Una mirada a cien años de tango en Costa Rica

Dos libros recorren un siglo de historia del tango en el país, desde su época dorada e impregnada de arrabal y marginalidad hasta la actual, marcada por lo comercial y la tecnología

“Si yo hubiera ido a Buenos Aires…”: esta es la confesión cargada de nostalgia que le hace el cantante, guitarrista y director de tango Mario Chacón Segura a Óscar “El Che” Molinari al final de la entrevista incluida en el libro Voces e Intérpretes del tango en Costa Rica, del filólogo e investigador Mijail Mondol.

En el citado texto y en Tango, arrabal y modernidad en Costa Rica, Mondol hace un recorrido por un siglo del tango en el país, y, de esta forma, analiza los mecanismos de apropiación que hizo la clase política, en especial en los años treinta y cuarenta, de ese fenómeno musical que hoy está lejos de vivirse en la zonas marginales como sucedió en sus inicios.

Tango, arrabal y modernidad en Costa Rica fue publicado en 2014, mientras que Voces e Intérpretes del tango en Costa Rica salió recientemente, y ambos recogen la trayectoria que el tango ha recorrido entre 1914 y 2014 en suelo nacional. Igualmente, los dos textos contribuyen a desmitificar ciertas visiones presentes en el imaginario popular.

Carmen Granados, folclorista y humorista, se inició en la radio como cantante y los tangos eran clave en su repertorio.

El primer libro es un ensayo, mientras que el segundo incluye 26 conversaciones realizadas por Mondol o recopiladas –como las efectuadas por Molinari– con cantantes, promotores, bailarines e instrumentistas.

El primer mito que se desmorona es pensar que el tango que se vivió en Costa Rica entró por la vía Argentina, aunque las estrellas del género procedían de allí y su influencia fue total. De acuerdo con Mondol, fue por la ruta estadounidense y europea que el tango se abrió paso acá, sobre todo por la difusión de las casas disqueras y del poder que entonces ostentaba la radio.

“El tango fue absorbido por la ideología como un imaginario de la modernidad, sobre todo en los años treinta y cuarenta, y sirvió para neutralizar los conflictos de la sociedad costarricense de esa época”, explicó Mondol, quien es profesor en la Universidad de Costa Rica (UCR).

Se descubre en la investigación que esa asociación a lo marginal en el caso nacional correspondió a sus inicios, y, precisamente, por la popularidad que gozó en esa primera mitad del siglo XX, la clase política encontró un espacio idóneo para apropiárselo y manejarlo para sus intereses.

“El tango en Costa Rica y en América Latina crea un imaginario de modernidad. Hay cierto romanticismo y melodramatismo. Se da a través de él una ilusión de pertenencia de las capas marginadas, lo cual no significa que el tango no haya estado presente en los barrios del sur de San José, sino que se le utiliza, y eso era lo que más me interesaba resaltar en los libros: contar cómo, por medio del tango, se puede leer la realidad costarricense de ese entonces”, agregó.

PRODUCCIÓN LOCAL

El tango entró con tanta fuerza a principios del siglo XX que los compositores nacionales se ocuparon de él mediante creaciones que hoy son recordadas y algunas de ellas mantienen su vigencia.

De esta manera, entre 1914 y 1930, Mondol registra en Tango, arrabal y modernidad en Costa Rica un total de 24 composiciones, la mayoría de las cuales fueron interpretadas por las bandas militares en espacios públicos.

Este es otro de los elementos que llama la atención del trabajo del autor, puesto que para los no especialistas es difícil imaginar que fueran las bandas militares las que contribuyeran a popularizar el género en el país.

“El gaucho’, ‘No aflojés’, ‘El elegante’, ‘Mi dinettes’, ‘Tango apache’, ‘Noemí’, ‘Tango’, ‘Por eso’, ‘El limpiabotas’, ‘Ojos risueños’ y ‘Clemencia’ son algunas de las composiciones de Julio Fonseca, quien se presenta como uno de los músicos más prolíficos en este campo.

‘Déjame morir a solas’ (Alcides Prado Quesada); ‘Caña dulce’, ‘Gitana’ y ‘Tú sabes’ (José Daniel Zúñiga); ‘Madrecita mía’ (Néstor Cubero); ‘Cabangas’ (Gilberto Murillo); ‘Rosita’ (Rodolfo Vargas) y ‘María de los Ángeles’ (José Santiesteban Repetto) son otras de las piezas de dicha época.

El tango costarricense, precisa Mondol en su libro, no solo valía por la riqueza de su música, sino también como creación literaria.

“En este sentido, a diferencia del contenido urbano, irónico y acentuadamente nostálgico que predomina generalmente en el discurso poético del tango, el contenido del tango costarricense se limitaba a continuar la herencia modernista basada en la temática del anhelo y despecho amoroso”, afirmó.

Esta primera época del tango costarricense se puede relacionar con la bohemia, a una manera de mirar la vida que se asocia con la nostalgia, el desengaño amoroso, la marginalidad y el vicio.

En esos días existía, según el artículo “Aquellos tangos de los años 40” del escritor Mario Zaldívar, una fiebre rotunda por el tango en Costa Rica y por ello: “surgieron grupos como el Cuadro Buenos Aires, el Conjunto San Lorenzo y el Conjunto Tucumán”. Con solo fijar la atención en los nombres, se pueden percibir las influencias que había detrás de esas designaciones.

No obstante, la entrada del tango al país no fue bien recibida por la sociedad conservadora costarricense. En su estudio, Mondol rescata un comentario que apareció en 1914 en el semanario religioso ARCA: “En cambio en la vieja Europa y en la europeizada Yanquilandia ciertos círculos sociales  […] pusieron de moda el baile del tango […] todos los de la alta sociedad […] se pusieron a imitar, entre lujosas sedas y en espléndidos salones, las mismas grotescas contorciones y saltos ridículos, las mismas desvergonzadas y simiescas actitudes con que los semidesnudos africanos dan rienda suelta a su alegría de salvajes en los sucios corrales de sus aldeas”.

Hay que recordar que la introducción del tango en Argentina se asocia a migrantes africanos que lo llevaron a esas áreas arrabalescas y marginales, y fue así como poco a poco se fue consolidando, según diversos autores.

Voces e intérpretes del tango en Costa Rica recoge 26 conversaciones con cantantes, intérpretes y personas relacionadas con este género en el país.

UNA REALIDAD DIFERENTE

Si mediante Tango, arrabal y modernidad en Costa Rica es posible hacer una lectura social de cómo era el país, en especial cuando este género musical caló en las clases más desposeídas y se vivía en la bohemia, en San José centro, en Paso Ancho, en Desamparados y en los barrios del sur, hoy la situación es totalmente distinta.

De ese tango que bebió las influencias de los más grandes, en especial de Carlos Gardel, queda muy poco en el país.

Hoy es un fenómeno mucho más comercial que pasa por presentaciones en restaurantes para la alta sociedad y en académicas a la que concurren interesados en un tango más moderno, más influido incluso por la tecnología.

“El tango de hoy en Costa Rica está totalmente transnacionalizado. Es más electrónico y es un tango estilísticamente influenciado por Astor Piazzolla. Es también el fenómeno de las academias, cuya ubicación, incluso, ya nos dice mucho, porque están en sectores hacia el este en San Pedro o al oeste en Escazú. Acude otra generación más preocupada por profesionalizarlo y tecnificarlo”, aseveró Mondol.

Entonces las academias, como estrategia para su sostenimiento, organizan festivales, milongas, y la gente acude, pero eso tiene poca relación con el tango que se asociaba al arrabal en la Argentina o a la marginalidad en Costa Rica. No es un tango que convoca a la bohemia, al encuentro en la cantina, en el sufrimiento, en la derrota, en la pérdida del amor, es un tango insertado en el siglo XXI con sus propias y nuevas características.

Mondol, además de estudiar el tango, participa en la agrupación Libertango, que al principio, confiesa, era muy piazzollista, y, para rescatar esa memoria del tango en Costa Rica, grabaron un disco que recoge las mejores composiciones entre 1914 y 2014. Esta producción se liga con la nostalgia de ese fenómeno que abrazaron primero las clases marginales, con el manejo ideológico que ello representó para la clase política, pero que se asociaba más al tango que aspiraba a llenar ese vacío de la existencia.

PASE USTED, DOÑA CARMEN

A quien haya nacido después de 1970 es probable que le sorprenda el que Carmen Granados, la folclorista nacional, haya entrado a la radio, que le abrió todas las demás puertas, gracias al tango.

En la entrevista con Molinari, Granados le cuenta que fue la primera en Costa Rica en interpretar “Madre selvas” y que fue el doctor César Bañón el que le trajo la pieza, la cual había sido compuesta por Francisco Canato y cuya letra es de Luis César Amadori.

Vieja pared

del arrabal,

tu sombra fue

mi compañera.

De mi niñez

sin esplendor

la amiga fue

tu madreselva.

Dice la primera estrofa de la pieza que Granados cantó por vez primera en Costa Rica.

Madreselvas en flor

que me vieron nacer

y en la vieja pared

sorprendieron mi amor,

tu humilde caricia

es como el cariño

primero y querido

que siento por él.

Se lee en la tercera estrofa de la pieza que cantó Granados.

Y lo hizo con El Cuadro de Buenos Aires, un grupo que realizó una gran historia en el país. Emel Solórzano, los hermanos Ismael y Rafael Murillo, Carlos Solórzano y Héctor Soto Córdoba conformaban la agrupación que tuvo vigencia durante más de 40 años.

Era la época en que reinaba Gardel, a quien esperaban que un día llegara a Costa Rica. Esto nunca sucedió porque el cantante y actor murió el 24 de junio de 1935 en un accidente aéreo en Medellín, Colombia.

SENTIR A BUENOS AIRES

Si bien la entrada del tango a Costa Rica se consolidó, en especial, por medio de la influencia de la radio y las casas disqueras norteamericanas, el alma de ese tango tenía una alta influencia argentina. Por ello, sus intérpretes no solo anhelaban conocer ese Buenos Aires mítico, sino que también, al interpretar los tangos, lo hacían con ese sentimiento que marca la diferencia entre quien lo canta y lo vive.

Alberto Herrera, locutor y cantante, sintetiza en la entrevista que aparece en Voces e intérpretes del tanto en Costa Rica lo que establecía la diferencia entre el tango con un hondo sentimiento y el que solo es interpretado: “Gardel no era tanto lo que cantaba, era cómo cantaba y decía las palabras. Se introducía en el corazón de uno. Yo creo que como Gardel tal vez cantaron millones, pero como él ninguno”.

Mondol comentó que, mientras varios de los entrevistados hablaban y evocan sus días de tango, parecía que se transformaban y ello lleva a otro aspecto que hace del tango un género musical único.

Ese rasgo es la teatralidad. En el tango se impone el sentimiento y este se trasluce en la teatralidad con que se asumen las composiciones.

“Cada uno de ellos, cuando cantan, sí se sienten en Buenos Aires, viajan e imaginan que están allá. Imponen ese melodrama y esa teatralidad”, señaló Mondol.

Con esa marcada influencia gardeliana, el tango de la vieja guardia costarricense es hoy memoria, recuerdo, evocación, ausencia, pasado, imágenes de una bohemia que fue y ya nunca más será, y es nostalgia por los cuatro costados. Y no fue necesario que todos sus exponentes estuvieran y vivieran esa Buenos Aires donde germinó ese género musical tan cercano al sentimiento y a la vida.

Pero, como el tango es nostalgia eterna, las palabras de Mario Chacón no dejan de resonar en la memoria colectiva del tango costarricense: “Yo quiero mucho a la música argentina, porque yo viví muchos años con ella. Y que no he tenido la suerte de ir a Buenos Aires. Si yo hubiera ido a Buenos Aires…”.


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