Danza U crea espectáculo con niños sordos

“Nosotros somos iguales, podemos bailar”

El coreógrafo Gustavo Hernández dirige el nuevo montaje de Danza Universitaria en el que bailan niños con discapacidad auditiva.

“Yo me llamo Pamela, mucho gusto”.

Esta frase silente la interpreta con lenguaje de señas (lesco) Giselle Ugalde, ubicada al lado mío para que Pamela y yo tengamos una conversación breve pero sustanciosa antes del ensayo de la coreografía El ladrón de diamantes, dirigida por Gustavo Hernández y puesta en escena por Danza Universitaria y estudiantes del Centro Nacional de Educación Especial Fernando Centeno Güell.

¿Cómo ha sido para vos esta experiencia?, pregunto a Pamela, y Giselle interpreta de nuevo en las dos vías.

-Me he sentido muy bien en el proceso, hemos avanzado y disfrutado mucho; nos hemos esforzado para que a los sordos nos puedan ver y sentirnos orgullosos. Me gusta mucho bailar y que las personas vean que nos gusta hacer cosas con personas oyentes, para que vean que somos iguales a las personas oyentes.

El ladrón de diamantes es el resultado del taller Mi cuerpo, mi voz a partir de un proyecto inscrito por Gustavo Hernández en los Fondos Concursables de la Vicerrectoría de Acción Social de la Universidad de Costa Rica (Foto: Miriet Ábrego)

Vas a participar en una obra con bailarines profesionales. ¿Qué pensás sobre eso?

-Los movimientos del cuerpo son diferentes y ha sido difícil pero no estoy nerviosa, yo soy muy fuerte. Es muy importante que las personas oyentes vean que somos personas normales y que podemos practicar para mejorar en el baile, en la flexibilidad. ¡Ya no estamos tan tiesos!

Al presenciar el ensayo es evidente que los chicos no están para nada “tiesos”, como bien lo expresa Pamela. Corretean, brincan, hacen la vuelta de carreta -entre otras destrezas-, y además, en señal de gozo se ríen y gritan como campanitas que resuenan en el escenario del Teatro Montes de Oca.

Así, inmersos en ese viaje fantástico que propone El ladrón de diamantes buscan la joya perdida en medio de mundos acuáticos, subterráneos y galácticos, con serpientes a las que combaten con espadas y columpios con los que desafían la gravedad.

La obra es el resultado de un proceso de seis meses en el que los niños y el coreógrafo Hernández llevaron a la práctica el proyecto Mi cuerpo, mi voz, inscrito en los Fondos Concursables de la Vicerrectoría de Acción Social de la Universidad de Costa Rica, y cuyo objetivo es hacer un aporte al Departamento de Audición y Lenguaje del Centro Nacional de Educación Especial Fernando Centeno Güell.

El proyecto tuvo dos etapas: una compuesta por talleres facilitados solamente a los niños, y la segunda dedicada al montaje que incluye la participación de los estudiantes Norman Domínguez, Dalay Sánchez Torres, Henry Mendiola Padilla, Isabella Valverde Fernández, Pamela Fallas Guzmán, Sofía García Mora, Daniel Silva Méndez y Dylan Chinchilla Moya.

Inclusión

Para Hernández, el proceso ha implicado “un crecimiento muy grande, pues ellos me devolvieron el saber con certeza que la sordera u otro tipo de capacidades no son un límite, y que la capacidad expresiva y la composición artística o la creatividad son humanas, pero terminamos excluyendo a gente creyendo que no va a poder”.

Otro aspecto importante señalado por Hernández es la transformación que los niños han tenido, lo cual le permite reafirmar que estas prácticas deberían incluirse en la educación, “sobre todo para aquellos que por su sordera tienen una gran necesidad de expresarse por otro lado, porque no lo hacen verbalmente; hay una necesidad de autoafirmarse y desarrollar su personalidad a través del cuerpo”.

El objetivo ulterior de la iniciativa es que el arte sea inclusivo y se vuelva la mirada hacia la infancia de una manera artística, para generar espacios donde puedan expresarse y entrar en contacto con su cuerpo. (Foto: Miriet Ábrego)

Los talleres se desarrollaron mediante el juego, la improvisación y la expresión corporal con el fin de que los chicos entraran en contacto con su cuerpo y sus aptitudes expresivas. “Rápidamente detecté que ellos tenían una capacidad para usarlo, una consciencia probablemente por ser sordos y tener que expresarse corporalmente”, detalla Hernández.

Al entender que el cuerpo es un vehículo para manifestarse más allá del lesco, Hernández intentó no encerrrarlos en estructuras coreográficas rígidas, “ni de cuentas ni de música ni de apréndase mis movimientos sino lo que ellos tienen que ofrecer”.

Cuando empezaron a relacionarse con los integrantes de Danza U en la etapa de montaje, según Hernández también la comunicación y el vínculo fluyó de manera veloz: “los bailarines a través de una mezcla de mimo, señas, expresión corporal y colmillo de moverse, de usar el cuerpo más libremente, entraron en confianza y se entendieron con los niños”.

Hernández considera que esta dinámica facilita que los estudiantes se entrenen en la comunicación con personas que no hablan lesco, que son la mayoría, y a la vez, en la creación de lenguaje de señas nuevo, como ocurrió con la palabra ‘escena’ o ‘danza’, que se fijaron para ser usadas por la comunidad sorda en general.

El objetivo ulterior de la propuesta es que el arte sea inclusivo y que se vuelva la mirada hacia la infancia de una manera artística, para generar espacios donde puedan expresarse y entrar en contacto con su cuerpo, ya que el sistema educativo no lo implementa.

“Más allá de si el producto es una obra de arte, lo que importa es la acción social, la transformación que puede generar una actividad artística en las personas. Para nosotros como profesionales de la danza de una universidad pública es una manera de devolver lo que hemos aprendido”, concluye Hernández.

Ojos y cuerpo

¿Cuáles son los beneficios de este tipo de talleres?, le pregunto a la intérprete de lesco, Giselle Ugalde. “Desde la creación de señas nuevas hasta todo lo que individualmente y colectivamente el grupo obtiene, más los beneficios que tiene para la comunidad sorda, para la comunidad nacional, para la familia, para el público, para los bailarines. Yo he sido testigo de un proceso maravilloso de los estudiantes y los bailarines”.

¿Y para usted cómo ha sido?

-(Por unos segundos Giselle llora y enmudece): Estos chiquitos los conozco desde que tienen dos años; son niños que han batallado con la comunicación, con familias que no saben la lengua de señas. Imagínese lo que es crecer sin comunicación en el hogar, no entender qué dicen papá y mamá ni ellos entender lo que dice su hijo. Eso genera estrés, conductas a veces disruptivas, inadecuadas, ostracismo.

¿Las personas sordas cargan con estigmas?

-Por ejemplo que el sordo no puede bailar, pero el sordo es una gran oreja, porque las vibraciones de la música se perciben con todo el cuerpo, no solamente con la audición. Ellos no son sordos absolutos, tienen restos auditivos, por eso se les trabaja la estimulación auditiva, con ritmos, con música y sonidos desde que son bebés. Están acostumbrados a los silencios desde pequeños. Ellos son visuales, y la formación debe entrar por los ojos y el cuerpo.


El sonido de los cuerpos

Qué: Coreografía El ladrón de diamantes de Gustavo Hernández
Quiénes: Danza Universitaria y estudiantes de primaria del Centro Nacional de Educación Especial Fernando Centeno Güell.
Cuándo: viernes 13, 7 p.m. y sábado 14 y domingo 15 de octubre a las 11 a.m. y 4 p.m.
Dónde: Teatro de la Danza
Entrada: general ¢6.000 y estudiantes y personas adultas mayores ¢3.000
Precios en preventa: general ¢4.000 y estudiantes ¢2.500.
Entradas preventa: comunicarse a preventasdanzau@gmail.com con Cristian Obando.
Información: Tel. 2511-5564 o danzauproduccion@gmail.com

 

 

 

 

 

 

(Créditos: Foto: Miriet Ábrego)

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