COVID-19 también se ciñe con el sistema nervioso

Estudios científicos recientes buscan determinar las consecuencias neurológicas ya detectadas en algunos pacientes infectados por el coronavirus.

Desde problemas de inflamaciones en el cerebro o la médula espinal hasta diagnósticos psiquiátricos como la psicosis han sido identificados en pacientes atacados por el COVID-19.

Así lo han puntualizado estudios recientes que buscan una más exacta determinación de las consecuencias a nivel del sistema nervioso central de la infección por el coronavirus SARS-CoV-2.

Por ejemplo, a inicios de julio la revista Brain publicó el trabajo El emergente espectro de la neurología de la COVID-19: hallazgos clínicos, radiológicos y en laboratorio, firmado por más de 60 especialistas de diferentes instituciones del Reino Unido.

Este análisis consistió en la recopilación de datos de 43 pacientes, de los cuales 29 eran positivos y definitivos como infectados por el virus según la prueba de proteína C reactiva (PCR), mientras que ocho fueron “probables” y seis “posibles” de acuerdo con criterios de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La muestra incluyó 24 hombres y 19 mujeres, con edades entre los 16 y los 85 años. El 53% eran personas “no blancas”. La severidad de los síntomas de COVID-19 varió de suaves a críticos y los eventos neurológicos se presentaron en los diferentes casos desde seis días antes del inicio de los síntomas del COVID-19 y hasta 27 días después.

En este caso se establecieron cinco categorías según lo observado. En la primera de ellas, diez pacientes presentaron encefalopatías; es decir, enfermedades del encéfalo que es el conjunto del cerebro, el cerebelo y el bulbo raquídeo (ubicado en la parte superior de la médula espinal). Estas condiciones se presentaron asociadas a delirio y psicosis.

La segunda categoría se trató de síndromes inflamatorios del sistema nervioso central, incluida la encefalitis (inflamación del encéfalo) o la encefalomielitis aguda diseminada (EAD), una inflamación intensa y breve en el cerebro y la médula espinal, que puede lesionar la cubierta protectora de las fibras nerviosas, denominada mielina. En esta categoría se identificaron 12 pacientes, nueve de ellos con EAD.

La tercer categoría es la isquemia, cuando se reduce la irrigación de sangre, con lo cual también disminuye el oxígeno. De ocho personas que presentaron este cuadro, una murió.

La cuarta se definió como los desórdenes neurológicos periféricos, como el síndrome Guillain-Barré, en el que el sistema inmunológico ataca las neuronas y produce debilidad muscular e incluso problemas de movilidad. También fueron ocho los casos que integraron esta clasificación.

Finalmente, hubo cinco pacientes que presentaron “desórdenes centrales misceláneos que no calzaron con estas categorías”, como una hipertensión intracraneal.

Entre las conclusiones de este estudio se apuntó que “la alta incidencia de EAD es llamativa. Esta complicación no se relacionó con la severidad de la enfermedad respiratoria COVID-19. La detección temprana, investigación y manejo de las enfermedades neurológicas relacionadas al COVID-19 es un reto”.

Alteraciones mentales

Otro de los estudios recientes en abordar el tema es Complicaciones neurológicas y neurosiquiátricas de la COVID-19 en 153 pacientes: un estudio de vigilancia en el Reino Unido, publicado por la revista The Lancet a finales de junio.

El análisis se realizó a partir de una red de reporte de casos establecida entre las más importantes instituciones neurocientíficas del Reino Unido y los síndromes asociados con la COVID-19 se clasificaron como eventos cerebrovasculares (como infartos isquémicos), estados mentales alterados (cambios en la personalidad, comportamiento o conciencia), neurología periférica (respecto a nervios periféricos) y otros.

Se detectaron 153 casos, con edad media de 71 años, en un rango entre los 23 y 94. Sin embargo, solo se contó con información clínica completa para 125; de ellos 77 (62%) presentaron algún evento cerebrovascular, la mayoría; 57  personas, isquemia.

Otras 39 personas -un 31%- presentaron estados mentales alterados. De estos, diez fueron diagnosticados con psicosis, seis presentaron un síndrome neurocognitivo, parecido a la demencia, y cuatro presentaron un “desorden afectivo”. Dieciocho de los pacientes en esta categoría tenían menos de 60 años.

La alteración de estados mentales fue la segunda incidencia más común y a menudo se presentó en pacientes más jóvenes.

“Identificamos una gran proporción de casos de alteración aguda del estado mental, incluyendo diagnósticos de síndromes neurológicos como la encefalopatía y la encefalitis y diagnósticos de síndromes psiquiátricos, como la psicosis”, se apunta entre las conclusiones.

También se hace el llamado a que el personal clínico “debe estar alerta ante la posibilidad de que pacientes con COVID-19 desarrollen estas complicaciones, y por el contrario, de la posibilidad de que el COVID-19 se dé en pacientes que presentan síndromes neurológicos y psiquiátricos agudos”.

Volumen de casos

La afectación neurológica del COVID-19 se empezó a detectar hace meses, cuando se comprobó como uno de los síntomas la anosmia o pérdida de olfato.

Miguel Barboza, neurólogo del hospital Calderón Guardia, explicó que por sus características moleculares el SARS-CoV-2 tiene la posibilidad de migrar al cerebro, pues allí también se encuentra la enzima convertidora de angiotesina, (denominada ACE2), que es la receptora del coronavirus en el cuerpo humano.

“Entonces, el virus puede migrar, ¿en quién? No sabemos. En buena teoría, las personas que tienen mayor riesgo en general con factores asociados, como hipertensos o diabéticos, o personas con condiciones inmunológicas, puede ser que tengan mayor probabilidad de que el virus migre al cerebro”, reflexionó.

El especialista ponderó además que los coronavirus ya fueron identificados hace tiempo, “incluso se sabía que tienen la posibilidad de migrar al cerebro y se encontraron partículas virales en el líquido cefalorraquídeo, el líquido que se extrae de la espalda cuando se analiza el sistema nervioso central”.

Al referirse a los estudios científicos recientes, consideró que la detección de estos síntomas constituye “una alerta más hacia los médicos que a la población general”, pues observó que personas que ya padezcan de estas condiciones no corren un peligro particular ante el COVID-19 y que es más importante poner atención a factores de riesgo ante un posible infarto cerebral, como la hipertensión o diabetes no controladas.

Sí consideró importante que el personal médico que atiende a pacientes de COVID-19 esté informado sobre las “manifestaciones neurológicas” que se presenten en conjunto con esa enfermedad. “Eso toca analizarlo desde el primer momento en que llega el paciente”.

“En este momento no se ha generado una advertencia a nivel de alerta sanitaria para la población general, pues fuera del trastorno olfatorio no hay nada diferente que se haya publicado”, puntualizó.

Barboza informó también que en el país no se ha detectado este tipo de problemas relacionados al COVID-19, lo cual atribuyó a que “es un asunto posiblemente de volumen de casos. Entre más se tengan, con pacientes más complicados, es más probable que se tengan manifestaciones neurológicas por el virus; es muy probable, así es como se empezó a presentar en lugares como China o Italia”.

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