La novela en tiempos de cuarentena

El gran género de la literatura se enfrenta en los tiempos actuales al desafío de una nueva forma de captar el mundo con el advenimiento de Internet, primero, y luego con la aparición de las plataformas digitales y sus contenidos_audiovisuales.

“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores, ni de la confidencia sentimental, ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica. Con todo, ambicionaba el don divino del amor ideal, que me encendiera espiritualmente, para que mi alma destellara en mi cuerpo como la llama sobre el leño que la alimenta”.

Así arranca como un ciclón La vorágine de José Eustasio Rivera, en una novela cuyo desarrollo convocará a un constante desplazamiento geográfico y simbólico y que pasará por las llanuras y la selva colombiana, sin dar tregua ni respiro al lector que sigue atento los acontecimientos.

La novela en particular, y la lectura en general, compite hoy con las numerosas plataformas de streaming para ver contenido audiovisual. (Foto: Internet).

La fuerza de las palabras evocadas por Arturo Cova llaman a la reflexión en los graves tiempos actuales, en los que dada la situación mundial por la pandemia del coronavirus se parte del hecho de que la población tiene más tiempo para la novela y la lectura, las que han de competir con plataformas como Netflix, Amazon Prime y los numerosos canales de pago.

¿Tiene alguna oportunidad la novela en las circunstancias presentes? Desde hace ya más de un siglo que se decretó la muerte de la novela; no obstante, año tras año esta forma de escritura permanece sólida ante las múltiples tempestades y cuando se le ha enterrado con pompas fúnebres y oficiales de pronto emerge fuerte, inabarcable y lúcida, para contar las experiencias y las cosas que le suceden a la raza humana. Esa rara especie que es la única capaz de enarbolar la razón por encima de las vicisitudes más desafiantes, al tiempo que ha gestado la destrucción del planeta con una capacidad inigualable.

Aunque hay diferencias respecto del exacto origen de la novela, hay a la vez unanimidad entre los críticos literarios de que la novela moderna nació con Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes.

Es conocida la anécdota en la que en una cena entre el entonces presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, y los novelistas William Styron y Gabriel García Márquez. Este último le preguntó al mandatario qué estaba leyendo, y ante la respuesta de que leía un libro sobre las guerra económicas del futuro, el Premio Nobel le aconsejó: “Lea el Quijote, ahí está todo”.

El consejo de García Márquez no solo alude a un momento cumbre de la novela como género, dado que el Quijote marcó un antes y un después, sino que apela a ese raro romanticismo de que leer, y en especial novelas, es todavía una actividad válida en tiempos de Internet y de las plataformas de streaming, en las que abundan las películas y las series.

Para analizar si es posible hoy, siglo XXI, un mano a mano entre la novela y las mencionadas plataformas, antes hay que mirar qué pasa con la lectura, ese hábito que ante el aluvión de la tecnología ha tenido que aferrarse como un marinero a su débil barca en medio de la tempestad.

UN PLACER DIFÍCIL

Harold Bloom, el crítico literario más importante de la lengua inglesa en el último medio siglo, y quien falleciera el 14 de octubre de 2019, sostenía que la lectura era un placer difícil, al tiempo que le atribuía el hecho de que fuera a su vez una actividad enteramente individual.

En su bestseller Cómo leer y por qué, Bloom da unas claves de las ventajas que tienen los lectores que son capaces de renunciar a otros ocios más placenteros para entregarse a escudriñar las páginas de los grandes escritores de todos los tiempos.

Al leer, como se conoce en la cultura occidental, y apelar al libro que surgió de la era Gutenberg, el individuo se topa “con la alteridad” y entonces es cuando comienza esa búsqueda de sí mismo para entender lo que sucede alrededor, sostiene.

“Leemos no solo porque nos es imposible conocer a toda la gente que quisiéramos, sino porque la amistad es vulnerable y puede menguar o desaparecer, vencida por el espacio, el tiempo, la falta de comprensión y todas las aflicciones de la vida familiar y pasional”.

Leer es un acto que va más allá de sentarse frente a la pantalla a descubrir historias que si están bien contadas, la mayoría aportan todos los ingredientes y las herramientas para que el observador deduzca de inmediato los misterios y las trampas a que le somete el director, mientras que el libro obliga a la profundidad y la reflexión.

Para Bloom, quien hizo de la polémica un arte, “leemos para fortalecer nuestra personalidad y averiguar cuáles son sus auténticos intereses”.

Como puede desprenderse de las aportaciones del autor de Shakespeare: la invención de lo humano, a partir de la lectura se puede despertar una conciencia. Lo que cada cual hace con las plataformas de contenido audiovisual es ampliar su franja de ocio, con las respectivas excepciones, como sucedió siempre con las grandes películas que diera el cine tradicional.

El precio de elegir la pantalla “inteligente” en detrimento de la lectura, tiene un precio inevitable, prosigue Bloom: “La niñez pasada, en gran medida mirando la televisión, se proyecta en una adolescencia frente al ordenador, y la universidad recibe a un estudiante difícilmente capaz de acoger la sugerencia de que debemos soportar tanto el haber nacido como el tenernos que morir; es decir, de madurar”.

La lectura, a los ojos de Bloom, tenía una trascendencia crucial, sobre todo en los tiempos modernos, saturados de información por todos los medios inimaginables, ante lo cual surge el enorme vacío de la reflexión.

“No leais para contradecir o impugnar, ni para creer o dar por sentado, ni para hallar tema de conversación o disertación, sino para sopesar y reflexionar”.

Aquí está la gran clave de la lectura para nuestro crítico, cuyos libros como Anatomía de la influencia y ¿Dónde está la sabiduría? siguen vigentes a la hora de ahondar en las razones de por qué la lectura es tan esencial para el ser humano.

La vorágine es la gran novela de José Eustasio Rivera, convertida en un clásico latinoamericano. (Foto: Internet).

Y LLEGÓ INTERNET

La novela no solo encuentra desafíos en las pantallas de streaming en las que se multiplican los contenidos, sino que también en Internet como medio global de comunicación.

Nicolas Carr en Superficiales, ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, hace un análisis acertado y determinante de lo que significa la lectura en la actualidad, en la que cada vez es más difícil lograr la ansiada concentración, requisito que no exige la visualización de series y películas en las plataformas que se pueden observar en el teléfono inteligente, la tableta, la pantalla o la computadora portátil.

“Lo que parece estar haciendo la web es debilitar mi capacidad de concentración y contemplación. Esté online o no, mi mente espera ahora absorber información de la manera en la que la distribuye la web: en un flujo veloz de partículas. En el pasado fui un buzo en un mar de palabras; ahora me deslizo por la superficie como un tipo sobre una moto acuática”, explicó Carr al confesar cómo pasó de ser un lector disciplinado y de lectura lineal, que es la que le proveía el libro impreso, a ser un lector totalmente distraído por los múltiples mensajes online.

Cuando Internet se convierte en el mensaje, en atención a aquella máxima de Marshall McLuhan de que “el medio es el mensaje”, todo el andamiaje que precedía a la lectura lineal y profunda se viene abajo.

Cualquiera que tenga dudas al respecto que haga la prueba y determine si es tan buen lector como lo era hace cinco o diez años. Las conclusiones a que puede llevar tan simple ejercicio pueden ser demoledoras.

Carr lo explica con lujo de detalles en su ya citado libro: “Durante los últimos cinco siglos, desde que la imprenta de Gutenberg hiciese de la lectura un afán popular, la mente lineal y literaria ha estado en el centro del arte, la ciencia y la sociedad. Tan dúctil como sutil ha sido la mente imaginativa del Renacimiento, la mente racional de la Ilustración, la mente inventora de la Revolución Industrial, incluso la mente subversiva de la modernidad. Puede que pronto sea la mente de ayer”.

De ahí que la novela, como forma profunda y lineal de abordar las realidades literarias, tenga mucho que decir todavía, pese a los fantasmas que la acosan desde hace al menos un siglo.

En este contexto, la esgrima entre la era gloriosa del libro impreso y la pantalla con sus múltiples distractores es brutal y sin tregua.

“Cuando estaba alejado de mi computadora, sentía ansias de mirar mi correo, hacer clic en vínculos, googlear. Quería estar conectado. Al igual que Microsoft Word me había convertido en un procesador de textos de carne y hueso; Internet, me daba cuenta, estaba convirtiéndome en algo parecido a una máquina de procesamiento de datos de alta velocidad… Echaba de menos mi viejo cerebro”.

PASE USTED, SEÑOR BORGES

En uno de los ensayos más extraordinarios sobre lo que significa el libro como instrumento del pensamiento, el escritor argentino Jorge Luis Borges hace una indispensable reflexión.

Aunque las plataformas ofrecen hoy contenidos, en algunos casos de gran valor, por las actuaciones, por las locaciones, por el vestuario y por la rigurosidad en la investigación que precede a esas historias, el viejo libro, con sus siglos a cuestas ofrece mucho más desde su aparente mutismo.

“De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”, dijo Borges.

Y es que la palabra, como instrumento supremo del hombre y del pensamiento, guarda en esos tomos que atraviesan los siglos en los clásicos y que revive en los contemporáneos, un halo misterioso, divino, que es capaz de multiplicarse en los personajes, justo como le sucedió a Platón en sus célebres diálogos.

“Tenemos el alto ejemplo de Platón, cuando dice que los libros son como efigies (puede haber estado pensando en esculturas o en cuadros), que uno cree que están vivas, pero si se les pregunta algo no contestan. Entonces, para corregir esa mudez de los libros, inventa el diálogo platónico. Es decir, Platón se multiplica en muchos personajes: Sócrates, Gorgias y los demás. También podemos pensar que Platón quería consolarse de la muerte de Sócrates pensando que Sócrates seguía viviendo”.

Las series como Dr. House tienen la capacidad de atrapar a miles de espectadores y de desplazar a la lectura como se concibió hasta el siglo XX. (Foro: Internet).

ESE GRAN ARTE

En la novela, a diferencia del cuento, cabe todo. Su arte, por lo tanto, exige maestría para que todos los subgéneros florezcan en ella como sucede con grandeza sin par en Don Quijote.

Al respecto, en El arte de la novela el escritor checo Milán Kundera apunta: “En efecto, todos los grandes temas existenciales que Heidegger analiza en Ser y tiempo, y que a su juicio han sido dejados de lado por toda la filosofía europea anterior, fueron revelados, expuestos, iluminados por cuatro siglos de novela (cuatro siglos de reencarnación europea de la novela). Uno tras otro, la novela ha descubierto por sus propios medios, por su propia lógica, los diferentes aspectos de la existencia: con los contemporáneos de Cervantes se pregunta qué es la aventura; con Samuel Richardson comienza a examinar «lo que sucede en el interior», a desvelar la vida secreta de los sentimientos; con Balzac descubre el arraigo del hombre en la Historia; con Flaubert explora la terra hasta entonces incognita de lo cotidiano; con Tolstoi se acerca a la intervención de lo irracional en las decisiones y comportamiento humanos. La novela sondea el tiempo: el inalcanzable momento pasado con Marcel Proust; el inalcanzable momento presente con James Joyce. Se interroga con Thomas Mann sobre el papel de 105 mitos que, llegados del fondo de los tiempos, teledirigen nuestros pasos”.

La novela, no obstante, requiere una voluntad que no exige el streaming y esta posmodernidad que hoy se impone, incluso cuando el ocio puede aumentar dada la actual crisis del COVID-19.

En la novela convergen esos intereses supremos de la raza humana, pero como anunciaba Bloom, es, como la lectura, un placer difícil, que requiere esfuerzo, entrega, concentración y distanciamiento del entorno para adentrarse en esas páginas que van narrando múltiples mundos y van reconstruyendo esa extraña arquitectura del pensamiento y puntos de vista únicos.

La novela acompaña constante y fielmente al hombre desde el comienzo de la Edad Moderna. La «pasión de conocer» (que Husserl considera como la esencia de la espiritualidad europea) se ha adueñado de ella para que escudriñe la vida concreta del hombre y la proteja contra «el olvido del ser»; para que mantenga «el mundo de la vida» bajo una iluminación perpetua. En ese sentido comprendo y comparto la obstinación con que Hermann Broch repetía: descubrir lo que solo una novela puede descubrir es la única razón de ser de una novela. La novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral. El conocimiento es la única moral de la novela”, refiere Kundera.

UN GUIÑO

“Yo, Tiberio Clauidio Druso Nerón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más allá (porque no pienso molestarlos todavía con todos mis títulos), que otrora, no hace mucho, fui conocido por mis parientes, amigos y colaboradores como ‘Claudio el idiota’, o ‘Ese Claudio’, o ‘Claudio el Tartamudo’ o ‘Cla-Cla-Claudio, o, cuando mucho, como ‘El pobre tío Claudio’, voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida”.

Así empieza Yo, Claudio, de Robert Graves, una novela fascinante que recoge la vida de Claudio, quien sucede en el trono a Calígula, y su época, con todas las intrigas y la baja política que predominaba en el imperio romano.

Cuando un lector se topa con un texto como ese o como el de José Eustasio Rivera en La vorágine, difícilmente se puede abstener de seguir descubriendo hacia qué parajes lo llevará la historia y eso es lo que ha hecho la novela al menos durante cinco siglos.

O incluso en textos más modernos, cuya estructura apegada al vacío, al decir más con lo que falta que con lo que está escrito, se convierten en piezas que hacen pensar que la batalla entre la novela y las plataformas digitales de entretenimiento todavía no está saldada a favor del audiovisual.

“Aunque  su padre había imaginado para él un brillante porvenir en el ejército, Hervé Joncour había acabado ganándose la vida con una insólita ocupación, tan amable que, por singular ironía, traslucía un vago aire femenino.

Para vivir, Hervé Joncour compraba y vendía gusanos de seda”.

Este es el comienzo de Seda, esa pequeña joya literaria que consagró a Alessandro Baricco en el panorama internacional y lo ubicó como uno de los escritores más destacados de su generación.

La novela en tiempos de cuarentena. No todo parece estar perdido. La moneda está en el aire.

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