Entrevista a Itatí Moyano, asistente de dirección de la serie Merlí

Merlí ha muerto, ¡qué viva la filosofía!

A lo largo de dos temporadas, la argentina radicada en Costa Rica y Barcelona, Itatí Moyano, trabajó en Merlí, serie catalana que Netflix.

Advertencia: de entrada esta nota contiene un spoiler. Merlí muere en la tercera temporada de la serie catalana con mayor suceso en la historia audiovisual española de la era de Internet.

Si fuera Merlí Bergeron el autor del artículo, él diría con abrumadora ironía, media sonrisa con camanance y un guiño cómplice: “toca hacer el duelo y seguir adelante, mis peripatéticos”.

A pesar de que Merlí es mujeriego, con rasgos machistas y políticamente incorrectos, entre otros defectos muy visibles e intolerables para algunos, también posee ciertas virtudes que bastan para que los espectadores se rindan a sus pies.

En el último capítulo de la tercera temporada Merlí fue vista por 620 000 espectadores en Cataluña. (Foto: cortesía Itatí Moyano)

A su vez, este personaje se rinde a los pies de la filosofía y a su vocación de pedagogo, así como de sus queridos alumnos con quienes conecta con afecto desbordante para comprenderlos y ayudarles a resolver sus problemas más personales y apremiantes.

Cómo no querer a Merlí, si el actor Francesc Orella seduce un día sí y otro también con su mirada de enfant terrible revuelto con Peter Pan y osito cariñoso, temible combinación que transmite, con su fuerza de sensible y gran intérprete, una incorrección por subsanar o una vulnerabilidad que abrazar.

En todo caso, Merlí es consciente de sus contradicciones y juega con nosotros no sin cierta maliciosa ingenuidad, confusión que se perdona por la empatía irremediable que provoca.

La empatía es la madre de todo afecto y solidaridad, y ese mismo sentimiento es el que genera la turba de adolescentes, desordenada y ansiosa de libertad, emociones y sexualidad, que está a punto de dar el salto cuántico hacia la adultez y que gira alrededor del maestro como los planetas alrededor del sol o los átomos del núcleo.

Tal vez en eso radica el éxito de la serie creada y producida por Veranda TV y emitida por la cadena catalana TV3. Con guion de Héctor Lozano y dirigida por Eduard Cortés, el capítulo final de la tercera temporada logró un récord de audiencia en Cataluña de 620,000 espectadores. Es un hecho, Merlí crea adicción.

Los derechos de Merlí fueron comprados por el grupo Atresmedia que la dobló al castellano y la emitió a nivel nacional en el 2016, y ese mismo año, Netflix compró los derechos de la serie para emitirla internacionalmente.

Ahora Merlí es una célebre historia, de la cual forma parte Itatí Moyano como asistente de dirección.

Moyano es argentina que por largas temporadas radica en Costa Rica y en Barcelona, España, donde realizó cursos de dirección de cine con el afamado Bigas Luna y estudió formalmente en el Centro de Estudios Cinematográficos de Cataluña.

Desde entonces se dedica por entero a la carrera que la ha llevado a trabajar en series, como Sé quién eres, y en 30 películas, entre ellas, El orfanato de Juan Antonio Bayona. Actualmente es productora ejecutiva de 2funtv, plataforma de contenido digital con sede en nuestro país.

UNIVERSIDAD conversó con Moyano sobre Merlí y sus discípulos, su trabajo como parte del equipo de producción y sobre las razones por las cuales el adorable y contradictorio personaje muere de un infarto cerebral.

¿Cómo fue tu trabajo como asistente de dirección?

—Con todos los condicionantes que tiene todo el mundo, generas el plan de trabajo diario de cada persona –a qué hora entra y sale cada quién–, pero, sobre todo, ordenas la posibilidad de rodar la historia de una manera muy efectiva a nivel económico, o sea, aprovechar al máximo el presupuesto y todo lo que conlleva cada día de rodaje. Luego llevas el rodaje día a día. Somos como las madres del rodaje a lo interno.

Creo que la serie causó mucho impacto por tratarse de adolescentes en esa etapa y por ese personaje de Merlí, que a veces podía generar como un…

—Como un amor-odio, una empatía….

Sí, como una ambivalencia; a veces te podía parecer tan machista… pero, a la vez, la serie te provoca sentir cariño por él.

—Yo no diría que es machista. Él se gestó en otra época y su pensamiento filosófico es excesivamente abierto. Creo que él trata de salir de un caparazón social que es muy anterior a la época de los chicos y, sin embargo, es una persona que tiene la franqueza de hablarles sin tapujos, ponerse a la altura de la situación que está viviendo cada uno y poder resolverla de manera muy libre. Creo que se escapa de encasillarlo como “este tipo es así”, aunque es un repugnante porque dice las cosas de mala manera. Lo que sí es que trata de ser disruptivo y transgresor, que a veces no puede caer bien. Es un tío que tiene todas las etapas negativas que un ser humano puede tener: celoso, poco comprometido con sus relaciones personales, crítico de más o muy satírico, sin pelos en la lengua, con poco tacto.

 ¿Cuáles son los factores que hicieron que el público se sintiera atraído y siguiera la serie? La serie plantea algo muy rico que es la pedagogía seguida por Merlí y la relación con los chicos. A la gente la cautivó.

—Primero, los actores están muy bien escogidos. Hay que tener en cuenta que Héctor (Lozano), el guionista, ya tenía idea de los personajes y ya sabía cómo irían de alguna manera, pero es cierto que terminó de conformar la segunda y tercera temporada, y casi todos los capítulos, en función de las personalidades que le imprimieron los propios actores  a los personajes.

Fueron creciendo y redondeándose a partir de las características de cada uno de los actores…

—Exactamente, porque los actores tienen cierta parte de los personajes, que explotaron y profundizaron, porque tanto Héctor como un coach (entrenador) que tuvieron los tres años hicieron un trabajo excepcional. Previo a cada temporada, unas dos semanas antes de arrancar el rodaje, se instalaban tres días en un campo a preparar las secuencias más complicadas, a retomar los personajes desde la intimidad, desde lo interno de cada uno. Los actores eran los personajes y vivían acorde con esos personajes. El coach de interpretación siempre estaba calendarizado en los días de rodaje en las secuencias complejas. Héctor es uno de esos guionistas que cada día iba al trabajo, que no es lo cien por ciento habitual en una serie tan larga. No son adolescentes impostados, son muy realistas en una sociedad actual, cada uno con su problemática específica. Tienen características muy concretas pero que representan perfectamente a cualquier adolescente hoy en día.

Tienen un arco dramático que va evolucionado…

—No se quedan en lo tópico de los personajes y tiene sus blancos, negros y grises. Por otro lado, el que tengan acompañamiento constante de los adultos genera que los adultos también se identifican como padres, como mentores o como acompañantes o hermanos mayores. No es una serie para adolescentes, es una serie de adolescentes para todo público. El tercero, y de los más importantes, es esa construcción de situaciones reales comparadas con grandes pensamientos filosóficos.

Cada corriente filosófica que presenta Merlí va haciendo un tejido con lo sucedido a los chicos, lo que provoca un cambio en ellos.

—En principio cada capítulo está estructurado de esa manera; es decir, casi siempre algunas de las situaciones que están viviendo alguno de los chicos se relaciona con el tema filosófico. Cada capítulo habla de un filósofo y los chicos interactúan con él de acuerdo con lo que les pasa. Es una dialéctica entre el profesor Merlí y lo que el chico propone o comenta sobre lo que le pasa, e incluye los comentarios del resto de compañeros y los puntos de vista diferentes. No es que Merlí dicta una clase, sino que se filosofa sobre una situación y se ven diferentes puntos de vista, y ahí es donde Merlí abre cabezas.

Los chicos también le dan estocadas a Merlí…

—Totalmente, porque Merlí a veces es quien está en esa situación. Es un ping-pong mediante un elemento increíble que es la filosofía. Se abre un debate aristotélico con muchas visiones y al final no se dicta una sentencia, aunque a veces Merlí lo hace.

¿Qué pensás sobre la construcción de las masculinidades y de la relación entre padres e hijos, como de Merlí y su hijo Bruno que es gay, que la cuestiona y le pone retos y desafíos?

—De inicio arrancan con un rifirrafe constante porque no ha vivido juntos. Bruno se queda con el papá porque su madre se va para Italia. Ellos van construyendo esa aceptación mutua de los errores y, como siempre, van hablando de lo que sucede, van evolucionando a entendimientos muy buenos para los dos. Merlí impulsa a que Bruno salga del armario y acepte su sexualidad, porque a él le cuesta un montón y le cuesta reconocer que está enamorado de Paul, uno sus mejores amigos. Merlí y Bruno a lo largo de las temporadas construyen una relación muy productiva como padre e hijo, desde el cariño.

Una construcción conflictiva pero amorosa…

—Desde el respeto y Merlí al final representa ese padre que Bruno al principio lo considera inexistente, pero se enarbola como esa figura paterna que Bruno siempre ha necesitado y que por fin Bruno tiene, a la cual respeta y sigue.

¿Y el tema del humor y la ironía con que se interrelaciona Merlí, por ejemplo?

—Héctor siempre se ha encargado de no enmarcarlo, de que tenga vetas, y el humor en los personajes existe y tiene que existir, sino sería todo muy serio. El propio Héctor es un tipo que se ríe mucho de la vida. Cuando puede, pone ese puntito de humor. Merlí es un drama por momentos, pero tampoco busca ser un problemón constante.

La serie va tocando temas de actualidad de la sociedad catalana de manera colateral, como el independentismo.

—El independentismo en Cataluña está en un proceso complejísimo, pero natural dado como es el pueblo catalán. Obviamente era impensable no tocar el tema, pues Merlí es muy actual, vamos muy a tiempo a nivel ficción con la realidad, como con temas de tipo libertad sexual. Los chicos viven en Cataluña, en Barcelona, la serie se graba en catalán y el tema independentista es una situación real del momento. El guion marca puntos independentistas en unos personajes y en otros muy nacionalista español; hay una pequeña puja sin un enfrentamiento acérrimo. Cuando nosotros terminamos de grabar, todavía no había pasado el 1 de octubre, todo era en perspectiva.

¿La serie no toma una posición en relación con el tema?

—Es muy difícil hablarte sobre el posicionamiento que tiene la serie, que pueden tener el guionista o el director o los propios chicos. Internamente cada uno tenía una postura y la ha tenido siempre y se ha hablado en rodaje, y casi todo el mundo pensaba de la misma manera.

Sobre el idioma, ¿la serie se plantea en catalán? ¿Pensaron que iba a llegar tan lejos? 

—La serie es en catalán porque está coproducida por TV3, que es catalana; cuando produces en TV3, tienes que tener la versión en catalán, entonces sí o sí tiene que ser en catalán. En el caso de Merlí –no sé en qué punto de la producción–, ya se habían vendido los derechos para Antena 3, una televisión nacional, entonces se tenían que doblar los chicos al español. No sé en qué punto entra en Netflix y el doblaje era obvio, y ya para la segunda temporada teníamos programado los doblajes; cuando apenas iban terminando los capítulos, los chicos se doblaban.

¿Qué pensás sobre el auge de las series españolas –ahora Casa de Papel– y que Netflix, por ejemplo, tome estas producciones audiovisuales para distribuirlas?

—Creo que era un camino obvio porque el cine español tiene muchísimo recorrido dentro del panorama del audiovisual, que va muy al lado de las producciones internacionales. Con el auge de Internet, los grandes actores y grandes compañías apostaron por las series de televisión y por darles esa calidad cinematográfica. Por el boom de circuitos como Netflix y Amazon; HBO que se expande en Internet y las grandes productoras de televisión que se han metido en el ámbito de Internet, y que han visto que los usuarios por Internet son los nuevos públicos meta, era obvio que España también iba a ir por ahí y que los grandes monstruos internacionales de la distribución y exhibición e, incluso, de la producción iban a meterse. En España se puede hacer porque se cuenta con los medios, con los técnicos, el conocimiento, con los actores.

¿Por qué no va a haber una cuarta temporada?

—Héctor había planteado a Merlí como dos temporadas, con una tercera más reducida. Para poder desarrollar el final de cada personaje, sí optó y accedió a cerrar con la tercera.  Él considera que hasta ahí llega la historia bien contada tratando de cerrarla de una manera coherente.

(Créditos: (Foto: cortesía de Itatí Moyano)., Foto: cortesía de Itatí Moyano)

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