Cultura Entrevista a Judith Butler, filósofa y activista

Voto disidente de la jueza Elizabeth Odio en la CIDH puso muro a mujeres trans a Convención Belém do Pará

En el siguiente intercambio por correo electrónico, la filósofa y activista estadounidense Judith Butler responde con su acostumbrada serenidad y sentido de la ética a preguntas e inquietudes de gran actualidad y relevancia del costarricense activista transfeministe y animalista Edvan Córdoba.

El Semanario Universidad aceptó con gusto la petición del costarricense activista transfeministe y animalista, Edvan Córdoba, de realizar una entrevista a la filósofa y también activista estadounidense Judith Butler.

Butler ocupa la cátedra Maxine Elliot en el Departamento de Literatura Comparada y en el Programa de Teoría Crítica de la Universidad de California, Berkeley. Además, es docente afiliada del Máster de Estudios Psicosociales en el Birkbeck College de la Universidad de Londres y ocupa la Cátedra Hannah Arendt de la European Graduate School en Suiza.

Actualmente es profesora invitada en el Departamento de Filosofía de la New School for Social Research en Nueva York. Este año, además, está ocupando la Presidencia de la Asociación de Lenguas Modernas de America (MLA).

Ha publicado más de 15 libros traducidos en más 28 idiomas y ha recibido 14 Doctorados Honoris Causa, incluido el que la Universidad de Costa Rica le confirió en el año 2015. En 2012 recibió el Premio Theodor W. Adorno que otorga la ciudad alemana de Frankfurt por sus contribuciones a la filosofía. Además, en 2013 recibió la Orden de las Artes y Letras por el gobierno francés dadas sus contribuciones globales a las artes y ciencias; en 2015 fue nombrada “geógrafa honoraria” por la Asociación Americana de Geógrafos. En 2018 fue electa como Corresponding Fellow de la Academia Británica. y desde 2019 también pasó a formar parte de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias.

Butler forma parte de varias organizaciones de derechos humanos, ha sido miembro de la junta del Center for Constitutional Rights en Nueva York y actualmente es miembro de la junta asesora de Jewish Voice for Peace.

Por su parte, Córdoba tiene un grado en estudios de género y desarrollo de la Universidad Nacional, actualmente se encuentra concluyendo la Licenciatura en Filosofía en la Universidad Nacional y Maestrando en estudios de género en FLACSO Argentina/ Universidad de Barcelona.

Más que una entrevista, los lectores serán testigos de un intercambio respetuoso y ecuánime, que pone en el centro el debate de ideas y experiencias de una gran actualidad y relevancia.

La exposición aguda de las temáticas abordadas gira en torno a la no violencia y la justicia, las mujeres y las personas trans, los géneros, las identidades, los cuerpos y la política, la pandemia, y una amplia variedad de no menos importantes disquisiciones.

EC: El año pasado, fue el treinta aniversario de Género en Disputa (1990), su segundo libro, pero el primero internacionalmente reconocido. En el primer capítulo, usted aborda críticamente la categoría “mujer” como el sujeto político del feminismo, un cuestionamiento a la política de la identidad que recorre el libro. Me gustaría conocer su perspectiva actual al respecto. Recientemente en América Latina se dio un debate jurídico al interior de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), sobre el caso de Vicky Hernández, una activista y mujer trans hondureña, asesinada en 2009, durante el golpe de Estado en Honduras. En la sentencia, dos jueces de la Corte, incluida la actual presidenta, una jueza feminista, sostuvieron en sus votos disidentes que no consideran a las mujeres trans como mujeres; por lo tanto, instrumentos como la Convención de Belém do Pará no debían aplicarse en el caso, ya que el sujeto político del feminismo es «la mujer biológica».

JB: Quiero iniciar agradeciendo esta pregunta y la oportunidad de la entrevista. Una de las razones por las que pensé en aquel momento que necesitábamos mantener abierta la categoría de mujeres es precisamente porque demasiadas personas quieren cerrarla, decidir los criterios que la definen y dejar fuera a otras personas que no solo se identifican como mujeres, sino que viven sus vidas como mujeres. El voto disidente de Elizabeth Odio Benito en el caso de Vicky Hernández intenta construir un muro en torno a la categoría de mujeres y evitar que las mujeres trans entren en la categoría (de hecho, aunque no lo acepte, ya están dentro de la categoría). La Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer, sin lugar a dudas, debe aplicarse a las mujeres trans, y quienes buscan excluirlas de la categoría están actuando como la policía o, derivado de su desconocimiento e ignorancia, negando la dignidad básica de aquellos a quienes en el fondo desean privar de protección legal.

También es importante recordar que una gran variedad de feministas afirman la alianza con las personas trans y con las personas LGBTQIA de manera más amplia. De hecho, muchísimas personas LGBTQIA también son feministas, por lo que estamos hablando de un terreno interseccional donde todas estas categorías se mueven correcta y productivamente a través de una multitud de cuerpos. Habría que recordar, por ejemplo, la alianza con personas trans y travestis que ´Ni una menos ha forjado´, y considerar también la fuerte defensa de las mujeres trans como mujeres, por Sara Ahmed, Clare Hemmings y muchas más. Recordemos también que quienes se oponen a las mujeres trans como mujeres también van a oponerse a los hombres trans como hombres. En el fondo, buscan fijar un determinismo biológico reductivo, al mismo tiempo que ejercen control social y censura sobre los tipos de género en los que cualquiera puede convertirse. Como resultado, se oponen al género como una especie de devenir. Pero cualquiera que haya leído siquiera a Simone de Beauvoir sabe que el género es una categoría de devenir, incluso para aquellos que son más cis y heteronormativos. Nadie nace mujer. Y cualquiera que se convierte en mujer lo hace a través de un proceso de devenir. Entonces, el sexo asignado al nacer no puede decirnos en qué género se convertirá cualquiera de nosotros.

EC: En 1969, Betty Friedan expresó su preocupación por lo que llamó ´la amenaza lavanda´, argumentando que la aparición de las lesbianas provocaría el borrado de las mujeres, además de distraer la atención de los problemas de igualdad de las mujeres y crear estereotipos sobre las feministas como ´odiadoras de hombres´. ¿Podría ampliar sus reflexiones sobre este argumento del borrado de la mujer, que también es muy habitual en el discurso trans-misógino en algunos feminismos?

JB: Como bien lo señala, antes de que las mujeres trans fueran detenidas en la puerta, sometidas a cacheos feministas, las mujeres butch fueron detenidas en la puerta, y las lesbianas en general, todas cacheadas por feministas que pensaban podían decidir quién era o no una mujer. De hecho, el argumento de que las mujeres de color también son mujeres provocó enormes divisiones en su momento; o que las mujeres del sur global deberían identificarse y aspirar a ideas falsas de la feminidad universal son sucesos y discusiones historicas que deberían incluirse en la misma lista. Algunas feministas quieren ser dueñas de la marca, establecer criterios de inclusión y exclusión, pero carecen de la solidaridad que por sí sola puede ayudar al feminismo a convertirse en un movimiento global fuerte. Nuestras alianzas nos fortalecen, no nos debilitan. Debemos estar abiertos a lo que puede incluir la categoría de mujeres y cómo esta cambia histórica y culturalmente. Entonces, podremos sorprendernos y emocionarnos por la complejidad y riqueza de las mujeres y del género mismo.

EC: Hablando de feminismo radical transexcluyente. ¿Podría referirse a este término y su importancia? Teniendo en cuenta que a estas feministas transfobicas se las suele llamar feministas radicales. Sin embargo, exponentes del feminismo radical como Shulamith Firestone, Gayle Rubin, Kate Millet, Monique Wittig o incluso Andrea Dworkin,rechazaron la noción de biología como destino, el binarismo sexual y abogaron por la libertad sexual. ¿Se puede realmente llamar radical a un feminismo esencialista y excluyente?

JB: Me opongo a la idea de que ahora se describa a las Feministas Radicales Trans-excluyentes (TERFS) como feministas radicales. El legado del feminismo radical es rico y complejo, e incluso Dworkin imaginó que el género tomaba nuevas formas y perdía su forma actual. Aunque no sé qué habría dicho Wittig sobre las personas trans, ciertamente nos enseñó a cuestionar el pronombre y buscó instaurar en el lenguaje y la literatura una solidaridad más móvil, un futuro feminista más abierto que está en clara oposición a la visión estrecha, conservadora y excluyente de las TERFS.

EC: ¿Cree que existe una relación entre cómo las feministas transfóbicas, que se autodenominan ´críticas de género´, conciben como destino un tipo de reduccionismo biológico, cierta linealidad y armonía entre sexo, género, identidad de género, orientación sexual y prácticas sexuales, además del rol del binarismo sexual y esencialismo, con discursos de extrema derecha, como activistas contra la ´ideología de género´ o etnonacionalistas, como Orban en Hungría o Vox en España?

A veces me resulta muy angustiante que ambos defiendan de alguna manera el ´Dispositivo de la sexualidad´, la noción moderna que problematizó Foucault, en la que el sexo se convierte en un lugar central que revela la verdad de los sujetos y que tienen serios problemas para lidiar con lo que Gayle Rubin llamó variación sexual. ¿Podría elaborar sus pensamientos al respecto?

JB: Recordemos que Foucault se refirió al ´sexo´ no solo como asignación de sexo, sino como sexualidad, y le preocupaba la unidad ficticia en la que son tratados como si fueran uno. Eve Kosofsky Sedgwick también insistió en que el sexo y la sexualidad debían eliminarse de cualquier conexión causal. Podemos elaborar lo que dijo para pensar en género. El género no es el simple efecto de un sistema de subordinación sexual (Katherine MacKinnon) ni el resultado directo (causal o expresivo) del sexo biológico. Lo que llamamos sexo biológico está determinado desde el principio por todas aquellas autoridades, médicas y legales, que deciden los criterios para asignar el sexo y mantenerlo binario. Entonces, los poderes sociales participan en la determinación del sexo, y podemos contar una historia larga y compleja sobre cómo eso sucede no solo con los humanos, sino también con los animales y los insectos. Quizás deberíamos volver a la verdad básica de que quiénes somos está compuesto por lo que ingerimos. Y lo que ingerimos es aire y comida, pero también la impresión de otras personas, instituciones sociales, entornos y economías. Necesitamos todas estas realidades externas para vivir, y las necesitamos no solo para que sean las condiciones de nuestra vida en curso, sino para que se conviertan en parte de los cuerpos que somos. Entonces, el cuerpo con ciertas enfermedades o el cuerpo envejecido lleva consigo una historia de nutrición, exposición a toxinas ambientales, pero también normas y convenciones culturales y sociales, y las definiciones impuestas por las autoridades legales y médicas. Todas estas realidades sociales están “incorporadas”, por lo que el cuerpo no es solo una superficie natural en la que se inscriben los significados sociales. El cuerpo, el cuerpo biológico, se compone de la historia de su entorno, de lo que ha sido absorbido y de lo que se ha convertido en parte de sus huesos, pulmones y capacidades. De esta manera, podemos aceptar que el género se basa en una explicación interaccionista o co-construccionista de la vida corporal. Esta concepción nos permite comprender la compleja interacción de la biología y la sociedad. También refuta el esencialismo biológico; la doctrina que ha alimentado tanta misoginia, homofobia, transfobia, antisemitismo y racismo hasta hoy, como usted señala.

EC: En algunos de sus libros, como Marcos de Guerra (2009) y Vidas Precarias (2004), ha pensado en la cultura pública y la censura después del 11 de septiembre de 2001, el cuerpo humano, la tortura, así como otras formas de violencia extremas y control que se han normalizado. Recientemente, Estados Unidos abandonó Afganistán después de una invasión y 20 años de ocupación, con al menos 241 mil personas asesinadas desde 2001, 71 mil de las cuales eran civiles, según datos del Informe Costos de la guerra del Watson Institute for International and Public Affairs de Brown University. En su más reciente libro La fuerza de la no violencia se habla de lógicas de guerra de la individualidad y algún tipo de negación ontológica de la violencia armada por sistemas, como los gobiernos, para convencer a la gente de que solo hay otros que violentamente amenazan la seguridad, la ley y el orden, y estos otros merecen ser ejecutados con impunidad y sin reconocimiento de la pérdida que implica. ¿Podría explicar estas ideas y si cree tienen alguna relación con la lógica de la criminalización y el punitivismo en la vida cotidiana, pero también con la lógica de securitización global y los discursos impuestos desde que comenzó la guerra contra el terrorismo»?

JB: Esta es una muy interesante y amplia pregunta, pero dudo que por el formato pueda hacerle justicia. Por un lado, es positivo que Estados Unidos retire sus tropas de territorio extranjero. Por otro lado, la forma en que tuvo lugar la retirada de Afganistán significó el abandono de las mismas personas a las que la ocupación decía proteger. Según el derecho internacional, cuando un país pone fin a una ocupación, está obligado a asegurarse de que aquellos que dependían de los poderes protectores del ocupante sean trasladados a santuarios. El problema, por supuesto, es con la misma noción de poder «protector» y paternalista, para empezar. Ese tipo de poder puede extenderse o retirarse a voluntad, y esto significa que al final funciona como soberano, cuyo uso del poder es arbitrario. Estados Unidos va a la guerra y mata gente, u ocupa tierras por un tiempo, desempoderando a aquellos que construirían sus propios modos de autogobierno, y luego abandona a esas mismas personas. Matar y abandonar no son más que dos formas de tratar con la muerte. Cuando Estados Unidos se retiró, Biden se dirigió a la nación por televisión, buscando asegurarle a la población que los ciudadanos estadounidenses estarían protegidos con prioridad. Esa fue su forma de continuar la agenda nacionalista y supremacista de Trump e indicar que las vidas no estadounidenses siempre serán consideradas prescindibles, descartables a la primera oportunidad.

No puedo dejar de mencionar, que me preocupa especialmente que, en condiciones de pandemia, los gobiernos hayan invocado poderes de emergencia en relación con la salud pública. Y aunque estoy de acuerdo con la mascarilla obligatoria, quiero vacunas gratuitas y creo que los gobiernos deberían estar haciendo que ambos sucedan, me preocupa mucho que en Polonia, Panamá, Brasil y Hungría la idea de salud pública se haya expandido para regular la sexualidad y el género. También vemos argumentos de carácter chauvinista debatidos por asambleas públicas en Dinamarca y en toda Europa cuando deciden si el ´género´ amenaza a la nación. Este tipo de ataques siguen una lógica similar a los que se oponen a la inmigración. Los migrantes también se consideran amenazas para la nación. Aparentemente, la nación debería permanecer pura de elementos extranjeros. Este tipo de nacionalismo, invariablemente también son una forma de racismo, se basa en la familia heteronormativa y se dedica al miedo y la xenofobia. Es exactamente lo contrario de las formas transnacionales de solidaridad que necesitamos ahora para expandir los objetivos y potenciales emancipatorios. Es el opuesto exacto del tipo de redes transnacionales que necesitamos para preservar el poder regenerativo de la tierra y la perspectiva de una vida verdaderamente habitable para todos los seres vivientes en el mundo.

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