«Catástrofe» del coronavirus acecha los campamentos de desplazados de Siria

En la provincia de Idlib, tres millones de personas sobreviven en extrema pobreza, con acceso limitado a la atención sanitaria o al agua potable, en una zona donde decenas de hospitales quedaron fuera de servicio por bombardeos y combates.

En un campo de desplazados del noroeste de Siria, un médico describe las precauciones necesarias para protegerse del nuevo coronavirus. Pero Abdalá Yasín, quien vive con otras 14 personas en una tienda de campaña, sabe que si la epidemia se propaga, la «catástrofe humanitaria» será inevitable.

En la provincia de Idlib y sus alrededores, tres millones de personas sobreviven en la extrema pobreza, con acceso limitado a la atención sanitaria o al agua potable, en una zona donde decenas de hospitales quedaron fuera de servicio por los bombardeos y los combates.

Siria sólo ha reportado un caso del nuevo coronavirus en los territorios bajo control del gobierno, y ninguno ha sido registrado en la región de Idlib, último gran bastión yihadista y rebelde, recientemente blanco de una ofensiva del régimen.

Pero en vista de los peligros, sobre todo en los campamentos de desplazados sobrepoblados, organizaciones humanitarias y organismos internacionales ya pusieron en marcha un dispositivo para evitar una propagación de la epidemia.

Cerca del pueblo de Kafr Lusin, en el campamento de Yasín, algunas decenas de personas se agrupan alrededor de un médico de la oenegé turca IHH, escuchando sus instrucciones o leyendo con atención los folletos que les entregaron.

Antes de distribuir las mascarillas de protección, el doctor recuerda que hay que tomar precauciones para estornudar y explica que una persona portadora del virus puede permanecer hasta 14 días sin presentar síntomas.

«En lugar de venir a darnos lecciones, instalen una clínica médica para esta gente», dice a la AFP Yasín, de 57 años, sin ocultar su frustración.

«Hay miles de personas. Dormimos 14 en una sola tienda de campaña», dice este hombre de barba entrecana, que lleva un pañuelo tradicional rojo y blanco sobre la cabeza.

«Si la epidemia se propaga en los campamentos, será una catástrofe humanitaria», dice este desplazado, quien comparte su tienda con sus hijos y nietos.

Muy poco equipo

Entre las medidas de precaución ya aplicadas, un laboratorio de la ciudad de Idlib recibió el martes 300 kits de diagnóstico COVID-19 enviados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) a través de una oenegé.

Aunque lo celebra, el director del laboratorio, Mohamad Shahm Mekki, teme que sea insuficiente. «Es poco comparado con la densidad de la población» en Idlib, afirma a la AFP.

La OMS contempla el envío de 2.000 pruebas adicionales, mientras que tres hospitales con unidades de cuidados intensivos ya fueron acondicionados en centros con cuartos de aislamiento equipados con respiradores artificiales.

Hasta 1.000 profesionales de salud fueron movilizados y una nueva entrega de equipos de protección -incluidas 10.000 mascarillas quirúrgicas y 500 de respiración– deben llegar esta semana.

Los campamentos de desplazados «serían las zonas más peligrosas si el virus se propaga», advirtió Ibrahim Tlass, el médico de la oenegé turca.

«Aquí es donde hay mayor densidad de población y menos conciencia del tema», explicó a la AFP.

«Agua cortada»

Con la última ofensiva del régimen, suspendida tras el anuncio de una tregua a comienzos de marzo, cerca de un millón de personas han sido desplazadas desde diciembre, agravando las condiciones de vida ya precaria en el bastión de Idlib, dominado por los yihadistas de Hayat Tahrir al Sham, antiguo brazo sirio de Al Qaida.

En una Siria donde el conflicto ha matado a más de 380.000 personas y destruido infraestructuras,  menos de dos tercios de los hospitales estaban aun en operación a fines de 2019, según la OMS.

Um Khaled vive con sus hijos, su nuera y sus nietos en otro campamento de Idlib, cerca de la localidad de Harem.

«No hay servicios médicos ni medicinas en el campamento», lamenta la mujer, de 40 años.

Son siete en una tienda y en la medida de lo posible, intenta mantener el espacio limpio y lavar a los pequeños, frotando sus manos con agua y jabón. Les enseña a apartarse si van a estornudar o a alejarse de un niño enfermo.

«A veces el agua está cortada (…) no tenemos suficiente para lavar a los niños y la tienda diariamente. En general, cada dos o tres días», lamenta la mujer.

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