lo que querían decir. No estaba claro.

O quizás era la multitud de voces lo que no dejaba entender bien lo que decían. Hablaban todos al mismo tiempo y no se alcanzaba a entender si todos decían lo mismo.

Son costumbres alienígenas. Difíciles de entender. Tocan tambores. Golpean ollas. No se entiende bien lo que quieren decir.

Pero algo querían. Había que aguzar el oído para entenderlos. Es difícil con los alienígenas.

No hay discursos

No hay discursos. Ni tarimas. Es una plaza muda, críptica, escandalosa. Imprecisa y exacta, según se la mire. No hay quién los dirija. Que les diga lo que tienen que hacer. Ni lo que tienen que decir. Es eso lo que hace tan difícil entender a los alienígenas. Son otras costumbres.

Había un letrero grande. Algunos eran amigos de Sebastián. Antes de desaparecer le decían adiós. Como en una despedida: “Adiós Sebastián”. Como si estuvieran despidiéndose antes de irse.

Quizás vuelvan hoy. Es casi seguro. Entonces quizás intenten hablarle de nuevo.

Pero, ¿con quién hablará Sebastián? ¿En qué idioma? ¿Qué les dirá? Han sido días frenéticos. Los alienígenas están por todas partes, en Temuco, región de la Araucanía, en Punta Arenas y Antofagasta, en Viña… ¡por todas partes!

No se sabe bien con quien dialogar. Ni qué decir. Sebastián parece estar solo. Nadie sale a apoyarlo. Ni una sola expresión masiva a su favor.

¡Silencio! Callado hasta en las mesas de conversaciones, ve pasar a los alienígenas. Una multitud. La esperanza es que se vayan. Los oye en silencio. Lo cierto es que no se entiende bien lo que dicen.

¿Qué quieren? ¿Tocar el cielo con las manos? ¿Trabajar? ¿Comer? ¿Educar a los hijos? ¿Poder ir al médico? ¿No morirse antes de morirse?

¡No son claros los alienígenas! Parece que lo quieren todo.


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