Cultura

Sagrada Familia se reencuentra en sus relatos y personajes

Excatedrático de la Universidad de Costa Rica (UCR) rescata la historia viva de este mítico barrio del sur, en el que la cultura, los sueños, las drogas y la marginalidad conviven a diario

Más allá de los claroscuros que acompañan a Sagrada Familia, el barrio se reencuentra ahora con sus personajes y relatos. Esto gracias a un libro del historiador Guillermo Carvajal Alvarado, excatedrático de la Universidad de Costa Rica (UCR), quien vio emerger a este poblado en medio de las inclemencias y las dificultades, y cuyo aporte a la vida josefina es innegable en los ámbitos de la cultura, el deporte y la política.

Lo primero que llama la atención de este barrio, en el que hoy conviven unos 15000 habitantes de diferentes procedencias, es que fuera influenciado por los vientos alisios que dejó la revolución de 1948, y de esta forma pasó de llamarse Teodoro Picado Mishalsky a Sagrada Familia, porque con ello se buscaba aliviar las diferencias surgidas tras el conflicto, de ahí que la Iglesia Católica mediara para que el nuevo nombre evocara a una imagen icónica de la visión cristiana.

A lo largo de su historia, el barrio Sagrada Familia ha estado lleno de personajes de todo tipo. (Kattya Alvarado).

Con El barrio Sagrada Familia a través de mis lentes, Carvajal hace de cronista, historiador y relator de un poblado que nació en una finca agrícola y en el cual las personas se batieron el alma para darle una fisonomía y una proyección, así como las primeras luchas para que el crematorio que se les instaló en 1946 fuera removido, debido a las consecuencias que producía en cuanto a contaminación.

La lucha, primero por medio de las hoy extintas Juntas Progresistas, y luego de la mano de líderes locales permitió que el crematorio, a donde iba a parar buena parte de la basura, se convirtiera en el Parque 25 de julio.

“El libro es una mirada mía como vecino y como persona, ya no como historiador. De un libro como este podemos sacar grandes principios humanos fundamentales, como la solidaridad, el dar más de sí para que mis vecinos y mi entorno estén bien”, Guillermo Carvajal.

Carvajal hace una apuesta para que el barrio, al que llegó cuando tenía un año, pueda valorarse en su dimensión histórica, cultural y deportiva, porque de sus entrañas salieron figuras de un gran valor humano y con un alto sentido de la solidaridad. Visión que poco a poco se ha ido corroyendo en todo el espacio del sur de San José.

“El libro es una mirada mía como vecino y como persona, ya no como historiador. De un libro como este podemos sacar grandes principios humanos fundamentales, como la solidaridad, el dar más de sí para que mis vecinos y mi entorno estén bien. Lo otro tiene que ver en que si yo sé un oficio y me encuentro a un muchacho desorientado, me lo puedo llevar a mi taller para que aprenda. Eso era ser perico, o aprendiz. En Sagrada Familia hubo muchos artesanos que se dedicaron a la madera. Estamos hablando de otra Costa Rica, la de antes del Mercado Común Centroamericano”, explicó Carvajal, cómodamente sentado en la salita de la Librería Alma Máter, en Barrio Luján.

PERSONAJES

 Almous Bradley, el dueño de la finca agrícola ganadera sobre la que se desarrolló el barrio es un personaje secundario en la historia que recoge Carvajal, pero que al final será de trascendencia, dado que por la visión de vender lotes a precios asequibles permitió que a Sagrada Familia se unieran familias de distintas procedencias, incluidas algunas del exterior como de Nicaragua e Italia.

El libro recoge cómo los pobladores se organizaron para pedir el cierre del “crematorio”. Hoy en ese sitio está el Parque 25 de julio. (Kattya Alvarado).

Y entre la pléyade de personajes los habrá de todos los colores. Rafael Sagot, incansable luchador local, sería el primer presidente de la Junta Progresista, y un hombre que se partió la vida para que Sagrada Familia no se convirtiera en el perpetuo basurero de San José.

Antes Manuel Solera, quien siempre vivió al costado de la actual escuela Carolina Dent, fue uno de los fundadores del barrio, en el cual abundaron siempre los obreros y los artesanos. Solo así es entendible que en Sagrada Familia operara una marmolería, con materiales traídos expresamente desde Carrara, Italia.

María González, por su lado, fue una mujer líder de familia y de vocación comunitaria, que se convirtió en regidora municipal de San José, con lo que se tornó la primera “sagradeña” en alcanzar esa representación. Era tal su vitalidad, que ella fue incluso la impulsora de un equipo de fútbol: el Tobías Murillo.

A este grupo de gestores del barrio en busca de mejores condiciones económicas y sociales se unió Ernesto Naranjo, incansable desde su labor en el concejo municipal josefino. Marco Tulio Chavarría hizo un recorrido similar, al igual que Álvaro Fallas, quien tuvo una gran vocación de servicio desde las asociaciones de desarrollo y los partidos políticos.

El templo católico y el salón comunal que existía al lado representaron un punto determinante de encuentro de los sagradeños. (Kattya Alvarado).

UN LOGRO PARA SIEMPRE

 A pesar de que Sagrada Familia se fundó entre 1935 y 1940, tuvo que esperar casi 20 años para contar con su propia escuela. Eso fue en 1959, gracias a la donación de un terreno por parte de Carolina Dent. Por eso el centro educativo lleva su nombre, y después de muchas luchas de sus líderes, el barrio ya podía contar con su propia escuela, después de que el entonces presidente Mario Echandi cortara la cinta y diera por inaugurado las nuevas instalaciones del centro que operaba allí desde 1952 en otras condiciones.

Ahí se formarían cientos de niños, muchos de los cuales iban a deslumbrar desde sus respectivas áreas, convirtiendo a Sagrada Familia en un sitio digno, y no sólo señalado por el fenómeno que lo opacó a partir de los años ochenta, cuando la venta y circulación de drogas alcanzó puntos importantes que volvieron inseguro el espacio y motivó que algunas familias tuvieran que marcharse. También se dio el caso de que muchos de los fundadores optaron por aguantar el huracán que los alcanza hasta hoy y que se agravó con la proliferación de dos caseríos marginales: Los Ángeles y Gracias a Dios, los cuales luego de más de 20 años mantienen a sus pobladores viviendo en condiciones difíciles, y donde los jóvenes, en especial, eran presas fáciles de las promesas de los expendedores de droga.

El estadio se llama Teodoro Picado Mishalsky, nombre original del barrio Sagrada Familia antes de 1948. (Kattya Alvarado).

El primer centro donde se impartieron clases en Sagrada Familia fue en una casona en un terreno donado por Juan Dent en 1948. Tras este esfuerzo, Manuel Solera, Ernesto Naranjo, Leonidas Alvarado, José Rafael Soto, Rodrigo Vásquez, Francisco Días, María García, Rogelio Soto Molina y Nereida Soto Molina, y Santos Mora se dedicaron a trabajar en pos de conseguir una escuela con todas sus condiciones.

Le correspondió a Omar Hernández ser el primer director de la Carolina Dent y desde esa trinchera también impulsó una serie de actividades culturales que le daban a Sagrada Familia un vigor que con el paso de los años perdería porque al barrio entraban ciertos fantasmas, entre ellos el de la droga, que de paso había penetrado ya a media Costa Rica.

EL CINE LIZBETH Y EL AJEDREZ

En los años setenta, cuando el cine ejercía una influencia innegable en el mundo entero, en Sagrada Familia contaron con una sala a la altura de los tiempos y le correspondió al empresario Guido Ovares abrir el Cine Lizbeth, que de acuerdo con lo que narra Carvajal acabó con una sala marginal que se retrata por el nombre con que le conocían: el pulguero.

Tras el cine vino el bar y restaurante El Dorado, con una sala de baile para completar el cuadro y que los “sagradeños” tuvieran todo a su alcance, sin necesidad de trasladarse al corazón de la capital para tener su cultura popular al alcance de la mano.

El contraste entre el crecimiento vertical y el gestado después de 1950 es evidente en Sagrada Familia. (Kattya Alvarado).

El autor de Sagrada Familia a través de mis lentes sostiene que el swing, este baile criollo que luego pasó a ser estudiado desde la academia, tuvo su gran aporte en el barrio en el que transcurrió la mayor parte de su vida.

“Junto a la rica vida deportiva del barrio hoy descubrimos que el baile y notablemente el swing tienen un origen sagradeño. Así me lo mencionó uno de los grandes bailarines de swing en una amena conversación”, asegura.

Carvajal se refería a Edgar Moraga, quien le acompaña en la anterior afirmación del aporte de este barrio y su pasión por el swing.

Y en ese mosaico de historias y personajes, para Carvajal no podía faltar la figura del pintor Gerardo Romero Villegas, quien retrata en sus creaciones el espíritu de los barrios del sur en sus casas, entre otras de sus manifestaciones artísticas.

“Gerardo, vecino de Sagrada Familia, es universal al captar con su ojo, su paleta y su pincel al drogadicto, al piedrero, al borrachito, tal cual. Grandioso pincel que con su trazo nos deja un mensaje de nuestros tiempos”.

Y ahora que el ajedrez se puso de moda con la serie de Netflix Gambito de Dama, la historia de Francisco López, un nicaragüense que era barbero y que afincó en Sagrada Familia, no podía faltar entre los relatos del citado libro.

Cuenta Carvajal que en 1948 vino a Costa Rica el matemático y ajedrecista holandés Max Euwe, quien había sido campeón mundial entre 1935 y 1937. En una partida simultánea en La Casa España, en la que había que pagar ¢10 para poder ingresar. López fue uno de los dos que vencieron al que luego en los años 70 sería presidente de la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE).

Euwe se proclamó campeón del mundo después de vencer a Alexandre Alekine y cuando ya el ajedrez gozaba de un innegable prestigio en las clases altas.

“Paisita, que así llamábamos a don Francisco, me contó una vez esa historia, pero para ser honesto yo no le creí. Lo escuché con atención, pero la dejé pasar. Muchos años después Diego Leandro Murillo, con documento en mano, me confirmó lo dicho por don Francisco”.

López era barbero del barrio y fue uno de los primeros pobladores de Sagrada Familia en jugar al ajedrez, en el que alcanzó desarrollar grandes partidas en el país.

OTRAS YERBAS

Al tiempo que narra su visión de Sagrada Familia -a donde se trasladó su familia cuando él tenía un año, pues su mamá había ganado unos números del premio mayor de la lotería nacional-, Carvajal reconoce que en los últimos años el barrio se volvió difícil y que la presencia de la droga afectó a una parte de sus habitantes, pese a lo cual muchas de las familias fundadoras han persistido en mantenerse contra viento y marea en sus confines.

El cosmos de su Sagrada Familia, como plasma en el libro y en la conversación que dio pie a la entrevista, es muy amplio, empero a que la extensión geográfica del barrio no lo es.

Del fútbol, como expresión de este poblado josefino, pasa de puntillas el autor, porque ese merece un libro aparte. Desde el punto de vista social, el equipo de Sagrada Familia en los años ochenta y noventa fue un faro y un orgullo para todos los barrios del sur. De ahí salieron grandes figuras. La más emblemática y querida por los costarricenses: el capitán Roger Flores.

A este tema, no obstante, no entró el autor, porque era el turno de los pioneros, de los artistas, de los gestores comunales, de quienes lucharon por una escuela, un salón comunal, una iglesia y zonas verdes para enriquecer la vida de sus conciudadanos.

Sagrada Familia es un pequeño universo en sí mismo, con sus claroscuros y sus contradicciones a flor de piel. Es a su vez una expresión de ese crecimiento urbano y marginal que definió a buena parte del siglo XX, que parece tan distante y, en el que sin importar la condición, sus pobladores soñaron con que la ciudad tenía magia, amor e ilusión.

El libro presenta un mosaico de personajes y relatos claves en la conformación del imaginario de este barrio del sur.
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