Revolución en la caja boba

Series en serio

Algunos de los mejores largometrajes del siglo XXI duran más de 30 horas

Algunos de los mejores largometrajes del siglo XXI duran más de 30 horas: nos referimos a las series de televisión, entre las que destacan varias de HBO como Los Soprano y Bajo escucha.

Los hábitos de los espectadores han cambiado. También las formas de contar los relatos audiovisuales. Los filmes no se disfrutan necesariamente en los cines, ni siquiera en las pantallas de televisión, sino en las de un ordenador o una tableta. Las historias se prolongan más allá de las dos horas de los largometrajes de antes, hasta las 30 o más horas, repartidas en temporadas y episodios. Los personajes evolucionan lentamente −¡en ocasiones sin que los guionistas que los crearon lo adviertan!−, y envejecen con los actores y actrices que los interpretan.

Una década atrás se comenzó a hablar de la “edad de oro” de la televisión. Esto tuvo que ver con el éxito comercial de algunas series, como Lost (producida entre 2004 y 2010); pero principalmente con la calidad de algunas otras, en particular en aspectos como la factura formal, que nada tenía que envidiar al cine, y el guion, que respondía a reglas distintas a las de las obras cinematográficas.

Por supuesto, muchas eran las series malas, pero también había otras con un grado de sofisticación de la propuesta audiovisual y un abordaje complejo de temas espinosos que era infrecuente en la televisión producida antes del año 2000, salvo excepciones como Twin Peaks (1990-1991), de David Lynch o, en el género cómico, Seinfeld (1989-1998). No en balde a la televisión se le había llamado hasta entonces la “caja boba”, y eran pocos los creadores o intérpretes con algún prestigio interesados en trabajar en ella.

En el último lustro, un nuevo factor se sumó a la ecuación: los servicios bajo demanda por internet (streaming), que permiten al espectador descubrir o ver nuevamente las series de su preferencia, según las condiciones que este prefiera.

Son numerosas las empresas que ofrecen este servicio, como Hulu o Amazon, aunque en Costa Rica la más popular es Netflix, una plataforma que ofrece una amplia oferta que incluye alguna buena producción original, como House of Cards (2014-2017) o Jessica Jones (2015).

Sin embargo, si algo se puede extrañar en Netflix es la ausencia de las series de la empresa de cable estadounidense HBO, quizás la principal responsable de esta “edad de oro” de la televisión. Por esto, fue importante para los “seriéfilos” costarricenses el anuncio de que el servicio bajo demanda por internet HBO Go, con un catálogo que incluye los jóvenes clásicos de la televisión, se encuentra disponible en Costa Rica desde el pasado junio.

Tres y algunas más

En la actualidad, la marca HBO (Home Box Office, o “taquilla en casa”) está asociada a una serie, una cuya ambición y calidad no podemos cuestionar, a pesar de la dispersión de sus arcos argumentales y no pocos giros complacientes: Game of Thrones (Juego de tronos, 2011-2017), cuya sétima temporada se estrena justamente este 16 de julio.

HBO es, sin embargo, bastante más que Juego de tronos. En la actualidad produce el relato de ciencia ficción Westworld y la comedia Veep, unas semanas atrás concluyó la brillante The Leftovers (2014-2017) y apenas hace tres años estrenó True Detective (2014-2015), cuya primera temporada fue también notable.

Si nos vamos más atrás, encontramos que participó también en la producción de series muy elogiadas, como la fantasía teológica Carnivàle (2003-2005), o las ficciones históricas Deadwood (2004-2006), Rome (Roma, 2005-2007) y Boardwalk Empire (2010-2014).

Estas cuatro series son muy recomendables. Sin embargo, otras tres producciones de HBO no son solamente recomendables, sino que se les reconoce entre los puntos más altos de este feliz período para la ficción televisiva: The Sopranos (Los Soprano, 1999-2007), Six Feet Under (A dos metros bajo tierra, 2001-2005) y The Wire (Bajo escucha, 2002-2008). Sobre ellas, algunas líneas.

Los Soprano fue algo más que un fenómeno de la cultura popular. Esta creación de David Chase, que se prolongó durante seis temporadas y 86 episodios, fijó nuevos estándares para la televisión en cuanto a calidad formal y densidad argumental, se internó en terrenos pocas veces visitados por la ficción televisiva (la complejidad psicológica, la violencia, el humor negro, las secuencias oníricas) y retó a los espectadores con uno de los finales más insólitos de la historia de la televisión.

A través de un pobre diablo como el capo mafioso Tony Soprano (interpretado por el desaparecido James Gandolfini), un personaje tan repulsivo como magnético, esta serie afinó la figura del antihéroe, en torno a la cual han girado otras valiosas producciones como Mad Men (2007-2015), Breaking Bad (2008-2013), Sons of Anarchy (Hijos de la anarquía, 2008-2014) y la mencionada Boardwalk Empire.

La historia de A dos metros bajo tierra se desarrolla en torno a una familia, como Los Soprano, pero con una premisa muy distinta y que incluso, si bien no es insólita, es cuando menos paradójica: una serie que aborda el sentido de la vida a través de la muerte y que combina con elegancia e ingenio lo íntimo y lo cómico.

Creación de Alan Ball, el guionista de la oscarizada American Beauty (Belleza americana, 1999), los episodios acompañaban a la familia Fischer, propietarios de una funeraria en Los Ángeles, a lo largo de cinco temporadas y 63 episodios. Como en Los Soprano, la última secuencia fue memorable.

Hemos mencionado los nombres de David Chase y Alan Ball porque tanto Los Soprano como A dos metros bajo tierra son “series de autor”, como lo fue Twin Peaks, concebida por David Lynch, y como lo fueron Mad Men, creación de Matthew Weiner, y Breaking Bad, de Vince Gilligan.

Es el caso también de Bajo escucha, la serie de David Simon que es para muchos, incluido quien escribe estas líneas, el producto más alto de la ficción televisiva.

Antiguo periodista de sucesos, Simon se ha convertido en una suerte de paladín de esa televisión comprometida políticamente, exigente en lo estético y no complaciente con el gran público. Lo demuestran, además de Bajo escucha, las miniseries de las que ha sido responsable, como The Corner (La esquina, 2000) y Show Me a Hero (Muéstrame un héroe, 2016), y la serie Tremé (2010-2013), todas producidas por HBO.

Serie coral, con más de una veintena de protagonistas y quizás el doble de personajes secundarios, Bajo escucha es el equivalente audiovisual de la great american novel, esa que quiere decirlo todo sobre la sociedad estadounidense en un determinado momento y lugar. En este caso, la ciudad de Baltimore al comenzar el siglo XXI, recreada a lo largo de cinco temporadas y 60 episodios.

Como Los Soprano, dedicada a delincuentes de poca monta, con problemas de próstata, estrés y colesterol. La serie de Simon se aleja de la épica y la pompa y cuenta la historia de héroes y villanos grises, habitantes de una ciudad empobrecida y conflictiva, poblada de policías y narcotraficantes ineptos y vengativos, sindicalistas en decadencia, políticos oportunistas y periodistas mitómanos.

El título en inglés, The wire, es decir, “el cable”, se refiere a las escuchas telefónicas que sostienen las investigaciones policiales, pero remite también a la idea de que todos los componentes sociales se encuentran conectados.

Singulares y ambiciosas. Los Soprano, A dos metros bajo tierra y Bajo escucha son series que interpelan y exigen a su público para a continuación brindarle una experiencia estética e intelectual, como lo hace mucho el buen cine, la literatura y el arte. Sirvámonos de las posibilidades que brindan estas nuevas formas de ver para descubrirlas.

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