Óscar Castillo, “El rey Lear”: Volver al teatro era una decisión vital

Óscar Castillo: “El impuesto del espectáculo público para el Teatro Nacional hay una porción muy grande que se lo están robando, que no lo

Óscar Castillo: “El impuesto del espectáculo público para el Teatro Nacional hay una porción muy grande que se lo están robando, que no lo pagan”. (Foto: Katya Alvarado)

Su trayectoria es ampliamente reconocida en el teatro, el cine y la televisión nacional. Fue actor y director de teatro e incluso, dirigió la Compañía Nacional de Teatro. Hace veinte años actuó por última vez, en “Macbeth”.

Se enamoró del cine y dirigió el primer largometraje nacional, “La Segua”, además de otras ficciones como “Eulalia”, “Asesinato en el Meneo” y “El compromiso”.

Sus proyectos más conocidos son las series televisivas “El barrio” y “La pensión”, que lleva ya 15  años al aire.

Óscar Castillo volvió al escenario el pasado 12 de octubre, encarnando al emblemático rey Lear, protagonista de la clásica obra de Shakespeare, bajo la dirección de Fabián Sales.

Esta semana se realizarán las últimas presentaciones de “El rey Lear”, de jueves a sábado a las 7:30 p.m. y domingo a las 5 p.m. La entrada cuesta ¢ 4000 y ¢ 2000 para estudiantes y ciudadanos de oro.

En su camerino, en el Teatro de La Aduana, conversó con UNIVERSIDAD sobre su regreso a las tablas y sus perspectivas sobre el teatro y el cine nacional.

Considerando su trayectoria, ¿cómo fue regresar al escenario?

−Fue una decisión existencial bastante importante la idea de volver al teatro a actuar, después de veinte años. Fue una aventura, una decisión muy compleja, sobre todo por el tiempo transcurrido, el herrumbre acumulado en el aparato, en el instrumento del actor que es el cuerpo, las emociones, los sentimientos. Fue difícil, pero era una decisión vital.

Ha sido muy hermoso este regreso, una experiencia llena de recuerdos, de emociones encontradas y de razones.

¿Regresó para quedarse?

−“Never say never again”. No se puede asegurar que no va uno a volver, pero creo que no. El problema es el tiempo. El cine y la televisión demandan muchísimo tiempo.

¿El amor de su vida es el cine, el teatro o la televisión?

−Son complementarios.

¿Cuál es la importancia de representar teatro clásico, como “El Rey Lear”?

−Creo que lo más importante es que el teatro es capaz −o debería ser capaz− de movilizar las emociones, los sentimientos. Ese es el teatro en el que yo creo; lo otro son banalidades, es diversión. Uno que generalmente es tonto, entra tonto al teatro, puede que se ría una hora y luego sale igualmente tonto.

En cambio, cuando el teatro es de verdad, moviliza los sentimientos y las emociones. Es un teatro que tiende a que el individuo tome un poco más de interés por el mundo que lo rodea, por su vida, a lo que aspira como ser humano. En las funciones uno lo ve: los muchachos jóvenes están dele que dele al celular, pero a los cinco minutos de empezada la función, ahí no se mueve una hoja, se concentran y al final aplauden de pie y gritan bravos, porque es una obra que les dice cosas, que tiene un tema vigente. Por eso son clásicos, son vigentes eternamente.

Actualmente, creo que hay muchos grupos independientes tratando de hacer teatro que diga cosas y dramaturgos costarricenses también; están como conviviendo las dos cosas: un teatro muy comercial con un teatro que cada vez trata de decir más cosas.

¿Cuál cree que sea la situación del teatro actual en Costa Rica?

−No sé, pecaría de arrogante haciendo un análisis, porque en realidad hay una cantidad de propuestas que no me interesan y entonces no tengo idea qué está pasando ahí, pero me basta una relación: hoy (viernes 22 de noviembre) estamos haciendo la función número 24 de esta obra, es la sétima semana y ¿qué interés se percibe en los medios de comunicación alrededor de esta puesta en escena?

No todos los días se hace un Shakespeare en un país y no todos los días se hace un Shakespeare tan exitoso en materia de público como lo ha sido esta obra, pero la gente viene porque otros salen diciendo “hay que verla”. Y bueno, a UNIVERSIDAD le interesa, pero los otros medios aquí no se han asomado.

¿Cómo defender la cultura de la banalización? ¿Es posible?

−Por supuesto, eso es un trabajo de las instituciones de la cultura, de construcción, de creación del público, de enseñarle al público a valorar lo que tiene y lo que posee

Pero, ¿por qué los jóvenes, el 30 % dicen que no les importa lo que pase en las elecciones y que no van a ir a votar? Es la respuesta a la banalización de sus vidas.

Hoy ya no importa el otro, ya no existe la solidaridad. Yo oí a presidentes de este país decir que en todo proceso histórico había ganadores y perdedores… ¿cómo? Y todo el mundo dice “salado aquel” o “salada aquella”, y se acepta, porque hay “ganadores y perdedores”. Tras el desastre que hemos vivido, de corrupción, de robo, no hay quien se movilice y quienes se movilizan son pocos, y a la hora de votar, a la gente no le importa,  aunque es el único momento en que se puede sacar ese cucarachero.

Si no les interesa eso, ahora ¿algo que llaman cultura? ¡No! Eso es una pura polada y solo a los chancletudos les interesa eso.

Han logrado convertir una preocupación por algo fundamental, en algo peyorativo. Parece que hay una necesidad irreversible por seguir siendo dependientes y tercermundistas. Siguen viendo todo “pa´l norte” y todos quieren vivir en Miami.

¿Y se puede, desde las artes, ayudar a cambiar eso?

−Sí, si se tomara eso en serio, no como un asunto de vanidad personal o de ego. Yo no hago esta obra para satisfacer mi ego, esto es parte de mi vida y de mi responsabilidad social como actor. Uno tiene una obligación con el lugar donde vive y con los demás, no se puede vivir solo pensando en uno mismo.

Pasando al cine, este año llegaron a la pantalla grande más largometrajes costarricenses que nunca. ¿Es este un buen año para el cine costarricense?

−Hay una transformación general del audiovisual. Por un lado, influyen mucho las nuevas tecnologías, pues con un celular o con la cámara con la que me están sacando fotos se puede hacer una película. Es cuestión de tener imaginación, talento, creatividad y gente que lo haga. Por otro lado, se ha puesto de moda. Ahora es muy “in” estudiar cine y audiovisual.

Entre todo eso, se están gestando los buenos y malos cineastas del futuro. A mí me parece maravilloso que se haga tanto; algún día encontrarán un lenguaje y saldrá algo de todo eso;  ojalá que no se caiga en la cosa comercial ni en lo que solo le interesa a uno y a sus amigos. Temo que esa sea una forma de evadir el pelear por las pantallas que están dominadas por otra visión de mundo, por otra visión de la cultura y del ser humano. Usted antes preguntaba cómo pelear por la cultura, bueno, ahí se pelea.

¿Cuál es su criterio con respecto a la Ley de Cine?

−Pues estuve peleando mucho por ella, en el Congreso. Pero el problema de la Ley de Cine es un problema de dinero, y el problema de dinero está por todo lado; por ejemplo, el impuesto del espectáculo público para el Teatro Nacional hay una porción muy grande que se lo están robando, que no lo pagan. Se ha querido recuperar eso y no se ha podido, porque hay que pelear contra fuerzas muy grandes, que están concatenadas.

Démonos con un canto en el pecho que pagan Ibermedia todos los años, que ya es una gran ayuda y que ha permitido hacer muchas películas; pero, por lo demás, no creo.

No hay plata para el Seguro Social, no hay plata para las carreteras, ¿va a haber plata para el cine?

¿Tiene conocimiento de la Ley General de Cultura? ¿Cuál es su criterio?

−No, no mucho, y no, yo no creo que la cultura se haga a través de leyes. A ver, dígame usted, ¿de dónde viene la cultura popular dominante en el mundo?, de Estados Unidos.

La principal industria de exportación de Estados Unidos es cultura: cine, televisión y música; suman la principal industria de ese país. Han impuesto una forma de ver el mundo mediante sus conceptos culturales, han impuesto una manera de relacionarse entre las personas, de hacer negocios, han impuesto todo y una forma de vida. ¿Tienen una ley de cultura? No. Entonces no es necesario. ¿Había una ley de cultura durante el renacimiento? Tampoco.

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