Alexandre Guimarães

La vida de un ajedrecista en el banquillo

Con esta entrevista iniciamos una serie que nos llevará por un recorrido con los principales deportistas del país para conocer sus triunfos, fracasos y del cómo viven hoy inmersos en el deporte, o al margen de él.

De su estadía de niño en Río de Janeiro le queda la imagen del mar, de la arena y la de andar descalzo. Era la libertad plena. Las sensaciones están intactas, como si fueran de ayer, a pesar de que acaba de cumplir, el 7 de noviembre, 59 años.

El olor de la cocina brasileña persiste como una marca indeleble en el tiempo. También el recuerdo de las reiteradas visitas, los domingos, tomado de la mano de su padre, al mítico Maracaná.

Aunque hoy vive una vida tranquila y feliz en Costa Rica, Guimarães recuerda todavía con toda nitidez sus primeros años Río de Janeiro, Brasil, donde permaneció hasta los 12 años.

Esas sensaciones y la alegría asociada a un balón –fútbol, baloncesto, voleibol, boliche, tenis—marcan una línea permanente en su vida, en la que como futbolista profesional y como entrenador ha andado mundos y cosechado experiencias que lo llevaron a Emiratos Árabes Unidos, India, México, Guatemala y Panamá, entre otros destinos.

Alexandre Borges Guimarães  es hoy un técnico con tres mundiales a su haber: Italia 90 como futbolista y como entrenador los de Japón y Corea 2002 y Alemania 2006, todos con Costa Rica.

“Guima”, como le llama la gente, es de hablar pausado e inteligente. En la gramilla parecía un jugador lento, pero en realidad era rapidísimo mentalmente. En ambos escenarios lo que al final prevalecía era el hombre que medía con precisión milimétrica cada movimiento, como si la vida fuera un eterno juego de ajedrez.

Mientras a la puerta toca un nuevo destino como entrenador, el técnico hace un recorrido por su vida dentro y fuera de la cancha, y resalta que ha construido su carrera en el banquillo sin prisas, con paciencia, esa rara avis de la vida moderna, que se desboca en cada lance y circunstancia.

En la entrevista desmonta su propio mito: el guion perfecto que parece su vida. Cuando se le insinúa esa posibilidad se revela de inmediato, porque la suya, también, ha sido una vida con sus grietas, lozas y fracasos. Durpanel San Blas, Saprissa, Puntarenas, Turrialba, Italia 90, su etapa como seleccionador, en dos ocasiones, y su anhelo intacto de seguir en el más alto nivel, pasan como fotogramas de esa película que lo tiene como protagonista principal.

Lector asiduo, hoy de novela negra, locuaz, atento, Guimarães se asemeja a un gentleman tropical, con ese ritmo de samba brasileña que lo vincula a aquel Río de Janeiro de la infancia, imposible de olvidar pero que luego se trastocó en los paseos dominicales que dejan la imagen de un niño que camina desde la pulpería La Luz para visitar la Librería Trejos, la Lehmann y la Universal, donde el padre gustaba llevarlo a ver y buscar libros.

¿Qué le falta alcanzar a Guimarães en el ámbito profesional y personal a sus 59 años?

–Hay mercados en los que no he trabajado que me gustaría explorar. Estoy disfrutando muchísimo esta etapa de mi profesión. Es la más placentera.

Esto me da la seguridad de lo que venga, porque lo voy a hacer con conocimiento de causa para hacerlo mejor. Sea como entrenador o en otras áreas dentro del fútbol.

¿Qué mercados sería esos?

–He estado sondeando el Suramericano y el de Norteamérica.

Y saber que su aventura empezó en Durpanel de la Segunda División.

–Arrancó por no quedarle mal a mi profesor de la cátedra de fútbol, Walter Taylor, de la carrera de Educación Física de la Universidad de Costa Rica, cuando me dijo que le ayudara en Durpanel San Blas, porque él era el entrenador. Fue devolviéndole un favor a mi profesor que me vinculé al fútbol, pero me fue tan bien que tuve que tomar una decisión: fútbol o básquet: ahí fue cuando vino lo posibilidad de jugar en Puntarenas.

En una entrevista en el estadio Ricardo Saprissa, Javier Rojas le preguntó si tenía esperanzas de ir a Italia 90, y usted respondió que, mientras el avión no despegara del aeropuerto Juan Santamaría, no perdía la fe. ¿Le cambió la vida ir a ese Mundial?

–Uff, claro. Por supuesto. Me cambió radicalmente la vida el no aflojar, el pensar en que a pesar de que, aunque en aquel momento había salido de la Selección, podía tener una posibilidad. Todavía ni siquiera había llegado Bora (Velibor Milutinovic). Era de ese tipo de esperanza, que, por más remota que fuera, caramba, seguías agarrado a ella. Era tener fortaleza para afrontar ese período difícil y de incertidumbre para cuando llegara la oportunidad, agarrarla y no soltarla.

¿Qué le cambió esa experiencia?

–Me abrió una puerta que yo desconocía. La puerta del alto nivel. Me permitió conocer a una persona que ha sido mi gurú, como fue Bora, y a partir de ahí me creó la semilla de la inquietud de volver a un Mundial, obviamente, tenía 30 años y en aquel momento las carreras eran mucho más cortas. Mi única opción era vivir eso siendo entrenador. Me creó la inquietud, porque fui, lo probé, me gustó y entonces me dije: lo quiero repetir.

Y de esa página quedó su libro La Gran fiesta, que es la memoria de Italia 90.

–Es que el libro, al final, lo que va constatando es el día a día. El impacto que iba teniendo a nivel de generación de futbolistas. Era un impacto enorme lo que estábamos viviendo y por mi formación de cuna, de leer, de tener curiosidad por el mundo, yo dije: no, con esto tengo que hacer como un diario.

Lo empecé a hacer casi todos los días. Al final apuntaba todos los pensamientos, no solo  anécdotas, sino también las cosas que me iban transformando, y claro, después lo fui haciendo hasta el último día que estuvimos.

En A celebrar carajo, con el auxilio del periodista Ricardo Quirós, escribió su historia en el Mundial 2002 como técnico y en La gran fiesta, con Erwin Wino Khohr, dejó el testimonio como jugador en de Italia 90.

Una experiencia que les cambió a todos el rumbo de sus vidas.

–No me queda ninguna duda. A todos nos marcó, en el campo personal y profesional, educativo, laboral y hasta familiar.

A todos nos impactó, infelizmente, por a o por b, mi carrera me ha ido despegando del contacto con mis compañeros de Italia 90, pero las veces que nos hemos visto, ahí hay una complicidad, porque es constatar, saber que fuimos parte de la construcción de la historia del fútbol de Costa Rica.

Fue un antes y un después en su existencia.

–De esa generación yo he ido a dos mundiales como entrenador. Óscar (Ramírez) a uno; Rónald (González) logró un tercer lugar en un Mundial Sub 20 (en Egipto); Gabelo sigue en la Federación y ha formado muy buenos porteros; Róger (Flores) sigue vinculado al fútbol con un programa de radio y ahora está en la Comisión Técnica; José Haikel es un alto ejecutivo de una transnacional. Hernán (Medford) y Rónald eran los más jóvenes. Seguimos teniendo mucha vigencia.

Y de su puño y letra quiso dejar escrita esa historia.

–Sí, porque hay que resaltar que fue una de las finalidades de La Gran Fiesta, porque a mí me daba mucha pena oír de los chaparritos de oro, pero no tenía acceso a nada de esa información. Fernando Naranjo escribió algunas cosas y como mi suegro tenía mucha amistad con don Alfredo Piedra, yo recogí alguna información.

Una de las intenciones era dejar algo escrito. Luego vino la película de Italia 90 y eso refrescó lo que hizo esa generación.

Siempre ha existido la idea de que Guimarães es culto y buen lector: ¿esa inquietud cuánto le ha servido para desarrollarse como entrenador?

–Muchísimo.  Primero te hace constatar que no sabés nada. O sea, que tenés que seguir siempre buscando algo más, y en esa búsqueda, sin darte cuenta, te va transformando, y  básicamente la lectura como tal me ha dado eso y la capacidad de poder interrelacionarme con mucha gente. A través de ese marco, sé que si voy a recorrer mundo, tengo que aprender idiomas, porque eso me abre puertas que no es que estén cerradas, pero que sin ese conocimiento cuesta más. Mucho de lo que soy es producto de excursiones de niño, cogido de la mano de mi tata al Maracaná todos los fines de semana, y de excursiones todavía niño desde la pulpería La Luz, pasando por la librería Trejos, la Universal y la Lehmnan: el paseo de papá los sábados era estar viendo escaparates todas las mañanas.

¿Y esa base cultural agudiza la capacidad de análisis?

–Por supuesto que sí. A mí también me ayudó mucho la etapa como comentarista en Canal 7. En esa etapa hay un reto de explicar bien y con concisión lo que pasa en el juego. Es explicarlo en muy poco tiempo. A fin de cuentas, ese es el mensaje que el futbolista, con toda la tensión y la adrenalina que tiene en ese momento, también necesita. Esa etapa me ayudó mucho, porque es decir en 30, 40 segundos, máximo un minuto, lo que está pasando para que la gente lo entienda mejor. Y eso es lo que hace, como entrenador, en tu charla previa y en el medio tiempo.

¿Qué lee actualmente?

–Novela negra: me he ido muchísimo por ese lado; se me ha desatado una fiebre y también por ver muchas series. Aparte leo todas las revistas especializadas en el campo de uno, así como diferentes accesos de la maravilla que uno encuentra a través de Internet.

Del fútbol que vivió como jugador al que hay hoy en Costa Rica, ¿cuánto ha mejorado o se ha estancado?

–Desde el 92 que dejé de jugar el fútbol de Costa Rica ha mejorado muchísimo. Como bien decíamos hace un rato, desde Italia 90 todo cambió. Y ni qué se diga desde que en 2002 se retomó la participación en los mundiales.

Empezó en Belén como entrenador: ¿qué balance hace de su aventura en el banquillo?

–Una de las cosas principales de la construcción de mi carrera es que no he tenido prisa para llegar al lugar adonde he llegado. Antes de Belén tenía que pasar por entrenar a niños, por una dirección de ligas menores, por ser asistente y después fui comentarista de Canal 7, y tras ello, ahí sí, ahora creo que estoy para el siguiente paso, me dije.

No he tenido nunca prisa para llegar.

Cuando vino la opción de Belén le pregunté a Carlos Linares qué le parecía, y me dijo, Guima, dale, ya estás preparado. Inclusive en un momento vino una invitación de Enrique Artiñano, en esas etapas de convulsión que hay en los equipos, y y me dijo “te voy a dar el equipo ya” y le dije que no.

Con Belén me fue muy bien, y fue en uno de los equipos con los que pude plasmar mi idea de juego. Claro, teníamos muy buenos jugadores: José Pablo Fonseca, Wálter Centeno, Óscar Ramírez, Geraldo Da Silva, Neco Fernández, Gilbert  Solano, Alfredo Contreras. Luego fui a dirigir a Herediano y después Saprissa, pero ya estaba preparado.

Eso de agotar etapas no es muy común.

–Por equis o ye situación a veces lo que queda es tomar una opción, pero en mi caso no fue así. Me agrada muchísimo que parte de la planificación de la carrera de Celso, haya sido producto de los insumos que le dio la familia, y dijimos vamos de a poco, y cuando venga el momento, vas a dar el jonrón con bases llenas. Es esperar a que todas las demás bases estén llenas.

Su vida parece un guion perfecto: ¿cómo se llega a ello?

–No, no, lo primero es que nadie me ha regalado nada. Me he tenido que fajar muchísimo, pero me he llevado golpes bravos, por lo que podría en algún momento decir “buah, y ahora, por dónde se retoma la vida”, pero ahí es cuando surge aquella imagen de lo que le dije a Javier Rojas antes de Italia 90.

Me he llevado golpes fuertes en la carrera como entrenador, como es normal, lo que pasa es que se trata de vender mucho al eterno ganador; lo que se vende es el ganador absoluto, pero para mí no existe el ganador absoluto, el que prevalece es el que va recogiendo todos los vidrios después del accidente, y volviéndolos a pegar para enfrentar lo que se viene. Esa postura sí que la he tenido y me ha ayudado en una carrera en la que es difícil mantener una vigencia, pero todo no ha sido solo de una sonrisa.

O sea, que ganar es difícil.

–El mundo dice que ganar es muy fácil. Ser campeón es muy difícil, en cualquier liga. He andado en muchas. Para lograr algo se tienen que dar muchas cosas.

Háblemos del Cartaginés, equipo en el que, precisamente, no le fue bien. ¿Tiene algo especial el Cartaginés?

–Para que las situaciones se den, cuando un equipo triunfa, no es solo porque llegue fulano o sutano. Alrededor hay muchos factores para que el todo sea casi ideal.

Yo más bien le trasladaría esa pregunta a Javier (Delgado), porque él ha sido el más cercano en salir campeón con el Cartaginés en los últimos años. Él, me parece, puede decirlo con mucho más certeza, porque tiene más elementos al haber estado tan cerca de obtener el título.

¿Tiene algo en particular el Cartaginés que lo hace un equipo tan difícil?

–Sé a dónde me querés llevar, pero no voy a caer en la trampa. Pero no, no hay nada extraño. Lo que pasa es que la gente asume, insisto en que ganar es fácil y no es así.

Luego vino la eliminatoria del 2002 y se convirtió en una especie de hito.

–Fue mágica; eso es. Se dio una conjunción de factores que hicieron que ese grupo rozara la perfección. Desde el nivel directivo, administrativo, cuerpo técnico, jugadores, el staff médico, rehabilitación, nutrición. Todo rozó la perfección. Ese es un punto. Por supuesto ese grupo de jugadores había quedado fuera del Mundial de Francia 98 por muy poco, pero no se había tragado eso, y entendió por qué no habían clasificado. Las cabezas de ese grupo sabían que era el momento de hacer algo importante. Se dio la situación que el partido de la muerte súbita contra Guatemala fuera un partido casi perfecto y logró hacer un clic con jugadores, prensa, afición. En ese entonces se montó un equipo de trabajo multidisciplinario y eso hizo que se rozara la perfección.

El Mundial de 2006, no obstante, fue lo contrario, ya en la competición en Alemania.

–Lo de Alemania lo comparo mucho con Rusia 2018, lo comparo deportivamente. ¿Por qué? Porque en el juego que más teníamos esperanzados todos: jugadores y cuerpo técnico, sabíamos que podía marcar el camino a seguir y no fue el mejor juego ante Ecuador, tras un partidazo contra Alemania.

Frente a los alemanes sabíamos que era un partido complicadísimo de sumar, pero volvimos a dejar una imagen muy buena; sin embargo, sabíamos que el partido clave era el de Ecuador, y fue, de los 63 partidos que dirigí en toda mi gestión con la Selección, uno de los más malos, y era uno en que debíamos jugar mejor, como pasó ahora en 2018, el partido crucial era ante Serbia, pero infelizmente, a la larga, no salió como ellos esperaban. Y eso te marca. Te hace muy difícil lo que viene.

Tras esa decepción mundialista, le llegó el turno a Brasil 2014: ¿cómo vivió esa gesta?

–No me canso de repetirlo: es cuando más he disfrutado. No tenía ninguna responsabilidad, fue un Mundial en mi país de nacimiento, y de los cinco partidos, cinco partidos que Costa Rica jugó, dos fueron en la ciudad de mis papás, en Recife, más en casa aún, a pesar de que crecí en Río de Janeiro. A la Selección le fue como ya sabemos y a Celso muy bien. Hubo momentos familiares y personales de felicidad absoluta.

A su edad, ¿cuál es la mayor enseñanza que ha recibido de la vida?

–Que si tenés un sueño, tenés que perseguirlo. Que ese sueño no va a ser el cuento de hadas que te han dicho, pero que los bichos y fantasmas que aparecen son totalmente derribables, y que esa búsqueda, en mi caso personal, no termina nunca.

El avión que atrapó al vuelo y que iba rumbo a Italia 90 le cambió la vida y fue él, por esos azares del destino, quien, después de Bora, puso de nuevo a la Selección en el panorama mundial.

Hoy es una especie de ciudadano del mundo, aunque fue aquella frase con aromas de un criollismo innato: “a celebrar carajo”, la que puso a soñar a miles de costarricenses en el hoy lejano 2002.


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