Perfil de Nemesio González, uno de los últimos hablantes de lengua boruca

Tierra de cenizas

Nemesio González sabía que el idioma va ligado a la identidad, y que si una lengua muere, se va con ella parte de su cultura.

¿Recuerdas Nemesio, cuando le ofreciste a tu compañero de escuela una guayaba? Se lo dijiste en tu idioma y un profesor te oyó. Estabas tan asustado. Tuviste que correr porque te perseguía para golpearte. La educación en Costa Rica no te permitía hablar boruca, tu idioma materno. Lograste escapar y te fueron a buscar hasta con la policía.

Al final no te hicieron nada pero nunca más volviste a la escuela.

. . .

Para llegar a Boruca hay que subir en bus entre las montañas de la zona sur y luego bajar. Desde arriba veo un valle que conserva su tono precolombino. Hace cinco siglos, cuando llegaron los españoles, la vista desde arriba era de triángulos dispersos de palma seca. Ahora las casas están agrupadas y el sol rebota en sus techos de zinc.

Estoy a 300 metros sobre el nivel del mar rodeado de montañas tranquilas, en un lugar aún más tranquilo, mientras se agitan el viento y el tiempo. La razón de mi visita es preguntar por don Nemesio González, uno de los últimos hablantes fluidos del idioma boruca, la lengua que utillizaba una de las ocho etnias originales de Costa Rica.

Al caminar por el lastre del pueblo noto algo particular en su silencio; todo se escucha. Dicen que hasta los muertos. Sus voces van quedando sepultadas por el tiempo que disuelve la memoria de los pueblos indígenas del país, y son los vivos los que diariamente los recuerdan y mantienen el registro oral de su historia

El rumor de mi llegada entra por las puertas de las casas que siempre permanecen abiertas. Es frecuente que los sikuas –personas no indígenas- vengan a preguntar por sus costumbres, luego publican la información en San José y nada queda en la comunidad. Es por eso que algunos desconfían y cierran sus puertas, aunque la mayoría las deja abiertas.

“Siempre hay que ir monte adentro. En la montaña se ven y se escuchan muchas cosas”, me recomendó Yoyo, un amigo indígena de Boruca, durante mi visita. Me lo dijo porque don Nemesio murió el siete de abril del 2018, y con él una lengua que desde la castellanización sufrida por la conquista, hasta hoy en día de forma más solapada por medio de las políticas sikuas, ha sido forzada a desaparecer.

. . .

Eras un niño Nemesio y ya andabas en la montaña con tu abuelo arriando el ganado. Una vez viste entre los animales a un toro con cuernos de oro.

 Abuelo, ¿por qué no nos llevamos a ese toro?

Ni se te ocurra Nemesio, ese toro es de Cuasrán̈, el indígena que huyendo de los españoles se enterró en la montaña con toditito el oro que pudo llevarse con él.

Cuando creciste le contabas a todos que en la montaña veías sus huellas y la de su ganado.

. . .

A don Nemesio lo recuerdan como un cronista de sus historias unidas con la magia que el cosmos sopló en sus antepasados. Fue un agricultor que tenía una convicción pedagógica firme: el idioma va ligado a la identidad, y sabía que si una lengua muere, se va con ella parte de su cultura.

Entre las paredes de bambú y bajo el techo de palma seca del rancho cultural de Boruca, don Nemesio se reunía con sus estudiantes a enseñarles el idioma. Por medio de talleres que impartió desde el 2013 a lo largo de cuatro años, impulsados por la comunidad y financiados durante los dos primeros años por la Dirección de Cultura del Ministerio de Cultura y Juventud, veinticinco indígenas aprendieron mucho de la lengua, pero faltaron muchos años más para que fuera suficiente; en el pueblo es igual de probable encontrarse un rótulo en boruca que en inglés.

Al subir por el camino de tierra naranja llego a la pulpería Isla Verde. Según el mapa que mi amigo Yoyo me dibujó, justo al lado, se encuentra la casa de don Nemesio. A través de la puerta veo a Gerarda Gonzáles, una de sus hijas, barriendo el polvo que el viento no para de esparcir.

–¿Sí, qué se le ofrece? – me dice mientras sostiene la escoba y con su mirada me da la bienvenida.

Bryan Gonzáles, su hijo, se asoma apenas escucha que alguien pregunta por su abuelo. Ponen tres sillas en el corredor y me invitan a sentarme. Sus palabras son pausadas, como hablan en Boruca, pero también porque en el silencio, entre palabra y palabra, recuerdan a don Nemesio.

–A él le gustaba trabajar mucho. Él decía que había veces que le anochecía de camino. Nos contaba que iban hasta San José a vender ganado, me imagino que por ese camino de La Costanera. Duraban no sé cuántos días para llegar. Dormían de camino y se tapaban con cuero de venado. A veces tenía que echarse al agua. Tiraban el ganado y el último se pegaba de la cola; por eso decía que le habían pasado muchas cosas, porque cuando las vacas nadan mueven mucho las patas.

Las palabras de Gerarda se mantienen entre la risa y la memoria.

–También le gustaba mucho el idioma. Sus hijos sabemos algunas palabras porque él nos decía cosas en boruca. No oraciones muy largas, sino preguntas como qué queríamos comer, o si estábamos bien–, agrega.

–Los talleres de mi abuelo tenían que haberse hecho mucho más antes, la verdad. Había que aprovecharlos muy bien. Fueron muy importantes. Ahora muchas personas saben algo, pero no fluido… sino como por palabras, como dice mi mamá. Mi abuelo rescató muchas cosas que ahora la gente sabe”, dice Bryan, quien había permanecido en silencio imaginando a su abuelo a través de las historias que Gerarda me contaba.

Muy cerca de donde hablamos, entre dos palos, cuelga la hamaca en la que don Nemesio pasó sus últimos días.

“Yo quiero quedarme aquí. Morirme con ustedes en la casa. Yo no quiero que se den cuenta de que morí y yo allá lejos. Prefiero que de camino me tiren debajo de un puente antes de ir al hospital”, le dijo don Nemesio a su familia cuando el doctor le comentó que debía ser internado.

–Las chiquillas de acá se iban a la hamaca a entretenerlo y le preguntaban por historias. Ahí, donde está ese bambú. Un día les dijo “traigan un cuaderno y un lápiz, si no entienden algo, yo se los digo»–, recuerda Gerarda.

. . .

Te fuiste a vivir muchos años a la montaña Nemesio. Nunca vendiste tu tierra. Hiciste un ranchito allá arriba; tan arriba que podías ver como el río Térraba se convertía en mar.

Te quedaste años allá con tu familia, hasta que crecieron y les quedaba lejos la escuela. Decidiste quedarte con tu esposa, pero ya nadie los podía cuidar y tuviste que bajar.

Al tiempo se te secaron casi todos los árboles. Tu esposa creía que habían muerto porque los habías abandonado, Nemesio. Los que aún quedan, te recuerdan.

. . .

“Nemesio sabía muy bien la importancia de su conocimiento. Por eso trató de enseñar todo lo que podía. Él es como un árbol que dejó raíces”, me dijo Yoyo al empezar mi recorrido.

Por las calles de lastre, entre canciones de Los Ángeles Azules y Simba Musical, se escucha la voz de don Nemesio relatando leyendas borucas como la Cuasrán̈. Sus relatos suenan en la lengua en que sus antepasados descifraron su entorno y son transmitidos ocasionalmente en la Radio Comunitaria Boruca. Su voz se convierte en resistencia en un pueblo donde no hay mucho que leer y solo el 0,3% de los indígenas, entre los que se encontraba don Nemesio, son hablantes del boruca, según el informe «Perfil de los Pueblos Indígenas» de la Universidad de Costa Rica.

Antes de llegar acá me habían recomendado hablar con Henry Gonzales. Me dijeron que colaboraba en la radio, que fue estudiante de don Nemesio y que trabaja en la escuela de Boruca.

-Una de las cosas que más recuerdo de Nemesio es que tenía mucha disposición de enseñar. Nunca fue mezquino, siempre le estaba enseñando a uno. Él aprovechó esos espacios que se generaron para dar su conocimiento. Los mayores a veces son muy recelosos y solo transmiten su conocimiento al heredero, pero él enseñaba a todos los que se interesaban.

“Aquí siempre pasaba leyendo y escribiendo”. Ligia González

–Me dijeron que fue a los talleres de don Nemesio y que es profesor de la lengua boruca–, le pregunto.

–No. Yo soy el conserje. El docente de ahora es otro. Eso es lo contradictorio. Muchos están por sus atestados académicos pero no necesariamente conocen bien la lengua. El sistema nos sigue castigando y el alma de la iniciativa por rescatar nuestro idioma se va desvirtuando. A mí me nombraron como profesor por un año, y yo sentí la responsabilidad de mejorar; fui a los talleres de Nemesio, me puse a estudiar, a repasar, a preguntar, a documentar… Ahora yo aplico pero no califico. Yo tengo limitaciones para hablarlo y escribirlo. Para ser hablante fluido uno tiene que interactuar el idioma con otra persona, y eso en Boruca ya no se puede.

Henry recuerda el día en que el director de la escuela de Cajón de Boruca lo presentó a los estudiantes. Al entrar al aula se dio cuenta de que ninguno de ellos era indígena. “¿Para qué nos va a servir esto? Fue lo que pensaron”.

El sistema educativo ya no castiga a quien hable boruca pero sigue colaborando con el desplazamiento de esta lengua. El idioma se da como un souvenir: en la escuela los estudiantes solo reciben tres lecciones a la semana y en el colegio son reemplazadas por más lecciones de inglés, y como si fuera poco, incluyen francés.

En Boruca se han visto empujados a olvidarse de sí mismos pero con la muerte de muchos de sus mayores han iniciado la lucha por revivirse; el campo de batalla se dibuja en la línea frágil entre identidad cultural y atracción turística.

–Aunque existe ese interés por enmendar el error histórico hay cosas que uno se queda, cómo te dijera, como con un sin sabor… Yo solo espero poder seguir aprendiendo, y un día, cuando sea mayor, servir de lugar de consulta para mi pueblo, aunque no sea como docente–, sentencia Henry, una de las raíces que don Nemesio dejó.

. . .

Fuiste el primer trapichero de Boruca, Nemesio. Tenías tu tapriche de madera y tus bueyes.

Una vez viste llegar al presidente Pepe Figueres a tu tierra. Quería tu trapiche de madera. Fuiste a La Lucha, a 178 kilómetros de Boruca, a instalárselo, y a cambio te viniste con uno de hierro.

Siempre te preguntaban por el trapiche. Nunca quisiste venderlo. Querías algún día volver a ser trapichero, pero la vida no da chance de hacerlo todo, Nemesio. Ahora solo quedan partes oxidadas muy cerca de la hamaca en donde decidiste pasar tus últimos días.
. . .

El día que murió don Nemesio el silencio de Boruca se rompió con el luto de la campana de la iglesia que comunica al pueblo que alguien ha muerto.

Doña Margarita Morales, una de las líderes comunales de Boruca, se preparó para ir a ver a don Nemesio y encomendarlo a Dios, aunque algunos creen que está al lado de Sibú, creador de todo lo que habita en la tierra.

“Ay Nemesio, que lástima todo lo que se nos va”, le dijo doña Margarita mientras lo veía en el ataúd.

–Uno siempre decía: “ojalá que don Nemesio no tenga nada que hacer para que ande paseando por el pueblo”, porque cuando pasaba por la casa nos saludaba, o nos hacía preguntas, en la lengua materna. Uno no entendía y él se reía y repetía. Yo rápido corría y lo apuntaba. Dos o tres palabras uno aprendía cada vez que don Nemesio venía a saludar. Ya te digo, él estaba consciente de su sabiduría…Yo nunca fui a los talleres con él, pero yo sentía que con él se podía aprender más rápido que con los lingüistas sikuas que hablan el idioma y que también en algún momento venían a dar talleres–, me dice doña Margarita.

Los sikuas a los que se refiere son los lingüistas Miguel Quesada, quién documentó exhaustivamente la cultura boruca; Carmen Rojas, quien trabajó con Quesada en la elaboración del Diccionario boruca-español / español boruca, publicado por la editorial de la Universidad de Costa Rica; y Adolfo Constenla –quien murió en el 2013–, autor de varias investigaciones y libros sobre la cultura y el idioma boruca.

Todos esos lingüistas tienen algo en común: se reunían con don Nemesio y con otros mayores de generaciones anteriores y pasaban las tardes hablando en boruca. Lo hablan fluido y sus aportes académicos, para una lengua que el Instituto de Investigaciones Lingüísticas de la Universidad de Costa Rica señala como extinta, se vuelven esenciales en los intentos por salvar lo que queda. No obstante, sin borucas que hablen su lengua, el idioma muere; y con él, también, parte crucial de su cultura.

–¿Cómo esos sikuas se ponen a conversar mi lengua y yo no entiendo que están hablando? A mí me daba un coraje oírlos hablar. Yo prefiero que los que rescaten la lengua sean borucas. Nemesio le dio muchos talleres de lengua a mucha gente. Pero qué lástima, ¿cómo no pudimos antes sacarle más a él?, aunque te digo que mucha gente que lo aprovechó ahora está sirviendo a la comunidad. Ahora nos veremos obligados a aprender más rápido.

La reflexión de doña Margarita es parte del debate al que los borucas se enfrentan: ¿cómo, contra todo pronóstico, revivir su lengua?

Aquel día, cuando las campanas devolvieron el silencio a Boruca, cuando levantaron el ataúd y se lo llevaron hacia el cementerio se oyó uno de los últimos deseos de don Nemesio. “Nací de la tierra, y vuelvo hacia ella”, por eso cuando le preguntaron si al morir quería ser enterrado en una bóveda o en la tierra, don Nemesio no lo dudó: la tierra.

. . .

Otra vez la policía, Nemesio. En 1985 pasaste cuatro noches en la cárcel junto a otros cuarenta y dos indígenas.

No cometiste ningún delito. Defendiste el bosque de Boruca del maderero Carlos Piedra. Ya había deforestado todo Térraba y ahora estaba dentro de Boruca. Estabas harto del saqueo de tus tierras. Para los madereros su progreso era importante, pero para vos ese bosque era tu vida. Valió la pena Nemesio; hoy los árboles siguen de pie.

. . .

En Costa Rica se muere una lengua y nadie dice nada. La muerte de don Nemesio salió apenas en algunos párrafos en un par de periódicos del Valle Central. En alguna de las líneas, entre la desinteresada información, decía: “don Nemesio González Lázaro, quien era uno de los últimos indígenas que hablaban de forma fluida la lengua ancestral de la cultura boruca, asentada en el Pacífico sur del país, falleció la tarde del sábado”. A nadie fuera de Boruca pareció importarle.

Pese a esto, en Boruca se escucha un susurro que apunta hacia Curré, un territorio indígena habitado por borucas, a pocos kilómetros del centro, en la que vive Seledina Maroto. Algunos dicen que ahora ella es la última hablante fluida de la lengua.

¿Y si muere?

Los estudios dirán que hace años que la lengua boruca está extinta. Es posible que ya no quede mucho por hacer. Sin embargo, con la calma que puede tener un pueblo acostumbrado siempre a estar en condiciones adversas, no parecen ser suficientes sus argumentos para evitar que después de la muerte de don Nemesio se vuelva a escuchar en los pasillos de las casas de Boruca “vamos a salvar nuestro idioma”.
. . .

Ay Nemesio, en los últimos años se han ido muriendo los mayores de Boruca, que en español significa, “Tierra de cenizas”. Si uno va monte adentro aún se pueden oír. Ay Nemesio, que los árboles de tu tierra no dejen al viento soplar.


Warning: file_get_contents(https://graph.facebook.com/?ids=https://semanariouniversidad.com/cultura/tierra-de-cenizas/): failed to open stream: HTTP request failed! HTTP/1.1 403 Forbidden in /home/alfred06/public_html/wp-content/themes/abomb-child/elements/element.php on line 80
0 comments