Fuerza de la cumbre: el pueblo de Nairo Quintana, ganador del Giro de Italia

Nairo Quintana ganó el prestigioso Giro de Italia el pasado 31 de mayo, con el equipo Movistar, con el que también corre el costarricense

Nairo Quintana ganó el prestigioso Giro de Italia el pasado 31 de mayo, con el equipo Movistar, con el que también corre el costarricense Andrey Amador. (Foto: tomada de Internet)

El viento me sabe a tierra seca. Es normal –dicen los combitenses– que a 3200 metros sobre el nivel del mar el oxígeno escasee, la garganta se seque y las mejillas se tiñan de rosado. En Cómbita de Boyacá, a 165 kilómetros de la capital de Colombia, el aire puede parecer ineficiente: tarda demasiado tiempo en llegar a los pulmones. Paradójicamente, la carencia de aire –de comida, de trabajo, de escuelas, de condiciones– se ha convertido en una bendición: el nuevo superhéroe latinoamericano del ciclismo, Nairo Quintana, nació justo ahí, en la vereda de San Rafael, la más desposeída de todas.

Los pulmones del ganador del último Giro d’Italia y subcampeón del Tour de France crecieron yendo y viniendo del municipio de Arcabuco hasta su vereda, en una bicicleta destartalada. Andaba 36 kilómetros por día para ir y volver del colegio. No usaba casco ni rodilleras porque no tenía plata para comprarlas. A veces llegaba al colegio Alejandro Humboldt con las rodillas raspadas y las profesoras corrían para enjuagárselas con agua oxigenada. Usaba una de esas ruanas elaboradas con lana ovina, que usualmente pesan mucho y son perfectas para aguantar el frío. La de él era liviana y estaba rota.

Es el cuarto de cinco hijos. Sus padres vivían –y todavía viven– en una casa construida hace 70 años, con huecos en las paredes, ventanas inexistentes, perros callejeros, escombros en el patio; recogían la leche de las vacas vecinas para entregársela al lechero todas las mañanas. Vendían verduras en Arcabuco y cervezas en el kiosquito, frente a la casa. Hacían cualquier cosa para sobrevivir.

Los nuevos héroes crean esta sensación, a veces ridícula, de que todo valió la pena. Cuando además salen de un precario o de una vereda pobre, los políticos capitalistas suelen ponerse contentos: “Miren a este chico, tan pobre, que salió adelante, ustedes también pueden”, dicen.

Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, también se puso muy feliz en el 2010, cuando Nairo empezó a salir en los periódicos del mundo porque ganó el Tour del Porvenir en Francia. El ciclista fue a dar a la Casa de Nariño, lo recibieron en el Monumento a los Héroes en el Puente de Boyacá y hasta le puso la camiseta del triunfo al mandatario. Santos ofreció casa a doña Eloísa y a don Luis, padres de Nairo, prometió un centro de alto rendimiento en Cómbita, bicicletas para los niños del pueblo y una operación para las caderas atrofiadas de don Luis, quien tuvo un accidente y nunca logró recuperarse. No sería la primera ni la última promesa sin cumplir.

EL DE LA ROSA

“¡Si esto es un sueño, que no me despierten!”, dice Mario Sábato mientras narra para ESPN el ascenso de Nairo al podio del primer lugar del Giro d’Italia. Es primero de junio y el ciclista es padre hace cuatro meses. Paola, su novia, le da a Marianita en brazos y Nairo canta el himno de Colombia mientras los coterráneos que lo ovacionan graban la escena con sus celulares.

Todo es color rosa –y no estoy cayendo en el cliché–. Tradicionalmente, el ciclista que encabeza el Giro lleva una camiseta rosada hasta que alguien le robe el puesto. Nairo había despojado al también colombiano Rigoberto Urán de “la maglia rosa” en la 16.° etapa, no la cedió nunca más. Quizás por eso los colombianos se han tomado el color como un asunto personal.

El presidente de la Cámara de Comercio de la capital de Boyacá, por ejemplo, dijo que los boyacenses comerciantes deben apoyar a sus deportistas, que los campesinos deben comprar ruanas rosadas para donarles dinero a los ciclistas de Boyacá. A esta tendencia se le llama “ruanairomanía”. A muchos quizás no les alcanzará siquiera para teñir alguno de sus ponchos de lana huequeada, pero el paisaje combitense se ha ido manchando por aquí y por allá de pintas rosas, protagonizadas casi siempre por autoridades municipales o personajes del pueblo.

Son las mismas autoridades que insisten en que ahora Cómbita ya no será sinónimo de la cárcel de máxima seguridad que se ubica en sus tierras, sino de triunfo y desarrollo. “Hay que aprovechar la coyuntura para que nos presten atención de la gobernación y le quiten el nombre de Cómbita a la cárcel. Ya la Ministra se comprometió”, me dijo hace un año Edwin, una especie de defensor del pueblo. La cárcel sigue con el mismo nombre, en el mismo sitio.

Nairo todavía es una buena coyuntura.

PUEBLO SIN SOL

Cómbita es un páramo sin sol y pocos contrastes. Las montañas son piedras peladas con apenas vegetación, potreros de vacas con ovejas entreveradas y una neblina perenne que se acumula en las fronteras. En el centro hay iglesia, casa cural, plaza, parque, cancha de tejo (el deporte nacional de Colombia), bares y más bares. Cualquier tienda −hasta la papelería Stefany− vende cerveza tibia.

El nombre de este pueblo en una lengua indígena chibcha significa “fuerza de la cumbre”, como si alguien, alguna vez, hubiese imaginado a estos campesinos de manos abiertas, callos en los pies, labios rectos, ojos chinos; como si alguien hubiera sabido que la clave de la fuerza estaría en la montaña, en esta montaña, para un muchachito de 164 centímetros de estatura que nació enfermo y sin oportunidades.

Belarmino Ruiz, el padrino deportivo de Nairo, no le puso el nombre a Cómbita, pero sí supo, de alguna manera, que la montaña había dotado a su ahijado de una fuerza especial.

Sucedió en medio de una borrachera, en marzo del 2005. Belarmino se encontró con Juan “Pistolas” Guzmán, dueño de un supermercado de Arcabuco, en uno de los bares cincuentones del pueblo y decidió apostar, por primera vez en la vida, por las piernas de Nairo Quintana.

El lunes 4 de abril se enfrentó al hijo de Juan Pistolas −“un chino muy berraco p’al ciclismo”−, quien llevaba una bicicleta de por lo menos 500 000 pesos más que la de Nairo.

Los muchachos se enrumbaron hacia la pista, seguidos por un carro con los dos apostadores. En los primeros minutos, Belarmino pensó que el desafío había sido un error: “A este chino me lo van a volver nada”. Cuatro kilómetros después, Nairo se disparó. Lo perdieron de vista. Dejó botado a John y al carro. Lo volvieron a ver 30 kilómetros después, en la meta. “Mi chino fresco, y el Juan Pistolas afanado, porque el John no aparecía”. Estaba en la mitad de la loma, medio muerto.

Cuando hablé con él, en el 2013, Belarmino vivía en las afueras de Arcabuco, donde se acaba la calle pavimentada. Tenía 58 años y los brazos repletos de llagas y calamina. No se quejaba, pero sí decía que le dolía orinar, sus riñones estaban quemados por tanta borrachera.

A veces, Nairo viene y le deja “una platica”; entonces, Belarmino sabe que por lo menos una borrachera de su vida valió la pena.

En Cómbita, Nairo Quintana es la única promesa cumplida.


Un ciclista brillante

Nombre completo: Nairo Alexander Quintana.

Edad: 24 años.

Fecha de nacimiento: 4 de febrero de 1990.

Palmarés:

Tour del Porvenir. Primer lugar.

Tour de Francia. Segundo lugar.

Giro d’Italia. Primer lugar.

Profesional del ciclismo desde el 2009.

Tipo de ciclista: escalador.


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