Cultura Exposición celebra 20 años de ilustración

Vicky Ramos: “Siempre la experimentación y la exploración han sido una constante en mí”

Artista ilustradora se refirió a la importancia de la fantasía, así como al desarrollo de su carrera y de la ilustración en el país a propósito de una muestra antológica de su obra que ofrece la Galería del Consejo Universitario.

Al inicio de su carrera, al final de los años 70, el género artístico de la ilustración había sido poco trabajado en Costa Rica.

Felizmente, con el paso de los años Vicky Ramos ha logrado desarrollar una prolífica carrera en la que ha ilustrado más de cien libros, con entre diez y quince obras cada uno; además de que imparte clases en dos universidades privadas.

Ilustración para “El Regalo”, de Yolanda Oreamuno. “El terror es necesario y el miedo es necesario en la literatura, en los niños”, dijo Ramos. (Editorial Costa Rica / Publicada con permiso de la autora).

Bajo el título “El Derecho a la Fantasía”, el sitio de la Galería del Consejo Universitario de la UCR ofrece hasta el 26 de marzo una muestra antológica de su obra, aunque abarca únicamente los últimos 20 años de su trabajo. A propósito de esa exhibición, concedió entrevista a UNIVERSIDAD en la amable calidez y compañías caninas de su estudio.

“Quedarse metido en un cubo es un problema para una persona que está en el mundo creativo”.

El título de la exposición recuerda la proclama de Salvador Dalí de la “independencia  de la imaginación y el derecho humano a la propia locura”…

-Sí, claro.

¿Qué entiende por fantasía y cuáles son los límites?

-No hay límites, la imaginación es algo exponencial, muy propio del ser humano, hasta donde somos capaces de entender. Nos convierte en algo especial tener esa capacidad para imaginar, para decidir y para poder decir “esta es la realidad, esta es mi fantasía”. En los procesos creativos uno tiene que aprender a hacer abstracción, es decir, abstraerse de una realidad para entrar en otra, que sea propia o construida o exista en la mente de cada uno.

Cuando he estado dibujando, ilustrando, leo un texto y empiezo a imaginar cómo será ese lugar, cómo es ese espacio que construyó un escritor o que yo misma construí o que uno escucha en una canción. Entonces me preguntó dónde está ese mundo, donde vive ese mundo que no es este.

Siempre me pareció fascinante pensar que todos tenemos derecho a entrar y salir de esos mundos fantásticos que empezamos a construir en la infancia, pero cuando entramos en el mundo de los adultos lo perdemos, a veces deliberadamente, o cambiamos de fantasía y nos convertimos en  otras diferentes de acuerdo a las necesidades de cada uno.

En mi caso, la literatura ayudó muchísimo a transformar toda esa fantasía que tuve en mi infancia, porque tuve también oportunidades y eso fue muy importante. Las oportunidades muchas veces hacen la diferencia en las personas de poder llegar a hacer cosas o no.

Vengo de una familia por el lado materno donde había un gran estímulo para las artes plásticas, pues mi mamá era profesora, entonces en mi casa siempre había libros, materiales para dibujar o para trabajar.

Tengo déficit atencional, entonces me cuesta darle seguimiento a algunos procesos. Por ejemplo, a veces tengo que leer hasta cinco veces un texto.

¿Se refería a eso en el texto de la exposición cuando manifiesta que se requiere investigación para hacer el trabajo?

-Sí, hay que hacer mucha investigación en algunos libros, pero a veces viene desde el material que uno va a usar, empezar a experimentar cómo me funciona esta pintura con este papel o estudiar el personaje. Cuando ilustré el libro Mo, de Lara Ríos, requerí mucha información y fotografías de cómo vivían los indígenas cabécar. Hace poco ilustré un libro para Nicaragua sobre (la gloria del béisbol) Denis Martínez, tuvieron que mandarme cantidad de información sobre él, quién era, dónde vivía, dónde vivió su infancia, no había fotos de Denis en la infancia entonces tuve que imaginarme cómo era de niño para poderlo dibujar. Me mandaron fotos de niños de la misma región con características físicas parecidas para tener una idea. Todo eso es investigación, uno tiene que ver, buscar, indagar y explorar para desarrollar un personaje hasta 15 veces de diferentes maneras, porque el personaje principal va a desenvolverse en un tiempo y a un ritmo distinto en diferentes escenarios en los que se tiene que ver que es el mismo personaje.

Dio sus primeros pasos en Zurquí y Tambor, publicaciones que fueron parte de la infancia, uno las recuerda con cariño, pero se perdieron. Niños y niñas se relacionan con el mundo a través de medios totalmente diferentes, todo pasa por una pantalla electrónica. ¿Hace falta más publicaciones de ese tipo, que sepan apelar a ese público infantil, sea desde la necesidad educativa o de fomentar la fantasía?

-No tiene idea la cantidad de muchachos y muchachas que dicen eso, porque uno trabaja mucho desde la emoción, desde mover la experiencia. Entonces lo que se aprende a través de esa experiencia de la lectura, del juego, de promover la fantasía, no se olvida. El problema es que ahora todo es muy efímero, hay mucho estímulo ciertamente. Tuve la oportunidad de estar en el kínder de un sobrino nieto y resulta que todas las canciones, todo lo que les enseñaban era hecho afuera, todo en inglés. Entonces dije: voy a hacer un libro con esa misma tónica, pero que sea hecho aquí, que sea algo divertido, dinámico, que sea entretenido, porque los chiquitos ahora quieren ese movimiento, esa acción (El Mar Enamorado, Editorial Costa Rica).

¿Cuál fue su principal aprendizaje en esa experiencia profesional en Zurquí?

– No sabía en ese entonces que la ilustración era toda una carrera, simplemente me contrataron para hacer dibujitos, para que se viera bonito el suplemento. Pero me di cuenta del alcance que eso tenía, que para todo el mundo era muy importante y que era una necesidad. Eso me llevó a investigar cada vez más.

Trabajaba de una forma tal vez muy autodidacta en la ilustración, porque no había donde estudiar o donde le dieran a uno insumos para ser ilustrador o ilustradora. Teníamos ilustradores como don Paco Amighetti o don Juan Manuel Sánchez, que como tales también se desarrollaron de forma autodidacta. Había muchas necesidades de parte del público infantil, de parte de las maestras, de material de apoyo  para sus clases.

Luego, que hacía falta una identidad. Era una gran responsabilidad: construir identidad a través de la imagen. Empecé a darme cuenta con el tiempo y la experiencia de la importancia de que retratáramos niños de diferente tipos étnicos, condiciones sociales.

La diversidad de técnicas es apreciable en trabajos como esta ilustración para El príncipe teje tapices, de Carlos Rubio. (Editorial Costa Rica / Publicada con permiso de la autora).

En Estados Unidos dejarán de publicar seis de los 60 libros de Dr. Seuss porque contienen lenguaje o ilustraciones que se consideran racistas. ¿Cuál es su opinión al respecto?

-Es muy difícil. Cuando aquí se dio el caso de Cocorí, me tocó en un foro en la UCR casi que ir a defender a Hugo Díaz, que lo había ilustrado. Si había alguien que fuera inclusivo en esta vida, era don Hugo. La época en la que él se desenvolvió y vivió, el estilo de su caricatura… pues según algunas personas era racista.

Pienso que lo que hay que hacer con los niños es la discusión y hablar. Si encontramos un libro con un contenido que no nos parece apropiado, lo mejor es la conversación y el diálogo. Lo que pasa es que la gente ya tiene miedo de hablar y discutir sin enojarse y sin violentarse.

Aún cuando nos sumergimos en el mundo de fantasía, hay ciertos parámetros de la realidad que debemos atender, como su propia actitud de mostrar en sus trabajos la diversidad de la sociedad.

-Claro. Puedo decir que voy a mostrar ciertas características de identidad porque he trabajado mucho esa parte. En un libro mío no voy a poner una ilustración que tenga algún rasgo de racismo o exclusión, sobre todo si le va a llegar a niños y a niñas, porque puede haber una manipulación y hay que tener mucho cuidado. Pero eso no hace que deje de fantasear o que pueda coartar mi libertad para crear.

En la medida de lo posible, procuro no ser políticamente correcta, porque no es mi forma de pensar, soy bastante abierta y amplia, pero por lo menos trato de cuidar lo que estoy comunicando. Tampoco me parece tratar de acomodar todo de una manera para que todo el mundo llegue a pensar igual, a mí eso me da miedo; o poner en un libro algo que agreda, solo por el simple deporte de transgredir.

Siempre puede haber alguien que se pueda ofender por algo. Es un tema bastante difícil y se las trae, pero hay que hablarlo mucho.

“Siento que no he aprendido todo lo que quisiera y que me falta mucho”.

En la exposición es notoria la diversidad de temas, pero sobre todo la diversidad de técnicas —incluido lo digital— y la diversidad estética en los trabajos. ¿En qué medio se siente más cómoda?

—He trabajado muchos más años con las técnicas análogas que con las digitales, pero ahora estoy mezclando las dos. Cuando descubrí las técnicas digitales para mí fue una locura, escaneé hasta los jeans, porque siempre la experimentación y la exploración han sido una constante en mí, porque siento que no he aprendido todo lo que quisiera y que me falta mucho. Entonces esa necesidad y esa sed de aprendizaje que he tenido siempre, y espero tenerla para siempre, me ha hecho explorar muchas técnicas. Para mí cada libro es como que me presentan a alguien y voy a leer esta historia a ver qué técnica me sugiere para trabajar.

Cuando quiero tomarme algo con más calma, me voy hacia las técnicas análogas porque me relaja mucho sacar las pinturas, el olor, las texturas… eso me despierta los sentidos. Es más cómodo trabajar las técnicas digitales, porque en una pantallita o una tableta o en la computadora uno tiene todas las herramientas: todas las pinturas, el agua, los pinceles y funcionan muy bien; cada vez se perfeccionan más.

En realidad depende del libro que se me presente y de la circunstancia en la que esté. Me siento cómoda en ambos mundos y esa es una de mis insistencias con los jóvenes, que aprendan a desenvolverse en ellos, no se queden solo en el mundo digital, porque uno se engaña a sí mismo.

Quedarse uno metido en un cubo es un problema para una persona que está en el mundo creativo.

¿Cómo maneja la relación de trabajo con autores o autoras? ¿Hasta qué punto permite ser retroalimentada o aceptar sugerencias?

—Uno tiene que ubicarse muy bien en qué tipo de libro es el que va a hacer. Si es para una organización con un tema en particular y ellos son los que saben sobre el tema, por supuesto tengo que estar en la mejor disposición para recibir la realimentación. Por ejemplo, trabajo libros con el Museo Nacional sobre las esferas del Diquís con un antropólogo y un geólogo, hacía una ilustración y ellos me decían que la esfera número tal se tiene que correr 5 milímetros para la izquierda. Ahí es donde la ilustración digital es invaluable.

Uno tiene que tener la capacidad profesional para entender que ciertos libros requieren una dirección muy específica, pero otros son más libres, sean de poesía, de literatura, hay mucha más libertad en cuanto a la relación entre autor e ilustrador.

Siempre soy muy receptiva, pero tampoco permitir que un autor le imponga a uno cómo tiene que dibujar. Debe haber un respeto profesional en ambos sentidos, un equilibrio.

La exposición incluye esta obra inspirada en el cuento “Carta a una señorita en París”, de Julio Cortázar. (Publicada con permiso de la autora).

En los primeros años de su carrera profesional en los 80, ¿en algún momento sintió que se le pusieran obstáculos por ser mujer?

—Obstáculos, no; pero acoso sí. Empecé en un periódico (La Nación) donde la mayoría eran hombres. Tenía que entrar a lo que se llamaba antes a fotomontaje, eso era peor, era barra brava, entrar ahí era el pase para que a uno le dijeran desde a hasta z. Invitaciones a salir, invitaciones para que los dibujara con ropa o sin ropa, de todo. Llamadas por teléfono, “¿con quién va a ir a tomar café?”, echadas de cuento…

Siempre salí bien librada, porque tengo un carácter como que no agarro muy en serio las cosas.

Era súper incómodo, o que llamaran  a decirle a uno “uy qué linda que vino hoy, qué belleza de vestido” y colgaran, había 20 hombres sentados y pensé: “¿cuál de estos idiotas fue?”

En esa época una no le daba importancia, era normal que a las mujeres nos acosaran, eso es lo feo de esto. Las muchachas ahora están más alerta, en esa época eso era muy común y en la universidad era más común que en ningún otro lugar, donde considero que pude haber recibido más acoso fue en la universidad, fue terrible, una cosa increíble.

¿Recuerda algún libro cuya ilustración tuviera para usted un significado más relevante?

—Varios han sido claves. El primer libro de literatura que ilustré fue El Color de los Sueños, de Floria Jiménez, muy importante porque fue el primero para la Editorial Costa Rica. Después Almófar de Lilia Ramos, el primero a color. No tenía pinturas porque todos los libros que hacía eran en blanco y negro, no había presupuesto para ilustrar a color y todo se hacía en plumilla, en grafito o en rapidógrafo. Lo que yo tenía era una caja de pilots.

Después vino Mo, de Lara Ríos, que fue una investigación muy importante, además ese libro tanto a Lara como a mí nos trajo reconocimientos dentro y fuera del país. El primer libro que hice a nivel internacional fue Poemas con Sol y Son, tenía que dar un nivel de manera que el libro pudiera competir aquí o en México o en Colombia o en Argentina o en Brasil, en cualquier lado. Sentía  como siete gorilas encaramados en mi espalda.

La primera vez que hice un álbum ilustrado en el que escribí el texto y dibujé las ilustraciones, fue ¡Bienvenido Donnie!, la historia de un perro guía. Mi esposo es no vidente y tenía un perro lazarillo, la primera vez que fuimos a caminar para mí fue muy impresionante esa conexión del perro con la persona. Desde siempre soy amante de los perros y verlo con esa inteligencia, esa capacidad y esa empatía, cuando llegué a la casa empecé a llorar, es increíble lo que un animal hace por una persona, es como ángel de la guarda. Llegué y como una catarsis empecé a escribir y escribir y hacer los dibujos.

Cuando trabaja un tema más ominoso, ¿cómo sabe hasta dónde llegar? ¿A partir de qué punto es demasiado tétrico o terrorífico?

—El terror es necesario y el miedo es necesario en la literatura, en los niños. Desde chiquitilla me gustaban mucho las películas de miedo, me encantaba coleccionar cómics y me encanta uno que se llamaba El Monje Loco, usted no se imagina las cosas terribles que salían ahí, asesinatos, viejos que se derretían, y me encantaba toda esa parte como del morbo de esa cosa mala. Diay no sé, a mí no me hizo daño.

Los chiquillos necesitan esa catarsis de sacar los miedos, sea por los cuentos de miedo o de terror, las leyendas, toda esa emoción nos acerca a la literatura, a las historias, a comentar que son fantasmas o duendes que no existen, es parte natural de la infancia y de la adolescencia. Me parece que eso es necesario que se siga retomando, que no se pierda esa magia de los cuentos de miedo y de los fantasmas y las figuras de terror y todo.

Puede ser que haya niños a los que les haga daño, pero pienso que la conversación, hablar y sacar en forma de dibujos, en historias…  porque si contás una historia de miedo a lo mejor da para que un chiquillo cuente algo que le pasó, que le dio miedo y eso puede llevar a otra historia que haya detrás y ahí es donde digo que no se puede dejar de hablar de cosas porque no son políticamente correctas.

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