Dorelia Barahona Riera, escritora

“La única verdad que tenemos es que nos morimos”

El secreto de la longevidad es develado por la escritora costarricense Dorelia Barahona en su más reciente novela, Zona azul, publicada por la Editorial Maya.

Ante la certeza de no saber cuánto tiempo nos resta de vida, luego de llegar a cierta edad los temas de la longevidad y la muerte empiezan a aparecer en el mapa de nuestras angustias.

Y aunque en la novela Zona azul de Dorelia Barahona (1959) el disparador de la trama es la investigación de la científica Nandayure Castillo sobre cómo las personas adultas mayores de Nicoya alcanzan edades como la de Emilia, en realidad la autora va construyendo capas de historias que de fondo plasman desde cuestiones densamente filosóficas hasta la cotidianidad del amor más lírico.

Emilia de 115 años vive su longevidad enraizada a su entorno y conectada con su vida interior, y así es una unidad, mientras que Nandayure es una sonda espacial que rastrea, alberga y registra para arribar a un método que en realidad le permite volver a sí misma para ser esa misma unidad transmitida con serenidad y gozo por la sabia anciana.

Ahora la literatura pasa por muchas escuelas y modas. El ser minimalista temáticamente como un reflejo del mercado y el diseño está bien, pero no es lo mío. Yo creo que la literatura tiene que seguir aportando una trama bien hecha que es hablar de las pasiones humanas.

Para crear su novela, Barahona no solo hizo un minucioso y concienzudo scouting en la zona azul nicoyana y sus particularidades “científicas”, sino que también se sumergió en su propias incertidumbres como mujer escritora, filósofa y profesora de neuroestética para plantearse de manera honesta preguntas sobre la vida y la muerte, el amor y el desamor, la poesía y las relaciones de pareja.

La escenografía de Zona Azul es Guanacaste –o más bien dos Guanacastes–, donde se encontró con “la bipolaridad típica de una región que le faltan muchas cosas, donde hay mucha precariedad de sus ciudadanos, y la otra Guanacaste que es la rica donde la gente se baja del avión con un plan pagado, que ya tiene su condominio y hasta tiene quién le compre la comida en el supermercado”.

Ubicada en esta zona “azul”, que, según Barahona, en realidad es solo un corte imaginario utilizado por el mercadeo para sacarle provecho a los lugares, empezó a escribir la primera página de su novela, por donde aparecieron los personajes que van tomando vida.

A partir de esa escenografía guanacasteca, Barahona ve a una mujer “que es la que está narrando. Aparece Nandayure”, afirmó.

¿Vos no habías pensado en el personaje antes de contar la historia?

–No. Yo voy a un lugar y les digo (a los personajes): “Mucho gusto, bienvenidos, aquí estamos, vamos a seguir juntos un rato”.

¿Por eso la “escenografía” es omnipresente en la novela?

–Sí, y traté de hacerla brillante, porque para mí las imágenes visuales son muy emocionales. Como el tema también trata sobre el recuerdo o lo que no que se recuerda, y cómo incide eso en la vida -que es mi tema de toda la vida y que va desde mi primera novela sobre el olvido hasta esta última-, los paisajes tienen que brillar, casi que volverlo animal.

Esa escenografía tiene distintas capas: desde la espacial, en Marte, hasta la geológica, en lo más profundo de la tierra.

-Exacto. Yo doy clases de neuroestética y la materia es muy importante. Reconocer que vivimos sobre un mundo material, desde lo macro hasta lo micro, te abre la perspectiva de las relaciones humanas, de la vida y la muerte también; te abre ese modo de poder comprender lo incomprensible: la única verdad que tenemos es que nos morimos.

Entonces primero hacés esta génesis escenográfica y vas encontrando a los personajes como Nandayure, quien hace un viaje de regreso a Nicoya.

–Ella hace un viaje de regreso, uno más que hay en la literatura.

Pero apuntás que lo hace una mujer, y en la literatura casi no hay muchas mujeres que hacen esos viajes.

–En los viajes de regreso los protagonistas siempre han sido hombres, masculinos, porque el mundo exterior siempre ha sido de los hombres, y yo desde que empecé a escribir dije: “Muy bien Virginia Wolf, muy bien la literatura intimista, pero a mí no me interesa, a mí me interesan los exteriores. A mí me interesa poner a las mujeres a caminar, a hacer cosas, a que vivan una vida con aventura”.

Además, es un personaje que se apropia de un espacio como científica; es exitosa y estudia algo poco explorado como la longevidad.

–Sí, estudia las relaciones de la ciencia con la vida cotidiana de las personas, y cómo está mediado todo por el mercadeo. Hice un gran trabajo de investigación. Yo espero que la científica se vea como científica; es una científica muy filosófica.

En la antigua filosofía todo estaba unido: la astronomía, la matemática…

–Todo estaba mezclado y lo micro con lo macro. La idea es que, como en mis otras novelas, las mujeres salen de sus casas y les pasan cosas. Nandayure aparece pensando en problemas que yo ya he ido pensando sobre los métodos como el del arte y el de la ciencia, y por qué hay unos más legítimos que otros.

También mencionás el método de la heurística.

–La heurística es un método que la gente entiende como un método matemático, pero resulta que es un método o una estrategia para resolver problemas. El que ella lo asuma así y lo diga para mí es importante porque quiere decir que es una mujer conocedora, inteligente; es una mujer con una conciencia muy clara de lo que quiere hacer, pero que emocionalmente está perdida, y el camino de regreso es volverse a encontrar en ese sentido, en el camino de las emociones que antes las había visto como un aspecto menor, como fuente de conocimiento y de aprendizaje. Esa parte nunca le ha importado porque lo importante era batallar para abrirse campo en la ciencia, ser exitosa, como tantas mujeres. Ella vuelve a su lugar de origen y, en esa escenografía que es brillante y viva, ella hace empatía y los brillos la hacen vivir de nuevo.

 En la novela, los sentidos son importantísimos: el olfato, el tacto, los besos, el primer beso -que marcó a Nandayure profundamente-.

–No es casual porque efectivamente, a nivel cognitivo, el olfato es el detector de la realidad y sumado a una emoción es un recuerdo indeleble a nivel cognitivo. La novela está revestida de una serie de teorías y conocimientos que actualmente tratan de romper la barrera entre lo emocional y lo racional, el cuerpo y la mente. El personaje de la viejita Emilia trata de ser un ejemplo de esa comprensión sobre la unificación, de la forma más sencilla e intuitiva de una persona que vivió en un solo lugar sin luces de triunfos sociales.

 ¿Es una lección para Nandayure?

–Es una gran lección. La novela tiene esa meta: decir no solamente las recetas para la longevidad, sino también reflexionar y hacer filosofía de que la vida se tiene que hacer al detalle, al menudeo, como antes se vivía en un pueblo; detenerse y contabilizar lo que ya no se contabiliza.

 Eso mismo plantea la literatura de autoayuda, que, aunque lo hace sin profundidad, de alguna manera está anclada en formas de ver la vida como eso de vivir el momento, el ahora.

–Pero, más que hacer referencia a eso, hago referencia a mi tía que quise muchísimo, que vivió muchos años y era una gran sabia. En ese camino lo que vi es que hay gente que nace con la posibilidad de detectar de la vida las cosas que son buenas; por ejemplo, ella decía: “Si uno siente bonito, ve bonito”. Es volver a los refraneros populares antiguos donde hay pistas que están gratuitamente como acervos culturales y nadie vuelve a ver, las descalifica por la globalización.

 Los personajes masculinos son como satélites, como un sistema solar, cuyo centro es Nandayure; además, ella dice que su cuerpo es una nave.

–Somos como una sonda espacial. Ella descubre que tanto tiempo tiene de estar pensando en una sonda en Marte y de pronto se da cuenta: “Yo soy una sonda también: yo rastreo, albergo, registro; ese es su método”. Y esos otros personajes tienen que ver, precisamente, con la constelación de la sonda de Nandayure.

La escritora Dorelia Barahona presentó su más reciente obra, Zona Azul, en la Feria Internacional del Libro en Guatemala, en julio pasado.

 Ella regresa a Nicoya y se encuentra a Alberto, su amor de adolescencia. Vos como autora, a través de Nandayure, nos das una estrategia para volver, para ser honestos, para preguntarnos qué queremos a los 50 años.

–Sí. El conteo de la longevidad siempre es sobre asuntos materiales: qué comiste, si hiciste ejercicio, si tomaste vitaminas o no, si te drogaste o tomaste mucho; sin embargo, Nanda dice: “¿Qué pasa si incluyo lo que no se ve?”. Pero ¿cómo contabilizás las emociones? Mi crítica en la novela es a todas las recetas sobre la longevidad que creen que pueden volver estándar las cosas. Yo doy clases de neuroestética y la teoría sobre eso está ahí en la novela. Yo creo que sí resulta si uno vive como mi tía que vivía en un buen equilibrio emocional y material. Pero el mercadeo  nos ha llevado a unos parajes espantosos donde la mujer tiene que estar copiando la propia esclavitud que tienen los hombres y las castraciones de sus emociones y necesidades para triunfar, y los hombres siguen viviendo el perfil del patriarcado que ahora se ha recortado, pero siguen siendo castrados porque no te dan chance del valor de lo cotidiano. Yo hablo de la capacidad de ser unidad, no parte de. Si te volvés unidad, ves la vida diferente; en cambio, si sos parte de un engranaje, tenés que estar hablando de la compañía (en donde trabajás)… El capitalismo hasta capitaliza las emociones, es un monstruo. En los estudios que hay sobre la emocionalidad humana se ve cómo todo esto se lo chupa el mercado para hacer al ser humano más dependiente, pero no más feliz y libre.

 ¿A vos como filósofa te atraviesan los temas de la felicidad, el ethos, el pathos y la muerte que vertís en la novela?

–Ahora la literatura pasa por muchas escuelas y modas. El ser minimalista temáticamente como un reflejo del mercado y el diseño está bien, pero no es lo mío. Yo creo que la literatura tiene que seguir aportando una trama bien hecha que es hablar de las pasiones humanas. No es hablar de los rituales de las horas opacas sino brillantes. El pathos humano es el pathos del arte; es la emoción viva. La ética es parte del pathos, que va de la mano de estética.

 La longevidad tiene sentido si uno es feliz, como Emilia, que vive en su casita…

–… Sin salir de su patio; eso no es sinónimo de menos, sino que puede ser de más según la contabilidad que hagás. El personaje de Emilia es muy sencillo pero lo que expresa va volando; entonces, puede transformar ese patio en un montón de cosas y de tiempos.

 La novela tiene un tono lírico o, más bien, fluctúa entre la reflexión filosófica y la poesía.

–Sí, porque el lenguaje aporta capas, como hablamos de la tierra, y, según tu capacidad de expresar por medio del lenguaje, podés tener lenguajes muy opacos, y, según tu educación y procesos de aprendizaje, podés ir levantando el nivel del lenguaje y volverlo brillante y lírico. El jugar con partes del lenguaje opacas y brillantes me permite modelar la historia. Eso lo hacemos a nivel intuitivo; pero, si te interesan los métodos, efectivamente elevar el lenguaje es un arte pero todo elevado satura.

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