Cultura

Pregoneros van camino a la extinción  

Como si fueran un reflejo de lo que sucede con los periódicos impresos, cada vez les cuesta más resistir tras la irrupción de Internet, que cambió para siempre la forma en que circula la información periodística y publicitaria. 

Según Ross Dawson, futurista estadounidense, en 2040 se publicará el último periódico impreso sobre la faz de la tierra y ello ocurrirá en Argentina.

Antes que Ross, el reconocido profesor y periodista Philip Meyer había afirmado que los periódicos impresos desaparecerían en 2043.

Juan Rafael López Vargas, como el resto de los pregoneros, se gana entre ¢70 y ¢95 por ejemplar vendido y se ubica a un costado del Banco de Costa Rica en San José. (Foto: Katya Alvarado).

Son muchos los pronósticos que de este corte se realizan desde la aparición de Internet y el mundo digital; sin embargo, las predicciones no siempre son exactas, aunque en medio de esos desfases se vislumbra un horizonte claro: los pregoneros van camino a la extinción y podrían desaparecer antes que los periódicos, en una ecuación en la que dos más dos no suman cuatro.

En el centro de San José, donde abundaban en cada esquina, ahora hay que ir a buscarlos a puestos estratégicos: al costado oeste del antiguo Banco Crédito Agrícola, a un costado de La Extra, en un esquina de la también desaparecida soda Chelles y más arriba cerca de las inmediaciones de la Asamblea Legislativa.

La mayoría de los pregoneros entrevistados son personas humildes y muy trabajadoras, que reconocen los drásticos cambios que ha experimentado el negocio de los periódicos en los últimos años.

Aunque cada cual tiene su estilo de gestión, la mayoría, además de revistas y periódicos, venden otros pequeños artículos para redondearse un salario. Algunos lo intentaron incluso con libros usados, pero en el caso de San José centro, la municipalidad les informó que esa era una práctica ilegal, por lo que tuvieron que dejarla de lado.

Hace 15 años, los lunes eran especiales porque los tirajes de los periódicos aumentaban de manera considerable, debido a que el domingo se había jugado la jornada del campeonato de fútbol nacional y los aficionados buscaban detalles adicionales a los ya conocidos gracias a la radio y la televisión.

Hoy, aquellos días dorados, en los que un pregonero vendía de un medio hasta 500 ejemplares son un recuerdo nada más, porque la realidad es totalmente distinta; sin agregarle la coletilla de la pandemia, que como una peste bíblica arrasó con comercios, emprendimientos y cientos de aspiraciones a lo largo y ancho de Costa Rica.

Miguel Valverde lleva dos décadas en esta esquina frente al parque de Aserrí. Su jornada empieza a las tres de la mañana. (Foto: José Eduardo Mora).

OLGA HERNÁNDEZ

Tiene su puesto de venta en el bulevar de San José, a tan solo diez metros de la esquina sur del Parque Central. Los números de venta que hoy maneja en relación con los años dorados de la venta de periódicos es abismal. Así cuenta que en promedio vende diez ejemplares de La Nación, 70 de La Extra y entre 50 y 60 “Tejas”.

Cuando se le consulta por los promedios de venta antes de la aparición de Internet, Hernández se resigna y contesta que solía vender un buen día hasta 1.000 ejemplares si sumaba los distintos medios escritos.

Esos tiempos, entiende, ya pasaron, porque reconoce que eso llamado Internet vino a cambiar la realidad del pregonero para siempre. Ella lleva en el oficio 33 años y ahora llega a su puesto de venta a las 8 a.m. y se va a eso de las cuatro de la tarde.

Los horarios de los pregoneros varían mucho dependiendo de la ubicación y según quién sea el gestor, puesto que cada cual responde a intereses particulares.

Pese a que la venta ya no es tan rentable como hace una década, el hecho de estar en su puesto, vender otros artículos y estar en contacto con la gente es lo que le da vitalidad como persona.

Doña Olga conversa con algo de timidez pero lo hace con amabilidad; no obstante, cuando se le consulta si hay permiso para fotografiarla para el reportaje se pone en guardia, lo piensa un momento y dice que “no, eso no”, porque no le gusta aparecer en los periódicos.

Contó que recibió por muchos años el Semanario UNIVERSIDAD pero que ya no lo vende, aunque señala hacia el frente, al otro lado de la calle para expresar que ese “colega suyo” sí lo tiene a la disposición de los transeúntes.

Para doña Olga su vida de pregonera tiene un gran significado y cuando habla se nota su orgullo por el oficio que le permite llevar el pan a su hogar. No tiene claro hasta cuándo el negocio se mantendrá en pie, pero lo que sí acepta es que los cambios en la lectura de los periódicos impresos han sido drásticos, sobre todo, “porque ahora todo el mundo los ve por Internet”.

A LAS 3 A.M.

 Miguel Valverde, oriundo de Guaitil de Acosta, pero vecino de San Rafael Abajo de Desamparados desde hace más de 30 años, empieza su día a las 3 a.m.

Lo primero que hace es subirse a una bicicleta estacionaria que se compró para hacer ejercicio, porque le recomendaron que debía estar en forma para prevenir enfermedades. Tiene 65 años y entonces entre las 3 y las 3:30 a.m. el ejercicio es sagrado. Acto seguido desayuna y espera a que le lleven los periódicos, luego sube a su esquina en el centro de Aserrí, ubicada frente al costado sur del parque.

En esa esquina es toda una referencia, porque la gente en Aserrí le tiene un gran aprecio, por ser un pregonero siempre atento, por tener ya una gran clientela y porque además de vender los periódicos tiene  para sus lectores revistas y algún que otro producto que le permita redondear un sueldo.

Don Miguel se siente muy satisfecho y orgulloso del trabajo que realiza. Cuenta con brillo en los ojos que una de sus hijas es licenciada en contaduría. El día que se le visitó en su puesto lo acompañaba su esposa Cecilia Hernández, quien a veces se une a la maratónica que él realiza hasta que sean la 1 p.m. o incluso las 2 p.m.cuando guarda los periódicos que no se vendieron y deja todo listo para comenzar la faena el día siguiente.

Don Miguel es metódico por excelencia y cuida al máximo las gabachas que los distintos periódicos le han dado a lo largo de sus ya más de 20 años de ser pregonero. Tanto es así que la que lleva ese día, ya de un azul desteñido por las muchas jornadas expuestas al sol y a veces a la lluvia, tiene en su lado izquierdo el logo del periódico Al Día, el cual dejó de publicarse el 30 de noviembre de 2014.

Como ya conoce a sus clientes identifica con facilidad cuando van a pasar con sus carros frente a su puesto y, como si fuera un gran jugador de fútbol, se anticipa a la acción.

Quienes le conocen saben que siempre está de buen humor y que es buen conversador, aunque al principio le cueste arrancar en la plática.

En esa esquina de Aserrí se distribuyen los periódicos La Teja, La Extra, La Nación y varias revistas gracias a que don Miguel no cesa en su espíritu de mantener su puesto abierto. Las ventas, en su caso, y como sucedió con los otros protagonistas de este reportaje, se han venido drásticamente abajo, aunque los lunes y los domingos siguen siendo días “buenos”.

Como la jornada se le hace larga y el trabajo exige presencia siete días a la semana, don Miguel decidió darse libre los miércoles, día en que le sustituye su hermano Manuel.

Philip Meyer, autor del libro Periodismo de Precisión y profesor emérito de la Universidad de Carolina del Norte, predijo que el último diario impreso se publicará en 2043. (Foto: Investigatinpower.org).

ESQUINA SAGRADA

 Juan Rafael López Vargas, vecino de Hatillo, tiene su venta de periódicos en el sector sur del Banco de Costa Rica, en el corazón de San José. En este lugar lleva ya dos años, pero su experiencia de pregonero suma muchos más.

Cuenta que por cada ejemplar de La Extra se gana ¢70, y que vende entre 30 y 40 ejemplares diarios. De La Nación solo consigue colocar entre 5 y 6 periódicos, aunque la comisión es de ¢95, la más alta que percibe. De La Teja tiene un promedio de venta entre 25 y 30 ejemplares, con una ganancia de ¢75 por unidad.

Don Juan Rafael tiene 72 años y recibe una pensión del régimen no contributivo, pero no le alcanza para vivir y además manifiesta que no le gusta quedarse en la casa, que necesita salir a relacionarse con sus clientes y sentirse útil en su labor.

Al igual que otros pregoneros, procura tener a la venta otras mercancías para obtener un ingreso digno. Le gustaba vender libros usados y explica que tenían buena salida, pero que del municipio josefino le informaron que esa actividad no podía ejercerla, por lo que tuvo que interrumpir esa línea.

La carretilla que utiliza se la facilitó La Extra y recuerda que durante la pandemia tuvo que guardarla porque se ausentó como cuatro meses, dadas las duras circunstancias por las que atravesaba el país y por la falta de visitantes a la ciudad capital.

EL MÁS FELIZ

Hace 15 años Bary Calderón Mora se quedó sin trabajo y aunque intentó vincularse a alguna empresa no lo logró, por lo cual su hermana Flor le dijo que existía la posibilidad de que vendiera periódicos a la entrada de la entonces Prensa Libre.

Pese a que en un principio quizá no estaba muy convencido de aquella salida, debía intentarlo, porque no solo necesitaba ingresos, sino también salir de la casa y sentirse útil para la sociedad.

Así lo hizo y hoy se le ve más que feliz, a pesar de las circunstancias de pandemia y de la drástica reducción en la cantidad de ejemplares que vende a diario en relación con hace 15 años.

Bary, que sonríe a menudo, el día de la entrevista había vendido 20 ejemplares de La Extra, 15 de La Teja y cinco de La Nación. Las cantidades hablan por sí solas. Su horario es de 8 a.m a 5 p.m., el cual cumple con puntualidad inglesa.

Como vecina de ventas tiene a Xenia León, que se gana la vida con diferentes productos, como tiza china para ahuyentar las cucarachas. Ella lo anima en días bajos de venta y se nota que entre ambos hay una sólida amistad por compartir la faena del día a día en un mundo cambiante y agobiado por la incertidumbre de la pandemia.

NO SE NECESITAN FUTURISTAS

A través del lente de los pregoneros se evidencia que no se necesitan futuristas ni expertos para prever que su futuro se vislumbra como aciago y es un camino que los lleva a la extinción, como en su momento desaparecieron los cobradores de los buses, los herreros y los zapateros, de los que solo queda uno que otro en las diferentes provincias.

La irrupción de Internet como World Wide Net surgió en 1991, aunque ya antes en 1962 por medio de Arpanet habían hecho conexiones en red que preanunciaban el cambio revolucionario que años después se concretaría.

En medio de esta realidad, en la que muchos periódicos nacionales suben su contenido en red y luego lo publican en impreso, los pregoneros perciben que la tendencia es que todo se lea en la red, en especial por medio de los teléfonos celulares.

De ahí que aunque no son necesariamente negativos en relación con el futuro de sus trabajos sí reconocen la tendencia que los llevará a su desaparición. Los pregoneros citados coinciden en que no saben cuántos años más pueden seguir en su oficio.

En ese sentido, las voces de los expertos tampoco son alentadoras. Gumersindo Lafuente, considerado como el máximo gurú de los medios digitales en España, y uno de los impulsores de El Diario.es, expresaba en República Dominicana en febrero de 2020 que los periódicos impresos de ese país “desaparecerían pasado mañana”, al tiempo que le decía a los dueños de medios impresos que se olvidaran de las rotativas y del papel.

Aquel pregonero –don Miguel—que recorría los diferentes pasillos de las facultades en la Ciudad Universitaria Rodrigo Facio anunciando las noticias de los periódicos del día, así como los títulos más destacados de UNIVERSIDAD, ya no tiene cabida en el mundo actual. Quedan los pregoneros que tienen sus puestos fijos, pero cada vez son menos, como si fueran un reflejo, en los casos que corresponde, de una prensa que tiene dificultades para informar bien y para presentarle a sus lectores análisis de la realidad válidos y que ayuden a interpretar los hechos.

Los pregoneros, de la mano de los periódicos impresos, hace ya rato que comenzaron un viaje hacia la extinción, en un panorama que cada vez se les complica más.

Los pronósticos de expertos como Dawson y Meyer todavía están abiertos, en momentos en que las grandes cabeceras de periódicos, como The New York Times, The Washington Post, The Guardian o El País van encaminados a resistir la fuga de la publicidad impresa gracias a la venta de suscripciones digitales.

Mientras ello sucede, doña Olga, don Miguel, don Juan Rafael y don Bary se levantarán cada mañana con la ilusión de distribuir la información del día o de la semana, según sea el tipo de medio, con el entusiasmo intacto, a sabiendas de que la sombra de Internet permea en el horizonte y llegará el momento en que oscurezca por completo su oficio.

 

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