La nostalgia de aquellos tiempos de baile

El libro Aquellos salones de baile hace un recorrido por 300 salones de distintas partes del país, donde alguna vez brillaron las orquestas y recibieron a figuras de la talla de Dámaso Pérez Prado, Armando Manzanero, Celia Cruz y Bienvenido_Granda.

La nostalgia, material del que está hecho la mejor y peor literatura del mundo, recorre cada una de las páginas de Aquellos salones de baile, la más reciente publicación del escritor e investigador Mario Zaldívar. En ella hace un recorrido por 300 salones de Costa Rica y repasa la presencia de grandes orquestas, cantantes y bailarines que hicieron época entre 1930 y finales de la década del ochenta.

Bienvenido Granda en el Bellevue, en San José centro, en 1976, noche en que fue acompañado por la Orquesta X.(Foto: Mario Zaldívar).

No es un libro para leer al uso; es para disfrutarlo sorbo a sorbo, como si quien hurga en este quisiera detener el tiempo para sumergirse en cada una de las historias gráficas que recogen el sustrato de la cultura del baile y de todo el entorno que la rodea.

El rostro de una Costa Rica que ya no es se va dibujando poco a poco en cada una de las imágenes, las cuales se complementan con anuncios alusivos a los bailes que convocaban a actores de distintas clases sociales, y que encontraban en ese ejercicio no solo una ventana de diversión, sino más bien un estilo de vida.

El texto, que el autor publicó con el apoyo de una beca del Colegio de Costa Rica, es un lento viaje por los sueños, las aspiraciones y las rutas de una música que ya no es; por unos espacios que ya no existen y por unas orquestas de las que solo queda el recuerdo imborrable por lo mucho que hicieron para crear esa sinergia con un público fiel que estaba cada fin de semana a la espera de que le convocaran.

Conforme el lector va observando las fotografías de los salones, las orquestas y sus promociones, la nostalgia va volviéndose aún más densa, porque aquellos logros hoy parecen impensables al calor de la superficialidad prevaleciente en esta sociedad líquida de la que hablara el sociólogo polaco Zygmunt Bauman.

¿Puede imaginarse el lector a Daniel Santos entre los bailadores en Ojo de Agua? ¿O a Celia Cruz con Los Brillanticos en el Versalles en Sabanilla de Montes de Oca? ¿O a Armando Manzanero que se presenta en el Country Club por una entrada que costaba entre ¢10 y ¢12? ¿O que en ese mismo Country Club se aparezca nada menos ni nada más que el gran Dámaso Pérez Prado y su orquesta un 28 de diciembre de 1966?

Desde muy joven Isidro Salazar Chacón demostró sus grandes habilidades para el baile; era especialista en el bolero y el danzón. Esta foto es de 1958, cuando tenía 15 años, su acompañante no fue posible identificarla. (Foto: Mario Zaldívar).

Con solo nombrar a esos actores, a modo de muestra, a cualquiera que ame la cultura popular y, en especial, la música, se le ha de erizar la piel.

El libro revela, además, la gran tradición orquestal que existía en Costa Rica y los importantes lazos sociales que se tejían alrededor de la música en aquellos mágicos años sesentas y setentas, con sus modas irreverentes y en medio de una Guerra Fría que se repartía el orbe entre buenos y malos, mientras Dámaso Pérez Prado revolucionaba la música con el mambo y un histrionismo marca personal.

LUGARES MÍTICOS

El libro abre con una fotografía del Monte Carlo, en Zapote, el cual fue, como lo refiere el autor, un salón emblemático y de cita obligada cuando del tema se trata. Y también, como suele pasar en este país que todavía no termina de entender el concepto de lo que es patrimonio cultural, hace pocos años fue demolido para que no quedara ningún rastro de su grandeza. Para que no quedara ni el rastro de esas tardes y noches de baile en las que se reunían grandes exponentes de la música orquestal, lo cual se complementaba con esas parejas que hacían del baile un arte fino que moría cuando acababa la noche para comenzar una semana más tarde y así hasta el infinitum, hasta que llegó la modernidad con sus luces y oscuridades y ensombreció todo a su alrededor.

El volumen recuerda lo que representó el centro Los Juncales, en San Rafael Arriba de Desamparados. Ese lugar para la época, a mediados de los años cincuenta, era un adelantado en la manera en que se gestionaba el ocio, pues además de los históricos bailes era un espacio para que la gente disfrutara de un complejo de piscinas y espacios para el esparcimiento.

Ahí, al calor la orquesta La Tremenda, los domingos tomaban otro sabor: el sabor del ritmo y de la idea de que valía la pena vivir la vida en un mundo en el que la esperanza aún era posible, al menos durante cuatro horas en las que se suspendía el contacto con la realidad para dar paso a la ensoñación de los timbales, los oboes, las trompetas y todo el repertorio de esos tremendos músicos.

De Desamparados es viable, con esa tecnología insustituible que es el libro impreso, dar el salto a Santa Ana, para recordar el Ranchos Río de Oro, una de las salas de baile más relevantes de la década de los sesenta. En ese espacio, el conjunto Saint Francis deleitó por años a los fieles concurrentes.

Esa es otra de las características que emergen del libro: la fidelidad que los bailadores tenían para un determinado espacio. Ese lugar se convertía en un sitio especial en el que surgía una especie de cofradía única e irrepetible.

Entre esos sitios que hicieron historia en el ámbito del baile estaba Palenque Diriá en Santa Cruz de Guanacaste, un lugar que en un texto como el referido no podía faltar.

El maestro Otto Vargas era uno de los habituales en el Palenque Diriá, a tal punto de que le creó una cumbia interpretada en la voz de Rónald Alfaro.

Celia Cruz con Los Brillanticos, en el Versalles, que más tarde sería conocido como SUS, en una presentación en los años setentas. Dicha sala fue una de las más importantes y se ubicaba en Sabanilla de Montes de Oca. (Foto: Mario Zaldívar).

FÚTBOL Y BAILE

Como una de las lecturas que surgen del libro es el retrato social que va dejando cada una de las imágenes, cuya sumatoria da panoramas que probablemente ni el propio autor previno.

Una de las que más llama la atención es cómo el fútbol y el baile estaban entrelazados por los clubes sociales, que permitían esa convivencia al tiempo que le facilitaban a las organizaciones deportivas tener sus ingresos económicos.

Así es posible determinar cómo, por ejemplo, el Club Social del Cartaginés era uno de los más activos, a pesar de que la historia cuenta que dicho club acabó consumido por las llamas durante la guerra de 1948.

En 1955, luego de que fuera levantado el nuevo Club Social del Cartaginés, se anunció la presencia del gran cantante cubano Bienvenido Granda, un 7 de agosto de ese año.

Es probable que ese 7 de agosto Bienvenido Granda deleitara a los asistentes con ese gran bolero de Javier Solís intitulado “Angustia”.

“Angustia de no tenerte aquí

Tormento de no tener tu amor…

Angustia de no besarte más

Nostalgia de no escuchar tu voz…

Nunca podré olvidar

Nuestras noches junto al mar

Contigo se fue toda ilusión

De angustias llenó mi corazón

Nunca podré olvidar

Nuestras noches junto al mar

Contigo se fue toda ilusión

De angustias …llenó mi corazón …”

Un breve ejercicio de introspección permitiría escuchar la voz inconfundible de Granda alargando las aes para hacer de esa angustia, una angustia tan ancha como el mar que la evoca. Al fondo, ¿la escuchan?, acompaña la Orquesta Víctor del Ritmo.

De ese calibre eran las figuras que se presentaban en aquellos salones de baile de los que hoy quedan muy pocos, y por ende es necesario que quienes vivieron esos momentos los transmitan de generación en generación para que la memoria oral salve del polvoriento olvido esos días de gloria de la música popular.

Así como lo hacía el Cartaginés, el Club de Carmelita tenía una gran actividad, el Club Sport Herediano y el entonces Nicolás Marín, que más tarde sería conocido como Barrio México.

Johnny Steele y su orquesta en La Cabaña, un salón de referencia en Limón. La agrupación luego pasó a ser conocida como La Riverside, cuando el saxofonista la vendió a Kid Robertson (Foto: Mario Zaldívar).

Saprissa también organizaba sus noches bailables, y en Plaza González Víquez, en el mero corazón de San José, se ubicaba Saprissa Bailes Club, donde en la actualidad tiene uno de sus edificios la Municipalidad de San José.

Así el 24 de diciembre de 1959 se presentó la prestigiosa orquesta del maestro Gilberto Murillo con su estrella en el canto: Gilberto Hernández. La dirección de ese conjunto le correspondía esa noche al maestro Otto Vargas.

Liga Deportiva Alajuelense tampoco se sustraía a los dictados de la época. De esta manera, el 24 de diciembre de 1956 anunciaba su noche con la Orquesta Murillo.

¡Qué tiempos! Solo la destreza y la entrega de un investigador como Zaldívar, un amante eterno de la música popular, hizo posible un libro con las características de Aquellos salones de baile.

EL ARTE DE BAILAR

En esos años gloriosos que van de los años treinta a finales de los ochenta, cuando empieza la decadencia de los salones de baile —entre otras razones porque las orquestas amplias empezaban a desmoronarse ante los embates de la tecnología— el baile era un verdadero arte.

Saltar a la pista de cualquier salón tenía sus riesgos, porque el que no sabía bailar quedaba evidenciado 15 segundos después ante la mirada atónita de aquellos que hacían de su cuerpo un altar de ritmos y desafíos.

En ese contexto también surgían verdaderas estrellas criollas que hicieron época y quedaron impregnadas en la memoria para siempre de quienes tuvieron el privilegio de verlos romper esquemas y desafiar las leyes de la física y de la gravedad.

En el libro se evoca a Arturo Solera, gran personaje de esos tiempos. Solera, además de ser un connotado bailarín, tuvo el privilegio de ser jugador de fútbol profesional y un consumado billarista de la especialidad de tres bandas.

La Sodita de El Valle en La Uruca, El Platense en Zapote, El Yugo en Guadalupe, SUS en Sabanilla de Montes de Oca y en la Unión Deportiva Tibaseña en Tibás fueron los lugares predilectos de Solera, quien hoy sigue como bailarín activo, con lo cual lo que hace es agrandar su leyenda.

Un caso único lo representa Isidro Salazar Chacón, conocido como Papi María, quien desde muy joven mostró grandes aptitudes para el baile, lo cual terminó de consumar con su entrega y disciplina que llegan a convertirlo en un referente del bolero y el danzón.

“Este personaje nació en San Ramón, pero desde muy pequeño vivió en Barrio México norte, cerca del puente sobre el río Torres. Su elegancia en el bolero y el desplazamiento por la pista bailando danzón lo califican como un fenómeno irrepetible en esas dos especialidades del baile, imagen cercana al mito. No es arduo argumentar que el mito tiene sus raíces en el dominio de algunas artes populares, donde los íconos rara vez son frecuentes”, apunta Zaldívar.

Ernesto León Arias, conocido como Chicky, a sus ochenta años, cuenta Zaldívar, es el más activo de esos bailarines de antaño y asiste al menos cuatro veces a la semana a distintos espacios de baile, donde hace gala de su sello: la improvisación.

Aquellos salones de baile es un homenaje del autor a esos miles de bailadores anónimos que con su espíritu se sobreponían a los problemas cotidianos para, una o dos veces por semana, convertir aquellas salas en un lugar sagrado para sus corazones. Además, es un homenaje para los administradores de aquellos salones por los que pasaron grandes orquestas y solistas que, vistos hoy desde la distancia, se miran con la admiración de saber que dichas jornadas serán irrepetibles y solo se podrán recrear en la infinita memoria de la nostalgia.


De colección <strong> </strong>

Aquellos salones de baile es un libro para tener y compartir con familiares y amigos y recordar grandes jornadas en las salas más famosas de Costa Rica.

Su autor, Mario Zaldívar, es un especialista en música popular costarricense y ha publicado textos como Crónicas de la música popular costarricense 1939-1945; Ray Tico; Otto Vargas; Lubín Barahona y los caballeros del ritmo y Rafa Pérez.

Nombre: Aquellos salones de baile.

Páginas: 328.

Autor: Mario Zaldívar.

Editorial: Lara Segura y Asociados.

Año: 2020.

Valor: ¢10.000.

Correo: mazalri22@gmail.com

Teléfono: 89217025.


 

SUSCRÍBASE A LA EDICIÓN SEMANAL EN FORMATO DIGITAL.Precio: ₡12.000 / añoPRECIO ESPECIAL

0 comments