Entrevista con Tatiana Lobo, escritora

“La sociedad costarricense ha quedado retratada en mis novelas”

La premiada escritora Tatiana Lobo conversó con UNIVERSIDAD sobre temas medulares para la autora y el fin de su escritura literaria. 

La artesanía indígena es la niña de los ojos de la escritora chileno-costarricense Tatiana Lobo, aun cuando después la cambiara por la literatura y hasta donara su colección privada de objetos de uso cotidiano y fotografías al Laboratorio de Etnología de la Universidad de Costa Rica (UCR).

Proveniente de Alemania, Lobo llegó al país con casi 30 años; “ya mayorcita”, dice,  “y metí mis narices en todos los rincones donde pude”, sin dejar piedra sobre piedra, o mejor dicho, mito sobre mito.

Uno de esos rincones rastreados fue la artesanía autóctona, gracias a la cual se adentró en las profundidades del país para conocer de primerísima mano y en su verdadera dimensión, el patrimonio que aún hoy es desconocido o invisibilizado por muchos costarricenses.

Este vínculo afectivo es tan estrecho que la hizo sentirse en deuda con sus amigos indígenas, y en agradecimiento escribió su primera y premiada Asalto al paraíso (1992), novela sobre el héroe talamanqueño Pabru Presbere quien, durante la colonia, dirigió una sublevación en contra de los españoles.

En medio de estas dos experiencias sucedió un acontecimiento que la hizo girar la ruta de su vida: envió una crítica de una puesta en escena local de Romeo y Julieta al director del periódico La Nación, Guido Fernández. Era 1969.

Fernández publicó la apreciación acerca de la obra y además la invitó a hacer reportajes ocasionales sobre la Costa Rica oscura y verdadera, atrevidos e inusitados para aquella época. Y Lobo metió no solo las narices sino el cuerpo entero y la sensibilidad.

Fue así como investigó y presenció los horrores de la Penitenciaría Central, del asilo Chapuí, de la prostitución. “Tuve un contacto muy grande con los prejuicios del momento, pues estaba el país en una situación de oscurantismo, en el sentido de que no se debía hablar de las cosas nacionales que producían vergüenza”, recuerda Lobo.

La escritora afirma que le debe a Fernández el haber agarrado el vuelo de escribir: “le debo que me haya dicho tácitamente usted sirve”, pues además le pidió que hiciera un comentario de la película El bebé de Rosemary para publicarlo en la columna del periodista.

“Si un director de un periódico publica una cosa mía en su columna, quiere decir que no lo hago tan peor”, expresó jocosa y aún sorprendida Lobo.

Ese lugar de la escritura lo fue construyendo despacio y con buena letra cuando decidió crear su novela iniciática Asalto al paraíso, luego de haberse truncado su proyecto como promotora de las artesanías y culturas indígenas con instancias estatales como la Oficina de Planificación y el Trabajo Comunal Universitario de la UCR.

Colonia e idiosincrasia

Según Lobo, el origen de la idiosincrasia costarricense se debe hurgar en la época de la colonia y no en los años de la independencia, periodo este último en que se forjaron los principales mitos fundacionales del país.

Tatiana Lobo guarda su máquina de escribir con la que escribió la novela Calypso y que, producto de la brisa marina, se oxidó

Cuando llegó a San José en los años 60 sintió una espesa cortina que velaba lo que había detrás. “Mi teoría es que este país se acababa en el Valle Central con sus cuatro provincias. Limón era otro planeta y Guanacaste por allá largo. Los folletos de turismo decían: “Costa Rica es caucásica”; era de raza blanca y la Suiza centroamericana”.

A través de profusas e intensas indagaciones en el Archivo Nacional, Lobo confirmó el racismo que negaba a los indios y consideraba a los negros una rareza.

Por un lado, los estudios en esos archivos históricos permitieron que atribuyera la mentalidad individualista de los costarricenses a factores como el aislamiento y la distancia del poder colonial, rasgo que perdura hasta la actualidad y del cual la población tiene conciencia.

Por otro lado, a partir de 1948 y en concordancia con el proyecto del político José Figueres Ferrer de instaurar una segunda república, el Ministerio de Educación Pública tuvo la finalidad de enseñar una historia basada en “un pasado pacífico y humilde; todos los mitos, el mito de la blancura, fueron del proyecto de Liberación Nacional”, aseveró Lobo.

Sobre el legado colonial que nos define, Lobo agrega con triste socarronería: “Qué gente nos colonizó; un montón de pillos sinvergüenzas, choriceros, corruptos, intrigantes. Eso es lo que Latinoamérica es hoy, ese es nuestro origen y no hemos logrado después de dos siglos superar esa herencia. Que un gobernador español se dedique a contrabandear con los piratas ingleses que son enemigos de la corona española, ¿no es algo muy parecido a lo que ocurre hoy con la corrupción?”

¿Es Asalto al paraíso su novela “preferida”?

-Invertí mucho tiempo ahí, como seis o siete años. Lo estaba haciendo para cumplir con un compromiso afectivo, para mis amigos indígenas. Lo he dicho muchas veces, y lo seguiré diciendo porque es la verdad. Y me entusiasmó enormemente descubrir la Costa Rica colonial.

¿Cómo fue ese proceso de escritura? Hay un enamoramiento de la palabra escrita y sus posibilidades. Es barroca, tiene sentido del humor, brillantez, explosión del léxico.

-Es que hubo un placer muy grande escribiéndola. Estaba transportada totalmente a comienzos del siglo XVIII… yo entraba a las casas de Cartago. Asalto al paraíso tiene cinco personajes ficticios, los demás son reales, del gobernador para abajo, la gente del Cabildo, Águeda Pérez son históricos. La vestí con su propia ropa porque busqué en los documentos y me di cuenta que de ninguna manera Cartago era tan pobre como el mito dice. Me di cuenta que esas mujeres eran tremendamente audaces, no era que se pasaban todo el día en la iglesia dándose con una piedra en el pecho, bastante pícaras también. Y ahí me empezaron a aparecer la cantidad de esclavos y esclavas. Mis hijas habían pasado por el colegio y nunca les habían hablado del sistema esclavista colonial y estoy segura que a vos tampoco.

Nos enseñaban sobre las encomiendas…

-De los indígenas, pero no de los africanos, que estuvieron presentes en Cartago desde que llegaron los españoles que ya traían negros. Entonces vamos metiendo negros en Asalto al paraíso también, y luego hicimos un libro con Mauricio Meléndez Negros y blancos, todo mezclado”.  Mauricio se hizo todas las genealogías de las principales familias del Valle Central y no faltó quien lo llamara para decirle que lo iba a demandar por ensuciar el apellido de la familia.

A lo largo de la novela, Pedro Albarán dice muchas veces que nunca vio a los indios que decían andaban por ahí, sin contar a la Muda y Gerónima. ¿Usted misma los estaba descubriendo? ¿Eso nos sigue pasando?

 -En Chile yo no había visto araucanos ni mapuches, desconocía al indio chileno. Entonces cuando aquí se me ofrece esta posibilidad de trabajar con ellos, ayudarlos con sus artesanías, llevar dinero para hacer talleres, para mí fue un descubrimiento maravilloso, como luego fue la cultura afrocaribeña. En Puerto Viejo estuve ocho años en una casa donde escribí Calypso.

¿Cómo ficcionar lo que se encontraba en los archivos?

-Es que no hubo esfuerzo, fue como un juego. Lo que pasa es que uno a esa edad no tiene lo que advierto yo en algunos escritores, que es una especie de ansiedad por escribir bien. Y qué van a pensar los lectores y qué a va decir la crítica. Cuando una empieza a escribir ya vieja, lo está haciendo para una misma; en el fondo lo estaba haciendo para mí y pasándolo bien, no me preocupaba si el libro quedaba bien o mal, no me preocupaba si el lenguaje estaba bien o mal usado, no me preocupaba absolutamente nada, era una pura gozadera, nunca la había pasado tan bien. El susto mío fue de repente cuando Álvaro Quesada la manda a la editorial de la Universidad de Costa Rica, convencida de que me lo iban a rechazar, y me llama para agradecerme porque él estaba en la comisión editorial.

En sus libros da voz a poblaciones discriminadas: indígenas, negros, mujeres…

 -Para hacerlos hablar, yo quería denunciar cosas. Yo me especialicé en marginalidades y en excluidos sociales; todos mis libros están del lado de los perdedores no de los ganadores.

Eso es una forma de interpretar la historia. ¿Cómo leer documentos que tienen un enfoque completamente distinto?

-Los documentos son históricos, no hay interpretación…

Por ejemplo, en Entre Dios y el diablo habla sobre mujeres que fueron violentadas, agredidas, discriminadas, y en esos documentos hay una interpretación de quien los escribió.

-Es que hay interpretación en todo, por ejemplo, esta pretensión de los historiadores de ser científicos es absurda porque ellos también interpretan a través de un método de investigación; por supuesto que yo también los interpreté, sin la menor duda.

 ¿La forma de interpretar la historia en Asalto al paraíso tiene resistencias?

-Sí claro, al principio muchísima. Beto Cañas quedó tan molesto que le dedicó tres Chisporroteos (columna periodística) y me descalificó diciendo que todos los españoles eran intercambiables, que no tenían perfiles. Ninguno de mis libros ha tenido tantas publicaciones ni tantos comentarios como Asalto al Paraíso. Fue un escándalo.

Me atrevo a hacerle una pregunta que probablemente hayan pensado algunos: ¿Una chilena interpretando la historia y la realidad costarricenses?

-Y sentí la xenofobia desde el comienzo, porque las reglas del juego son: “usted viene aquí y lo vamos a tratar bien siempre y cuando diga qué lindos y bonitos que somos. Somos pura vida y este país es un paraíso y aquí todos la pasamos muy bien”. Pero yo me fui de cabeza en la parte prohibida y eso no está bien, hasta el día de hoy. En Nicaragua, Sergio Ramírez organiza “Centroamérica cuenta”, a mí no me invita. Cuando acá organizan congresos de escritores tampoco.

¿Por qué?

-Les caigo mal, supongo que porque soy chilena. No soy personaje agradable. ¿Me preguntas cómo me hace sentir? No me gusta, pero fue algo que asumí desde el momento mismo en que empecé a escribir esos reportajes que aparecían en el periódico más importante del país; a partir de ahí esto es una pelea.

¿Estamos entrando en un periodo de ruptura?

-Estamos entrando en un periodo de ruptura, sobre todo las nuevas generaciones que ya no quieren comer cuento, quieren saber en qué país están. ¿Por qué? Porque tienen la amenaza del desempleo encima, porque la situación económica es una catástrofe, porque el mundo está cambiando. Cuando yo llegué era muy fácil tener a la población dominada porque estaban bien, había bienestar, la clase media vivía muy bien, entonces era muy fácil decir somos la Suiza centroamericana, aquí nunca tenemos los despelotes que suceden en Nicaragua, aquí no tenemos dictaduras, somos demócratas, pacifistas, blancos.

Eso me suena al actual discurso de la “supremacía blanca”…

-Cuando llego acá empiezo a ver esos rasgos y me asusté mucho; esa fue una de las razones por las que pensé: hay que rescatar el país verdadero, no esta fantasía que se supone iba a durar para toda la vida. Había ese desprecio por los negros, esa negación de los indios. La historia es la historia y se está encargando de socavar esos mitos, pero me imagino que queda una generación que todavía está aferrada.

“Yo me especialicé en marginalidades y en excluidos sociales; todos mis libros están del lado de los perdedores, no de los ganadores”.

¿Cerró su escritura?

-Ya no más, si acaso articulitos, porque es una necesidad fisiológica para que no me estalle el hígado. Solo la muerte va a interrumpir eso. La sociedad costarricense ha quedado retratada en mis novelas como realmente es: indios, negros, siglo XIX, novela urbana, crítica a la Universidad de Costa Rica y el acoso sexual, y la última, haciendo caer el mito de la ruralidad, de que en el campo la gente es más feliz: incesto, abuso infantil, mujeres agredidas, violencia, alcoholismo. Entonces, ya terminé.

 

(Créditos: Foto: Miriet Ábrego)


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