Ideas&Debates

Esto no tiene ningún chiste… por ello he chistado en escribirlo…

El chiste se tratará, en muchos casos, de “un proceso de condensación lingüística con formación sustitutiva mediante una palabra mixta”

El chiste se tratará, en muchos casos, de “un proceso de condensación lingüística con formación sustitutiva mediante una palabra mixta”, nos dirá Sigmund Freud, en su célebre libro El chiste y su relación con el inconsciente (1905). De allí puede anticiparse que, hablar desde el psicoanálisis, del humor, en general, carecerá de este.

Poco importará que los chistes, junto con los sueños y los actos fallidos –ese conjunto de aparentes fenómenos menores–, fueran tempranamente reconocidos como manifestaciones privilegiadas de una dimensión inconsciente por la que se abría otra forma dramáticamente diferente de concebir el psiquismo y al sujeto mismo. (Que igual exista una especie de subgénero humorístico marginal sobre peripecias de pacientes, analistas y de la relación que los liga, ya es otro asunto).

El psicoanálisis, pues, no se dirige a la producción de la comicidad, no le interesa el negocio del stand up comedy, y es más cercano a practicar en divanes una suerte de lie down tragicomedy.  Digamos, que si bien considera al humor muy en serio, lo hace ante todo en el sentido de que registra la tensión que supone la separación de estos dos términos, oposición de lo uno y lo otro, generalmente con la supresión de lo otro, de eso que el chiste insiste en volver a poner sobre la mesa.

¿Qué es lo que convierte algo en un chiste? Freud nos mostrará cómo su carácter no estaría en un pensamiento que estaría siendo comunicado (ese que puede ser evidenciado, de ser lamentablemente requerido, en una desafortunada explicación), sino que se lo habrá de buscar “en la forma, en el texto de su expresión”, siendo, pues, que lo esencial del chiste sería  su modo de decir. Apuraré el paso: la relectura que realizara Jacques Lacan de la obra de Freud, llevará a destacar que ese modo no es otro que el de la realización de una escritura: el chiste habla escribiendo, poniendo en acción una serie de recursos que son esencialmente los de una operación de escritura y no los de una intelección cargada en alguna comprensión alegórica.

Tras el esencial mecanismo de condensación que, en apurada compresión, modifica palabras o forma nuevas, mixtas, aprovechando la polisemia, los dobles sentidos y la equivocidad del lenguaje, no habría otra cosa que una peculiar reescritura. Entre el inconfesable contenido latente y el contenido manifiesto develado, habría habido un pasaje de lenguas en el que una escritura “imposible” es reescrita. El inconsciente mismo cabría ser definido así, como ese modo de escribir que escribe viejas escrituras por vía de lo que  llamaríamos una transliteración (aspecto singularmente destacado por Jean Allouch, 1993).

Esta peculiar escritura muestra una preeminencia del significante por encima de la inclinación común, que concibe al lenguaje inevitablemente determinado por los requerimientos del significado. Prevalencia de una lógica del significante que predetermina al sujeto, contrariamente a su presunción de estar liberado de todo condicionamiento frente a una lengua que  cree dominar y que supone instrumento a su servicio.

Esta escritura del inconsciente, que escribe en la transliteración, se expresaría en las asociaciones que desorganizan y reorganizan la materia significante de las palabras, fragmentándolas, dando sorpresivo lugar a condensaciones y desplazamientos guiados por las consonancias y las homofonías, y no ya por el orden de unidades lingüísticas preestablecidas. Este modo de operación sobre las palabras sería el mismo que el de los pictogramas de una frase destinada a transmutarse en un acertijo gráfico, es decir, en un rebus; figura que Champollion (1790-1832) mostrara como la clave para el desciframiento de los jeroglíficos egipcios, al lograr identificar su valor de escritura fonética y literal (en escritura de rebus, un soldado puede escribirse con la imagen de un sol y la de un dado yuxtapuestos).

Esta escritura, por transliteración, mostraría una vía por la que serían posibles escrituras de lo que, de otro modo, estaría excluido, por ser, llamémoslo, inaceptable, inconciliable con el yo, comprometedor de un fundante orden simbólico al que amenaza, un reprimido que retorna. Escrituras, marcas en la historia, dinamizadas por un pensamiento preconsciente (actual, circunstancial y que apenas escapa a la conciencia), que se enraízan en la experiencia profunda y primordial de la sexualidad y de la muerte, esas dimensiones en las que no deja de estar presente la irremediable finitud y la experiencia de la insuperable incompletud, el drama de un sujeto que carga en su seno su división, su existencia en falta, al tener que pasar fallidamente por el lenguaje en su acceso al ser.

Transliteración que guarda la peculiaridad de que aborda escrituras primarias leyéndolas en su dimensión de escritura y haciéndolas la ocasión de nuevas escrituras, que reenvía al orden de la escritura y no al del sentido.

Decimos, pues, que en el chiste se hace presente una escritura que se infiltra e insiste; escritura de la que el inconsciente ha sido escribano y vocero de eso subversivo que lee, descifra y cifra en una nueva escritura, en la transliteración, en el rebús. La transliteración opera frente a las “letras” (esas nuevas letras que configuran los significantes: existe la letra “sol”) y no en un reconocimiento de significado (traducción), y para ello desiste de ser “inteligente” y de leer entre líneas para abocarse justamente a leer las líneas, allí donde (materialmente) están las letras (literalidad) (Allouch, 1993). Tales consideraciones respaldan la precisión de Freud de que el chiste no está en otro lado que donde está: en su forma, en su texto, en su expresión lingüística y no en su sentido alegórico, en su explicación, esa que no es nada cómica; el chiste está en lo que muestra, antes que en lo que cuenta.

La comicidad del chiste (cor)responde, pues, al momento del reconocimiento de su cifrado (inseparable de su desciframiento), de su no transparencia que –cual síntoma–, ha hecho una solución de compromiso, y en su deformación no ha dejado de mostrar y ocultar a la vez. El efecto es, pues, reconocimiento de escritura, es leer la transliteración, de ello dice el desacomodo y la perplejidad que le acompaña.

Y, bueno, esto está cargado de implicaciones: frente al chiste, el sujeto queda encarado a una verdad de sí que le es develada,  incluida la de no pertenecerse (pues ¿quién hizo ese descontrol con el que el chiste que aflora lo sorprende?), descubre un límite a su reducción, un desplazamiento del horizonte, con el surgimiento de una imprevista e insospechada libertad. Tal es la consecuencia de un lenguaje que es agujereado, subvertido, al que se le reconoce un afuera, que recuerda en un gesto y en el espasmo de la risa algo de su posibilidad deseante y de su irreductibilidad a una fatalista funcionalidad obediente, allí donde el lenguaje que lo habla deja de ser cierto, indubitable. Bien recuerda Milan Kundera,  en su libro La broma, que en las iglesias y en los partidos políticos no se ríe.

A modo de compensación, frente a estas poco graciosas referencias, cierro estas puntualizaciones haciendo admirado homenaje a eso que el humor sabe hacer en prestigiditaciones que  parecen no conocer límite, las que indica Freud en su introducción al tema: el chiste es capaz de hallar las más impresionantes semejanzas en lo desemejante, de hacer juicios agudos que juegan, de crear con inaudita rapidez unidades a partir de los elementos más dispares en su contenido y en su origen, de hacer conexiones de representaciones por medio de relaciones lingüísticas inéditas e improbables, de hacer oscilar nuestro juicio al tensar la oposición entre sentido y sin sentido hasta niveles extremos, llevándonos “alternativamente del desconcierto a la iluminación”, de escribir con escrituras “antiguas”, fonéticas, a escrituras vivas que reinventan la escritura, y todo ello con inimaginable economía de medios, con la mayor brevedad  y compresión imaginables…

Es claro que les quedo debiendo algún chiste, pero será en otra ocasión.

*Mariano Fernández Sáenz es psicoanalista, licenciado en Psicología y master en Literatura. Es profesor de la Escuela de Psicología y coordinador de la Maestría en Teoría Psicoanalítica, en ambos casos de la Universidad de Costa Rica.

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