Miguel Salguero: el gran cronista de la Costa Rica rural

Tras su partida el 21 de marzo, el escritor y periodista deja un gran legado en sus crónicas y reportajes.

En 1998 descubrí la existencia de Ryszard Kapuściński y me quedé fascinado con su propuesta como cronista. Ese periodista polaco que solo conocía las fronteras de su país tras la cortina de hierro, un día sale al mundo con los Nueve libros de la Historia de Herodoto bajo el brazo y el aliento de Ernest Hemingway en su mochila, y se convierte en un gran cronista de ese continente eternamente desconocido que es África.

Lo que no sabía, a pesar de que pasé por la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Costa Rica, es que aquí en 1962 echó a andar su pluma un periodista llamado Miguel Salguero, que con el paso del tiempo se convertiría en el gran cronista de la Costa Rica rural de la segunda mitad del siglo XX.

Dejó una herencia de más de 30 libros, muchos de los cuales recogen sus crónicas y reportajes.

Si mañana Costa Rica desapareciera por un evento natural y solo quedaran libros para que los arqueólogos, historiadores y sociólogos reconstruyeran minuciosamente su Historia, los tres grupos tendrían obligatoriamente que hurgar en los textos de Salguero.

Aunque su labor lo llevó a la televisión y al cine, donde se desarrolló plenamente fue en el periodismo escrito, y su época de oro la vivió con La vida en Tiquicia y Gentes y Paisajes en La Nación, primero, y luego como revista independiente, en la que contó con colaboraciones de lujo como el escritor y periodista Carlos Morales y José León Sánchez.

Ese afán por descubrir al costarricense en su hábitat: ya fuese en el campo agrícola, en la llanura guanacasteca o en el Caribe, hizo que el cronista viajara en su propio jeep, porque el periódico en el que trabajaba no tenía carros. Salguero siempre iba con los cinco sentidos del periodista, como dijo Kapuściński, muy atentos.

“Estar, ver, oír, compartir y pensar”. Este era el rosario al que debía apegarse el cronista, según el periodista polaco mientras deambulaba por las guerras interminables de África. En “Tiquicia”, Salguero, mucho antes, ya había hecho suyos esos preceptos.

LA HERENCIA DE LA TIERRA

Miguel Zúñiga Díaz, quien años más tarde sería conocido como Miguel Salguero, nació en Guatil de Acosta, 10 kilómetros al sur oeste de San Ignacio, un distrito de Acosta apostado entre montañas y laderas.

Ahí conocería en sus primeros años, y luego en su vida andariega por todo el país, el valor de la tierra para el campesino, la relevancia de su lenguaje, y las cosmovisiones que definían su mundo y sus límites.

Por eso, cuando muchos años después va a los pueblos en busca de información para sus crónicas y reportajes, ya Salguero sabe el código en que habla la ama de casa, el peón, el ganadero y el hombre duro del campo, las más de las veces tímido, machista y siempre aspirando a formar una familia como culminación de su hazaña en su paso por este Valle de Lágrimas.

Ese acercamiento es clave en el tipo de periodismo que haría, por el que mereció, muy pronto, el Premio Joaquín García Monge.

Hay una anécdota que ha circulado tras el fallecimiento de Salguero el 21 de marzo de 2018, a sus 84 años, y es que Guido Fernández, quien fuera su segundo director en La Nación, se ponía feliz cuando Salguero, desde algún lugar de la “mancha”, llamaba para reportar que se había quedado varado con el jeep, y que necesitaba dinero para reparar el carro.

La razón de la felicidad del director se daba porque aquello era la manifestación de lo que cualquier director quiere de un reportero: que esté en el “lugar de los hechos”, donde surge la noticia, donde está la historia en espera de un narrador.

Tras su salida de La Nación, Salguero continuó haciendo Gentes y Paisajes durante mucho tiempo y la revista incluso llegó a tener 64 páginas por edición, lo que en la época era toda una proeza, porque ya en ese medio, él tenía que hacer de todo, desde los reportajes hasta coordinar la publicidad, el diseño y la impresión.

Muchos de sus 30 libros publicados, la mayoría por la editorial de la Universidad Estatal a Distancia (Euned) salieron de su quehacer periodístico.

LA FACULTAD DEL QUE ESCUCHA

Salguero tenía una gran facultad para escuchar, lo cual es esencial para un comunicador, pero sobre todo y ante todo para un cronista. De esa sensibilidad llevada hasta el límite saldrían trabajos excepcionales, en muchos casos, y la mayoría de ellos de una gran envergadura periodística.

La arquitectura de las crónicas, a primera vista, parece simple, pero la magia estaba en que con una frase Salguero era capaz de describir una determinada situación que luego iba hilando mediante diálogos, que era la forma más directa de darle voz a los cientos de personajes que poblaron sus historias.

Leyendo sus crónicas siempre tiene uno la certeza de que el periodista no está reporteando desde dentro de una sala de redacción. No, el periodista está en la pampa, en el lago, en el zapotal, en el maizal, en la cancha de fútbol, en la sabana: ahí donde haya una historia. Ahí está el cronista.

Son muchos las crónicas y reportajes que dejó Salguero para que los jóvenes vayan a buscarlas, y ojalá las lean para que descubran a un periodista de una talla extraordinaria.

En varios de sus libros recogió muchos de sus trabajos. Los dos tomos de Caminos y veredas, y en especial Las historias de Aniceto Valderrama.

El estilo narrativo de Salguero era directo y sencillo, pero nunca simple. Y tenía ese “algo” que siempre es imprescindible en el arte, para llegarle al alma del asunto abordado, y que recordaba José Ortega y Gassett en su libro La deshumanización del arte.

Así las numerosas crónicas y reportajes que aparecen en Las historias de Aniceto Valderrama nos van dejando un retrato milimétrico de cómo era ese hombre de la Costa Rica rural, cuáles eran sus aspiraciones, sus luchas, sus fracasos, sus sueños, y, por ende, cuál era su ideario, el que se movía entre las arenas de la realidad demoledora y las falsas ilusiones, como medida para sobreponerse a la adversidad.

PERIODISTA SIEMPRE

El hombre que fue casi todo: excombatiente, el más joven de la guerra del 48, dado que solo tenía 14 años cuando se unió al frente del Ejército de Liberación Nacional en San Isidro de El General; vendedor, pulpero, proyector de cine, comerciante, político, cineasta y productor de televisión, lo que quería con toda su alma era ser periodista.

En una entrevista en 2005 me dijo: “Cuando trabajaba para Zúñiga y Compañía como vendedor de línea blanca empecé a mandar colaboraciones anónimas a los periódicos, porque a mí lo que de verdad me interesaba era escribir. Ya me había dado cuenta de que los trabajos de oficina y esas cosas no eran para mí. Yo en realidad lo que soy, y siempre quise ser, fue ser periodista y punto”.

“Ser periodista y punto”. Y para ello la mejor forma era llegar a donde le hubieran dicho o donde él intuía que había una historia para contarla a sus lectores. Por eso anduvo por trillos y veredas.

“Yo iba por un camino hacia un lugar y en eso veía un trillo y no podía resistirme desviarme de la ruta para ver qué había ahí, porque precisamente ahí podía haber una gran historia”.

“Estar, ver, oír, compartir, pensar”: el ideario de Kapuściński, mucho antes de que el célebre periodista polaco lo compartiera con los alumnos de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) en un taller en Buenos Aires, Argentina, en octubre de 2002, ya Salguero llevaba años practicándolo y sacándole la mejor partida.

 

En vida recibió muchos reconocimientos, incluido el Joaquín García Monge de Periodismo cultural, pero el país le quedó debiendo el Magón.

LA VOZ DEL OTRO

En las crónicas y reportajes de Salguero aflora con una pasmosa facilidad la voz del otro. El cronista apenas si aparece para reafirmar que estuvo allí, pero todo el protagonismo es para los hombres de carne y hueso que cuentan sus historias.

Y es entonces, cuando aparece un vocabulario que ya hoy parece de siglos idos, pero que estaba en la boca de los costarricenses hace apenas cincuenta años.

De esta manera, de sus crónicas se desprenden términos y expresiones como “peregrino (sin rumbo); andareguear (ir por el mundo); arriando (ganado), cursientas (vacas); aporrea (forma para obtener el frijol de las vainas), Tatica (Dios); se llevan la porra (se jodió todo); milpa en cabello (en primera etapa); se chiquea (se envanece), la sal que lo persigue a uno (mala suerte); requetesalado (el colmo de la mala suerte); babosas (ingenuas); panza (estómago); mocosos (niños); rodadera (andar como nómada para allá y para acá); comedera (el diario); carromato (especie de vehículo jalado por un caballo); chuiquitas (ropa); la vieja (la mujer); achará (una lástima); atarantar un poco la tripa (comer algo); riega de frijoles (sembrar frijoles tirándolos al campo); jarana (deuda); chasparria (situación de una planta, del café por ejemplo); empachado (enfermo por una mala digestión); nos remendamos (nos arreglamos); apearle la gallina (cortarle la cabeza); rula (cuchillo largo para trabajar en el campo); trifulca (pelea); hecho pistola (maltratado); fábrica de chirrite (guardo de contrabando); confisgada (muchacha); chocho (medio loco); matas de tollo (vástagos); nos hicimos una maleta (hacerse pareja o se pelearon); espeso para la rula (bueno para las peleas con el cuchillo con que trabajan los jornaleros); hecho leña (acabado) y echar carbón (inducir a).

La lista de términos y expresiones que retratan a esa Costa Rica rural de la segunda mitad del siglo XX que se encuentran en las crónicas y reportajes de Salguero son apenas una muestra de las riquezas con que el periodista construía sus historias y de paso retrataba como pocos a esas zonas que todavía hoy son desconocidas para una gran parte de la población nacional.

Ahondar en sus crónicas sobrepasa los propósitos de este artículo, pero valga citar al menos dos casos. En una oportunidad a Salguero lo invitaron a ver una pelea de boxeo que tuvo lugar en el Gimnasio Nacional y él no tenía la menor idea de cómo contar un combate ni iba a ello, no obstante, no rechazó el reto, y ya “en el lugar de los hechos” no se resistió y terminó escribiendo una crónica mediante una solución genial: contó la pelea por intermedio de terceros, por medio de los locutores y comentaristas especializados que esa noche cubrían la velada en la que el peso pesado Rafael Vega, de Costa Rica, peleaba primero contra un puertorriqueño y luego contra Teófilo Stevenson, medallista olímpico de Cuba.

–Eso, dale… mucho Vega; lanzá ese yab… dale con la derecha, atizale con la izquierda, peliá de cerca, Costa Rica… ra…, ra…, ra…

“El combate” es una gran crónica y lo mismo sucede con “35 años entre Liberia y la Cruz”, en la que cuenta la vida del cartero José Canales. En un espacio reducido de “tres cuartillas y media”, Salguero logra darle dimensión y retratar un momento de la historia de esa zona guanacasteca, con un lenguaje preciso, limpio y siempre al servicio de comunicar de la mejor manera.

CURIOSIDAD INFINITA

Salguero me contó en la citada entrevista que su padre Venerando Zúñiga era un gran lector y que él recogió esa herencia, que a la vez sería su gran escuela, porque a la enseñanza formal solo pudo asistir cuatro años. Es decir, no logró obtener ni siquiera el diploma de primaria. La savia, no obstante, estaba en otra parte.

Cuando Manuel Formoso, entonces director de La Nación dijo a mediados de los años sesentas que lo mejor que le había pasado a la Cultura costarricense era la aparición de los poetas de Turrialba y Miguel Salguero, el periodista reflexionaba así:

“Lo que pasa es que hay gente que puede escribir correctamente, pero se pasa la vida metida en una academia. Es en la vida donde suceden las cosas”.

Ese hábito de la lectura heredado de su padre y la mirada de reportero que impregnaba todo su hacer, su forma de mirar el mundo, y su curiosidad infinita, lo llevaron a defender siempre la experiencia vital.

“Una vez Enrique Benavides dijo que él no se explicaba el éxito de escritores que no sabían escribir como José León Sánchez o Alfredo Oreamuno, Sinatra, y yo le contesté en una columna diciéndole, mire, don Enrique, es la experiencia de la vida la que hace la diferencia”.

Hoy, muchos años después, y tras repasar las magníficas crónicas del escritor nacido en Guaitil de Acosta, he entendido que la ecuación era a la inversa: primero debí leer a Salguero y después a Kapuściński.

 

 

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