Rebelión civil en Nicaragua

América Latina se divide en torno a la crisis nicaragüense

¿Cuántos muertos hacen falta para reconocer la infamia?, se preguntaba el sociólogo Marcos Roitman en un artículo sobre la situación en Nicaragua, publicado el sábado en el diario mexicano La Jornada.

Comentarista político, autor de varios libros, quien conozca su obra sabe que Roitman se ubica en la izquierda del espectro político, sea cual sea el criterio usado para esa definición.

Una particular sensibilidad internacional gira en torno al debate sobre la crisis en Nicaragua. Entre otras razones porque muchos de los analistas, sobre todo los de izquierda, estuvieron involucrados en la defensa del sandinismo cuando el entonces presidente norteamericano Ronald Reagan organizó y financió, en los años 80, el ejército de los “contras” para luchar contra el proyecto de la revolución.

Es el caso, por ejemplo, de Eric Toussaint, un belga que organizó una red cuyo objetivo principal es analizar el problema de la deuda externa, explicar su origen (que considera, con frecuencia, ilegítimo) y abogar por su cancelación.

Centroamérica le es familiar. Estuvo una docena de veces en Nicaragua entre 1984 y 1992.

Toussaint publicó, la semana pasada, un largo artículo en Viento Sur titulado “¿De dónde viene el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo?” Es un estudio detallado, disponible en Internet. Rastrea el giro de Ortega a la derecha. La dirección del frente sandinista –afirma– hizo concesiones al gobierno de la presidente Violeta Barrios de Chamorro (1990-97) luego de su derrota electoral, “aceptando el desmantelamiento del sector bancario público, la reducción del sector público en la agricultura y la industria, el abandono del monopolio del Estado sobre el comercio exterior”.

En las elecciones del 96 Ortega pierde contra Arnoldo Alemán y negocia con el dirigente conservador, amenazado de cárcel por corrupción. “En ese momento, tuvo lugar una ruptura importante. Era entonces evidente que Ortega se alejaba cada vez más de las posiciones de la izquierda y centraba su estrategia en la ampliación de su poder”, dice Toussaint.

Recuerda cómo, en 2005, Ortega se acerca al “cardenal ultraconservador” Miguel Obando y Bravo. El resultado es la conversión al catolicismo, su matrimonio por la iglesia y finalmente la adopción de mayores restricciones al aborto. Su conclusión es que “el Frente Sandinista dejó de oponerse a las políticas neoliberales”.

Nicaragua duele

Claudio Katz es un economista argentino, profesor de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Su artículo se titula “Nicaragua duele”. También puede ser visto en Internet. Escribe con frecuencia sobre la situación en su país y en América Latina.

“Los hechos de los últimos meses ofrecen pocas dudas”, afirma. “Una sucesión de protestas sociales fue brutalmente reprimida. Hay 350 muertos de un solo lado por la acción de fuerzas policiales o paramilitares. En todos los casos hubo disparos contra manifestantes desarmados, que respondieron o se escaparon como pudieron de la cacería”. “No existe ninguna justificación de ese salvajismo”. “El orteguismo no guarda el menor parentesco con su origen sandinista”. “Cuando los aparatos policiales asesinan a mansalva se rompe el último eslabón de contacto con un horizonte progresista. Esta regresión sin retorno se produjo en Nicaragua en los últimos meses”, indica.

Quienes defienden la actitud del gobierno de Ortega comparan las protestas en Nicaragua con las que caracterizaron las revoluciones de colores, en el norte de África, o en Ucrania, o en la misma Venezuela.

Katz nos recuerda que “las realidades históricas y el escenario político de Medio Oriente y Centroamérica son muy diferentes”, y que “las sustanciales diferencias con Venezuela no radican sólo en la permanencia de un proceso bolivariano, que confronta con la derecha y defiende la soberanía en un marco de inédita adversidad”. En su opinión, “lo ocurrido en Nicaragua es muy distinto. Las protestas no fueron teledirigidas desde Washington. Surgieron desde abajo contra reformas aconsejadas por el FMI y se articularon posteriormente en forma espontánea para defender los derechos vulnerados”.

Katz nos remite a otro reconocido militante de la izquierda regional, el periodista chileno Manuel Cabieses.

En su artículo titulado “La lección de Nicaragua”, Cabieses inicia diciendo: “No quiero que mi voz se confunda con los rugidos del imperio o con los ladridos de sus perritos falderos. Pero no puedo callar. El heroico pueblo de Nicaragua, que en 1979 derrocó a la tiranía de los Somoza, necesita aliento en su lucha contra la dictadura corrupta y grotesca de Daniel Ortega-Rosario Murillo”.

Tanto Cabieses como Katz nos advierten que desconocer los preparativos de una agresión por parte de Estados Unidos “sería una inadmisible ingenuidad”. “Es vital no sumarse a las campañas de la OEA y a los alaridos de Vargas Llosa que entreteje el Comando Sur”, agrega Katz.

Pero de ahí no derivan la conclusión de que lo que está ocurriendo en Nicaragua es resultado de una intervención norteamericana que, naturalmente, está también presente. Katz más bien reconoce que “las distintas vertientes eclesiásticas no siguen un libreto uniforme y los estudiantes están agrupados en varias corrientes internas con líderes de izquierda y derecha”.

La otra mirada

Fue el sociólogo argentino Atilio Borón el que salió a responder a Cabieses. Era previsible que “la derecha imperial y sus epígonos en América Latina y el Caribe” redoblaron su ofensiva contra el gobierno de Ortega, con el objetivo de derrocarlo. Lo que no era previsible, agrega Boron, era que de “esa arremetida participaran con singular entusiasmo algunos políticos e intelectuales progresistas y de izquierda”.

Para Boron, los críticos de Ortega “en ningún momento hacen alusión al marco geopolítico en el que se desenvuelve la crisis”. “¿Cómo olvidar que México y Centroamérica es una región de principalísima importancia estratégica para la doctrina de seguridad nacional de Estados Unidos?”, se pregunta.

Pero nadie parece olvidarse de esto. Lo que ocurre es que, analizando el desarrollo de los acontecimientos, sacan conclusiones diferentes.

Aram Aharonian, periodista uruguayo, fundador del canal de televisión Telesur, estima, como Boron, que “Nicaragua es rehén de una realidad falseada y ficticia que mueve el terrorismo mediático de esta guerra de cuarta generación al ritmo de las redes sociales”. Que Nicaragua, “junto a Venezuela, Cuba y Bolivia, se ha convertido en una piedra en el zapato de los proyectos ‘panamericanistas’ de Estados Unidos y sus repetidores, y hoy usan todos los argumentos para aniquilarla”.

La visión del régimen es que lo ocurrido no es más que un terrorismo golpista desatado a partir del 18 de abril, cuando se iniciaron las protestas. Sendas de Bien Común, según la vicepresidente y esposa de Ortega, Rosario Murillo, que el sandinismo venía recorriendo a lo largo de los últimos 11 años, interrumpidas por el terrorismo golpista.

Murillo, adopta un lenguaje mesiánico, esotérico. “Vamos ya por esas Sendas, de la Mano de Dios”, afirmó en un pronunciamiento hecho en el Canal 4, el pasado 27 de julio. “Para Su Gloria, con Su Gracia, vamos por esas Sendas de Reencuentro, de Reconciliación, de Cariño, de Cristianismo, Amor Cristiano, Amor al Prójimo; de Cristianismo, de Socialismo, de Solidaridad!” (Las mayúsculas son del texto original difundido en la página del sandinismo, el 19 digital).

El presidente Ortega ha reiterado la misma idea, en entrevistas concedidas sobre todo a la televisión norteamericana. El 24 de julio también habló a Telesur, y afirmó que lo ocurrido es una reedición de la actividad de los “contras” en los años 80. La entrevista de Ortega también puede ser vista en la página el 19digital.

El apoyo más decidido a su gobierno vino del encuentro del Foro de São Paulo, celebrado del 15 al 17 de julio en La Habana, donde se condenan “las acciones desestabilizadoras, violentas y terroristas de la derecha golpista que conforme a la misma estrategia aplicada en otros países como Venezuela, pretende desconocer el orden constitucional de Nicaragua”.

La voz de Washington

La voz de Washington también suena. La corresponsal en Miami del diario nicaragüense La Prensa, Judith Flores, publicó el pasado 20 de julio una nota en la que la agencia norteamericana USAID anunciaba la aprobación de 1,5 millones de dólares adicionales para “apoyar la democracia y los derechos humanos” en Nicaragua. En la nota, la congresista conservadora, de origen cubano, Ileana Ros-Lehtinen acusa a Venezuela de intervenir en Nicaragua y anuncia que presionará para que se apliquen sanciones contempladas en la ley Global Magnitsky, que permite a Washington imponer sanciones a quienes estime violadores de los derechos humanos.

Una posición similar a la de expresidentes latinoamericanos (entre ellos el colombiano Álvaro Uribe, político que hizo carrera de la mano de las milicias del narcotráfico y responsable de más de tres mil asesinatos, conocidos como los “falsos positivos”, con que el ejército presentaba a los muertos como guerrilleros muertos en combate), expresada en una “Declaración sobre Nicaragua y Venezuela”, del 23 de julio. También firman la panameña Mireya Moscoso y otros representantes de la derecha latinoamericana, a los que se agrega el español José María Aznar. En la lista, de 21 expresidentes, están cinco costarricenses (la representación nacional más amplia), con la sola excepción de Luis Guillermo Solís y Abel Pacheco, quienes no firmaron el documento.


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