Rosa Montero, escritora

Sin azúcar con Rosa Montero

Tengo que decirlo, mi encuentro con Rosa Montero en Madrid este pasado mes de junio me llenó de energía e inspiración.

Tengo que decirlo, mi encuentro con Rosa Montero en Madrid este pasado mes de junio me llenó de energía e inspiración. Una energía que ya se sabe, a veces se busca en lugares equivocados, se recibe cuando menos se espera y de donde menos se imagina.

Alrededor de las 7 p.m. nos sentamos frente a un té, una infusión para ser más exacta. Afuera termina de refrescar la tarde de la calle Ponzano. Tiempo perfecto para hablar de lo que nos une: la literatura.

Rosa Montero, esa extraordinaria escritora de mente rápida, ágil conversación y que admiro por su intenso trabajo literario y ciudadano, no deja de sorprenderme. Conversar con ella es presenciar un maratón de informaciones precisas que van acompañando cada opinión expuesta. La periodista asiste a la escritora y el resultado lo podemos ver en sus libros. Así que el tiempo agendado se fue rapidísimo, como suele pasarle al tiempo cuando se sabe agotado antes de que se quiera.

Conversar no es lo mismo que hacer una entrevista. Así que con esa aclaración y licencia, quiero recrear aquí algunas de sus opiniones, que para empezar son  muy contrarias a las expresadas por Ángeles Mastretta durante la caminata que tuvimos mientras la tapaba con mi sombrilla en dirección al Hotel Balmoral. Para ella, también gran escritora, la literatura vive un presente disminuido y  esta opinión no solo es de ella, sino que angustia a muchos escritores y escritoras.

Rosa Montero tiene otra visión. Sus opiniones son positivas y porque no esperanzadoras.

Siempre es difícil dar opiniones sobre los fenómenos que pasan y constantemente están cambiando, como los mismos movimientos sociales que hoy en día hacen virajes rápidos y para muchos injustificados. Así que buscar voces claras como faros entre la niebla que nos alumbren la casa es una buena manera de mantener la perspectiva.

Para Rosa Montero la literatura muy por el contrario de lo que piensan muchos no ha perdido su capacidad de ficcionar, ni se ha degradado con las redes, más bien se han multiplicado las ficciones y, entre más haya, mejor, porque habrá más lectores escogiendo entre libros físicos, formatos digitales y variedad de géneros. Otra cosa es la calidad, porque siempre habrá buena y mala literatura y con ella lectores que sepan diferenciarla.

Rosa conversa y mira con avidez el entorno, como si el mundo mantuviera un estado de enunciación permanente. Mueve las manos, pienso que tal vez sus dedos ya extrañan el teclado. Recuerdo sus Historias de Mujeres, sus personajes tan bien construidos como si las palabras se diluyeran en acuarela, describiendo de inmediato un mundo psíquico en femenino. Su Crónica del desamor, intensa; su obra de ciencia ficción Temblor, de efectos sensoriales precursores. La hija del Caníbal, impresionante, y más recientemente La Carne que nos hizo trotar y la recién llegada Los Tiempos del Odio, entre muchos otros títulos.

Hablamos de feminismo

Como buena española su voz es clara y lo dice sin preámbulos: “Las mujeres somos machistas y hay que empezar por aceptarlo para luego poder ir transformando la forma en la que vemos las cosas. La sociedad de hombres y de mujeres tiene que admitir que los hombres ganan más, que las opiniones de los hombres  pesan más y los trabajos e investigaciones firmados por hombres son más validados que los que son firmados desde una autoría femenina. Sobre esto hay varias investigaciones que lo corroboran.También hay machismo dentro de los feminismos e incluso relaciones que reproducen los roles de poder consolidados en el machismo entre las mujeres”.

Mientras habla yo afirmo con la cabeza y recuerdo decenas de situaciones que afirman lo que dice. El machismo es un asunto de todos.

Pedimos agua, cambiamos de posición la espalda y le pregunto qué opina sobre la literatura erótica. También es directa:

“No todo es liberación. La literatura erótica que para muchos puede ser liberadora puede ser ideológicamente machista, conservadora, liberal o feminista, transgresora, etc. Es un género que no cualquiera puede escribir. Ya que sus límites son sutiles pero claros. Si se pasan deja de ser literatura erótica. Lo que sí abunda es la pornografia y esto si es preocupante. Una sociedad adicta a la pornografia, al igual que adicta a los smartphone, es una sociedad paralizada”.

Le pregunto qué haría si trabajara en otra cosa y me corrige:

“Yo escribo ficción porque es parte de mi estructura psicológica, psíquica, no lo veo como un trabajo. Más bien no sé qué haría si no escribiera. Tendría que prescindir de una parte de mí. Lo que sí considero un trabajo es el periodismo.

Entre ambas escribo siempre o sino ando con una idea nueva para desarrollar. Duermo poco. Hago deporte y espero seguir haciéndolo: escribir y hacer deporte. -Sonríe. También quiero mucho a los animales”.

La observo y me pregunto dónde se obtiene esa fuente inagotable de energía, esas ganas de escribir e iniciar una novela nueva una y otra vez, y recordé el Síndrome de Shakespeare que menciona  Jonah Lehrer en su libro Proust y las Neurociencias,  como la verificación de que la genialidad no se da a solas, sino que viene acompañada de un lugar que lo propicie y un grupo social donde todos de alguna manera también sean geniales. Sonrío. Últimos sorbos del té.

-Gracias por tu tiempo y por tu escritura.

– Gracias a ti cariño.

Rosa no me deja que pague. De ahí salimos a buscar un autobús. Me acompaña hasta la parada de dónde sale corriendo para subirse en un taxi que aparece de milagro para llevarla directo al siguiente compromiso.

En la parada hay una mujer con una pierna dentro de un aparato ortopédico y un bastón.  Fuma y grita: -¡Yo conozco a esa escritora! Rosa se voltea y le da tiempo a decir: -Ella también es escritora!

La mujer me vuelve a ver y dice: -si supieran que la gente lee los libros y después los dejan, los tiran, los arrinconan en un estante, que lo he visto yo.

Tira el cigarro y lo aplasta con su pie bueno.

Llega mi autobús, subo y no puedo dejar de pensar en lo que ha dicho la mujer. ¿Qué sentido tiene el libro sino se lee?


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