Luis Chaves:

La piedra rodante de la Generación X

Es el más joven de nuestros escritores maduros. A punto de cumplir los 48 años,  ya califica como el Dorian Grey de la poesía costarricense.

Es el más joven de nuestros escritores maduros. A punto de cumplir los 48 años,  ya califica como el Dorian Grey de la poesía costarricense. Cambió los entrenamientos de boxeo por otro deporte extremo: pasear a Puka, la perra de la familia. Hizo de la provocación un acto poético; se ganó dos de los premios literarios más prestigiosos de Hispanoamérica (el Sor Juana Inés de la Cruz y el Fray Luis de León) y luego se transmutó en cronista de familia.

Es la piedra rodante de la Generación X: vivió en Buenos Aires, Berlin, Nantes y Zapote; sin embargo, parece no haber dejado del todo atrás la Calle de la Amargura. Se llama Luis Chaves, está estrenando editorial (Los tres editores) y el libro: Vamos a tocar el agua.

Ya pasaron más de 20 años desde que publicó por primera vez (El Anónimo, Ediciones Guayacán, 1996) y el repaso por su obra arroja un nada desdeñable inventario de 13 volúmenes de poesía y prosa. Aunque en su caso, las fronteras de esas categorías literarias siempre han estado borrosas.

Parte de su obra fue recogida en dos colecciones: “El mundial 2010. Apuntes” (Editorial Germinal, 2010) y “300 Páginas” (Ediciones Lanzallamas 2010), sus poemas están traducidos y publicados en italiano y alemán.

La velocidad cambia, los tiempos cambian, pero siempre sigo buscando, siempre voy a una librería. La plata que llega a una mano la gastamos con la otra en libros, buscando cuáles son los libros que nos van a decir algo. Con cuáles libros vamos a dialogar.

Luis Chaves

Fue editor (junto a Ana Wajszczuk) de una revista maravillosa de poesía hispanoamericana que se llamó Los amigos de lo ajeno. Un experimento que tenía un formato de 10 x 10 centímetros y andaba a medias entre la aventura poética y el transformismo literario. Allí publicaron -entre 1998 y el 2004- a las voces más nuevas, desprejuiciadas y a la vez desgarradoras y auténticas del continente.

Es uno de nuestros escritores vivos más reconocidos; sin embargo, nunca pudo incorporarse formalmente en las confortables filas de “la academia”.

Acaba de llegar de Nantes -en la costa oeste de la Bretaña francesa- donde pasó un semestre invitado por el Instituto de Estudios Avanzados, y en 2015 participó de una beca otorgada por el Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD) que le permitió vivir en Berlín, y escribir durante un año.

Precisamente de esa estancia en Alemania, trata Vamos a tocar el agua (Los tres editores, 2017). De la vida de unos ticos en Berlín. De lo que le sucede a un manojo de seres humanos en el intervalo entre dos inviernos. De vivir en un país con cuatro estaciones. De atravesar esa meseta extraña, inhóspita y fascinante que llamamos la vida adulta.

“La vida adulta, son esas cosas que van sucediendo, que tienen que ver con hacerle frente o convivir en espacios de la vida que a lo mejor uno no los pensaba exactamente así. Con los niños que crecen, que necesitan su cuarto, con el hecho de que uno ya no puede correr 25 kilómetros como antes, en realidad no puedo correr ni cinco metros. Ahora mi gimnasia es llevar a pasear a la perra”.

En otros países se les da un lugar a los escritores, a los artistas; se les da un espacio. Pero en Latinoamérica maltratamos mucho a nuestros escritores y artistas.

-Sí, por lo menos de la gente que conozco, que está en lo mismo en diferentes lugares, en Argentina, Uruguay, México, Perú o el Chile, pues todo el mundo anda pulseándola un poco, que -a ver- lo sabíamos desde antes, no es en tono de queja, ni de resentimiento, porque fue una decisión, por lo menos en mi caso, consciente; yo tenía un título, una licenciatura.

Pasaron 21 años desde El anónimo, tu primer libro, ¿qué quedó de aquel escritor de La tortuguita (un antiguo café de San Pedro)? ¿Cómo se conecta este escritor de ahora con aquel?

-Bueno, claro, eso fue hace 20 años, hace un montón de tiempo. Hay algo de esa búsqueda que yo creo que eso se mantiene siempre. Quedó la búsqueda literaria. Por supuesto que los tiempos de uno van cambiando, no tengo el tiempo, ni la energía que tenía en ese momento, a los 25 años o 23 años, la energía para meterme de cabeza en cinco novelas. Mi producción tenía otra velocidad. Uno decía, esto ya está listo y seguía con otro, pasa el tiempo y uno empieza a ser más reposado en eso. Es natural me parece.

La velocidad cambia, los tiempos cambian, pero siempre sigo buscando, siempre voy a una librería. La plata que llega a una mano la gastamos con la otra en libros, buscando cuáles son los libros que nos van a decir algo. Con cuáles libros vamos a dialogar. Evidentemente la manera o los recursos, las herramientas o incluso el foco, el enfoque que le daba a una escritura a esa edad se va, pues, dichosamente cambiando. ¿Imagínate que uno se mantenga igual todo el tiempo? Diría que, de todo, con todo el tiempo que ha pasado, la búsqueda es lo que quedó. Porque todo lo demás es diferente, han pasado muchísimas cosas, ahorita cumplo 48 años -en agosto-, tengo dos hijas, estuve viviendo afuera, no solo en Nantes y Berlín, estuve viviendo en Sudamérica, qué se yo, se han muerto amigos, se ha muerto familia, las cosas que pasan.

Ahora tengo este aparato en la casa (enseña un tensiómetro a baterías y se ríe), me tengo que tomar la presión todos los días, las cosas cambian.

Uno no es el mismo evidentemente, pero sí creo que no ha cambiado esa pulsión de buscar otro libro, y otra novela, y otro libro de poesía, y el: ¿qué me voy a encontrar aquí?  Eso se mantiene.

Borges decía que estaba mucho más orgulloso de lo que había leído, que de lo que había escrito, y en vos a esa pulsión la noto muy fuerte. Todavía buscás en esos libros esos interlocutores, buscás eso tanto como tu propia obra. ¿Lo sentís así?

-Sí, yo creo que eso que dijo Borges -muy bien dicho como todo lo que decía- pero creo que es algo que siente la mayoría de la gente que se acerca a la escritura. Que, de cualquier cosa que escribas, vas a leer 27 mejores y lo sabés. Entonces, creo que poner la escritura por encima de la lectura sería, pues, bastante inocente. Pero eso a mí no me impide escribir, bueno, yo sé que hay una literatura menor, es lo que hago, lo necesito, es mi forma de terapia muchas veces.

Ahora uno está consciente de cuáles son sus limitaciones, hasta donde llega, qué es lo que puede hacer. Trata de buscar una cierta honestidad, desde un lugar muy consciente o muy aterrizado. Esto lo hago porque me gusta, hay una dosis también de necesidad.

Estos viajes también te permitieron desplazarte, de ser un escritor de San Pedro, desplazarte de ese lugar que era muy tuyo…

-Es que ahí estábamos todos, estaban las editoriales que estaban naciendo, fue como un momento ahí muy efervescente. Claro, bueno, siempre todo eso es enriquecedor, las herramientas que tenía aquel Luis Chaves de La tortuguita no son las mismas, ni siquiera sé si son mejores o peores, nada más no son las mismas. Yo venía, además, de otro mundo, yo venía de la colonia agrícola -claro que me interesaba la literatura desde el colegio- pero, yo era de los que leía los libros de la lista del MEP. No hacía trampa, me gustaba leerlos y, claro, en los libros siempre los autores te van tirando otros nombres y empieza ese encadenamiento, en un libro un autor te nombra a otro.

Lo que pasa ahora, estos viajes, y estas conversadas, y estos intercambios que contaminan, en el buen sentido, de otras visiones, de otros horizontes…

-Claro, yo me acuerdo cuando estuve viviendo en Buenos Aires, aquella revista que tuvimos con Ana Wajszczuk. Eso fue muy rico, porque fue un intercambio en un momento que estaba empezando el correo electrónico, de hecho nosotros nos escribíamos cartas a mano con Curto, con Fabían Casas, nos escribíamos cartas a mano, porque éramos un poco lentos con lo electrónico. Pero bueno, ya con esa revista empezó como un intercambio con escritores de América Latina, todo por correo, de enviarnos libros, libros que obviamente circulaban en circuitos independientes y que nunca iban a llegar a ninguna librería aquí. Así descubrí a Gambarotta, Fabián Casas, a Germán Carrasco, a Diego Maquieira, de Chile, a Watanabe que era un escritor que todavía no había llegado aquí, por lo menos era difícil de encontrar.

Ahí se abrieron un montón de puertas en posibilidades de escritura eso de pensar: mirá, claro, yo estaba tratando de escribir como Vallejo, pero, a ver, es imposible. En cambio, aquí hay unos maes que están hablando más o menos de las cosas que a mí me inquietan y lo están haciendo de tal manera, y, claro, después me entero de que ellos ya habían traducido a John Ashbery y a William Carlos Williams –a quien yo apenas había leído- y se te van abriendo un montón de posibilidades. Y claro, empezás a llegar a las cosas que sí podés hacer. No puedo escribir como Neruda en Residencia de la tierra, imposible, pero esto otro está más cerca, vamos a probar, sin el peso de escribir una obra maestra.

El peso de tener que hacer “la gran poesía costarricense”…

-Exacto, más bien siempre desde el otro lado de la acera, por la sombra, y eso creo que fue muy positivo, porque escribir sin ese peso te da una libertad. Por lo menos en esos primeros años escribía con mucha libertad, eso luego va cambiando, pero también tiene que ver con la edad y con que uno se vuelve más crítico, entonces ya ahora para que algo esté más o menos listo demoro, releo, ya no tengo esa frescura de: esta vara ya está lista, voy con otra. Ahora siempre vuelvo y vuelvo a cortar. A veces es como: ¡por favor, quítenme esto porque sino no puedo hacer otra cosa!

En escritores costarricense un poco de más viejos que vos, uno siente que tuvieron el peso de tener que continuar a Joaquín Gutiérrez, a Fabián Dobles, a Isaac Felipe Azofeifa y como que eso los jodió.

-Claro, eso fue demoledor. Yo leía no sé, a Jorge Debravo, claro que lo leí, lo leí en el colegio; pero claro, después de un tiempo, ya con otras lecturas, yo no podía negar que me sentía lejano a esa escritura, que esa escritura no era ni siquiera el punto de partida. Y lo mismo estaba sintiendo con otros autores, que no necesariamente eran costarricenses; y entonces llega un momento en el que te das cuenta de otra cosa que me parece fundamental, y es que la literatura es un país.

Vamos a tocar el agua, tu nuevo libro, ¿es una novela?

-No, el origen de ese libro son unas crónicas que escribí cuando estaba en Berlín. Algo que me había propuesto el Centro Alemán de Información para América Latina y España. Me dijeron, mirá nos enteramos de que sos un escritor costarricense, que estás en Berlín y nos interesaría que escribieras algo sobre tu experiencia. Les dije, ¿qué les parece si les escribo algo por estación, en lugar de cada mes o cada quince días? Y entonces yo había llegado en invierno, entonces escribí una crónica de invierno, hice la de primavera, la de verano, la de otoño y nos tocó otra vez otro invierno. Volví de Berlín y empecé a trabajar esas crónicas, que, además, claro, estando ya fuera del lugar empieza a pasar el tiempo y empezás a recordar lo más importante también, me alejé de la escritura del lugar y empecé a hablar más como del tiempo, del tiempo interior.

Te saliste del periodismo y te pasaste a la literatura

-Exacto, porque empieza a excavar en otras cosas. Luego estos maes estaban haciendo una editorial nueva, Alberto Calvo, Jochen Vivallo y G.A. Chaves, me proponen iniciar su colección, su editorial, con algo mío, ¿qué tenés, te interesa? Y yo: bueno tengo estas crónicas, ¿les damos?

Al inicio les dije: ahí están, y ellos fueron los que me propusieron, ¿qué tal si hablamos un poquito más? Enriquezcámoslas un poco, y ahí fue donde vino todo este proceso que duró poco más de un año. Fueron creciendo, se fueron guardando, editamos otras partes, fue un trabajo muy de ida y vuelta y lo terminé ahora, el punto final se lo puse en Nantes en enero. Pasó un año entero o más para cerrar el ciclo de ese libro.

¿Se podía pensar en esos textos como unas crónicas de familia?

-Sí, bueno, el inicio de esto era un tico que se fue con su familia para Berlín, entonces, claro.

Las aventuras de unos ticos en Berlín…

-Exacto, lo que se cuenta es eso, es la vida, al principio es muy: y fuimos a este lugar y a esta calle y luego cuento un poco la historia de la calle y la arquitectura, y ya luego empiezo a hablar de otras cosas. Ahora, con eso soy cuidadoso porque el que habla soy yo. Eso lo he hecho siempre, en el libro Salvapantallas, que hay momentos que podrían ser comprometedores para otras personas, ahí nunca hay un nombre propio. El que se dispara en el pie soy yo siempre. También fui cuidadoso al hablar desde mi lugar como padre de unas niñas, conté lo que sabía que se podía contar sin comprometerlas a ellas. De mi esposa hablo muy poco, porque no sé si ella estaría dispuesta; o sea, a mí no me importa hablar de mí, haciendo un poquito de ficción siempre, porque hay un personaje. Pero bueno, así soy yo, pero quiero creer que siempre estoy protegiendo todo lo que ya no tiene que ver con mi decisión de hacer ese tipo de escritura.

No inviten a Luis que lo cuenta todo, es el lema de tus amigos…

-O no, no sé. Una vez me invitó el querido Alexander Obando a presentar un libro de poemas y de ahí nació un texto que está también en Salvapantallas.  En lugar de hablar del libro, dije: bueno, sí, este libro está buenísimo y tal, pero lo que quiero contarles es esto, y les conté de una fiesta en la casa de Joaquín Rodríguez del Paso -que en paz descanse- en la que estaba María (Montero) y estaba Carlitos Aguilar (editor del sello Perro Azul), y claro, estaba Alexander (Obando), y la escritura de ese pasaje es bastante celebratoria, jocosa, una fiesta de borrachos, en donde -en el relato- él único que se droga soy yo. Son ese tipo de decisiones literarias que tomo, yo soy el que lo va a escribir; pero, en el relato el único que se drogó fui yo, nadie más se drogó, ¿me entendés?

Hace muchos muchos años -seguro ni te acordás- tuvimos una charla sobre Ferlinghetti y su poesía, sobre cierta emocionalidad, muy particular, de acercarse a lo cotidiano ¿Te sigue emocionando esa manera de escribir?

-Bueno, sigo leyendo la poesía de Ferlinguetti (poeta beatnik estadounidense nacido en 1919), la sigo utilizando en los talleres. Sobre todo, me parece que es una poesía que funciona muy bien en los talleres con gente que está conociendo, es una buena manera de entrar, por toda esta cosa plástica que tiene, no solo tenía lenguaje poético sino que, bueno, es pintor también, es muy plástico, ahora también vienen otro montón de lecturas, entonces no me quedé ahí. Sí, yo tengo la obra completa de Ginsberg, que cada tanto uno llega a releer pasajes subrayados de los libros. Eso hace mucho uno con los libros de Ferlinghetti, de Kerouac, de Corso, de Di Prima. Bueno, se ha hablado mucho en los últimos años de todas las mujeres que fueron invisibilizadas por los nombres de hombres pero que también fueron de la generación que llamamos beat.

Hay un poema particular, un libro en particular de Ferlinghetti que me gusta mucho, es el que más he leído tal vez, se llama Coney island of the mind. Cuando algo está bien escrito, no importa a que movimiento está adscrito, que eso es además algo que se hace después, se va a sostener y se sostiene. Yo creo que buena parte de esa poesía se sostiene todavía y, bueno pues, otra tiene un contexto que hay que leerla con el contexto histórico. Lo que sí es cierto es que,  como ya se hizo, no tiene sentido replicarlo.

Vamos a tocar el agua

El libro se presenta el jueves 20 de julio, en el Club Alemán, en los Yoses (100 metros sur de Starbucks de Los Yoses), a las 7:30 p.m., entrada libre.

 

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