País reclama una política nacional del libro y la lectura

La necesidad de llevar el libro más allá del GAM y la de rescatar el Consejo Nacional del Libro son dos desafíos

La necesidad de llevar el libro más allá del Gran Área Metropolitana y la de rescatar el Consejo Nacional del Libro son dos desafíos en los que coincide el sector.

Aquellos tiempos dorados en los que un lector, como Don Quijote de la Mancha, dejaba hacienda, criada y confort para lanzarse al mundo a desfacer entuertos, motivado por las luces y las sombras que la lectura le habían producido parecen haber desaparecido y el efecto de los 400 años, desde que Miguel de Cervantes Saavedra, en la cárcel de Sevilla, empezó a concebir su inmortal e inigualable personaje, se nota en el público.

Los números dejan traslucir un sombrío panorama de la lectura y el libro en Costa Rica, no obstante, los actores directos de este mercado cultural los matizan, azuzados por el empeño, la pasión o las visiones que se deslizan en silencio por debajo de la realidad, y que los hacen mirar el presente gris con ciertas dosis de optimismo.

La Encuesta Nacional de Cultura 2014 dicta que un 51, 4% de los costarricenses no leyeron ni un solo libro durante el 2013, por lo que el país reclama una política nacional del libro y la lectura, dado que ante su ausencia, los esfuerzos públicos y privados se dispersan en diferentes direcciones.

Luis Bernal Montes de Oca, presidente de la Cámara Costarricense del Libro, explicó que hace seis años, “por lo menos”, contaban con el Consejo Nacional del Libro, que era un ente convocado por el Estado para intentar articular las distintas políticas que apuntaban al fomento de la lectura, pero que una funcionaria del Gobierno de turno “lo desconvocó”, por considerar que dicho foro no era relevante.

Frente a este panorama, sostiene Montes de Oca, los datos de la Encuesta Nacional de Cultura de 2016, aún no dados a conocer, “no serán muy distintos de los de hace dos años”.
En la citada encuesta, de ese 49,6 % que dijo haber leído al menos un libro en 2013, un 30% expresó que leía todos los días o una vez a la semana, y el 57 % lo hizo por gusto o entretenimiento, mientras que el 21, 5 % por estudio.

“Yo le voy a decir, esas cifras (de la encuesta que está por publicarse) no creo que hayan variado para bien. No creo que haya habido un aumento del hábito de lectura. En eso estoy convencido, yo he venido abogando desde hace rato, porque debemos desarrollar una política del libro y la lectura”, puntualizó Montes de Oca.

Entre quienes se decantaron como lectores, el 21% leyó un libro en el citado año, un 40% de dos a cuatro, y un 34,5%, cinco libros o más.

Las cifras de lectura, pese a que plantean un panorama gris, no desalientan del todo al sector, como lo confirmó Luis Amón, de la Librería Internacional (ver entrevista aparte), Óscar Castillo, director de Uruk editores, o Carmen Madrigal, directora de la Biblioteca Nacional.

No obstante, en otras latitudes con números mejores que los de lectura en el país, existe una gran preocupación por el rumbo tomado, tal es el caso de España, donde la consulta de 2015, publicada recientemente, precisó que el 39,4% no leyó ni un solo libro, lo que contrastaba con el creciente aumento de títulos disponibles, tanto de las editoriales tradicionales como de las emergentes.

Frente a esa situación, que pone a España diez puntos arriba de Costa Rica, los editores lanzaron un “SOS” por considerar que la lectura no solo sufrió un estancamiento con respecto a años anteriores, sino que todo hace indicar que va hacia un retroceso, de ahí que hayan urgido al Gobierno a escuchar su planteamiento.

Una vía similar podría seguirse en Costa Rica, porque el primer paso a dar es “despolitizar” el tema y que deje de ser del Gobierno de turno para que sea “un asunto de Estado”.

“Necesitamos de una labor conjunta, que sea una gestión integral del Estado, no hablo del Gobierno de turno. Precisamos de una política en la que el Estado impulse el fomento a la lectura y que esa acción surja sin banderías políticas”, reafirmó Montes de Oca.

“Nosotros intentamos rescatar el Consejo Nacional del Libro y lo que hizo el funcionario, no lo voy a citar, fue boicotearnos, porque aducían que el Consejo se había hecho muy grande, pues si es así que haya representación de los sectores”.

PARÉNTESIS OBLIGADO

En 2014 producto de la preocupación del sector de educación por lograr que los estudiantes mejoraran en la comprensión lectora y tuvieran una relación más directa con el lenguaje, se instauró un nuevo programa para la enseñanza del español en el nivel del primer ciclo, es decir, en primero, segundo y tercer grado de primaria.

El nuevo enfoque pasaba de un modelo en el que se ponía énfasis en la gramática de la lengua a otro “comunicativo funcional”, en el que lo primordial es la autonomía y eficacia en el uso del idioma. Ello con el afán de que los niños se enamoren del lenguaje y lo estudien con mayor gusto.

Las alertas las había encendido el Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés), que había determinado en 2012 que el 67% de los estudiantes costarricenses apenas disponía de una comprensión lectora básica.

En aquella oportunidad la puntuación en lectura fue de 436 puntos. En 2015 los estudiantes nacionales registraron una puntuación de 427, es decir, que hubo una disminución de nueve puntos.

En este rubro los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) obtuvieron un promedio de 493.

La situación respecto de la capacidad lectora de los estudiantes los resumía el entonces titular del Ministerio de Educación Pública (MEP), Leonardo Garnier: “Nuestros estudiantes no saben leer ni escribir bien”.

El panorama, según las pruebas PISA, no ha cambiado y este es el contexto en el que se velan las armas para quienes están involucrados en el ámbito de la lectura y el libro.

OPTIMISMO EN LAS BRUMAS

Para Óscar Castillo, de Uruk Editores, pese a que los números de la citada encuesta son fríos y desalentadores, si se miran con calma y se les ve por el otro costado, pueden invitar a la esperanza y a la lucha, en un país en el que la gestión de una editorial y de la lectura son empresas titánicas por la falta de articulación de políticas nacionales que abran caminos y fomenten vías.

“Esa estadística dice que hay un 51% de la población que no ha leído un libro en todo el año, quiere decir que un 49% si leyó, entonces habría que ver qué fue lo que hizo ese 49%, vista así la cifra es positiva”.

Para este editor, si bien los niveles de lectura no son satisfactorios, está convencido de que, entre los jóvenes, ha habido un incremento, en especial por medio de soportes digitales.
La encuesta de 2014 determinó que un 16,7% de quienes respondieron que sí habían leído lo hicieron por soportes digitales.

“Hay un grupo de jóvenes, y de adultos jóvenes, que se han venido acercando al libro y nosotros lo hemos detectado en la Feria Internacional del Libro, por ejemplo. De nuestras ventas el 72% eran de listas de libros obligatorias, ahora eso ha pasado a ser un 50% en el último año. Esto es muy interesante, porque hay que preguntarse qué es lo que está provocando ese cambio de que la gente lea más por su cuenta. Mi posición es que falta mucho en cuanto a la lectura voluntaria, pero nuestros números nos llenan de entusiasmo”.

Ante la falta de elementos que articulen una política nacional de la lectura y el libro, Castillo considera que, incluso, hay “a quienes no les interesa correr el riesgo de fomentar un pensamiento crítico y autónomo”, como sucede con un sector de la clase política.

Así como se publican muchos malos libros, cree que han surgido nuevas voces de calidad y que la lectura voluntaria ha mejorado, pero frente a esta visión de optimismo, empieza a deslizarse sigilosamente esa otra cara que lleva a Castillo a cuestionar el hecho de que en la primaria se dé una especie de tendencia que lleva a no pedirle libros a los niños para evitarles gastos a los padres.

“Esta tendencia, en algunos sectores del MEP, es muy grave y es un cáncer, porque es como pedirle a un jugador de fútbol que ahorre en los balones. No se les pide que ahorren en el uso del celular o en la pantalla, no, se les pide que ahorren en la compra de libros”.

Aunado a lo anterior, la concentración de los libros en el Gran Área Metropolitana (GAM) y la dificultad de los sectores más desfavorecidos para acceder al libro “acarrea un problema político de primer orden” que el país debe de atender, asegura.

“Esto revela que hay una absoluta y total ausencia de una política nacional del libro. Este es un asunto nacional y tiene que ver con el ejercicio de la democracia”.

En su análisis, Castillo concluye que la clase política y los Gobiernos de turno ven el tema de la lectura y el libro como uno menor y ello se refleja en el uso del poder.

“Se piensa primero en el plan fiscal, por considerarlo de mucha mayor relevancia, pero en cultura propiamente, muchas veces se privilegia aquello que exhibe, aquello de corto plazo, y son cosas buenas, pero si queremos una ciudadanía culta y crítica debemos hablar de una política nacional del libro y la lectura”.

Agregó que pese a los esfuerzos “no nos han dado respuesta con el Consejo Nacional del Libro, desde que una funcionaria lo desconvocó” por considerarlo de menor importancia.
“En relación con la lectura y el libro no hay proyectos ni objetivos de mediano y largo plazo”.

LA VISIÓN ESTATAL

Carmen Madrigal, directora del Sistema Nacional de Bibliotecas (Sinabi) aseguró que en las 35 bibliotecas públicas y las 23 semipúblicas (trabajadas en coordinación con los municipios) ellos atienden a un millón de usuarios y registran 3,4 millones de préstamos.

El Sinabi cuenta con varios programas de fomento de la lectura que abarca a públicos de diferentes edades, incluidos los niños y los ancianos.

Consultada, entonces, sobre cómo relacionaba los datos que maneja la Encuesta Nacional de Cultura, dijo que todo dependía del tipo de preguntas que se planteen al entrevistado.

En su criterio, los esfuerzos que hacen desde el Sinabi son “muy válidos” y sostuvo que los resultados no siempre se ven en el corto plazo.

“Como bibliotecóloga yo quisiera, desde luego, que los niños leyeran más, que los adultos leyeran más, que los papás leyeran más e incluso que la gente llegue a leer a las librerías”.

Expresó que desde 2004 el proceso que se dirigía a crear una política nacional del libro y la lectura se descontinuó y que uno de los grandes desafíos es determinar de dónde saldrán los recursos para impulsarla: “Los presupuestos son cada vez más pequeños”.

En un mundo en el que las tecnologías digitales han irrumpido con fuerza y seducción, ya no hay lectores como Don Quijote, dispuestos a sacrificar vida y prestigio por hacer valer las enseñanzas del libro entre manos, y a salir por los caminos de la mancha a enfrentar gigantes y encantamientos.


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