Mayra Nieva es de la provincia de Jujuy, ubicada en el norte argentino limítrofe con Bolivia y Chile. Con 32 años, desciende de inmigrantes bolivianos de los pueblos quéchuas y guaraníes.
Nieva está en nuestro país por una corta temporada, gracias a una residencia artística denominada En proceso de Satis.FACTORY Casa de Arte, con el apoyo de Iberescena, Hannah Sloan Curatorial, Sloan Projects y Coleccion Toribio Ulibarri.
El sábado 22 de noviembre presenta al público en general su proyecto Ejercicio de Memoria que ha creado a lo largo de noviembre en el espacio de Satis.FACTORY, ubicado en Barrio Escalante.
Se trata de una investigación que inició en 2024 en otra residencia en Jujuy a partir de la cual trabaja la performance.
“Me fui a vivir a Brasil un tiempo y comencé a hacer performance en un grupo de una comunidad andina boliviana radicada en Sao Paulo. En ese momento me surgió la idea de hacer algo relacionado con la memoria y la inmigración boliviana a Jujuy”, dijo en conversación con el Semanario.
La propuesta consiste en crear una dramaturgia y propuesta escénica conformada de una narración oral en la que cuenta historias de inmigrantes, muchos de ellos familia, acompañada de coplas: canto ancestral, por lo general comunitarios de la región andina, que se expresan tanto en contextos celebratorios o rituales, así como para transmitir saberes sobre temas como los climas y las cosechas, y el amor y el desamor, entre otros.
La performance de Nieva también incorpora el chuño, un tipo de papa deshidratada que trajo consigo de su tierra natal, con la que realiza teatro de objetos. “Hablo de la historia de la papa, pues es originaria de los Andes, de donde se expande al mundo”, detalló.
A raíz de una serie de encuentros facilitados por Satis.FACTORY, en los que compartió conocimientos relacionados con la cosecha y el consumo del tubérculo, Nieva incluye en el proyecto las variedades costarricenses llamadas semilla, rosada y criolla o amarilla.
Nieva puntualizó que el chuño es una papa liofilizada, técnica consistente en su deshidratación con el frío andino. “Luego de cosechadas, las papas se ponen en la tierra, se las deja toda la noche para que se deshidraten, después se mojan y aplastan envueltas en una tela y se vuelven a dejar otra noche. Estas papas pueden durar como 20 años. Para comerlas solo tenés que remojarlas para hidratarlas de nuevo, y las puedes hervir y comerlas. Es un poquito más arenosa, pero igual es rica”, pormenorizó Nieva.
Tejedora cultural
Nieva estudió cine en Jujuy en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (Enerc NOA), con sedes en distintas regiones argentinas. Es una institución pública y gratuita en la que se rinde un examen de ingreso ya que hay cupo limitado de estudiantes.
“La escuela te ofrece absolutamente todo para el estudio: cámaras y computadoras para editar”, contó Nieva, quien se tituló como realizadora integral, es decir, en dirección con conocimiento en todas las áreas cinematográficas.
Como tesis de graduación, en el 2018 dirigió el cortometraje Imilla (significa mujer joven en aymara), una mujer transgénero que es citada al servicio militar.
“Está inspirada en una pequeña historia real recordada por la guionista, a quien sus abuelos le contaban que en Humahuaca de Jujuy veían a un hombre vestido de mujer que trabajaba en las cosechas. El pueblo le decía la mujer barbuda. Un día desapareció, no volvió más y no saben qué pasó”.
Imilla ha participado con buen suceso en más de 30 festivales en Oceanía, Europa y América. Su segundo cortometraje es un documental titulado Las cantoras del Alto. La película versa sobre un grupo de mujeres que hace canto comunitario en el barrio Alto Comedero en Jujuy. “Es un barrio muy grande donde en el pasado no habían muchos espacios de recreación y encuentro, como plazas, salas culturales o lugares donde jugar fútbol”, explicó Nieva.
Las mujeres cantoras han estado desde la génesis del vecindario, “han sido parte de su construcción desde cero”, dijo Nieva, y relegaron el arte para cuidar a la familia, a la casa y el trabajo.
Según cuenta Nieva, ellas empezaron a reunirse en un taller de canto impartido por la cantautora jujeña Eugenia Mur, hasta conformarse como las cantoras del Alto y hacer presentaciones de repertorios que hablan del barrio y sus experiencias; también interpretan música de mujeres latinoamericanas.
“Yo soy del Alto Comedero y para mí era muy significativo hacer una película en mi barrio y fue una posibilidad que incluso ya se estrenó”, comentó.
El documental fue elaborado de forma comunitaria con las mujeres del grupo de las que participaron trece: “fuimos construyendo el relato juntas; fue hecho enteramente por mujeres, al ser una decisión mía, de la guionista y de la productora, que nos juntamos y dijimos ‘este espacio tiene que ser solo para nosotras’».
Las cantoras del Alto ha girado por Chile, Uruguay, Argentina, Nueva Zelanda y Costa Rica, pues en el país será parte de la programación del festival Cortos de la Polis Joven de la Universidad Estatal a Distancia (UNED). En dicho marco se transmitirá en YouTube el 27 de noviembre.
El territorio de Nieva
“Cuando yo era chica me encantaba ver películas. Una vez mi papá me mostró Quién mató a la llamita blanca, una comedia boliviana súper graciosa. Cuando la vi, sentí algo en mí. Hubo algo más que me dejó esa película.
Después más grande me di cuenta que todas las películas que había visto eran con actores blancos y que en esa película actuaba una chola, toda gente que se parecía a mí o que se parecía a mi entorno. Cuando entré a estudiar cine pensé que era importante hacer nuestras historias y vernos. Eso me quedó dando vueltas.
Estudié y hago cine, y después me lancé a la performance, proyecto que estoy trabajando aquí en la residencia. También hago música: toco el bandoneón porque vengo de una familia de bandoneonistas. Mi papá y los hermanos de mi abuelo tocan. Mi abuelo no tocaba, pero fue luthier de bandoneones. También toco otros instrumentos, uno es el siku, que es como una zampoña. El siku lo tocan dos personas, una toca una parte y la otra persona la otra. Yo soplo una nota y vos la nota siguiente, y así se va tejiendo. Es propio de la región andina, de Chile, Bolivia y Perú.
Mi expresión artística tiene que ver mucho con mi territorio. Yo crecí en un “pasaje”, es decir, casas enfrentadas que en el medio tienen una vereda y no una calle. Ahí había algo de comunitario, pues aunque mi mamá no me estuviera viendo, la vecina sabía lo que yo estaba haciendo o lo que estábamos haciendo todos los niños.
En mi familia está mucho la cosmovisión andina, basada en principios inconscientes importantes de nombrar: complementariedad, reciprocidad y correspondencia. Hay un vínculo con la tierra y con el otro. He crecido en Jujuy en ese contexto. Sin embargo, la gente en Jujuy no reconoce mucho esa cosmovisión andina. En Argentina hay una tendencia, desde que se formó como nación, a eliminar a los pueblos indígenas. Ese discurso hoy en día sigue muy fuerte. En Jujuy hay litio en zonas de pueblos originarios, tierras que les corresponden a las que, igual, las empresas se meten y violan todas las leyes posibles, no les importa. Les gastan toda el agua y los pueblos se tienen que mudar a la ciudad porque ya en ese lugar no se puede vivir, se mueren los animales y no crece lo plantado. Ese discurso de blanqueamiento es muy fuerte en toda Argentina, incluso en Jujuy, siendo un territorio fuertemente indígena que era parte del imperio Inca.
Ese blanqueamiento está presente en los medios, en las redes sociales. En Jujuy es difícil que reconozcan que yo hago rituales indígenas”.
