La pequeña ciudad de San José siempre se guarda sus sorpresas más allá de algunas calles sucias y desatendidas, y se repone de esos descuidos con guiños al arte que devuelven la esperanza en un mejor porvenir.
Entre las maravillas que puede guardar la capital de Costa Rica están las posibilidades ligadas a la cultura y la música, que tanto han definido al país como a la propia urbe.
Y dentro de este apartado, el Semanario UNIVERSIDAD descubrió que en San José se encuentra, bien resguardada, una colección de 25.000 long plays (LP o elepés, como también se les conoce) y que pertenece a Rónald Chinchilla, quien es copropietario junto a su esposa, Lorena Pérez, de la librería de segunda mano Expo 10.

Chinchilla es un amante de la música en sus diversos géneros y desarrollaba con Jorge Webb el programa Música y poesía, en radio Gigante, en el que deleitaban a sus oyentes con composiciones que no se suelen escuchar en la radio comercial.
La historia de cómo se fue haciendo esa enorme colección tiene sus tintes dramáticos y literarios, porque en 1980, debido a una situación económica luego de haber aceptado ser fiador, Chinchilla tuvo una quiebra y se vio obligado a vender sus long plays, pero de paso abrió posteriormente la librería de usados.
A dicha librería empezarían a llegar vendedores no solo de libros, sino también de discos y así fue como comenzó a seleccionar y a atesorar grabaciones de música costarricense que se hicieron en 1920, 1930 y en años sucesivos.
Se debe de recordar que por esos años en el país no existían facilidades para las grabaciones, por lo que las orquestas se veían obligadas a trasladarse a Estados Unidos para alcanzar el sueño de tener sus propios discos.
“Yo creo, sin temor a equivocarme, que tengo la mayor colección de música costarricense que existe en el país”, dijo Chinchilla, para quien desprenderse de esta colección representa una decisión dolorosa, porque forma parte de su vida, en la cual la música y los libros han constituido un bastión en su forma de ver el mundo.
Tiene que venderla, admitió, por razones personales ligadas con la salud, pero confía en que termine en las mejores manos y se le pueda dar el realce que una colección de esta naturaleza merece.
La colección de los 25.000 LP, no obstante, no se limita solo a música costarricense, sino que incluye a grandes artistas latinoamericanos, de Estados Unidos y Europa.
Sin embargo, un desafío que enfrenta el dueño es que el material no está clasificado, por lo que esta es una tarea pendiente que tiene Chinchilla: “Mi objetivo al tener tanta cantidad de música era que, cuando me retirase de mi actividad laboral, pudiera dedicarme a escuchar a esas grandes orquestas y esos grandes intérpretes”.
Música de la Nueva Trova es un apartado del que asegura tiene una gran cantidad de compositores, entre los que se encuentra Víctor Jara, quien fuera asesinado por el régimen del dictador Augusto Pinochet el 16 de septiembre de 1973.
A propósito de Jara, en la tercera semana de noviembre de 1971 estuvo en Costa Rica, donde realizó tres presentaciones: dos en la Universidad de Costa Rica (UCR) y una en Villa Neily, en la zona sur, donde interpretó aquellas canciones que tanto calaban entre el proletariado latinoamericano.

En realidad, resalta Chinchilla, la colección de long plays está llena de tesoros, desde los primeros discos de la Orquesta de Lubín Barahona y sus Caballeros del Ritmo, por ejemplo, hasta piezas de Bienvenido Granda y la Billo’s Caracas Boys.
“Tengo música de Julio Barquero, de Julio Fonseca, estamos hablando del año 35 del siglo pasado. Mucha de esa música se grababa en Estados Unidos. Después, cuando se dejó de grabar en LP para darle seguimiento a la colección, empecé con los discos compactos, de los que tengo unos 10.000. Es decir, que estamos con un total de 25.000 long plays más los compactos, lo que hace que esta cantidad de música abarque muchas épocas, géneros y artistas. Es un auténtico tesoro”.
A Chinchilla le gustaría que una institución se interesase por su colección para que luego esté disponible para consulta y disfrute del público. Como las universidades estatales enfrentan hoy una situación delicada con el financiamiento, dada la controversia que se ha desatado con el gobierno actual y el Fondo Especial para la Educación Superior (FEES) esta vía no la ve tan clara, pero podría ser, piensa, que la Municipalidad de San José se interese por su tesoro musical.
Sobre el estado de la colección, reconoce que esa es una tarea ardua, pero al mismo tiempo reflexiona que es muy difícil para un coleccionista que siempre está atento a engrandecer su acervo, el contar con un orden determinado.
En efecto, quienes han estudiado el fenómeno de los coleccionistas, desde duques, príncipes, reyes y gente común, coinciden en que incluso el caos forma parte de esa fascinación por acumular objetos de una determinada área.
Esa idea del caos es abordada por Philipp Blom en su libro El coleccionista apasionado, publicado en 2012, en el que recuerda, de paso, que ese afán fue propio de príncipes y fija 1335 como un año importante para esta práctica.
“Se cree que Oliviero Forza, de Treviso, tuvo, en 1335, el primer studiolo del que se conservan datos. Coleccionar obras de arte y objetos diseñados con metales y piedras preciosas pasó a ser un pasatiempo principesco, una diversión que podía llegar a confundirse con una pasión devoradora”.
Y en medio de esa pasión devoradora, como lo afirma el escritor, predomina más el caos que el orden, de modo que el hecho de que la colección de long plays no esté clasificada es casi inherente al acto de acumular.
En relación con la determinación de coleccionar, dice Blom: “Coleccionar como proyecto filosófico, como un intento de comprender la multiplicidad y el caos del mundo, y tal vez incluso de encontrar en ese caos un significado oculto, es algo que también ha llegado hasta nuestros días. Encontramos ecos de la compleja alquimia de Rodolfo —Rodolfo de Habsburgo— en todo intento de aprehender, en el terreno de la posesión personal, la magnitud y el lado maravilloso de dicha posesión”.
Y respecto a la idea de coleccionar discos, Blom apunta que, por lo general, lo que busca el coleccionista es captar la esencia del genio al que admira: “Un coleccionista de discos que busca la esencia del genio en cientos de grabaciones del mismo concierto o del mismo artista continúa esa tradición de la misma manera en que lo hace alguien que intenta captar la belleza en todo lo que es ‘suntuoso’ y ‘extraño’, una expresión, por cierto, de la época de Rodolfo. Esa alquimia práctica está activa siempre que una colección va más allá de la mera apreciación de objetos y se convierte en una búsqueda de significado, del quid de la cuestión, en la esperanza de poder ver una gramática sólo si se reúnen bastantes palabras y expresiones”.

Una vida entera
Chinchilla recordó que son demasiados años al frente de la colección, que fue haciendo poco a poco, conforme conseguía un disco aquí y otro por allá. Con la presencia de vendedores en su librería y con las búsquedas que él iba realizando, siempre con el objetivo de reunir la mejor colección de artistas y mantener una memoria musical vigente, porque considera que las generaciones van pasando y se van olvidando de grandes creadores, tanto nacionales como extranjeros, quienes en una época hicieron historia de la grande con sus composiciones, su voz y su conexión con un público que en esos momentos los vitoreó por su sensibilidad y nobleza.
“Hasta cierto punto ha sido una labor asfixiante el haber coleccionado tantos y tantos discos. Es que, la verdad, tengo de todo, desde rock hasta jazz. Hay artistas que hoy para los jóvenes ya no suenan, pero que fueron extraordinarios como Leo Marini y Daniel Santos, por ejemplo”.
La mentalidad de un coleccionista es única, por lo que se requiere un ejercicio para ponerse en sus propios zapatos y así procurar entender cómo es que funciona su psicología.
Para disponer de una noción de cómo opera un coleccionista, la aseveración hecha por
Norman D. Weiner, psiquiatra, citado por Blom en su ya referido libro, permite hacerse una idea de los desafíos, las batallas y los escalones que está dispuesto a superar aquel.
En el caso que se destaca a continuación, Weiner puntualiza en cómo actúan los que se dedican a coleccionar libros, pero la afirmación podría hacerse extensiva a cualquier persona que tenga una afición por preservar objetos.
“(El bibliófilo) irá detrás de un volumen usando una táctica activa o seductora; intrigará y robará; arriesgará su fortuna y dará la vuelta al mundo, e incluso se casará si su objetivo es conseguir un libro que codicia”.
Hay que convenir, claro está, que la cita no está exenta de exageración y humor por parte de Weiner, pero en el fondo refleja la esencia de lo que está dispuesto a hacer un coleccionista.
Por tal motivo, que un ciudadano costarricense, como el caso de Chinchilla, haya dedicado más de media vida a conservar valiosísimas piezas musicales, sobre todo, de compositores y cantantes nacionales, es un esfuerzo que merece la atención del ámbito cultural del país.
Para rematar esa ambición del coleccionista, en particular de los bibliófilos, Blom resalta, en su libro El coleccionista apasionado, la singular historia de sir Thomas Phillips, quien se propuso la improbable tarea de contar en su biblioteca con un ejemplar de cada uno de los libros que se imprimiesen en el mundo. Si ya para el siglo XVIII-XIX esa aspiración era imposible, imagínense lo que sería hoy, a menos que acuda a una versión digital y para un coleccionista ese es un lenguaje prohibido.
“La vida de los bibliomaniacos rara vez es pintoresca, y puede ser, en casos extremos, realmente preocupante; pero ninguna tanto como la de sir Thomas Phillips (1792-1872), cuya ambición declarada era ‘tener un ejemplar de todos los libros del mundo’. La suya es la historia de una obsesión que terminó en un desastre total y devastador, y que reportó a su protagonista nada más que un puñado de monografías y divertidas notas a pie de página, en lugar de la grandiosa biblioteca que estaba destinada a ser su monumento a perpetuidad”.
Aunque Chinchilla en ningún momento se propuso un reto tan devastador como el de Phillips, sí acumuló música de orquestas, agrupaciones y solistas de artistas costarricenses y de otras partes del mundo, en un ejercicio capaz de superar a cualquiera, por la magnitud y el compromiso.
Por eso, destacó que en ese vasto panorama musical con el que cuenta en su magna colección, se encuentra valiosa música de mujeres costarricenses, que descollaron en el ambiente nacional por mérito propio.
“En la colección está, por ejemplo, Margarita Trejos, quien fue una gran cantante. También se encuentran grandes orquestas costarricenses de la época de oro de nuestra música y es cuando se comienza a grabar en aquellos años 20 y 30 del siglo XX. Hay mucha música que me atrevo a decir que se ha perdido y ahí se puede hallar entre los miles de discos que poseo”.
Como Chinchilla ya ha tenido un largo recorrido como coleccionista y en su hacer como librero en Expo 10, reconoce que esa larga experiencia de vida lo ha llevado por abrazar distintos géneros musicales, según la época y las circunstancias, y que no le es ajena la música protesta, sobre todo aquella que denunciaba y cuestionaba elementos políticos incrustados en la sociedad latinoamericana.
La canción protesta vivió, así como la trova latinoamericana, un auge entre las décadas de los 60, 70 y 80, en respuesta muchas veces a las dictaduras que se afianzaron en el subcontinente. Las voces de Violeta Parra, Mercedes Sosa, Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, así como Daniel Viglietti y Aníbal Sampayo removieron los escenarios para darle voz a numerosos latinoamericanos agobiados por gobiernos creados a base de dictaduras.
De ahí que Chinchilla en su momento también disfrutara de aquellas voces y aquellas letras que reclamaban una América Latina democrática y más justa, sin la injerencia excesiva de Estados Unidos como país aglutinador de una visión del mundo marcada por la Guerra Fría.
“Claro que tengo música de protesta también, porque yo siempre he sido rebelde”, recordó Chinchilla, quien además siempre ha sido un buen lector en estos últimos años más de ensayo que de novela, como comentó en una oportunidad a este redactor.
Al analizar cómo pretende gestionar la colección, ahora que la venderá, Chinchilla acepta que si apareciese un coleccionista dispuesto a quedarse con los 25.000 long plays y los 10.000 discos compactos ello sería estupendo, pero al instante reflexiona y considera que esta opción podría estar llena de utopías, por lo que corresponde es bajar a tierra y segmentarla por géneros musicales.
El detalle, sin embargo, es que dicha clasificación requiere de un trabajo exhaustivo, que exige tiempo, paciencia y conocimiento. De ahí que el reto de sacar al mercado la colección es un elemento que todavía está por definirse en el cómo, debido a la enorme cantidad de material disponible.
Tiene claro que al haber acumulado esa enorme variedad de música que abarca prácticamente un siglo, convierte a su colección en una memoria musical, debido a que incluye gran parte de la música nacional que se grabó en los años dorados y difíciles desde el punto de vista tecnológico, que hizo que muchas orquestas y artistas tuvieran que desplazarse a Estados Unidos para coronar sus afanes de contar con sus creaciones en vinilos.
Ese acervo cobra un mayor sentido si hubiese una forma de que alguna institución o coleccionista privado lo pueda conservar en un futuro, incluso, en mejores condiciones físicas, que garanticen un ambiente idóneo para resguardo de dicho tesoro.
En esas tres habitaciones llenas de long plays y discos compactos que Chinchilla custodia con un sumo rigor, se pueden encontrar tesoros de Otto Vargas, “El Cuadro de Buenos Aires”, Rafa Pérez, Lubín Barahona y Los caballeros del ritmo y Ricardo Mora, entre muchos otros artistas nacionales, que juntos conforman una memoria viva y auténtica de la música costarricense a lo largo de un siglo entero.
