Ideas&Debates

Los antípodas de la risa

Me han pedido que escriba algo sobre el humor y la filosofía.

Me han pedido que escriba algo sobre el humor y la filosofía. Rápidamente he aceptado el reto sin meditarlo como debía. Sin nada que decir al respecto, me encuentro a pocas horas de la fecha límite para entregar el texto. Entonces se me ocurre buscar inspiración en los grandes pensadores. Me encuentro, de pronto, con sus retratos, serios, tristes y melancólicos. Kants y Fichtes de miradas errabundas, platónicas barbas desgarbadas y ausentes, mechones y narices otoñales de Hegel y Hanna Arendt. Pero, entonces, finalmente una imagen llama mi atención. Se trata de una fotografía de Jean Paul Sartre.
Es el momento preciso para abandonar la búsqueda: me encuentro parado en los antípodas de la risa. La idea de que los(as) intelectuales son naturalmente melancólicos tiene raíces en la antigua teoría de los humores y posteriormente se alimentó de la mitología y la astrología. Regidos por el maléfico planeta Saturno, estarían atrapados en las garras de la tristeza, ajenos a la risa.
De todos modos, la búsqueda sirvió para repasar viejos libros que había olvidado. Entre tanta sabiduría debería encontrarse si no una carcajada al menos la explicación de una carcajada; si ya todo está escrito desde tiempo atrás. En efecto, recordé que Aristóteles, quien siglos atrás ya conocía el modo en que se mueven los astros alrededor de la tierra, en su segundo libro del Arte de la Poética, trata el tema de la Comedia. No voy a tratar en detalle los aspectos tratados en esta obra, en parte porque el tratamiento que el Estagirita da al problema es harto conocido y en parte porque solo tangencialmente se relaciona con el tema que aquí nos interesa. Invito a quienes aún no hayan tenido la dicha de leer esta obra, a revisar las profundas reflexiones del filósofo; aunque recomiendo remitirse a traducciones recientes del texto en lugar de buscar manuscritos antiguos, los cuales no en pocas ocasiones respondían a oscuras intenciones de malintencionados copistas medievales.
En cambio, sin lugar a dudas, resulta recomendable la lectura de un libro de Henri Bergson (ciertamente menos accesible que el citado texto aristotélico) titulado La risa. Concuerdan ambos libros en que la repetición de imitaciones y semejanzas tiene un papel importante en causarnos risa. Tómese el(la) lectora(a) un tiempo y dese a la tarea de buscar en la red la fotografía del filósofo Alexánder Jiménez (autor del Imposible país de los filósofos) y es posible que esto no provoque su risa, pero, pruebe entonces a buscar una imagen de Agusti Benedito i Benet (quien fuera candidato a la presidencia del Fútbol Club Barcelona) y entonces la situación cambia. Esto ya lo plantea Pascal en sus Meditaciones, pero Bergson agrega la sugerente idea de que lo que la risa capta es la presencia de lo mecánico y automático en el flujo de lo vital.
Décadas después de la publicación de Bergson, una ilustración elocuente de esta idea aparece en la película Tiempos modernos, donde se ve a Charles Chaplin participando en un proceso de producción en cadena como si fuera una máquina socando tornillos. No estoy seguro de que esto sea suficiente para explicar la risa (tampoco Bergson pretendía hacerlo), pero sí pienso que logra tocar una de las múltiples esquinas del humor.
De cualquier manera, ¿será que realmente los filósofos ríen? A pesar de la adusta mirada del mismo Bergson, creo que la respuesta es que sí lo hacen. Al menos eso pienso ahora al recordar a mis colegas que, cual bergsonianos imitadores, nos pasamos los días burlándonos y mimetizando los gestos y voces de nosotros mismos. Pero si no lo hicieran, peor para los hombres y mujeres que se dedican a la filosofía, ya que de no ser parte de la risa, siempre podrían ser causa eficiente de esta.

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