El placer de la lectura según Harold Bloom

Con un breve pero profundo ideario, el autor estadounidense ilumina el camino de la lectura.

Harold Bloom, el crítico literario más relevante en los  últimos 40 años en Estados  Unidos, considera que la  “lectura es la búsqueda de un placer  difícil” y sobre este paradigma ha  elaborado un esbozo del lector ideal  para renovar la forma en que se lee.  Irreverente, polemista, profesor  emérito de la Universidad de Yale.

A  sus 87 años es todavía una conciencia  que agita, ahora desde las sombras,  debates sobre el rumbo de los estudios literarios y la función en cuanto  al pensamiento que deben cumplir  las universidades.

Desde niño fue un lector precoz y  voraz, y a través de sus libros, entre  ellos El canon Occidental; Shakes- peare: la invención de lo humano; La  anatomía de la influencia, la litera- tura como modo de vida; ¿Dónde se  encuentra la sabiduría, y Cómo leer  y por qué, ha ido dejando pistas sobre  el valor de la lectura como ejercicio  del pensamiento profundo y lineal.  Heredero de los clásicos y románticos críticos ingleses, en especial  Samuel Johnson y William Hazlitt,  y nacido el 11 de julio de 1930, Bloom  ve en la lectura un camino para que  el individuo sea capaz de “juzgar  y opinar” por sí mismo lo que con  la irrupción de Internet se ha ido  perdiendo.

Un fenómeno que, Nicholas Carr  expone en su libro: Superficiales:  ¿Qué está haciendo Internet con  nuestras mentes? En este ha enfatizado: los procesos de enajenación  del pensamiento ante el poder de las  tecnologías actuales.

La lectura, para nuestro autor, es  un principio para interactuar con “la  alteridad” propia o ajena, y es el más  saludable placer “desde el punto de  vista espiritual”.  “Leemos no solo porque nos es  imposible conocer a toda la gente que  quisiéramos, sino porque la amistad es vulnerable y puede menguar o  desaparecer, vencida por el espacio,  el tiempo, la falta de comprensión y  todas las aflicciones de la vida familiar y pasional”.

Para que ese “placer difícil” tome  sentido y se convierta en parte activa de la existencia del lector ideal  que perfila en Cómo leer y por qué y  en varios de sus libros, dado que la  crítica literaria forma parte de ese  quehacer, es necesario desarrollarla  “como una disciplina implícita”; es  decir, mediante un modelo personal  e intransferible.

¿Se puede enseñar a leer?, se pregunta Bloom con Virginia Woolf, y  asegura con ironía que el mejor consejo es no aceptar consejos, pero acto  seguido advierte que, mientras “uno  no llegue a ser uno mismo”, no estaría  de más escuchar a los más sabios en  el arte de leer, práctica que se disparó  tras la aparición de la imprenta de  Gutenberg en 1439, y que cambiaría  de una vez y para siempre el curso  de la humanidad.

Para este crítico literario, hoy  longevo y cansado, “leemos para  fortalecer nuestra personalidad y  averiguar cuáles son sus auténticos  intereses”.

De ahí que participe de la idea de  Francis Bacon sobre el cultivo de la  lectura: “No leais para contradecir  o impugnar, ni para creer o dar por  sentado, ni para hallar tema de conversación o disertación, sino para  sopesar y reflexionar”.

Esa reflexión y ese sopesar se han  visto afectados con la irrupción de las  nuevas tecnologías, como sucedió en  los años cincuenta con la televisión  cuando se consolidó como medio.  “La niñez pasada, en gran medida  mirando la televisión, se proyecta  en una adolescencia frente al ordenador, y la universidad recibe a un  estudiante difícilmente capaz de acoger la sugerencia de que debemos  soportar tanto el haber nacido como  el tenernos que morir; es decir, de  madurar.

La lectura resulta incapaz  de fortalecer su personalidad, que,  por consiguiente, no madura”.  En ese sentido, “los placeres de la  lectura son más egoístas que sociales”, porque “uno no puede mejorar  de manera directa la vida de nadie le- yendo mejor o más profundamente”.

A partir de este punto, Bloom rechaza que la lectura personal tenga  relación directa con el bien común,  pero en sus principios luego se dejará  arrastrar por ese halo del romanticismo de lo que alguna vez representó el  “intelectual” para la sociedad.

Para Bloom, cuyo canon occidental todavía hoy despierta polémicas, y en el que marginó, como  suele hacerlo, a los autores latinoamericanos, todo comienza y termina  en Shakespeare, cuyo Hamlet o Rey  Lear, son capaces de ir hasta las más  hondas profundidades del ser.

“Cuanto más lee y pondera uno  las obras de Shakespeare, más comprende uno que la actitud adecuada  ante ellas es la del pasmo.

Cómo pudo  existir no lo sé, y después de dos dé-  cadas de dar clases casi exclusiva- mente sobre él, el enigma me parece  insoluble”, asegura en La Invención  de lo humano.

Para tener una idea de la “bardolatría” de Bloom, basta con solo  asomarse a la visión que tiene de  Hamlet, el único personaje, sostiene, que es capaz de competir con sus  tres precursores de su personalidad:  “el Yahweh del Escritor J (el más  antiguo escritor del Génesis, Éxodo,  Números), el Jesús del Evangelio de  Marcos y el Alá del Corán”.  Leído lo anterior, ya nadie se escandalizará, cuando Bloom afirma:  “Una cultura universitaria en la que  la apreciación de la ropa interior de  la cultura victoriana sustituye a  la apreciación de Charles Dickens  y Robert Browning, recuerda las  vitriólicas satíricas de Nathanael  West, pero no es más que la norma.

Una consecuencia involuntaria de  esa ‘poética cultural’ es que no puede  surgir un nuevo Nathanael West ,  pues semejante cultura universitaria  no podría soportar la parodia”.

PRINCIPIOS PARA LEER

En su recorrido por autores de su  predilección, Bloom esboza lo que  son sus principios para renovar la  forma de leer.

El primero es: Límpiate  la mente de tópicos, entendido aquí  tópicos como lugar común, dado que  la traducción está un poco estirada.

Considera despejar el camino y  alejarse de esos conceptos “pseudointelectuales” que obstaculizan  la lectura y que en muchos casos  hasta son propiciados en los campos  universitarios.

El segundo principio es el siguiente: No trates de mejorar a tu vecino  ni a tu ciudad con lo que lees ni con  el modo en lo que lo lees.

Reafirma  aquí esa visión de que la lectura es  un acto individual que tiene como  aspiración suprema fortalecer la  “personalidad”.  “El fortalecimiento de la propia  personalidad ya es un proyecto bastante considerable para la mente y  el espíritu de cada uno: no hay una  ética de la lectura”.

El tercer principio parece, no  obstante, contradecir el primero y  el segundo: El intelectual es una vela  que iluminará la voluntad y los anhelos de todos los hombres.

La idea de este principio tiene  reminiscencias del pensamiento de  Emerson, admite, y explica: “No hay  por qué temer que la libertad que  confiere el desarrollo como lector sea  egoísta, porque, si uno llega a ser un  lector como es debido, la respuesta a  su labor lo confirmará como iluminación de los demás”.  Y remata: “Emerson dijo que la  sociedad no puede prescindir de las  mujeres y los hombres cultivados”.

El cuarto principio evoca la acción a la que llama cualquier lectura  profunda a la que se aspire: Para  leer bien hay que ser inventor.

Y es de  nuevo Emerson el que agita la flama  en este punto.  Es el misreading de Bloom, traducido como lectura desviada, y que  tantos dolores de cabeza le ha generado a lo largo de su vida.

“La confianza en sí mismo no es  un don ni un atributo, sino una especie de segundo nacimiento de la  mente y no sobreviene sin años de  lectura profunda”.  La recuperación de lo irónico es el  quinto principio para la renovación  de la lectura, pero a esta altura, ya  el autor admite su escepticismo, el  mismo que ha lastrado la propia enseñanza universitaria producto de  las modas.  “…enseñarle a alguien a ser irónico es tan difícil como instruirlo para  que desarrolle plenamente su personalidad.

Y, sin embargo, la pérdida de  la ironía es la muerte de la lectura y  de lo que nuestras naturalezas tienen  de civilizado”.  En un mundo en el que sobreabunda la información, el viejo profesor  de Yale, después de compartir sus  principios para renovar la lectura,  expresa: “No hay una sola manera  de leer bien, aunque hay una razón  primordial para que leamos.

A la  información tenemos acceso ilimitado, pero, ¿dónde encontraremos la  sabiduría?

(Créditos: Foto: tomada del Facebook de H. Bloom)


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