Cultura Crónica

Microcosmos arquitectónico es un triste espejo patrimonial

En un recorrido por una pequeña parcela de la capital, se puede comprobar cómo los aires de la modernidad mantienen en el olvido y el abandono a un importante conjunto arquitectónico a tan solo cien metros del Teatro Nacional.

Es una tarde de verano en San José, llena de sol y de luz, los transeúntes siguen raudos sus destinos, sin reparar en la arquitectura de una capital que desde 1950 se niega a sí misma.

En la urbe hay una mezcla de construcciones que han sobrevivido procedentes de finales del siglo XIX y edificios erigidos en la segunda mitad del XX. En el combate pierden claramente aquellos inmuebles que buscaban que San José fuera una copia diminuta del París con el que soñaba la oligarquía.

La mezcla de modernidad con olvido y destrucción lastima a esta capital que tiene fama de ser una de las más feas de América Latina, aunque quienes sostienen esa afirmación no la sustentan con elementos fácticos y la promueven simplemente con base en opiniones personales.

Más allá de esa falsa imagen, que hace unos años explosionó en Internet, debido a una publicación del periódico El Mundo, de España, lo cierto es que el cultivo de la conservación del patrimonio es una idea que todavía no cala ni en la población ni en la institucionalidad costarricense.

Este muro es lo único que se conserva de lo que fue hasta 1971 la Biblioteca Nacional. No hay ni siquiera una placa que lo recuerde. (Foto: José Eduardo Mora)

El mejor ejemplo es el microcosmos arquitectónico que existe tan solo 100 metros al norte del Teatro Nacional, conformado por el Cine Variedades, la Casa Jiménez de la Guardia, la destruida Biblioteca Nacional y el edificio Maroy.

Tres de estos inmuebles —Cine Variedades, edificio Maroy y Jiménez de la Guardia— cuentan con una declaratoria de patrimonio histórico-arquitectónico, pero hoy están sin uso, mientras que de la tercera solo quedan unos muros como prueba fehaciente de que ahí fue, por muchos años, el centro que reunió miles de libros y que le permitió a cientos de costarricenses enriquecerse con el conocimiento infinito que se guardaba en ellos, pero que no bastó, y tampoco la singularidad arquitectónica, para impedir que el edificio terminara convertido en un estacionamiento público.

Entre las  edificaciones hay mucha historia, pero sobre todo es un reflejo de lo mal que ha convivido la arquitectura en San José, donde se careció de un plan que permitiera la irrupción de eso que llamaban modernidad, pero sin que fuera necesaria la devastación de una ciudad de la que tan solo quedan muestras y vestigios de una visión que invitaba a la convivencia y al disfrute, porque, además, estaba llena de cafés.

Lo del Cine Variedades es una situación insólita, dado que en 2013 fue adquirido por el Estado costarricense, por un monto de ₡956 millones, con el fin de convertirlo en la cinemateca nacional; no obstante, dadas las diferencias entre lo que pretendía ser una restauración, pero que en realidad apuntaba más a una remodelación, sin considerar lo establecido en la ley 9555 y su reglamento, hizo que el proyecto terminara en nada.

En la actualidad, se desconoce cómo está el edificio por dentro. Lo más visible es la fachada, que es el elemento más significativo de la construcción por el contacto que permite establecer con los transeúntes, la mayoría de los cuales, sin embargo, están tan familiarizados con que el cine permanezca cerrado, que lo asumen como un componente más del paisaje capitalino.

Y entonces, ahí está el teatro más antiguo del país, construido en 1892, incluso cinco años antes que el Teatro Nacional, anclado en una situación incierta, sin futuro, y casi sin pasado, porque al parecer este no contaba en los nuevos planes que tenían dispuestos para él.

El empresario español Tomás Garita fue quien decidió construir lo que en un principio se conoció como el Teatro Variedades y que luego, una vez que lo compró el italiano Mario Urbini, varió su nombre a Cine Variedades, por destinarse a la proyección de películas, con lo cual se le cambió el uso en la segunda década del siglo XX.

La fachada corresponde al estilo neoclásico y fue diseñada en 1913. La preocupación de quienes consideran que dicho espacio debe preservarse, pero que para hacerlo es imprescindible el uso, es que del inmueble únicamente salven su parte frontal y desechen el resto.

El Cine Variedades, atrapado entre edificios que representan a la modernidad en San José, tiene ya más de una década –desde 2013—de que fue adquirido por el Estado costarricense, sin que su avisore cuál será su futuro. (Foto: José Eduardo Mora)

Este punto fue el centro de la discusión entre la iniciativa liderada por el Estado y el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos), sección Costa Rica.

En 2017, al intervenir en el diálogo sobre cómo se iba a efectuar el acondicionamiento del Variedades para que se convirtiera en la Cinemateca Nacional, el Icomos apuntó: “En las presentaciones orales realizadas por los encargados de conservar el inmueble del Cine Variedades, ante la Comisión Nacional (de Patrimonio) en ningún momento se habla de los valores históricos, artísticos, sociales, técnicos y otros del Teatro Variedades”.

Una consulta de este periódico al Ministerio de Cultura, para un reportaje publicado en junio de 2022, dejaba claro que la restauración pasaba casi por un milagro. De la fecha de esa publicación a la actualidad, la situación no ha cambiado a favor del inmueble y todo se mantiene en el limbo.

“Como es de conocimiento público, el antiguo cine-teatro Variedades fue adquirido por el Centro de Cine, con la finalidad de desarrollar el proyecto de Cinemateca Nacional. Este proyecto, que incluye la solicitud de permiso de intervención al Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural, nuevamente se suspendió en el año 2021 por inexistencia de recursos financieros, ya que los recursos con los cuales se pretendía proceder con la restauración del inmueble (un superávit específico consistente en ₡1.219.986.069,25) fueron recuperados por el Ministerio de Hacienda en diciembre de 2021”, explicaba el Ministerio de Cultura.

La aparición del Teatro Variedades tenía una razón de ser en 1892, debido a que, con el terremoto de diciembre de 1888, el Teatro Municipal de San José, conocido también como Teatro Mora, quedó destruido.

En ese entonces, el Variedades sirvió para la difusión de obras y zarzuelas españolas. El espacio disponía de 384 butacas, lo que para la época significaba un espacio más que respetable.

Los caminantes de San José que van de compras o hacia sus trabajos o a hacer transbordo para dirigirse a cantones cercanos y que pasan por el frente del Cine Variedades no sospechan que detrás de esa fachada, hoy verde claro, se esconden cientos de historias relacionadas con el cine y el teatro, y que constituyeron un pilar que le permitió a San José consolidarse como la ciudad, culturalmente hablando, más importante de Centroamérica.

Y en medio de la tarde veraniega, sobre la que se puede contemplar lo que en otro tiempo fue un templo de la cultura costarricense, cuesta imaginar que una vez que el Variedades pasase a manos del Estado este sea incapaz de gestionarlo y mantenerlo en pie, luego de que la capital, por los aires de modernidad y los cambios vertiginosos de la economía y las tecnologías, se fue quedando sin cines.

Desapareció el cine Rex, frente al Parque Central, donde hoy está instalada la tienda Pague Menos y una sucursal del McDonald’s. Desapareció el cine Moderno, que estaba cercano a donde hoy se encuentran las instalaciones del Diario Extra. Desapareció el cine Palace, ubicado en el costado norte del Parque Central, y en su lugar existe hoy una tienda. Desapareció el Cine Universal en Paseo Colón. Desapareció el Cinema 2000, que, antes de intentar sobrevivir con el cine porno, proyectaba cine de autor y películas de interés general. Desapareció el Cine California. Y la lista podría continuar.

La realidad que vive hoy el Cine Variedades, a pesar de que es patrimonio histórico y arquitectónico, según el decreto ejecutivo No. 28249-C del 20 de octubre de 1999, no es exclusiva de este inmueble.

Una casa fantasma

A tan solo 100 metros al norte del Cine Variedades se encuentran la Casa Jiménez de la Guardia y el edificio Maroy, ambos sin uso desde hace más de una década. Quien camine sin prisas por este sector capitalino se dará cuenta de que, si bien la casa aludida no ha recobrado la grandeza que le caracterizó cuando perteneció a un miembro de la oligarquía costarricense, alguien debe ocupar de manera temporal y, probablemente, sin autorización, algún espacio de ella, porque al frente se observan dos plantas pequeñas que son indicios de vida humana. El detalle es como quien no quiere la cosa, pero ahí está. Lo cierto es que esta edificación, que tiene más de un siglo de construida, continúa sin el uso para el que fue creada.

Ese caminante capitalino, que lleva sus urgencias diarias y sus propias preocupaciones, sin querer, quizá, tienda a preguntarse por qué una casa que alguna vez fue majestuosa, hoy se encuentra en una situación de abandono.

Esta construcción ha pasado por varias fases. Incluso en un momento fue restaurada y desde luego ya cuenta con una declaratoria patrimonial, pero nada la ha salvado del naufragio.

Hay que recordar que la casa de los Jiménez Guardia fue construida en 1905 y en ella vivió el prestigioso abogado Manuel Francisco Jiménez Ortiz.

Responde al estilo arquitectónico art nouveau, que, por entonces, se extendía por el mundo y que con la conexión de las familias oligarcas costarricenses llegó hasta Costa Rica.
El art nouveau, que tuvo sus raíces en Bélgica y Francia, buscaba una ruptura con el arte que predominaba hasta ese momento, como el eclecticismo y el historicismo. Pretendía transmitir una nueva realidad, es decir, aferrarse a lo que a dicha altura del siglo se consideraba moderno.

El inmueble cuenta con una construcción de 902 metros cuadrados y es, a pesar de su incierto uso y conservación, todavía atractiva para los turistas que caminan por las principales calles de San José y que no resisten, a diferencia de los ticos que por ahí se desplazan, a tomarse una fotografía.

En 2010, por el estado de abandono, la casa sufrió vandalismo. Drogadictos y vagabundos comenzaron a llevarse partes que podían extraer sin que hubiese ningún mecanismo que lo impidiera. Luego fue restaurada, pero su recuperación no ha sido posible como para que en ella se pueda impulsar alguna acción de corte cultural. Para alguno que lo haya olvidado, esto sucede en el corazón de San José, en un país cuya capital se considera el centro de la cultura en Centroamérica.

Y como si tuviera que hacerle sombra, a pesar de su atracción arquitectónica, el edificio Maroy, que está contiguo a la Casa Jiménez de la Guardia, también está en desuso y sujeto, por ende, a sufrir un mayor deterioro.

Ambas edificaciones son patrimonio histórico-arquitectónico. En el caso de la casa, el decreto ejecutivo No. 27488-C del 2 de noviembre de 1998, y publicado en el diario oficial La Gaceta Nº 245 del 17 de diciembre de 1998, estableció dicha condición.

El edificio Maroy resultó declarado patrimonio mediante el decreto Nº 28555-C del 29 de febrero de 2000 y publicado en el diario oficial La Gaceta Nº 72 del 12 de abril de 2000.

La Casa Jiménez de la Guardia, también sin uso y en abandono, es una muestra de una construcción que perteneció a la oligarquía y que pese a su valor histórico hoy forma parte de ese microcosmos arquitectónico en el olvido. (Foto: José Eduardo Mora)

Triángulo de las Bermudas

Como si San José quisiera escenificar un capítulo más del Triángulo de las Bermudas, en el que las cosas y las personas desaparecen sin mayor explicación, justo enfrente de la Casa Jiménez de la Guardia y a 100 metros del Cine Variedades, hoy solo quedan vestigios de lo que fue la Biblioteca Nacional.

Ni los costarricenses que transitan por este sector josefino, ubicado a tan solo 250 metros al norte de la Plaza del Teatro Nacional, ni los extranjeros que se desplazan hacia el Hotel Aurola Holiday Inn, tienen idea que esos muros de concreto, oscuros, que hoy albergan a un parqueo, fueron en otro tiempo parte de una de las bibliotecas más emblemáticas del país.

En el libro, Levantar la mirada, segundas plantas en San José, de Guillermo Barzuna y Flora Ovares, dos autores que se han ocupado del estudio de la influencia cultural en varios ámbitos, se apunta: “Sabemos que donde existe un estacionamiento en San José, hubo antes un edificio patrimonial. Uno a uno, edificios emblemáticos eran derribados, hasta llegar a la demolición de la Biblioteca Nacional. Era la instauración de ‘La civilización del parqueo”.

La biblioteca, de la que hoy quedan esos muros silenciosos, que para muchos transeúntes quizá no signifiquen nada, era un templo del pensamiento y de la cultura. Cientos de investigadores, jóvenes estudiantes y profesores desfilaron por este espacio desaparecido como si hubiese entrado en el espiral del Triángulo de la Bermudas, versión despojo cultural.

“La biblioteca era también lugar de tertulia de los parroquianos josefinos. Un espacio de pasillos hacia lo alto colmados de libros y de maderas en sus estanterías que nos seducía y que disfrutábamos. Junto con este recinto entrañable, la ciudad estaba llena de librerías como Trejos Hermanos, López Valerín, Lehmann, Universal, Acrópolis, que contribuían con la cartografía cultural del centro de la modesta capital”, apuntaban en su libro Barzuna y Ovares.

Microcosmos destructivo

La destrucción de ese San José de antaño, revestido de manifestaciones arquitectónicas que eran ecos de los diferentes tiempos y aspiraciones que vivía la capital, se puede percibir en este microcosmos que conforman el Cine Variedades, la Casa Jiménez de la Guardia, el edificio Maroy y la destruida Biblioteca Nacional.

Lo sucedido en este microcosmos arquitectónico no da para equipararlo con la teoría fractal en matemáticas, en la cual el conjunto más pequeño es capaz de reproducir al más grande con rigurosa exactitud, pero la recuerda.

Y quien continúe andando la ciudad con una mirada distinta. Con esa mirada que no obvia al pasado, porque el pasado también cuenta, más allá de modernidades y eras digitales, descubrirá para su propio asombro, que lo ocurrido con estos edificios emblemáticos también sucedió en la mayor parte de la urbe.

Que a golpe de mazos y de billeteras y en nombre de la sacrosanta modernidad, de la que todavía no se sabe con exactitud qué es, se destruyó una idea de ciudad. Se destruyó a la pequeña París con la que soñaba la clase política más poderosa del país que, por paradoja, también se devoró así misma en el ámbito político.

Todavía no ha anochecido en San José. La luz de la tarde veraniega se filtra por los distintos rincones de la ciudad adormecida en materia cultural y que no se da cuenta de que el poco patrimonio que posee se le escapa entre la indiferencia y la inacción.

El conjunto aludido es una muestra implacable de esa triste realidad, la cual se vuelve aún más triste cuando se comprueba que ese microcosmos del Cine Variedades, la Casa Jiménez de la Guardia, el edificio Maroy y la Biblioteca Nacional, en un radio de apenas 150 metros, se repite sin césar en esta San José sin memoria ni respeto por el arte y la conservación.

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